46. La revelación
Bradford cerró la puerta de su despacho y pidió a su secretaria que no pasara llamadas. Se dirigió a la mesa y comenzó a marcar una serie de códigos de conexión a través del sistema WGS, el mismo que se había utilizado para la conexión con Rioseta.
—Dios quiera que estén disponibles… —dijo nervioso mientras completaba la secuencia.
Unos instantes después, la voz inconfundible de la general resonó en sus auriculares inalámbricos:
—Corbos al habla. ¿Señor Bradford?
—Sí, general… aquí me tiene de nuevo.
—Pensaba que se habían olvidado de nosotros…
—Disculpe la demora, hemos tenido algunos problemas inesperados.
—Espero que no haya muerto nadie…
—No, general. Aunque por poco.
—¿No está con usted el señor Whitmore?
—Me temo que no. Estoy solo. ¿Y usted?
Por el tono de Bradford, la general intuyó que algo grave había ocurrido. No quiso preguntar y se mantuvo alerta.
—El señor García llegará en un momento. ¿Han sacado algo en claro de su conversación con Keller?
—Ya lo creo… Ha confesado su implicación en la trama. Tenía usted razón al sospechar de él.
—¿Se mostró colaborador o puso problemas?
—Colaboró. En realidad, creo que ya venía con esa intención, aunque es solo una percepción. Debo informarle que el coche en el que viajaba junto al director del FBI sufrió un atentado.
—¿Cómo? ¿Un atentado?
—Dos supuestos agentes del vehículo de escolta los acorralaron en un túnel y los tirotearon con fusiles automáticos. Keller salió ileso. El director y el conductor resultaron heridos. Están bien, escaparon por poco. Fue Keller quien me avisó.
—Me alegra saberlo. Traten a Keller bien, por favor. Fue él quien, de algún modo, me dio la pista para que les sugiriera interrogarlo. Creo que también trataba de evitar esta infamia.
—Lo tendremos en cuenta, señora Corbos.
En ese momento, Germán entró en el despacho y alcanzó a escuchar el final de la conversación. Corbos lo observaba mientras se acercaba para tomar asiento frente a ella.
—¿Qué nos puede decir? Percibo que no nos trae buenas noticias… —preguntó a Bradford.
—Me temo que no, general. Gracias a la información aportada por Keller, tenemos una lista de personas relevantes involucradas en la organización.
El FBI trabaja en ello y ya hay órdenes de detención preparadas.
Están actuando con discreción para no perder otras pistas.
De momento, ya hay un detenido importante que les va a interesar; se trata de Richard Prescott, uno de los padres del sistema.
Nos ha proporcionado una información inquietante sobre Lucifer y sobre lo que se está instalando en la central española.
—¿Qué información?
—La primera es que ha confirmado que Lucifer no es un sistema que actúe de manera totalmente autónoma, sino que lo hace siguiendo unas directrices en busca de un determinado objetivo prefijado por alguien.
—¿Por alguien? ¿Se refiere a la organización?
—No, me refiero a que podría haber un tercer elemento que está por encima de la propia organización y que actúa de forma oculta y con sus propios planes.
Corbos se impacientaba. Percibía que Bradford trataba de sugerirle algo grave que sabía y ella no estaba para perder un tiempo que no tenía.
—Por favor, señor Bradford, díganos ya lo que no se atreve a decir. No se preocupe, ya nos estamos acostumbrando por la fuerza a las malas noticias.
El secretario de defensa no conocía personalmente a la general Corbos, aunque empezaba a comprobar que no era una mujer que le gustara dar rodeos a las cosas.
—Disculpe, general, se lo diré sin tapujos… Van a destruir la central nuclear y pondrán como excusa que, con ello, salvarán el mundo de una terrible amenaza. Pero eso no servirá absolutamente para nada.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que, tras el ataque, Lucifer hará estallar las bombas de Madrid con toda seguridad, porque eso será utilizado para destituir al presidente y para dar acceso al poder a quien está detrás de todo esto; posiblemente al mismo que maneja el sistema desde la sombra.
Ese es el verdadero objetivo de lo que les está pasando en España.
Se trata de un gigantesco y cruel engaño en el que estamos todos atrapados.
—Pues me temo que tendremos un grave problema si alguien así se hace de semejante poder. ¿Ha dicho si hay alguna manera de parar esta locura?
—Hay una posibilidad remota, pero no le va a gustar…
—Suéltelo ya, a estas alturas pocas cosas me asustan.
—Se trataría de asaltar el código del sistema desde un punto físico donde esté conectado a la red. El problema es que solo tenemos certeza absoluta de dónde hay uno de esos puntos…
—El de Trillo —murmuró Bradford, cerrando los ojos, consciente y aterrado por lo que eso significaba: él era el único especialista disponible para hacerlo.
—¿Qué fue lo que dijo?
—Mencionó algo sobre un exploit y sobre generar una debilidad en el sistema. Lo siento, mis conocimientos sobre estas cosas son a nivel de usuario.
