La ambición de Lucifer 37. Traición al diablo
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37. Traición al diablo

Whitmore contemplaba el Monumento a Washington desde el ventanal del Despacho Oval.

Dos años habían pasado desde su juramento, y nunca había sentido una soledad tan pesada como la que lo envolvía en ese instante.

Dudaba si estaba a la altura del cargo que ostentaba y del poder que tenía entre sus manos.

No se veía como aquellos presidentes que, para él, supieron dar la talla y manejar crisis con firmeza.

Hasta ese momento, su presidencia había sido una balsa de aceite, aunque aquella calma se había transformado en una pesadilla para él y para millones de personas.

El interfono interrumpió sus pensamientos.

—Señor presidente, los señores Bradford y Keller acaban de llegar.

—Que pasen, gracias.

Whitmore los esperaba de pie, sobre la extensa alfombra, de intenso color azul marino y con el sello presidencial de Estados Unidos en el centro, que cubría la mayor parte del suelo del Despacho Oval.

—Buenos días, señor presidente.

—Le agradezco mucho que haya accedido a este encuentro inesperado, señor Keller —dijo, estrechando la mano del secretario general de la OTAN—. Por favor, tome asiento. ¿Le apetece un poco de café?

—Gracias, estoy luchando por dejar la cafeína. No creo que me convenga añadir más excitantes a estos días.

—Le entiendo perfectamente. Estamos en un momento crítico para todos, por eso pedí al señor Bradford que organizara esta reunión.

—Es un honor estar aquí, señor presidente.

Whitmore se inclinó hacia adelante. Su voz bajó un tono.

—Disculpe que vaya directo al grano, disponemos de muy poco tiempo. Verá, señor Keller, necesito pedirle un favor… y requeriré que sea usted extremadamente reservado con lo que voy a decirle.

—Cuente con ello, por supuesto.

—Usted no estuvo de acuerdo en la reunión con la idea de bombardear las instalaciones de Lucifer en la central nuclear española.

—Señor presidente, si lo que va a pedirme es que cambie de parecer, yo no…

—No, disculpe… —levantó la mano para interrumpirlo—, yo tampoco estoy de acuerdo con esa idea. Por eso está usted aquí.

Keller suspiró, aliviado, aunque inquieto por lo que podría comentar después.

—Pues dígame en qué puedo ayudarle.

—Mi problema es que no puedo rechazar esa propuesta, pese a estar en contra. Si no ordeno el ataque, rusos y chinos han confirmado que intervendrán ellos. Una posibilidad de consecuencias imprevisibles, como podrá imaginar.

—Desde luego. ¿Qué me propone que haga?

—Necesitamos hablar con los españoles, y debe ser de forma absolutamente confidencial.

Queremos pedirle que se encargue usted, personalmente, de organizar una reunión telefónica urgente con su responsable militar al mando.

Como sabe, no podemos hacerlo con su presidente ni con ningún miembro destacado de su gobierno.

Keller sintió un nudo en el estómago. Entendía la posición de Whitmore y la consideraba lógica, aunque aceptar significaba romper definitivamente con la organización que lideraba Harlam y su implicación acabaría, tarde o temprano, quedando al descubierto.

—¿Por qué me pide esto a mí? ¿No pueden conectar ustedes mismos a través de Bruselas utilizando la línea de fibra óptica por Francia?

—Es muy arriesgado. Esa línea no es segura y debemos evitar que rusos y chinos intercepten la comunicación. Si descubren que intentamos maniobrar para evitar un ataque directo, reaccionarán y ya no podremos detenerlos.

—¿Cómo propone que lo haga?

—Tiene que ingeniárselas para hacer llegar un mensaje a los españoles y deberá hacerlo fuera de la Casa Blanca, desde su hotel en Washington sería lo más razonable, pero tendrá que extremar las precauciones.

Whitmore se acercó un poco más a él, bajando el tono de voz.

—Cuando lo consiga, tendrá que pedirles que se pongan en contacto directamente con Bradford a través de su sistema NG, el único que les funciona en su territorio.

Sabemos que está operativo y que pueden conseguirlo si les hacemos llegar los códigos de enlace a uno de nuestros satélites.

Eso nos permitirá hablar con ellos directamente y de forma segura.

Nosotros no podemos enlazarnos a su sistema sin disponer de sus códigos, por lo que esta es la única alternativa que tenemos.

—En ese caso, tendré que darme prisa. Allí son ya casi las seis de la tarde, mi secretaria debe estar a punto de marcharse y es la persona en la que más confío para que me ayude con esto.

—Pues no le entretendremos más, señor Keller. Por favor, póngase en marcha. Contamos con su valiosa colaboración. Muchas vidas y el futuro de mucha gente dependen ahora de que lo consiga.

