La ambición de Lucifer 44. Arlington
81%

44. Arlington

El condado de Loudoun, en el estado de Virginia, a 35 millas de Washington D. C., contaba con casi doscientos centros de datos: la mayor concentración del mundo. Cuatro mil quinientas hectáreas de instalaciones consideradas el corazón de Internet y de la inteligencia artificial.

Una furgoneta camuflada permanecía aparcada en la avenida Hastings Drive, en Ashburn, frente a la sede de Delfos Dynamics, una de las compañías más importantes en el desarrollo de sistemas de computación de Estados Unidos.

Dentro del vehículo, tres agentes del FBI seguían los movimientos de Richard Prescott.

En los últimos días, sus desplazamientos se habían concentrado sospechosamente en aquel lugar.

Sullivan mantenía comunicación constante con su operativo desde el hospital. Uno de sus oficiales entró en el dormitorio para informarle.

—Dígame, agente, ¿qué tiene para mí?

—Señor…, Prescott entró en las instalaciones hace dos horas. Hemos captado parte de una conversación que mantuvo con un directivo de Delfos Dynamics en la zona ajardinada del recinto que rodea el edificio.

—¿Algo relevante en esa conversación?

—Creemos que sí, aunque ha habido dificultades para obtener un audio claro. Hemos captado términos relativos a la finalización de una infraestructura en construcción para la ubicación de cierto sistema de computación.

—¿Qué más? ¿Qué es lo que ven extraño de eso?

—Podría tener sentido escuchar algo así en una empresa que se dedica a desarrollarlos, pero es llamativo que un cargo gubernamental de segunda fila como Prescott se desplace en solitario hasta aquí para hablar de esto en un jardín exterior con una sola persona.

Además, hemos escuchado algo que no hemos sabido interpretar ni relacionar; aunque pueda parecer que ni tiene importancia, nos ha llamado la atención.

—¿A qué se refiere?

—Han mencionado la palabra “Rioseta” en dos ocasiones. Parecía referirse a una ubicación que no hemos podido determinar. El sonido era muy deficiente; hay demasiadas interferencias en esta zona.

—Rioseta… ¿puede ser la ubicación de ese sistema?

—No lo parece, señor. Por lo que hemos podido escuchar de la conversación, parecía referirse más bien a otro lugar que supone un riesgo importante y que se disponen a eliminar de forma inminente.

—Continúen. Lo consultaré y volveré a llamarles.

Sullivan marcó en su teléfono el número de Bradford con intención de preguntarle sobre ese nombre.

—Bill…, ¿qué me cuentas?, ¿cómo va esa herida?

—¿La herida?, pues amargándome el día. Habrá que pasar por el proceso; lo bueno es que esta tarde me voy a casa. Te llamo porque tenemos novedades de las que te debo hablar.

—Pues dispara…

—La unidad que está vigilando a Richard Prescott me acaba de informar que lo han seguido hasta Delfos Dynamics, una de las empresas tecnológicas que se amontonan en el condado de Loudoun.

—Puede ser… Se trata del director de la Agencia de Proyectos Avanzados de Defensa y sé que tenemos contratos con esa compañía para varios desarrollos. Es posible que los haya visitado por alguno de ellos.

—Han sido ocho veces en los últimos tres días.

—¿Ocho veces? Vaya, debe correrle prisa alguna cosa… ¿Qué puedes decirme de esa visita?

—Nuestros chicos han captado hoy una conversación entre Prescott y alguien de esa empresa en la que ambos hicieron ciertos comentarios relacionados con Lucifer y que podrían confirmarle como parte de esa lista que me diste.

—Eso era de esperar. Buen trabajo.

—Hay algo más… También me han informado de que, en esa conversación, han mencionado una palabra que podría tratarse de una ubicación que yo desconozco.

—¿Qué palabra?

—La palabra es “Rioseta”. La han nombrado dos veces. Parecían referirse a algo que les supone un problema o un riesgo y que deben resolver cuanto antes.

Bradford se quedó mudo por unos momentos. Después lo comprendió, y un escalofrío le recorrió de pies a cabeza.

—Dios mío… Bill, debes detener ya a ese hombre. Hay que sacarle todo lo que sepa.

—¿Y lo de Rioseta?

