41. La confesión
William Sullivan observaba cómo el Dassault Falcon 8X entraba lentamente en el hangar secundario de la terminal FBO del aeropuerto Ronald Reagan.
Había decidido presentarse en persona, acompañado por tres agentes, para asegurarse de que Adrian Keller fuese conducido con absoluta seguridad ante el presidente.
Cuando la puerta del avión se abrió, Keller apareció con un rostro de evidente inquietud. Aún ignoraba por qué habían ordenado al piloto regresar. Al ver los dos vehículos oficiales esperando, un pensamiento oscuro le atravesó la mente.
—Buenas tardes, señor Keller. Por favor, acompáñeme —le ordenó Sullivan, abriendo la puerta trasera de uno de los Chevrolet Suburban estacionados dentro del hangar.
Ya en el interior, Keller no pudo esperar a saberlo. Temía que todo aquello fuese cosa de Harlam.
—¿Adónde me llevan?
—Ha sido requerido con urgencia por el presidente. Le espera en la Casa Blanca.
Keller sintió una mezcla contradictoria de alivio y desasosiego. Aquello podía significar que sospechaban de algo y que lo iban a interrogar.
Los dos vehículos tomaron la salida por la vía perimetral restringida del aeropuerto hacia la I-395, por la George Washington Memorial Parkway que bordea el Potomac.
A esa hora, era la mejor opción para esquivar el tráfico denso de la zona.
Avanzaban con rapidez, pegados uno al otro.
Sullivan mantenía el silencio, mientras la preocupación de Keller crecía a cada kilómetro que recorrían.
Sabía que los tentáculos de la organización se extendían por todas partes y no podía tener seguridad de que aquellos agentes pretendieran llevarle ante Whitmore o ejecutarlo en algún sitio apartado.
Tanto si iban hacia la Casa Blanca como si no, aquel trayecto solo podía significar que su vida estaba en un serio peligro y que ya no podría haber marcha atrás. Se sentía como un hombre muerto.
Siguieron por la 395 hasta incorporarse a la Main Avenue.
El tráfico era prácticamente inexistente en aquel tramo solitario y su inquietud iba en aumento.
Al pasar el túnel con la calle doce, el coche delantero frenó repentinamente sin motivo aparente.
El suburban que transportaba a Keller se vio obligado a detenerse de forma brusca.
Sullivan apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ver cómo dos agentes descendían del vehículo delantero armados con fusiles automáticos y comenzaron a disparar contra los cristales blindados.
El estruendo ensordecedor resonó brutalmente en el túnel.
—¡Agáchese! —gritó Sullivan a Keller.
El parabrisas finalmente reventó y una bala rozó el cuello del agente al volante. La sangre le brotaba abundantemente. Trataba de contenerla con la mano izquierda mientras maniobraba angustiado, intentando sacar el vehículo de aquella trampa mortal.
—¡Acelere, ahora! —ordenó Sullivan.
El suburban embistió a uno de los atacantes, lanzándolo varios metros y golpeándolo violentamente contra la pared. El segundo atacante disparó contra el lateral del coche, hiriendo en la clavícula a Sullivan.
El conductor se dirigió a toda velocidad hacia la salida del túnel y giró a la izquierda, derrapando bruscamente y haciendo chirriar los neumáticos. Pudo controlar el vehículo y continuar por la avenida a toda velocidad.
El dolor casi impedía respirar a Sullivan, que sangraba abundantemente. Keller sacó un pañuelo y lo presionó contra la herida. Horrorizado, trataba de recomponerse del shock.
—Apriete todo lo que pueda… Tenemos que ir a un hospital inmediatamente. Pierde mucha sangre.
—¡No lo haremos! Seguiremos la ruta. Agente, vaya directamente a la Casa Blanca —respondió Sullivan con dificultad—. ¿Puede encargarse?
—Creo que sí, señor.
Keller, estremecido, observaba cómo Sullivan estaba a punto de perder el conocimiento y le preocupaba el estado del conductor, que seguía sangrando por la herida del cuello mientras trataba de conducir.
El corazón parecía que le iba a estallar.
Keller intentaba desesperadamente tranquilizarse y tratar de hacer algo.
Comprendió que la organización no dejaría que saliera vivo de Washington; se había convertido en una pieza peligrosa para ellos y ya daba igual lo que hiciera; estaba sentenciado.
Sacó el móvil con manos temblorosas, buscó el número de Bradford y marcó.
—¿Keller? —la voz sonó incrédula al otro lado.
—Sí…, soy yo. Acabamos de sufrir un ataque. Vamos hacia la Casa Blanca. Sullivan y el conductor están heridos. Llegaremos en cinco minutos.
—¡Dios mío! Me encargo de todo.
Bradford salió disparado de su despacho, ordenó a su secretaria que alertara al servicio médico y volvió a entrar para llamar a seguridad.
—Soy Bradford. Un vehículo llegará a la puerta norte. Déjenlo pasar: dos agentes heridos y Adrian Keller, secretario general de la OTAN. Reténganlo en una sala con cuatro hombres hasta que yo llegue. Que el Servicio Secreto refuerce el perímetro. Estamos bajo amenaza.
—Enseguida, señor.
