42. Lealtad quebrada
Bradford llegó a la sala de la secretaria de Whitmore media hora después de la reunión con Keller, tal como le había pedido.
—Hola, Alice. ¿Sabes si el presidente está ya disponible?
—Lo está. Me dejó una nota diciendo que usted vendría.
—Estupendo, gracias.
—Hola, Robert, pasa, por favor.
—Hola, Tom. ¿Todo bien?
—Sí…, necesitaba este rato para poder ordenar mis ideas.
—¿Y lo has conseguido?
—No mucho, la verdad… Tengo un dilema personal que necesito compartir contigo como amigo.
—Para eso están los amigos, supongo…
—Verás…, tengo dudas respecto a la postura que debo tomar sobre el asunto de Lucifer.
Bradford se sorprendió por el comentario. Creía tener claro cuál era la posición del presidente.
—¿Te refieres a lo de bombardear la central nuclear?
—Sí…, tal vez no tengamos más remedio que acceder a las presiones de Rusia y China.
Al fin y al cabo, todos han estado de acuerdo con ello en la reunión, salvo Keller, y ahora sabemos que él está involucrado en esta conspiración, por lo que entiendo que pudo haberse negado porque trataba de evitar la destrucción de Lucifer.
Bradford estaba desconcertado. No reconocía a su amigo en aquella postura repentina. Las razones que esgrimía podían tener algún sentido, aunque, conociéndolo bien, no le parecía suficiente como para haberle hecho cambiar de opinión de esa manera; intuía que había otras razones menos confesables.
—Tom…, ¿estás sugiriendo que vas a votar a favor de ese bombardeo y arriesgarte a que Lucifer destruya Madrid con todos sus habitantes dentro?
—Yo creo que no lo hará. Se quedaría sin opciones para seguir chantajeándonos.
Una vez destruidas las instalaciones que está construyendo, habríamos evitado que pueda acceder a los sistemas de defensa de las potencias nucleares del planeta.
¿Qué iba a hacer a partir de ahí? No tendría sentido hacer explotar esas bombas, y a sus fuerzas ya no les quedaría más remedio que abandonar.
—¿Y los efectos de destruir la central? Podría ser una enorme catástrofe medioambiental que duraría siglos y dejaría contaminada la mitad del país…
—En el improbable caso de que eso ocurra, se podría asumir como el menor de los males.
Con el tiempo, esa contaminación radiactiva quedaría concentrada en una zona razonablemente limitada, donde sabemos que hay poca densidad de población.
Podríamos ofrecer a los españoles ayudas que compensaran sobradamente los daños.
Incluso, podríamos exigir que los demás países que apoyan esta postura colaboren económicamente en ello.
—¿Realmente crees que podríamos zanjarlo así con ellos tras un ataque de esas características? Su sociedad no lo entendería, y la nuestra tampoco…
—Robert, no tenemos otra alternativa. No vamos a poder evitar que todo esto suceda.
Si no tomamos nosotros la iniciativa y acaban tomándola rusos y chinos, nuestra capacidad de disuasión en el mundo se habrá acabado y nadie nos respetará como un aliado fiable, ¿es que no lo entiendes?
Ellos aparecerán como los salvadores de la humanidad y nosotros como los culpables de haberla puesto en peligro.
—¿Ese es el argumento que utilizarás para explicarlo?
—Tengo que recordarte que esa tecnología se ha creado aquí de forma criminal, y que la mitad de nuestro equipo está involucrado en esa organización. Son ellos los culpables de esto y yo no estoy dispuesto a ser quien lo pague.
Bradford empezó a ver qué pasaba en realidad.
El presidente temía perder su posición y sus opciones de mantenerse en el poder.
Le costaba aceptar que quien había sido para él un modelo a seguir por su integridad moral, ahora resultara ser otro hipócrita cobarde y ambicioso capaz de todo por conservar cuatro años más aquel despacho ovalado.
—Tom…, me has pedido que te escuche como amigo.
Déjame ahora que, como amigo, te diga con sinceridad que no puedo estar de acuerdo con lo que estás proponiendo.
No puedo aceptar esa idea, me lo impiden mis principios éticos y morales más elementales.
Algo así destruiría todo por lo que hemos luchado; no podría mirar a la cara a mis hijos después de hacerlo sin haber luchado hasta el último momento por evitarlo.
Lo siento…, no apoyaré esa iniciativa en ningún caso.