—Haré todo lo posible. Mandaré ahora mismo un mensaje a mi secretaria para que se quede en la oficina hasta que yo llegue al hotel y pueda hablar con ella desde allí.

Los tres se levantaron. Bradford entregó en mano un sobre sellado con los códigos de conexión. Keller abandonó el Despacho Oval camino del coche oficial que lo esperaba en la Puerta Sur con dos agentes de escolta.

Recorriendo los pasillos, su pensamiento no dejaba de dar vueltas sobre cómo cumplir lo que le acababan de pedir.

No tendría más remedio que contactar con la general Corbos para hacerle llegar los códigos.

Después del mensaje críptico que ella le hizo llegar días atrás a través de la responsable de exteriores, sabía que sospechaba de él.

Era posible que no se fiara en absoluto del mensaje que debía transmitirle.

Tenía que hacerlo de alguna forma por la que Corbos pudiera confiar en lo que recibiría.

Nada más sentarse en la parte trasera del coche y ordenar a los escoltas que lo llevaran al Saint Regis, Keller envió un mensaje a su secretaria, pidiéndole que esperase su llamada desde el hotel.

El encargado de la recepción lo saludó al verle llegar con evidente intención de solicitar algo.

—Buenos días, señor Keller, ¿en qué podemos servirle?

—Necesito hacer una llamada de carácter reservado y seguro a Bruselas y quisiera hacerla desde el teléfono de la habitación, ¿puede encargarse?

—Enseguida, señor. Deme cinco minutos y solo tendrá que marcar el número internacional desde el teléfono de la suite. La línea habilitada le garantizará privacidad absoluta.

Keller subió a la última planta del hotel. Uno de los dos agentes quedó vigilando el largo pasillo que conducía a su habitación. Nada más entrar, dejó el maletín en el suelo, se quitó la chaqueta y marcó el número de su secretaria. Su voz se escuchó al instante.

—¿Señor secretario?

—Sí, Vermeer, soy yo… Por favor, preste atención a lo que voy a indicarle.

Necesito hablar con François Lambert, del Mando Operativo.

Es probable que todavía esté en su despacho.

Es muy importante que se lo haga saber con total discreción.

Que me llame inmediatamente a este mismo número.

Vaya en persona hasta él y pídaselo, yo estaré esperando aquí.

—No se preocupe. Voy ahora mismo.

Unos minutos después, el teléfono sonó sobre el escritorio de la lujosa habitación.

—Keller al habla.

—Adrian, soy François. Me ha pedido tu secretaria que te llame urgentemente. ¿Ha pasado algo?

—Hola François. Necesito que me ayudes con un asunto extremadamente importante y confidencial.

—Claro, te escucho.

—Sé que todavía mantienes contacto regular con la general Corbos y que cuentas con su amistad y confianza. Voy a tener que pedirte que lo utilices en esto.

—Nunca he ocultado esa relación con ella ¿Qué es lo que te está llevando a pedirme algo así?

—Es preciso que le haga llegar algo hoy mismo, y la única forma de hacerlo es estableciendo una conexión con su base de los Pirineos, que yo no puedo conseguir desde aquí sin tu ayuda.

—Ya veo por dónde vas… te refieres a utilizar la línea de fibra óptica que han conectado a la red francesa, ¿verdad?

—Sí… Se trata de hacerle llegar unos códigos, pero no podemos decirle qué son, ni lo que debe hacer con ellos, por seguridad; deberá averiguar por sí misma de qué se trata cuando los reciba.

Es muy importante que esto se haga en absoluto secreto, el problema es que esa línea no es completamente segura.

—No te preocupes, me encargo de todo. Le llegará esa información y seguro que sabrá interpretarla.

—Conociéndola, no me cabe la menor duda. Una cosa más, François…

—Tú dirás.

—Por favor, ni siquiera le insinúes que lo envío yo; si por algún desliz se filtra que viene del secretario general de la OTAN, el enemigo descubrirá nuestras intenciones y hay demasiado en juego. En lugar de eso, simplemente añade este mensaje, ella lo entenderá:

“El diablo seduce la ambición de los débiles; pero, a veces, esas almas extraviadas hallan el valor para traicionarlo”.

—Cuenta con ello.

—Te lo agradezco. Mi secretaria te hará entrega de esos códigos, se los acabo de enviar por el correo cifrado.

Keller había cumplido la petición del presidente. Ahora, solo podía esperar la reacción de Corbos. Se aflojó la corbata y se dejó caer en el sillón, orientado hacia la ventana. Estaba preocupado; veía que su situación personal no hacía más que empeorar.

El sonido del móvil interrumpió sus pensamientos. Un mensaje de William Harlam acababa de llegar:

«Tenemos que hablar. En una hora nos vemos en Thomas Circle, frente a la National City. Sin escoltas».

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Sintió esas palabras como el mal presagio de algo que intuía cada vez más inevitable.