La ambición de Lucifer 41. La confesión #2
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41. La confesión #2

—A pesar de eso, fue elegido…

—Sí…, con el apoyo de su administración.

—Debo aclararle que yo no apoyé públicamente ninguna candidatura; fue una votación entre los miembros de la Alianza. Ordené que fuésemos los últimos en dar nuestro voto para no condicionar el de los demás.

—Señor presidente…, miembros de su gabinete se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme el puesto, siempre que colaborara con ellos en secreto.

Al principio, llegué a pensar que usted estaba detrás de la propuesta y me dejé llevar por mi ambición personal. Acepté estúpidamente la oferta y cuando supe dónde me había metido, ya era tarde; me habían atrapado en sus redes.

Bradford se impacientaba.

—¿Quiénes de este gabinete forman parte de esa organización?

Keller respiró profundamente. La tensión que sufría le presionaba el pecho. Se incorporó levemente en el sillón y se dispuso a hablar.

—No recuerdo el nombre de todos, aunque sí sus cargos: son tres: las secretarías de comercio, energía y transporte.

También otros de menos nivel, entre ellos el representante comercial y un alto cargo de la CIA con los que no he llegado a coincidir nunca.

Todos han participado habitualmente en las reuniones que se celebran casi siempre aquí, en Washington, y a las que yo no siempre era invitado.

—¿Alguien más? ¿Personas externas a la administración?

—Desde luego… Hay presidentes de fondos de inversión y líderes de organizaciones radicales; son los que se encargan de conseguir el dinero y de controlar la seguridad.

Todo está justificado por un supuesto patriotismo.

En realidad, lo que le mueve a la mayoría es la ambición por el poder y el dinero.

—¿Y quién es el líder de todos ellos, el que realmente está al frente de esta conspiración?

—Su identidad se mantiene permanentemente oculta. Desconozco quién está al frente de todo.

—Si permanece oculta, alguien debe estar liderando presencialmente las reuniones y controlando los movimientos. ¿Quién es el que se encarga de todo eso? —añadió Bradford.

—Hasta donde yo sé, quien lidera las reuniones y todo lo que se decide en ellas es William Harlam, su subsecretario de defensa.

Él es quien coordina y controla a todos los miembros, y el que transmite las órdenes y decisiones de quien tiene por encima, que, como ya les he dicho, nunca se manifiesta y permanece oculto.

—¡Harlam…! Sabía que esa rata ocultaba algo —masculló Bradford al escucharlo.

—Es un hombre especial, por expresarlo de alguna forma… —afirmó Keller.

—¡Es un hijo de puta! —gritó, visiblemente indignado.

Whitmore se mostró incómodo ante el comentario.

—Bob, por favor… Señor Keller, ¿qué puede decirnos de Lucifer? —añadió.

—Lo que sé es que se trata de una tecnología que fue desarrollada para generar poder e influencia a nivel global.

Pretendían utilizarla contra todo el mundo, incluso contra los aliados.

Se basa en el análisis de la información y de su manipulación para controlarlos a todos: una especie de anillo de Sauron en forma de una increíblemente poderosa IA, con una capacidad de procesamiento prácticamente capaz de adelantarse al futuro.

Algo sucedió tras su puesta en marcha; aparentemente algo se les ha ido de las manos.

—Explíquese, por favor.

—Cuando se conectó el sistema hace casi tres años, la IA presentó algunos problemas, poniendo en práctica ciertas operativas por sí misma que no habían sido programadas.

Inicialmente nos dijeron que se trataba de algo ya subsanado y no volvió a suceder, hasta que pasó lo de España.

En ese momento, Lucifer mostró su horrible cara: siguió tomando decisiones autónomas desde la sombra y durante mucho tiempo, con una precisión asombrosa y adelantándose a cualquier sospecha que pudiera surgir en la organización.

Cuando se dieron cuenta, ya habían perdido su control.

—Háblenos de quienes lo han desarrollado. ¿Qué sabe de ellos?

—En realidad no mucho. La persona con la que he tenido contacto habitual, responsable principal del equipo de desarrollo, es Richard Prescott.

Él era también mi enlace habitual con la organización y a quien debía enviar regularmente información interna de la Alianza.

Por lo que tengo entendido, él ha sido, de alguna forma, el padre de esa tecnología.

—¿Richard Prescott?

—Sí, señor presidente. Es el director de la agencia de proyectos avanzados de defensa. No lo conozco personalmente, solo he oído hablar de él: un chiflado con una enorme inteligencia a la que le falta cabeza donde meterla; otro auténtico gilipollas al que alguien ha puesto al mando de un volante.

La grosería de Bradford incomodó a Whitmore, quien le lanzó un gesto de reproche antes de dirigirse nuevamente a Keller para continuar con el interrogatorio.

—Dígame…, ¿sabe usted dónde se ha desarrollado esa tecnología? Por sus características, tiene que haber sido en un lugar con suficientes recursos.

—Por mi condición de extranjero, yo he sido una pieza secundaria en este engranaje; no tenía acceso a esa información. Puedo confirmarle que el sistema se ha desarrollado en suelo estadounidense, aunque desconozco el lugar concreto.

Whitmore había tenido suficiente. Pulsó el interfono…

—Alice, por favor, llame a seguridad y que se presenten en mi despacho.

—Enseguida, señor.

—Señor Keller…, le agradezco su colaboración. Debo indicarle que quedará detenido y que será acusado de conspiración por esta administración. Por ahora, vamos a interrumpir nuestra conversación. Volveremos a requerirle para nuevas consultas en breve.

Los tres se levantaron de su asiento con rostros serios. Al instante, dos agentes del servicio secreto entraron en el Despacho Oval.

—Por favor, arresten a este hombre y mantengan un retén de seguridad para darle protección constante. Quiero que esté cómodo y seguro.

—Enseguida, señor presidente.

Los dos agentes esposaron a Keller y se lo llevaron, dejando solos a Whitmore y Bradford, todavía perplejos por lo que acababan de escuchar.

—Tom, debemos llamar a la general Corbos, estará esperando.

Whitmore no dijo nada. Se había quedado pensativo, analizando las repercusiones de la confesión de Keller.

Los cargos involucrados afectaban a buena parte de su administración; una corrupción absoluta que se extendía fuera del país, amenazando la estabilidad mundial y que, además, le dejaba a él contra las cuerdas,

poniendo en peligro su posición como presidente de los Estados Unidos y sus esperanzas de reelección.

—Tom… —insistió Bradford al verlo abstraído.

—Disculpa Robert, me había quedado algo bloqueado con este tema ¿qué decías?

—Corbos…, estará esperando nuestra llamada.

—Sí… tienes razón. Dame media hora, ¿de acuerdo?, necesito meditar un poco sobre todo esto con tranquilidad.

—Lo entiendo perfectamente, lo que ha pasado también me tiene a mí bastante en shock. Voy a mi despacho y vuelvo más tarde. No te preocupes.

Whitmore se quedó solo ante su conflicto personal. Lo que decidiera hacer en los próximos minutos, podría significar el final de su etapa como presidente, incluso con el riesgo de ser visto como el responsable de haber puesto en peligro la vida de millones de personas.