La expresión de Whitmore se endureció. No esperaba esa respuesta de quien había considerado hasta ahora su principal y fiel consejero.
—Me decepcionas, Robert. Contaba con tu lealtad inquebrantable —le increpó visiblemente enojado—. Tú dijiste en este mismo despacho que apoyarías lo que yo decidiera al respecto. ¿Dónde está ese compromiso?
—Lo lamento en el alma, Tom… Cuando te dije eso, había cosas que no sabíamos. Te ruego que reflexiones sobre ello. No te equivoques, por favor.
Ese comentario acabó de alterar definitivamente a Whitmore y de hacerle perder su habitual autocontrol…
—¡Vete de mi despacho inmediatamente…! —le gritó.
Bradford se quedó bloqueado ante una reacción desconocida para él en su viejo amigo. Un sentimiento de tristeza e indignación le invadió por segundos y le costó no reaccionar con la misma vehemencia. Se contuvo…
—Enseguida, señor presidente —le respondió con sequedad.
Bradford salió sin decir nada más y se dirigió hacia su despacho, tratando de calmar su indignación y de encontrar alguna manera de justificar las razones de Whitmore.
A medida que avanzaba por los largos pasillos, sus nervios iban calmándose y su mente volvía a discurrir.
Pensaba en la general Corbos, que seguiría esperando la llamada acordada, y en cómo podría reaccionar cuando se enterara de la postura del presidente.
En ese momento, se acordó de Sullivan y de que desconocía en qué estado se encontraba. Decidió acercarse al WHMU, el centro de asistencia médica de la Casa Blanca, para preguntar. Estaba en el Ala Oeste, por lo que no tardó en llegar. Se dirigió a la enfermera de guardia.
—Soy Bradford, el secretario de defensa.
—Lo sé, señor.
—¿Dónde está el director Sullivan?
—Lo trasladaron al GW Hospital después de estabilizarlo.
—Gracias, me acercaré.
El George Washington Hospital estaba tan solo a seiscientos metros de allí. Bradford decidió ir caminando, necesitaba que le diera un poco el aire para poder tranquilizarse y pensar con más claridad. Al llegar a la entrada, vio a varios agentes controlando el acceso. Uno de ellos lo reconoció.
—Buenas tardes, señor.
—¿Dónde está?
—En la tercera planta, habitación trescientos sesenta.
Subió el ascensor y se dirigió hacia allí.
Otro agente le hizo una señal, indicando la habitación.
El médico que lo atendía le informó en la entrada que estaba bien; la bala no afectó a los pulmones, tenía buen diagnóstico y estaba consciente, por lo que le permitió entrar a conversar un rato con él.
—Bill…, ¿cómo vas?
—Ya lo ves, me han dado la baja por accidente laboral.
—Esta vez ha faltado poco…
—Gajes del oficio.
—¿Cómo ha pasado? ¿Cómo es que no fueron detectados?
—No lo sé, no estoy al corriente de todos los agentes que se designan para escolta. Mandé la orden para que los enviaran y llegaron estos. Habrá que investigarlo.
—Hablando de investigaciones… ¿Cómo van?
—Estamos avanzando, pero no tenemos todavía unas conclusiones suficientemente sólidas.
—Pues tengo que hacerte una petición sobre esto que debe quedar entre nosotros.
—Te has tropezado con algo delicado, ¿me equivoco?
—Bastante delicado, sí… Necesito que hagas un seguimiento a William Harlam y Richard Prescott.
Sullivan sonrió al escuchar los nombres. No se sorprendió.
—Robert…, hace ya unos días que los estamos siguiendo.
—No sé por qué no me sorprende. ¿Qué es lo que sabes?
—En realidad, solo son sospechas; por eso no te había dicho nada todavía. Detectamos ciertos movimientos extraños y decidimos investigar. ¿Y tú? ¿Por qué me pides eso?
—Hay razones de peso que los relacionan como piezas clave en el asunto de Lucifer, sobre todo a la rata de Harlam. Si eso se confirma, podrían llevarnos hasta el corazón de la organización.
—Pues reforzaremos esa vigilancia en ambos sujetos. Daré orden de que se pongan en ello.
—Se trata de algo extremadamente crítico, Bill. Tenemos muy poco tiempo para descubrir dónde se ubica esta organización y neutralizarla. Por favor, haz lo posible para que esto no se filtre a nadie. Hay más gente involucrada…
—No te preocupes. Estoy herido, pero no muerto. Me encargaré de todo y te mantendré informado.
—Gracias, amigo.