40. Corbos-Whitmore #2
—Lamento tener que decirlo, pero se trata de la situación que tenemos ahora mismo.
Y déjeme decirle algo más… En estos momentos estamos a la espera del resultado de una reunión secreta del Consejo Europeo, donde se decidirá la posición de la Unión al respecto.
Jean‑Pierre Moreau ya se ha manifestado aquí, en esta misma sala, a favor de ceder a las presiones de Rusia y China, que exigen que sea Estados Unidos —como supuesto principal responsable de la creación de Lucifer— quien se encargue de bombardear esas instalaciones.
—El hijo de puta de Moreau. Miserable canalla… ¿Y qué ha dicho la OTAN?
—Si se refiere al secretario general, Keller se ha mostrado totalmente en contra de esa idea, igual que yo. Gracias a él ha sido posible esta conversación.
Corbos mantuvo unos breves instantes de silencio tras escuchar ese comentario sobre Keller.
—Dígame, señor presidente, ¿cuál es exactamente el problema? Sin rodeos, por favor.
—El problema, señora Corbos, es que dará igual qué pueda decir yo o el secretario general de la OTAN; si nos negamos, Rusia y China atacarán Trillo por su cuenta igualmente, eso sin contar con la posibilidad de que la Alianza se vea en la obligación de responder,
atacando en la misma proporción a ambos países, con lo que eso significaría.
Frente a la mesa de Corbos, Germán era testigo aterrado de lo que se estaba discutiendo.
Su mente buscaba desesperadamente una forma de aceptar aquella realidad.
Era incapaz de hacerlo. Aquello no era una crisis más: era el final de todo.
Un mundo obligado a elegir entre ser sometido por una inteligencia artificial respaldada por una organización criminal sin escrúpulos o iniciar la tercera guerra mundial.
La ansiedad le oprimía el pecho. El futuro de sus hijos, de su mujer, de toda su familia…
todo lo que había soñado para ellos podía desaparecer, volatilizado por la insaciable ambición humana, por el ansia de poder y riqueza; por la necesidad de satisfacer los instintos más primarios de algunas personas, aunque fuera pisando las vidas del resto.
Corbos seguía conversando con Whitmore mientras observaba de reojo a Germán. Se había dado cuenta de su estado de ánimo; parecía a punto de hacerle estallar. Algo cambió en su expresión repentinamente…
Germán giró su mirada hacia Corbos con los ojos muy abiertos y ella dejó de atender las palabras que seguían surgiendo del transmisor, percibiendo en la expresión del hombre que tenía frente a ella que su mente analítica acababa de encajar una pieza crucial.
—Señor presidente… discúlpeme un momento —lo interrumpió, sin apartar la vista de Germán.
—Claro… no se preocupe.
Corbos puso en modo “MUTE” el transmisor.
—¿Qué ocurre, García?
Germán se dirigió con expresión de inquietud a la general.
—Isabel…, creo que se están equivocando.
—¿Por qué cree eso?
—Para poder atacar y destruir a Lucifer debemos entender cómo funciona.
Aunque destruyan lo que están instalando en Trillo, el sistema seguirá operando igual.
Hasta ahora ha funcionado a través de una red de servidores y sistemas de computación avanzados que, probablemente, están repartidos por distintos países y protegidos por múltiples capas de cifrado.
Es prácticamente imposible localizarlos todos para desconectarlos.
—¿Está diciendo que ya hemos perdido la batalla y que no podemos hacer nada para evitarlo?
—No… lo que estoy diciendo es que la clave no es destruir el corazón de Lucifer en Trillo, sino encontrar a quienes lo han desarrollado.
Ellos deben saber cómo acceder al sistema.
Si pudiésemos hacerlo de algún modo, tendríamos una oportunidad para desconectarlo.
Si bombardean la central, Lucifer probablemente hará estallar una o todas las bombas que tiene en su poder y morirán millones de personas para nada, porque seguirá funcionando.
Corbos entendió inmediatamente a qué se refería Germán. Se quedó por un instante pensativa. Después, volvió a conectar el micrófono y sugirió algo que ninguno esperaba…
—Interroguen a Keller.
—Perdone… ¿He oído bien? ¿Ha dicho "interroguen a Keller"?
—Lo ha entendido perfectamente, señor Bradford. Les sugiero que interroguen a Adrian Keller, secretario general de la OTAN. Él es el hilo conductor que los llevará hasta la organización.
—¿En qué se basa para sospechar de él, general?
—Tengo razones para creer que forma parte activa de esta conspiración o que lo está haciendo bajo amenaza. En cualquier caso, estoy convencida de que él es nuestro hombre para poder detener el ataque a Trillo.
—Bob, ¿qué opinas?
