La ambición de Lucifer 45. El FBI
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45. El FBI

El edificio J. Edgar Hoover se alzaba imponente en la Avenida Pennsylvania.

Una reconocible mole de estilo brutalista, con once plantas —tres de ellas subterráneas—, construidas en hormigón y con una fachada robusta y sin ornamentos; lo apropiado para transmitir la autoridad de la sede del FBI en Washington.

Sus dos hectáreas, rodeadas de fuertes medidas de seguridad, guardaban en su interior oficinas, laboratorios y áreas operativas donde se acumulaban décadas de investigación criminal, pero también secretos e intrigas del poder.

La primera de las plantas subterráneas ocultaba una zona de detención e interrogatorio.

En una pequeña habitación insonorizada, con un calor creciente y con una ventilación escasa, Richard Prescott esperaba intranquilo, sentado frente a una mesa fijada al suelo, esposado y con la cabeza cubierta por una capucha de tela gruesa y opaca.

Los agentes lo habían detenido poco después de su salida de Delfos Dynamics, procurando no ser identificados.

Por orden de Sullivan, el arrestado no debía saber quiénes eran ni adónde lo llevaban.

Después de casi dos horas sin que nadie apareciera, el miedo y la fatiga comenzaron a manifestarse en Prescott. Temía que sus captores fuesen de la propia organización, dispuesta a hacer limpieza y a atar cabos sueltos una vez que el sistema ya estaba completado y listo para ponerse en marcha.

Poco después, la puerta se abrió. Entraron dos hombres con el rostro oculto. Le quitaron la capucha bruscamente. Tuvo que esperar unos instantes a que sus ojos se acostumbraran a la intensa luz de la pequeña sala.

Se sentaron frente a él sin decir nada; simplemente lo miraban fijamente. Así se mantuvieron durante largos minutos, hasta que Prescott no pudo soportar más su inquietud.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí? ¡Yo no he hecho nada!

Los dos agentes siguieron callados, hasta que volvieron a levantarse y se marcharon sin decir una sola palabra, dejando al detenido en un estado límite de ansiedad.

—Señor, creo que ya está listo —afirmó uno de los agentes desde la sala anexa, donde podían ver las reacciones del detenido a través de un monitor.

—No… Suban la temperatura de la sala un poco, aumenten la humedad y déjenlo otra media hora, para que se ablande un poco más. Después entraré —ordenó Sullivan, aún convaleciente de su herida y con el brazo inmovilizado.

La deshidratación empezaba a manifestarse en el detenido. El sudor caía por su frente y le costaba respirar. Empezó a sentir una sed intensa y su ritmo cardiaco se elevó considerablemente. Su estado hizo que el director decidiera entrar ya.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?

—Está detenido por el FBI y aquí seguirá, señor Prescott.

—¿El FBI? ¿y de qué me acusan?

—Sabemos lo de su participación en la conspiración de Lucifer. Está metido en un grave problema…

—Ustedes no saben nada… —respondió con desprecio.

—Se equivoca; sabemos muchas cosas… Por ejemplo: sabemos que Lucifer es un sistema que ha desarrollado usted, por el que han muerto muchas personas y pueden morir millones más; sabemos que usted responde ante William Harlam, que muy pronto lo tendremos sentado en esa misma silla;

sabemos que están instalando esa cosa que han creado en una central nuclear española y…

también sabemos que su futuro personal es muy negro si no colabora.

—No pienso decir nada…

—Ah, ¿no? Déjeme aclararle algo, maldito hijo de perra…

Su aventura ha terminado. Ahora tendrá que elegir: pasar una buena temporada en una prisión federal de baja seguridad o enfrentarse a la pena de muerte por inyección letal.

Créame, esa última opción me resultaría especialmente placentera después de que sus amigos hayan intentado matarme.

Así que depende de usted. Le dejaré un rato más en este agujero, para que se lo piense.

Sullivan se levantó y salió de la sala, mientras Prescott empezaba a comprender que no existía escapatoria. Aunque guardara silencio, la organización acabaría encontrándolo y Harlam ordenaría asesinarlo; solo era cuestión de tiempo.

Tras varios minutos de angustia en aquel zulo, ya no pudo soportarlo más…

—¡Está bien, colaboraré! —gritó desesperado hacia una de las cámaras.

Sullivan regresó con una botella de agua fría. Prescott la bebió con ansiedad y, al terminar, levantó la mirada: sus ojos mostraban una disposición resignada a colaborar.

—¿Está listo para responder a mis preguntas?

—Sí… Le diré todo lo que quiera saber —accedió con voz entrecortada.

—Bien. De todo lo que necesito saber, hay un par de cosas que son de extrema urgencia. Le sugiero que no se deje nada en el tintero y que sea absolutamente sincero. ¿Lo ha entendido?

—Sí, lo he entendido…

—Hábleme de Lucifer, ¿qué es esa cosa que se está construyendo en España?

Prescott tomó aire y bebió de la botella de agua con ansiedad. Tras unos instantes pensativo y con la mirada perdida hacia la mesa, se incorporó levemente y comenzó a hablar.

—Lucifer se creó como un sistema de análisis y toma de decisiones. Un arma poderosa de influencia y control global, diseñada para procesar cantidades ingentes de información y actuar de forma autónoma, aunque siempre bajo un nivel de seguridad que garantizara su control.

