40. Corbos-Whitmore
La reunión del mando operativo en Rioseta discutía los pormenores de la amenaza que se cernía sobre la base y las posibles alternativas de respuesta.
El momento era complicado debido a la limitación de medios y a la falta de tiempo para poner en marcha cualquier acción.
Además, había discrepancias sobre la mejor manera de actuar.
La voz de la asistente surgió desde el interfono.
—Mi general, tiene una llamada desde Bruselas del teniente coronel Lambert. Necesita hablar con usted con urgencia.
—Voy enseguida.
Corbos se dirigió a su despacho. Intuía que algo grave estaba sucediendo. No tardó en llegar.
—François, no esperaba tu llamada. ¿Son buenas o malas noticias?
—Hola, Isabel. Perdona que te llame de esta manera, hay algo que parece ser muy importante y me han pedido que me encargue personalmente de transmitirte.
—¿De qué se trata?
—Por favor, coge algo para apuntar. Debo darte unos códigos y un mensaje…
—¿Unos códigos y un mensaje? ¿De qué va esto?
—Me han dicho que tú sabrás encontrarles el significado. No sé nada más.
—Está bien… empieza.
Lambert comenzó a dictarle lentamente la larga lista que le había dado Keller, sin tener la menor idea de lo que significaba.
—El mensaje que me han dado para ti es este:
“El diablo seduce la ambición de los débiles; pero, a veces, esas
almas extraviadas hallan el valor para traicionarlo”
Corbos levantó la vista, sospechando su significado y de quién podría venir.
—¿Y esos códigos que decías?
—Aquí van. Es largo, intentaré no equivocarme…
NGSAT-OPS/WH-2026-ALPHA-7XQ4
SATLINK-SEC-DC-ESP-#A9F3B7C2
SESSION-ID: 26APR2026-1730Z-RIOWH
ENC-TOKEN: 9fA7-2bC4-8dE1-7gH6-5kL3-2mN9
HSK-NG/US-EU/0426/CONFIRM
EMG-ACCESS: WH-RIO-EX-2026-#Z4X7
—Ya está, eso es todo…
—Gracias, François. Por favor, mantén esto en completo secreto. Ya te informaré.
—¿No me preguntas quién me lo ha entregado?
—No es necesario, ya lo sé…
—De acuerdo, Isabel. Seguimos en contacto.
La llamada terminó. Corbos permaneció callada, pensativa… La trampa que había lanzado días atrás parecía haber funcionado, aunque, sin saberlo, también desencadenó una situación muy peligrosa que ahora debería afrontar.
—Carmen, llame al señor García. Necesito que venga urgentemente a mi despacho.
—Enseguida, mi general.
Germán avanzaba inquieto por el pasillo hacia el despacho de Corbos. Algo malo intuía ante la llamada de la general.
—Aquí me tiene, Isabel.
—Pase y siéntese, por favor.
—Necesito su ayuda experta. ¿Podría decirme qué es esto?
La general le mostró la extraña lista de códigos que Lambert acababa de dictarle. Germán la examinó con una expresión de desconcierto.
—Isabel… estos son códigos para configurar una conexión por satélite.
—¿Cómo sabe que se trata de eso?
—Le explico.
La primera línea es la autenticación primaria para un terminal, como el Hermes.
La segunda indica el canal seguro al que conectarlo, y la tercera es el código de acceso.
El resto corresponde al identificador de sesión, al token de cifrado temporal y al protocolo de handshake, que sirve para establecer la comunicación cifrada.
—¿Va entendiendo por qué quería que formara parte de mi equipo, señor García?
—Sí…, empiezo a entenderlo.
—Necesito que nos conectemos ya.
—Por supuesto. Pongámonos a ello. Solo le pido un poco de paciencia: es un proceso complejo; me llevará al menos una hora; debo generar algunas claves y verificar protocolos.
—No hay problema. Le cedo la mesa y preparo algo de café. No le molestaré mientras trabaja.
La general activó el dispositivo Hermes y le cedió el teclado, para que iniciara la larga tarea de configurar el sistema NG y establecer una comunicación directa con un destino que ambos desconocían.
Germán tecleaba sin descanso. Corbos le dejó sobre la mesa una taza de café.
Después, se aproximó a una fotografía de grupo colgada en la pared.
En ella aparecía junto a varias personalidades políticas y militares durante un congreso de la OTAN celebrado en La Haya tres años atrás.
Fue un encuentro de máximo nivel, con la asistencia de jefes de Estado y de Gobierno de los treinta y dos países aliados.
En la imagen se veía a Corbos en primer plano, junto al presidente de Estados Unidos, el secretario general de la OTAN y una amplia representación de primeros ministros. Pocas semanas después de aquella foto, fue cesada en el cargo por orden expresa del secretario general, Adrian Keller.
Corbos sabía que los códigos y aquel mensaje procedían de él. Intuía que se trataba de un suicidio político; algo le había ocurrido a raíz del mensaje trampa que ella misma envió a Elina Tallis, de Asuntos Exteriores, íntima amiga de Keller y que estaba segura de que se lo había hecho llegar.
Aquello la llevaba a pensar que había algo más detrás del mensaje.