—Sí, igual que los míos para colarme en una central nuclear…
—Déjese de sarcasmos y centrémonos en el problema. ¿Sabría cómo introducir ese código, señor García?
—Supongo que sí, Isabel. El problema es cómo llegar hasta allí. No me da la impresión de que sea empresa fácil.
—Hablaremos con el coronel Ortega. Él se encargará de montar un operativo —propuso Corbos.
—¿Otra vez? Terminaremos por cabrear a Villalobos y a su equipo. Nos hemos empeñado en que acaben matándolos a todos o en que yo quede arruinado en deudas personales de por vida.
La general le lanzó una mueca de incomodidad a Germán por su comentario inoportuno. Germán no podía disimular su malestar por lo que se le venía encima.
—Señor Bradford, ¿hay algo más que quiera comentar?
—Lamentablemente, debo decirle que van a estar solos en esto. No podemos enviarles ayuda, pese a que todos dependeremos de lo que ustedes puedan hacer desde allí.
Corbos seguía percibiendo que Bradford le ocultaba algo por algún motivo e intentó que lo compartiera.
—¿Qué dice Whitmore? Supongo que ya habrá hablado de esto con él… —añadió, haciendo un último intento por sacarle información.
Bradford sabía que la general intuía algo.
Dudó en comentarle el cambio de postura del presidente y la inminente orden de atacar la central si no lograba convencerlo de lo contrario.
Si informaba a Corbos, podría enfrentarse a un nuevo desencuentro con el presidente, incluso a algo mucho peor.
No decirle nada podría acabar con la única posibilidad que tenían de bloquear el sistema, además de poner en riesgo la vida de quienes fuesen allí.
—Señora Corbos, usted y yo sabemos que el ser humano está condicionado por muchas cosas. Algunas no se manifiestan hasta que se enfrenta a la posibilidad de perder lo que más quiere. Ese es un momento muy revelador, para lo bueno y lo malo.
Corbos miraba fijamente al dispositivo de comunicaciones. Germán la observaba extrañado, sin entender el significado de aquellas palabras ni de la reacción de la general.
—Sin duda, es un momento de revelación por el que todos, en algún momento de nuestras vidas, debemos pasar y tomar una decisión. Entiendo bien lo que quiere decir, señor Bradford, no se preocupe. Solo le pediré que nos mantenga informados de cualquier cosa que pueda poner en riesgo a mis hombres.
—Los ayudaré en todo lo que esté en mi mano.
—Muchas gracias, señor Bradford.
—Gracias a ustedes. Suerte en la misión.
Corbos desconectó Hermes con expresión de preocupación. Debía explicar a Germán algo que no le iba a gustar.
—No me dirá que lo de que ir a Trillo es una buena idea…
—No… Lo que le diré es que no ir es la mala idea. El presidente Whitmore ha cambiado de opinión y va a ordenar el ataque. Tenemos que ponernos en marcha, disponemos de muy poco tiempo.
—¿Qué? ¿Whitmore va a ord…? ¿De dónde ha sacado esa conclusión? Bradford no ha dicho eso…
—Sí lo ha dicho, lo que pasa es que usted no lo ha escuchado; prefería andar interrumpiendo con sus chascarrillos.
Germán no dijo nada ante el comentario de la general; tenía razón. Tampoco puso en duda su intuición; ya empezaba a ver que Corbos tenía un sexto sentido para esas cosas.
—Carmen, llame al coronel Ortega y dígale que necesito verle con urgencia —ordenó a su asistente por el interfono.
—Enseguida, mi general.
—García…, ¿cuánto tiempo necesitaría para hacer eso que dice que puede hacer?
—Todo dependerá del nivel de protección que hayan implementado. Si conseguimos acceso directo al terminal, podremos saltarnos varias capas de seguridad, lo que reduciría el tiempo. Calculo unos veinte minutos para inyectar el código y generar la confusión inicial en el sistema.
El verdadero desafío vendrá después: habrá que recorrer la arquitectura interna, identificar los procesos críticos y localizar el punto exacto donde podamos forzar el bloqueo. No será solo cuestión de apagarlo; tendremos que neutralizar sus rutinas de defensa para evitar que se reinicie.
—¿Una hora como mucho? —preguntó la general, esbozando una leve sonrisa.
—Sí, claro… como mucho —respondió siguiéndole la broma, aunque, en realidad, no tenía la menor idea de cuánto tardaría y dudaba seriamente de poder conseguirlo.
—General, con su permiso…
—Adelante, coronel. Gracias por venir tan rápido. Voy a tener que asignarle una nueva misión, y me temo que será mucho más peligrosa que las anteriores.
—Estamos para eso, mi general. Listos para actuar.
Corbos y Germán detallaron los pormenores del objetivo: un sistema hostil, blindado con defensas imprevisibles, y los riesgos que implicaba acceder a él. La operación debía ponerse en marcha en cuestión de horas, y de su éxito dependía algo más que la misión: el futuro de todos.