—Creo que la sugerencia de la general Corbos merece ser tenida en cuenta, señor presidente. Propongo que volvamos a llamar a Keller y tengamos una reunión urgente con él.
—¿Podemos llamarlo ahora mismo?
—Desde luego, señor presidente.
Bradford marcó inmediatamente el número de Keller en su teléfono. No hubo respuesta. Llamó al Servicio Secreto para pedir su localización a los escoltas. Enmudeció al escuchar lo que dijeron.
—Tom… me informan de que ha desaparecido.
—¿Cómo? ¿desaparecido?
—Sí, señor. Parece ser que debía ausentarse por un asunto personal y ordenó a su guardaespaldas que no lo acompañara. No regresó al hotel.
—Que lo busquen inmediatamente.
—Empezaremos por el aeropuerto. Creo que canceló inicialmente su vuelo de regreso a Bruselas esta tarde, tras nuestra reunión. Lo comprobaremos.
Bradford realizó una nueva llamada, esta vez a William Sullivan, director del FBI.
—¿Qué tal, Robert?
—Hola, Bill. Necesitamos tu ayuda urgente.
—Lo que haga falta, dime.
—Hay que localizar a Adrian Keller y traerlo a la Casa Blanca, y tiene que ser con absoluta discreción.
—Dame unos minutos, a ver qué puedo averiguar.
—Ya está…, ahora solo queda esperar.
—Gracias, Bob —continuó Whitmore—. Señora Corbos, tendremos que esperar a localizarlo. ¿Le parece bien que mantengamos esta llamada en espera?
—Desde luego, señor presidente. Esperaremos aquí el tiempo que sea necesario.
—Gracias. Volveremos a hablar tan pronto tengamos novedades.
Corbos y Germán se quedaron durante largos segundos en completo silencio. Lo que acababan de escuchar los había dejado profundamente preocupados. Germán aprovechó para dedicarle unas palabras que no pudo ofrecerle antes.
—¿Cómo se encuentra, Isabel?
—No muy bien, la verdad.
—No he tenido ocasión de decirle que he sentido mucho la pérdida del coronel. Lo conocí poco, aunque lo suficiente para saber que era un excelente militar.
—Y una gran persona también… aunque aún más obstinado que yo.
—¿Cree que Keller pretende huir?
—Intuyo que sí, pero no de nosotros, sino de la propia organización. Creo que su vida está en peligro después de haberla traicionado; por eso ha desaparecido.
—No se llevaba bien con él, ¿verdad?
—Digamos que tuvimos algunas dificultades para entendernos.
—¿Y Whitmore?
—No es mal tipo, solo un político… Si te descuidas con cualquiera de ellos, siempre acabas pagando tú la cuenta.
—Sí, alguna experiencia he tenido con eso…
—No se fíe de ellos, tampoco de este. No nos ha dicho toda la verdad.
—¿A qué se refiere?
—A que está tratando de salvarse él de las consecuencias. Y si no lo está haciendo aún, en algún momento tratará de hacerlo, no tenga la menor duda de eso.
Una señal en el Hermes indicó que la conexión se reanudaba. La voz de Bradford volvió a sonar clara a través del terminal.
—Adelante, le escuchamos.
—General Corbos, nuestros agentes han localizado a Keller en un vuelo privado rumbo a Bruselas. Despegó hace unos veinte minutos. Hemos ordenado al piloto que regrese. Aterrizarán en el aeropuerto Ronald Reagan en breve y lo traerán directamente hasta aquí. Veremos qué nos dice.
—Me alegra mucho saberlo.
—Entiendo que tendremos que volver a hablar después de vernos con Keller. ¿Le parece bien, general? —añadió.
—Me parece perfecto.
—Bien, general. Robert…, ¿te encargarás de organizarlo?
—En cuanto tengamos algo, les llamaré yo mismo a través de este canal, que dejaré activo. En el caso de que necesiten ponerse en contacto con nosotros para cualquier otro asunto, simplemente tendrán que utilizar los mismos códigos. La llamada llegará directamente a mi despacho.
—De acuerdo, quedamos en eso. Gracias.
Al desactivar Hermes, Corbos suspiró, aliviada y esperanzada. Haber localizado a Keller les daba una oportunidad, quizá la única, de evitar una catástrofe. Germán estaba extrañado por su reacción y no quiso dejar de preguntarle…
—Isabel…, veo que no le ha comentado nada de lo que le he dicho sobre Lucifer. ¿Hay algo que quiera explicarme?
Corbos sonrió; esperaba esa pregunta.
—Apreciado señor García, nunca comparta toda la información con un dirigente político; sobre todo, cuando haya algún juego de poder por medio. Este fue uno de los muchos consejos que recibí de un querido amigo, experto en inteligencia militar y en perversiones taimadas.
—Tendré que echar mano al diccionario.
—Hágalo…