El Chevrolet Suburban llegó a la puerta de control, le esperaba un vehículo del servicio secreto, que lo escoltó hasta una entrada del lado norte, donde esperaban los servicios médicos, que se encargaron de Sullivan y del conductor.
Keller fue conducido a una sala en el interior. Bradford llegó unos minutos después.
—¿Se encuentra bien, señor Keller? ¿Ha recibido atención médica?
—Estoy bien, solo algo aturdido por lo sucedido. ¿Cómo están Sullivan y el conductor?
—Están en buenas manos. No se preocupe.
Keller estaba ansioso por saber qué intenciones tenía el presidente y no dudó en pedir una explicación.
—Supongo que tendrán una buena razón para haberme hecho venir de esta manera.
—Hablaremos de ello en el despacho, con el presidente. Por favor, acompáñeme.
Ambos abandonaron la sala y avanzaron por los pasillos que conducían al Ala Oeste. El refuerzo de seguridad ordenado por Bradford se hacía evidente, con un número considerable de agentes del Servicio Secreto controlando todos los accesos.
Durante el recorrido, no hubo intercambio alguno de comentarios. Mantuvieron un silencio absoluto hasta llegar a la puerta del Despacho Oval, donde ya esperaba Whitmore. Nada más entrar, el presidente se interesó por su estado manteniendo un tono de cordialidad.
—Señor Keller, me han puesto al corriente de todo. Espero que se encuentre bien. Es terrible lo que ha sucedido.
—Sí, señor presidente. Ha sido la peor experiencia de mi vida.
—Por favor, tome asiento y acepte mis disculpas por haberle hecho regresar de esta manera; las circunstancias nos han obligado a ello.
—No se preocupe —accedió Keller, sin poder disimular su inquietud.
Whitmore llamó a su secretaria.
—Alice, ¿ha llegado ya el señor Warren?
—No, señor. Ha pedido que se le excuse, se encuentra todavía en la reunión con los delegados del NEC.
—Por favor, llámelo y dígale que, dadas las circunstancias, comenzaremos la reunión con el señor Keller sin él.
Whitmore le pasó la palabra a su secretario de defensa para que fuese quien iniciara la ronda de preguntas a Keller, quien ya intuía cuales iban a ser.
Antes de empezar, Bradford puso en marcha sobre la mesa una grabadora digital y se sentó frente a él a escasa distancia, con una poco sutil intención de intimidarlo.
—Señor Keller…, como ya le informamos, afrontamos el riesgo cierto de que millones de personas puedan morir y de que esta crisis nos arrastre a una situación terrible.
—Soy consciente de ello y también me preocupa.
—Pues verá…, no tenemos mucho tiempo para encontrar una solución y, como ya sabe, estamos apurando nuestras últimas opciones, por lo que necesitamos pedirle su colaboración.
—Estoy a su disposición para colaborar en lo que pueda.
—Se lo agradecemos, señor Keller. De momento, lo que precisamos de esa colaboración es información. Y para ello, debemos empezar haciéndole una pregunta muy simple y directa que le pedimos conteste con total sinceridad.
—Adelante, señor Bradford. Hágame su pregunta.
—¿Tiene usted alguna relación o vinculación, directa o indirecta, con una organización secreta responsable de la creación de un sistema de inteligencia artificial avanzada llamado Lucifer? Por favor, piénselo bien antes de responder.
Keller contenía la respiración. Creyó que ya estaban al corriente de su vinculación con la trama y que no podría ocultarse por más tiempo, aún menos después de saber que intentaban asesinarle.
—¿Me están acusando de traición?
Keller trataba de parecer indignado por la insinuación.
—No le acusamos de nada, todavía… Por favor, responda a la pregunta —intervino Whitmore.
Keller agachó la mirada, se sentía rendido y consciente de que todo había terminado para él. Comprendió que había llegado el momento de confesarlo todo y de evitar más daño a inocentes. Levantó su mirada y la dirigió a Whitmore con expresión de abatimiento.
—Señor presidente…, confieso que estoy involucrado en las actividades de esa organización y asumiré la parte de responsabilidad que me corresponda por lo que está pasando.
Whitmore se quedó perplejo al escuchar esas palabras; le costaba creer que una organización secreta fuese tan poderosa como para haber llegado a reclutar al máximo representante de la Alianza Atlántica y aquello le perturbaba.
¿Hasta dónde puede llegar esta trama?
—Señor Keller, ¿está dispuesto a colaborar con nosotros para esclarecer todo esto? —añadió Bradford.
—¿Qué va a pasar conmigo? ¡Esa gente intenta matarme!
—No se preocupe por eso ahora, tomaremos medidas para su seguridad. Ahora, lo que importa es que nos dé toda la información posible sobre esa organización para que podamos evitar que mueran más inocentes. ¿Lo entiende?
—Sí, sí…, lo entiendo. Perdonen mi nerviosismo.
—Estupendo…, empiece por el principio.
Keller bebió de un golpe el vaso de agua que le habían puesto sobre la mesa. Tenía la garganta completamente seca tras los angustiosos momentos que había vivido y la amenaza a la que se enfrentaba ahora.
—Todo empezó al finalizar mi mandato como primer ministro de Países Bajos. Me postulé públicamente como candidato a la secretaría general cuando se abrió esa plaza por la enfermedad del anterior secretario, aunque sabía que no tenía opciones.