La ambición de Lucifer 38. El recuerdo
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38. El recuerdo

Hacía un calor sofocante aquel lunes, 7 de septiembre de 1992, en Zaragoza.

El sol caía implacable sobre la explanada de acceso a la Academia Militar, donde más de trescientos cadetes de la nueva promoción aguardaban su turno.

Tenían entre diecinueve y veintiún años: rostros jóvenes, tensos, algunos acompañados por familiares que compartían la espera bajo un sol abrasador.

La fila avanzaba lentamente hacia el control de seguridad, donde cada uno presentaba su identificación y la carta de admisión.

Era el día del cambio radical, del tránsito definitivo de la vida civil a la disciplina militar; un caos ordenado, casi ritual, que se repetía cada año. En esta ocasión tenía un matiz histórico: por primera vez, la institución abría sus puertas a mujeres; veinte pioneras en una tradición centenaria.

Entre ellas, una muchacha menuda, de cabello oscuro, rostro serio y mirada segura, aguardaba su turno frente a una de las mesas.

Allí, varios suboficiales y cadetes veteranos entregaban el dossier de bienvenida: información básica sobre las instalaciones, asignación de grupo y alojamiento.

Aquella carpeta era la llave a un mundo nuevo, un mundo que estaba a punto de cambiarle la vida para siempre.

El muchacho que tenía delante bromeaba con su compañero, enfrascados en una discusión sobre fútbol, todavía con la resaca de los Juegos Olímpicos de Barcelona, finalizados hacía escasamente un mes.

Entre risas y empujones para matar el aburrimiento de la larga espera, uno de ellos perdió el equilibrio y pisó el pie de la chica, que aguardaba detrás, incómoda por la actitud de ambos desde hacía rato.

—¡Eh! ¿Qué haces? Ten cuidado, me has pisado… —protestó con evidente mal humor.

—¡Vaya, qué carácter! —dijo el muchacho, esbozando una sonrisa burlona.

—Ni carácter ni hostias… Menudos críos.

—Oye, tampoco te pases…

—Atiende a la cola, que ya te toca. No vaya a ser que te manden a casa antes de tiempo y tengas que volver al colegio del que no debías haber salido. —le soltó moviendo la cabeza con un gesto impertinente, sin dignarse a mirarle a la cara.

Él puso cara de evidente fastidio, lamentándose de no haber tenido ocasión de responder a aquella niñata que casi no le llegaba al hombro. Su compañero acababa de recibir la documentación y los de la mesa ya le estaban apremiando a él para que espabilara.

No satisfecho, decidió quedarse cerca para decirle cuatro cosas en cuanto terminara, pero el rato de espera hizo apaciguar su enfado.

Corbos se dio cuenta de que tendría que pasar por su lado y que él no se movía de allí, mientras la miraba fijamente, pero eso no la detuvo. Caminó decidida hacia su posición ignorándolo, hasta que él la detuvo.

—Perdona un momento…

—¿Qué quieres ahora?

Al verla nuevamente de cerca se quedó sin palabras; no se había percatado de sus profundos ojos verdes, ni de aquella mirada felina que lo desarmó por completo y que transformó el reproche que tenía preparado en un torpe balbuceo.

—Yo, yo…

—¿Yo qué? —respondió arisca.

Él se quedó por unos instantes con la mente en blanco, inseguro. No pudo hacer más que tragar saliva y tratar de recomponerse para decir algo.

—Bueno… solo quería pedirte disculpas por lo de antes. Me comporté como un idiota. Lo siento.

La joven amagó con responderle de mala manera para quitárselo de encima, pero rectificó en el último segundo.

—Disculpa aceptada.

—¿Puedo saber tu nombre?

—Me llamo Isabel Corbos. ¿Y tú?

—Soy Javier… Javier Marcos.

—Pues encantada, Javier Marcos. Ya nos iremos viendo por aquí —respondió con sequedad y continuó su camino hacia el módulo femenino sin volver la mirada, mientras él permaneció inmóvil, con la sonrisa recién recuperada, observando cómo se alejaba entre la multitud.

—Esa chica me gusta… —susurró para sí, sintiendo un cosquilleo inesperado en el estómago.

La jornada continuó y, unas horas más tarde, los nuevos cadetes fueron convocados al salón de actos principal para la ceremonia de bienvenida.

No era un día para estar bajo el sol abrasador de la Plaza de Armas, así que agradecieron el refugio de aquel gran espacio rectangular, solemne y cargado de historia.