¿Por qué esos códigos? Keller conocía la línea de comunicación existente entre Bruselas y Rioseta; podría haberla utilizado para contactar directamente conmigo sin arriesgarse a involucrar a Lambert, pero no lo ha hecho…
Germán la sacó de sus pensamientos.
—General, he acabado.
—Estupendo, García. ¿Y ahora qué?
—Ahora solo tenemos que introducir el token. El sistema hará la llamada al destinatario a través de un único canal directo y seguro.
—Adelante, por favor.
Germán introdujo el código y el sistema Hermes comenzó a emitir el característico sonido digital de conexión, similar al de un módem antiguo. Segundos después, se escuchó una voz femenina en inglés:
—Aquí Alpha-7XQ4. Su identificador, por favor.
Germán dudó un instante. Tras revisar las anotaciones de la general, indicó la serie.
—Uno-siete-tres-cero Zulu, Romeo-India-Oscar-Whiskey-Hotel.
—¿Su nombre?
—Isabel Corbos.
La general y Germán se miraban, perplejos. No tenían idea de con quién estaban a punto de comunicarse. La respuesta no tardó en llegar.
Otra voz, esta vez masculina y muy clara, sonó al otro lado de la línea:
—General… soy Robert Bradford, secretario de Defensa de los Estados Unidos.
—Mucho gusto, señor Bradford. No le ocultaré que estoy muy sorprendida por esta extraña conexión.
—La entiendo perfectamente, no es para menos… Ha sido extremadamente complicado conseguir contactar con usted. No disponemos de mucho tiempo, así que debo pedirle unos instantes para pasar esta comunicación al despacho del presidente; necesita hablar con usted urgentemente.
Germán abrió los ojos, desconcertado.
—¿El presidente de los Estados Unidos? —le susurró.
—Eso parece, y no me gusta. Algo malo nos van a comunicar.
La voz de Whitmore se escuchó con nitidez.
—Señora Corbos. Me alegra hablar con usted, aunque sea en estas circunstancias.
—Es un honor, señor presidente. Intuyo que debe haber una razón muy importante para que haya decidido hablar conmigo personalmente.
—Me temo que sí. Y no ha sido posible hacerlo de otra forma debido a los problemas de comunicación existentes, a la complejidad y, por descontado, a los enormes riesgos que plantea este escenario.
—Pues le escucho con total atención.
—No necesito explicarle en detalle lo que usted ya sabe: han sido atacados por lo que parece ser una poderosa tecnología de inteligencia artificial de última generación que ha sabido saltarse todo tipo de barreras.
—Sí… eso tenemos entendido. ¿Y a quién se le ocurrió semejante idea?
—Mía no, eso se lo aseguro. Verá…, creemos que esa IA ha sido desarrollada por una organización secreta, financiada por un entramado criminal, tal vez con ramificación internacional, que ha conseguido filtrarse hasta las más altas esferas del poder.
—También intuíamos algo de eso, señor Whitmore, pese a que, desde donde estamos, es difícil tener una perspectiva tan clara como la suya. En cualquier caso y, con todo mi respeto, estoy segura de que no ha hecho todo este esfuerzo en contactar conmigo para hablarme de obviedades.
—Veo que sigue siendo usted tan directa como en nuestra última conversación en Washington…
—No tengo edad ya para cambiar. Prefiero ir al grano, aunque haya a quien le pueda incomodar.
—Sé bien a qué se refiere… Déjeme decirle, una vez más, que la decisión de su cese no fue mía. Yo me posicioné en contra en todo momento…
—Fue una iniciativa que vino de su administración, señor Whitmore, aunque usted se posicionara en contra. En cualquier caso, es agua pasada, no se preocupe. Ahora hay algo mucho más importante que tratar, ¿no cree?
—Me temo que sí. ¿Tiene usted a alguien a su lado en este momento?
—Sí… tengo a Germán García, un especialista de mi círculo personal que tiene mi total confianza, y quisiera que esté presente.
—No tengo ningún inconveniente. Intentaré ir al grano, como a usted le gusta…
La IA conocida como Lucifer está construyendo, en una central nuclear de su país, un complejo destinado a albergar un potente sistema central de procesamiento; una especie de núcleo neural capaz de expandir su capacidad de control a escala global.
Sabemos que esas instalaciones están ya muy avanzadas. Si las termina, podría acceder a los sistemas de defensa de las distintas potencias; eso pondría en grave peligro la seguridad mundial.
—Por la información que nos ha llegado de nuestros servicios de inteligencia ya habíamos deducido esa posibilidad, aunque la considerábamos remota. Evidentemente nos quedamos cortos.
—Desde luego, aunque lo que ustedes no saben todavía es que la organización detrás de Lucifer ha filtrado intencionadamente la amenaza a otras potencias, en concreto, a Rusia y a China.
Es una maniobra con una clara intención: culpar a los Estados Unidos de esta amenaza y obligarnos a destruir por completo esas instalaciones antes de que puedan comprometer sus propios sistemas de defensa.
La general sintió cómo todo su cuerpo se tensaba y un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda.
—Si hacen eso, podrían morir todos los que ahora permanecen encerrados en el área controlada por Lucifer.
Tienen al menos cuatro de esas bombas escondidas en Madrid y sus alrededores, dispuestos a hacerlas estallar.
Y eso sin contar el impacto devastador que puede ocasionar bombardear una central nuclear. ¿Se han vuelto locos?