—Pues ese nivel de seguridad se quedó bastante corto, según tenemos entendido…

—Si se refiere a que perdimos el control del sistema y que está actuando por sí solo, como si tuviese conciencia propia y supiese lo que hace, en realidad, eso nunca pasó.

—¿Qué quiere decir?

—Se trata de una inteligencia artificial extremadamente potente. Capaz de anticiparse a todo y diseñar estrategias para manejar lo que aun nadie sabe que va a ocurrir, ejecutando decisiones operativas para sacar provecho de ello.

Pero…, todas esas capacidades han estado siempre vinculadas a directrices humanas: ninguna IA puede fijar sus propios objetivos de base; siempre hay alguien que los impone en algún momento.

—¿Me está diciendo que no se trata de una IA con conciencia propia, sino que Lucifer está siendo utilizada por alguien?

Prescott sonrió con ironía.

—Lo que intento decirle es que las cosas no siempre son lo que parecen. Lucifer tiene un alto nivel de autonomía y puede actuar por sí sola, es cierto, pero el verdadero poder no está en eso, sino en cómo se aprovechan esas capacidades.

Piénselo con calma: una poderosa tecnología capaz de anticipar el futuro de una situación con una precisión asombrosa y poner en marcha las acciones que sean necesarias para sacarle beneficio.

Quien la está controlando podrá manipular todo y a todos para provocar una reacción que desencadene las consecuencias que a él le interese.

Y eso es lo que está haciendo ahora quien tiene ese control

—No le entiendo. ¿Qué tipo de reacción y consecuencia se está buscando exactamente?

—La reacción es el miedo. La consecuencia: aparentemente forzar la destitución del presidente de los Estados Unidos, pero el verdadero objetivo es controlar el poder global. Lo que se está construyendo en esa central nuclear es parte de ese plan.

—Eso no tiene sentido.

—Intentaré explicárselo de forma sencilla…

Cuando se active lo que se está instalando allí, las capacidades de Lucifer se multiplicarán y se hará mucho más peligrosa, aunque no por lo que se imagina.

Lucifer no controlará nada por sí misma, no hace eso…

Lo que sí hará será averiguar el modo de infiltrarse en los sistemas de defensa globales y poner ese poder en las manos de quien le ha pedido ese objetivo.

Cuando eso ocurra, esas potencias perderán su capacidad de disuasión y se instaurará un nuevo orden mundial, gobernado no por la inteligencia artificial, sino por quién está detrás de ella. Ese es el verdadero objetivo final.

—Continúe…

—Rusia y China han sido informados deliberadamente de la existencia de Lucifer y del riesgo que representa.

Como era de esperar, han reaccionado con temor ante la posibilidad de que sus sistemas de defensa queden comprometidos.

Ese temor los ha llevado a exigir al presidente que destruya la central nuclear española lo antes posible.

De hacerlo, Lucifer detonará varias armas nucleares ocultas en Madrid y, con ello, provocará la muerte de millones de personas atrapadas allí.

Esa es la consecuencia que lo arrastrará a su destitución.

—Whitmore no autorizará semejante barbaridad.

—Puede que dude en hacerlo, es humano, pero no tendrá alternativa.

Si él no da la orden, serán los rusos y los chinos quienes destruyan la central.

Y justo antes de hacerlo, anunciarán al mundo sus razones, culpando a Estados Unidos por la creación de esa tecnología y señalando a su presidente como el responsable de la catástrofe.

—¿Y no se puede desconectar el sistema? ¿es posible hacer algo que permita parar a Lucifer?

—Me temo que no es tan sencillo como simplemente desconectar.

Como le decía, lo que se construye es una gran base de datos; un poderoso sistema de almacenamiento y gestión de la información.

Aunque se desconectara, Lucifer seguiría funcionando a través de su red de servidores, como lo está haciendo ahora.

Sin el núcleo central, no tendrá la capacidad suficiente para poner los sistemas de defensa en riesgo, aunque tratará de activar igualmente las bombas si eso ocurre, porque esa orden está establecida como directriz.

—Usted es el creador de esto ¿es que no se le ocurrió añadir un botón de emergencia? ¿no hay modo de pararlo?

—El único modo que existe es aprovechar una vulnerabilidad para introducir un código de bloqueo en el sistema, pero Lucifer no tiene vulnerabilidades. La única opción que se me ocurre es generar esa debilidad de alguna forma y aprovecharla para introducir un exploit.

—¿Qué es un exploit?

—Es una secuencia de instrucciones diseñada para escalar privilegios en el código hasta llegar a tomar el control del sistema.

El problema es que, en este caso, solo puede hacerse desde un termina físico que esté conectado directamente a ese sistema central.

En otras palabras, solo podrán hacerlo accediendo a lugar donde se encuentra ubicado.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo a Sullivan: debía informar a Bradford urgentemente. Se giró hacia la cámara e hizo una señal a los dos analistas que escuchaban desde el exterior para que entraran.

—Bien, Prescott. Voy a dejarle con estos dos agentes, que le interrogarán ahora sobre la organización. Le daré un consejo, y solo una vez: responda con detalle a todo lo que le pregunten y le prometo que el juez lo tendrá en cuenta. Si no lo hace, tenga por seguro que no saldrá vivo de esta.

El director del FBI salió sin perder un segundo rumbo a su despacho. El tiempo se agotaba.

—Robert…

—Hola Bill, esperaba tu llamada con impaciencia, ¿qué has averiguado?

—Nada bueno… Creo que nos estamos dirigiendo hacia una trampa. No te va a gustar lo que tengo que explicarte.