Javier entró junto a su grupo, escudriñando el gentío con la esperanza de volver a verla y, si era posible, sentarse cerca. No la encontró.

Al fondo, sobre una tarima amplia, aguardaba la mesa presidencial y un atril desde el que los mandos pronunciarían sus discursos.

El director de la academia abrió la sesión con el saludo protocolario, dando la bienvenida a los nuevos cadetes.

Javier, poco amigo de los discursos y sin especial vocación militar, se sentía fuera de lugar.

Había aceptado estar allí para contentar a su madre y alejarse de las malas compañías, aunque su intención era marcharse en cuanto pudiera.

Siempre había sido un joven rebelde, y su futuro, hasta ese momento, parecía poco prometedor.

Algo cambió en él al escuchar aquellas palabras sobre el valor del compromiso, la disciplina y el honor. Le sorprendió descubrir que, en el fondo, aquello era justo lo que buscaba y nunca había encontrado en su entorno.

Al terminar el acto, mientras la sala se vaciaba, una voz le sorprendió por detrás:

—Se te ha quedado cara de tonto con el discurso.

—¿Cómo…?

Al girarse, se encontró con Isabel, que le devolvía la misma sonrisa burlona que él le había lanzado horas antes.

—¡Eres tú…!

—Sí, sigo siéndolo, todavía.

—En realidad, la cara de tonto me acompaña desde hace veinte años, no me la quito ni con jabón.

—Qué pena… —respondió ella, riendo con una naturalidad contagiosa.

Javier le devolvió la sonrisa. Aquel instante, tan sencillo, marcó el inicio de una relación que iría más allá de la amistad y que, sin saberlo, perduraría durante el resto de sus vidas.

—Mi general… —la voz de su asistente personal la rescató, por un instante y con toda la dulzura que pudo, de sus recuerdos y de su profunda tristeza.

—Dime, Carmen —contestó, sin apartar la mirada de la medalla de plata de la Virgen del Pilar que sostenía entre los dedos, y que siempre llevaba colgada al cuello desde que Javier se la regalara hacía treinta años.

—El mando táctico al completo ya le espera en la sala. El señor García también ha llegado, tal y como ordenó.

—Gracias, ahora voy.

La general se secó discretamente las lágrimas antes de recomponerse y encaminarse hacia la reunión.

Avanzaba a través del silencioso pasillo que le conducía hasta la sala, sus pasos resonaban huecos.

Al entrar, encontró a todo su equipo puesto en pie, con rostros compungidos, sin saber cómo expresar su pesar ante la noticia de la que habían sido informados minutos antes.

Todos eran conocedores de la especial relación de la general con el comandante Marcos y podían imaginar el tremendo pesar que sufría.

Germán también permanecía callado, de pie, en el extremo opuesto de la sala, visiblemente afectado por lo sucedido en Torija.

El recuerdo de su conversación con el coronel y la presencia de todos aquellos jóvenes allí, ahora muchos de ellos posiblemente muertos o mal heridos, le produjo una profunda desazón.

Corbos se acercó a la cabecera de la mesa, dejó su carpeta sobre ella y levantó su mirada hacia todos los presentes con una expresión de determinación y firmeza.

—Señores…, este es un momento muy duro para todos, especialmente para mí.

No podemos dejar que afecte a nuestro deber, que es el luchar por todas las personas que siguen atrapadas con riesgo de perder sus vidas y por liberar a nuestro país de los miserables que han hecho esto.

Habrá tiempo de llorar nuestra pérdida; ahora tenemos un asunto de máxima gravedad que debemos atender.

Todos tomaron asiento. El capitán Ruiz se acercó a la general para entregarle una carpeta con el informe y conclusiones extraídas de la grabación proporcionada por el comandante Marcos.

—La proyección ya está preparada, mi general.

—Gracias capitán. Vayamos al asunto… El interrogatorio efectuado al desertor capturado ha aportado valiosa información sobre los movimientos de Lucifer.

Esto nos ha permitido conocer el preocupante hecho de que pretenden atacar estas instalaciones con uno de los dispositivos nucleares que tienen en su poder.

Eso significa que Rioseta se ha transformado en una prioridad para ellos desde este momento, que somos un riesgo real para el enemigo y que debemos aceptar que no tardarán en atacarnos.

No lo vamos a consentir…, actuaremos nosotros antes.

La información que acababa de compartir la general sorprendió a todos y dejó aterrado a Germán, al que inmediatamente le pasó la imagen de su familia por la cabeza y sintió como se le helaba la sangre por lo que podría ocurrir.