43. Poder amargo
Whitmore tenía la mirada perdida. Nunca había sentido una sensación de vacío tan profunda. Se lamentaba de haber perdido el control en su discusión con Bradford. Ahora sabía que la confianza de su amigo había quedado dañada, tal vez de forma irreparable.
Se enfrentaba a un doloroso conflicto interior en la soledad de su posición. Seguía pensando que tenía motivos para haber cambiado de opinión, pero no supo transmitirlos correctamente.
En el fondo, también sabía que la decisión que ahora pretendía tomar, aunque pudiera parecer políticamente correcta, jamás sería honorable.
Por muchas razones que pudiera esgrimir, había en ella un componente inconfesable: el interés personal de conservar el poder, y Bradford había intentado hacerle entender que se destruiría a sí mismo si dejaba que la ambición se impusiera sobre su integridad.
Whitmore no quiso escucharle. Ahora, el peso de aquel consejo, rechazado bruscamente, resonaba en su mente, agudizando el conflicto que le ardía por dentro.
—Señor presidente, el vicepresidente Warren pregunta si está disponible —indicó su secretaria a través del interfono.
—Que pase, gracias.
—Hola, Tom. Siento no haber podido venir antes; esta gente del Economic Council son unos auténticos pelmazos. ¿Cómo fue la entrevista con Keller?
Whitmore, con el rostro serio, rodeó la mesa y se sentó antes de responder:
—El señor Keller nos deleitó con una larga confesión en la que reconoció estar involucrado en la trama de Lucifer.
—¿Keller está en el ajo? No puedo creerlo…
—Eso no es lo peor. Tenemos varias manzanas podridas en nuestra propia cesta. Todavía no sabemos hasta dónde llega la podredumbre.
—¿A quién ha implicado?
—A varios altos cargos y subsecretarios. Posiblemente habrá más; no hemos terminado el interrogatorio.
—Es terrible. Esto puede afectarnos gravemente. Será un escándalo cuando se sepa; la prensa no tardará en enterarse.
—Sí, por eso debo tomar una postura con respecto a lo de España.
Si no resolvemos esto rápidamente y cedemos la iniciativa a los demás, nos acusarán de ser responsables de esta amenaza y de las consecuencias de bombardear un país de la OTAN.
Cuando se sepa que hay miembros del equipo presidencial directamente involucrados, acabaré fuera de la Casa Blanca en el mejor de los casos, o incluso enfrentándome a un tribunal de justicia por crímenes contra la humanidad si esto se nos va de las manos.
—Eso no pasará, Tom. Tú sigues teniendo el poder y la iniciativa.
La destrucción de Lucifer no solo es una necesidad, sino la manera de salvar al planeta de un conflicto nuclear.
Da la orden y destruye esas instalaciones.
Lo presentaremos como una medida difícil, pero necesaria para salvar a millones de personas.
Nuestros aliados no se atreverán a criticarla y los obligaremos a respaldarla.
Si manejamos bien todo esto, no solo no perderás la presidencia, sino que saldrás reforzado para la reelección y, de paso, lanzarás un mensaje de determinación a nuestros rivales que te vendrá muy bien.
Recuerda que estamos a solo unos meses de las elecciones presidenciales; este es el momento adecuado para tomar decisiones valientes.
—Voy a necesitar tu ayuda en esto, Warren.
—Estoy a tu lado. Lucharemos juntos, cuenta con ello. Por lo demás, no te preocupes. La historia siempre la han escrito los vencedores. Sabremos manejar lo que venga después.
Whitmore asintió a las palabras de Warren, pero sabía que estaba cruzando una línea de no retorno muy peligrosa.
—¿Podrás encargarte de organizar una reunión con el gabinete? Tendremos que ver cómo tratar esto con el secretario de Defensa. Se negará a llevar a cabo este ataque.
—¿Bradford está en contra?
—Sí. Hemos tenido una fuerte discusión por esto y le he echado del despacho. Tendremos ahí un hueso difícil de roer.
—Pensaba que era tu asesor de mayor confianza…
—Yo también lo pensaba. Ha decidido darme la espalda.
—Pues destitúyelo…
—No conviene anunciar ahora una crisis de gobierno. Daría una imagen de falta de unidad que no interesa.
—Pues habrá que hacer que entre en razón…
Whitmore no pareció escuchar el comentario de Warren; se había quedado pensativo, mirando el retrato de su esposa.
—¿Tom…?
—Sí…, perdona, estaba abstraído. ¿Qué decías?
—Que tendremos que hacer entrar en razón a Bradford. Su obligación es apoyar a su presidente. Aceptará lo que le digas, estoy seguro de ello.
Whitmore suspiró profundamente, aceptando que no tenían otra opción que forzar su apoyo; en caso contrario, solo le quedaría la opción de destituirlo del cargo.
—Está bien…, haremos la reunión del gabinete esta misma tarde. ¿Te encargas tú?
—Claro, no te preocupes, yo me encargo de todo…
Whitmore se quedó observando el Rose Garden desde la ventana, como solía hacer cuando aparecía el sabor amargo del poder. La luz que entraba del exterior proyectaba la sombra de Elliot Warren sobre el sello presidencial en la moqueta del Despacho Oval.