—Rioseta es la única base militar española operativa y conectada al exterior tras el ataque. Van a atacarla y solo pueden hacerlo de una manera.

Pero lo que más aterró a Bradford de esa información es que daba a entender que el núcleo de computación neuronal que Lucifer construía en las instalaciones de Trillo estaba prácticamente listo para ser activado.

Si esto llega a saberse, nada podrá parar ya el ataque a la central

La situación se complicaba por momentos.

—Daré orden de detención inmediata y lo interrogaremos. Te garantizo que hablará. Dame unas horas, te llamaré.

—Gracias, Bill.

Robert Bradford sintió que ahora era él quien se enfrentaba a un dilema personal.

Sabía que su obligación era informar de lo que sabía de inmediato, porque, si no lo hacía, pondría en riesgo a todos.

Si aquellas instalaciones se ponían plenamente en marcha, ya no habría forma de parar a Lucifer; todo el mundo estaría bajo su control.

Desbordado por la situación y al borde de un ataque de pánico, decidió salir de su despacho. Tenía que reflexionar fuera de todo aquello. Se dirigió a la salida del Ala Oeste y pidió a dos agentes del servicio secreto que le acompañaran.

—Llévenme a Arlington.

—¿Al Cementerio Nacional?

—Sí, por favor. Entren por el acceso restringido.

Quince minutos después, el coche llegaba a la entrada y uno de los agentes presentaba las credenciales en el control.

El coche recorrió la Wilson Avenue hasta alcanzar el gran círculo de columnas del Memorial Amphitheater, donde se encuentra la tumba del soldado desconocido.

A esa hora había muy poca gente recorriendo el lugar, por lo que pidió a los agentes que se mantuvieran a una distancia discreta y le dejaran recorrer el lugar en soledad.

Bradford solía visitar el cementerio varias veces al año, le gustaba recorrer los quinientos metros que separan el monumento hasta la Sección 7, donde se encontraba la tumba de su abuelo paterno, Alfred J.

Bradford, fallecido en acto de servicio en Francia, durante la segunda guerra mundial.

Era un lugar especial, donde su mente parecía encontrar la paz que, a menudo, le faltaba en los momentos difíciles.

Caminó lentamente durante una hora, respirando un aire que se notaba limpio y húmedo. La sucesión de olores que desprendían las magnolias y los cerezos en flor se mezclaba con el del césped recién cortado. Poco a poco, aquellos aromas iban serenando su mente, confusa por todo lo que estaba pasando.

Minutos después, ya divisó la lápida de su abuelo a escasos veinte metros del sendero que recorría.

Parado allí, pronunció unas breves palabras agradeciendo su ejemplo de sacrificio en la lucha contra la maldad de los hombres y por la libertad, una pequeña tradición personal que procuraba cumplir en sus visitas.

Ahora, esa maldad llegaba nuevamente, esta vez a escasos kilómetros de allí, y le exigía a él demostrar su valor y sacrificio por los mismos principios.

Cuando se disponía a volver, su teléfono sonó insistente. Era Sullivan.

—Dime Bill.

—Robert, ¡lo tenemos! Está retenido en el Edgar Hoover, vamos a interrogarlo ahora mismo. ¿Hay algo especialmente urgente que quieras que le preguntemos?

—Ese gusano ha trabajado directamente en el desarrollo de Lucifer y estoy seguro de que buena parte de su funcionamiento y de su programación la ha diseñado él, incluido lo que estén haciendo en la central nuclear. Necesitamos saber cómo podemos desconectarlo, y lo necesitamos ya.

—Me encargaré personalmente.

—Bill, una cosa más… Jamás pensé que diría esto: vas a tener que hacer lo que sea necesario para que hable.

Él es el único que puede darnos esa información y millones de personas pueden morir si no lo hace.

Después, tendremos que actuar sin demora contra el resto de los sospechosos de la lista, empezando por Harlam, para interrogarlos antes de que empiecen a desaparecer, ya sea porque se escapen o porque los eliminen.

Ellos nos darán los nombres del resto de colaboradores que haya dentro y fuera del país.

Habrá que avisar a la Interpol para que estén preparados.

—Cuenta con ello, no te preocupes.

—Por favor, avísame tan pronto tengas algo.

—Lo haré.

Bradford hizo una señal a los agentes, para regresar de inmediato a la Casa Blanca.