La ambición de Lucifer 39. Sin escoltas
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39. Sin escoltas

Keller se preguntaba qué intención tendría Harlam al convocarle en el Thomas Circle sin escoltas y en plena calle. En su mente se repetía lo ocurrido allí mismo con el senador Milton Greaves, cuando se mostró dispuesto a abandonar la organización por motivos morales. Temía por su vida.

—Agente, voy a salir para atender un asunto de carácter personal; prefiero ir solo. Por favor, espéreme aquí, volveré en dos horas.

—Señor Keller, tengo órdenes de…

—Lo sé, no se preocupe… asumo la responsabilidad.

—Tendré que informar de ello a mi superior…

—Hágalo, no tengo inconveniente. Diga que yo se lo he ordenado y que no le he dejado opción. Hasta luego.

Keller avanzó por el pasillo en dirección al ascensor. A su espalda, el agente permanecía junto a la puerta de la habitación, marcando su llamada para informar sobre la postura del secretario general de la OTAN.

La iglesia de National City quedaba a menos de quince minutos a pie desde el hotel Saint Regis. Eran casi las dos de la tarde. Los nervios habían borrado cualquier rastro de apetito durante toda la jornada. La reunión con el presidente había sido tan inesperada como comprometedora.

El sol iluminaba la Avenida Massachusetts, proyectando la sombra de Keller delante de él mientras caminaba con prisa hacia Thomas Circle, la rotonda que se alzaba en la intersección con Vermont Avenue y la 14th Street NW, una de las más emblemáticas de la ciudad.

Cruzó el paso de peatones y alcanzó la explanada de la iglesia, donde las escaleras que vieron caer asesinado al senador Greaves ascendían hasta el pórtico de columnas de la entrada. Nadie lo esperaba. Decidió no detenerse y continuó por la acera, dejando el templo a su izquierda.

Fue cuando la vio: una limusina negra, cristales tintados y matrícula gubernamental, aparcada unos cincuenta metros más adelante, en una zona reservada.

Tiene que ser él…

Redujo el ritmo y se aproximó con cautela.

A escasos diez metros, una de las puertas se abrió. Un hombre alto, corpulento, con gafas oscuras, emergió del interior e hizo un gesto invitándole a subir. Keller se acercó y, al mirar dentro, distinguió a Harlam sentado en la parte trasera, esperándole.

Se acomodó a su derecha, cerró la puerta y la limusina se puso en marcha, recorriendo la rotonda antes de girar por Vermont Avenue en dirección a la Casa Blanca.

—¿Qué es lo que quiere, Harlam?

Keller apenas podía disimular su inquietud. Temía que supiera lo de su encuentro con Whitmore.

—Quiero que me explique su comportamiento durante la reunión de ayer ¿Es que intenta traicionarnos, señor Keller?

—No intento nada, salvo no ser un irresponsable. Respondí lo que consideré oportuno en aquel momento. Nada más.

—¿Debo recordarle el compromiso que adquirió al unirse a nuestra organización?

—No hace falta. Sé muy bien cuál fue mi decisión y las consecuencias que implica. Las sé desde el primer día. No me pida que decida sobre la vida de millones de personas tratándolas como ganado camino del matadero. No lo haré.

Harlam le lanzó una mirada cargada de desprecio.

Siempre había considerado a Keller un mediocre servil, ansioso por ascender y dispuesto a cualquier cosa para lograrlo.

Por eso la organización lo apoyó para el puesto: una marioneta perfecta para mantener controlados a los aliados.

Ahora, la conciencia le había jugado una mala pasada.

—Voy a confesarle algo, Keller: a las personas a las que respondo no les gustan los traidores; digamos que les resultan incómodos para sus proyectos… Y ellos no dejan cabos sueltos. ¿Entiende lo que quiero decir?

El vehículo giró por la avenida, a punto de tomar Connecticut Avenue.

—Sí…, creo que lo entendí cuando Greaves sufrió ese “accidente” con la bala que le destrozó el cráneo en la misma explanada donde me ha citado hoy. ¿Es eso a lo que se refiere?

—Es un alivio conversar con alguien que comprende tan rápido el significado de las cosas. Por eso me decepcionó tanto en la reunión; aún no es del todo consciente de su situación.

—¿Y me ha llamado solo para decirme esto?

—En parte… Vaya, ya hemos llegado.

El coche se detuvo frente a Lafayette Square. Desde allí, la estatua ecuestre del presidente Andrew Jackson se recortaba contra la imagen icónica del pórtico norte de la Casa Blanca.

Keller empezó a cambiar su inquietud por hartazgo.

— No se corte... Dígame, ¿adónde hemos llegado exactamente?

—¿Ve esas columnas blancas? Detrás hay un hombre cuyo futuro está a punto de terminar. De usted depende que el suyo siga el mismo camino. Tiene hasta mañana a las 09:00 horas para rectificar y convencer al presidente de que apruebe el ataque. Fin del paseo.

Uno de los guardaespaldas abrió la puerta a su derecha. Harlam, con un leve movimiento de cabeza, lo invitó a salir. El vehículo se alejó sin más, dejando a Keller solo en la acera, rodeado de transeúntes ajenos a la peligrosa trama que se desarrollaba a escasos metros de ellos.

¿Qué habrá querido decir ese cabrón sobre el futuro del presidente?

Levantó la mano para detener un taxi y regresar al hotel. Durante el trayecto, no dejaba de darle vueltas a la petición que había hecho a François Lambert.

A estas horas, el mensaje ya debe haber llegado a Corbos.

Asumiría el riesgo. Ya no había marcha atrás y las amenazas de Harlam le importaban poco.

Aquella misma tarde estaba previsto el regreso a Bruselas con Erik Van Acker. Tras la reunión con Whitmore había pensado en quedarse un par de días más, pero, después del tenso paseo en limusina, no dudó en cambiar de planes: era hora de volver a casa y alejarse de allí cuanto antes.

Al llegar al hotel, comprobó que los guardaespaldas se habían marchado. Aprovechó para subir rápidamente a la habitación a preparar el equipaje. Antes, hizo una llamada a Erik.

—¿Dónde estás?

—De camino al aeropuerto. ¿Y tú?

—En el hotel. Me voy contigo.

—¿No ibas a quedarte?

—Ha surgido algo urgente y debo regresar.

—Son las tres de la tarde pasadas. Recuerda que el vuelo está programado para las 16:30. No te retrases.

—Allí estaré. Que no salgan sin mí, por favor.