La ambición de Lucifer 36. La represalia #3
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36. La represalia #3

Marcos tardó unos tensos segundos en reaccionar. Se detuvo, dio un paso atrás, recogió la silla del suelo y se sentó nuevamente sin apartar la mirada del prisionero.

—¡Hable! —le gritó.

—¡No lo sé! Creo que esperan terminar algo que están haciendo en la central nuclear. Yo me he largado de allí porque no quería seguir formando parte de esa locura. Le juro que no sé nada más —respondió entre sollozos.

—Encierren a este hijo de perra. Más tarde continuaremos con él —ordenó Marcos.

El semblante del coronel se había endurecido tanto que casi parecía otra persona.

Aquella expresión no aparecía en su rostro desde hacía mucho tiempo.

Sentía haber regresado a las sombras de su pasado; a esos días en que su labor en inteligencia antiterrorista le obligó a hacer cosas que prefería enterrar en la memoria; cosas que aún le pesaban…

Ahora, la situación parecía querer arrastrarlo de nuevo a ese abismo que creía haber dejado atrás.

Se levantó y se dirigió a toda prisa hacia su despacho. Tenía que informar a Corbos.

Hermes emitió nuevamente su particular sonido de conexión con Rioseta y la voz de la general, que esperaba esa llamada, se escuchó casi al instante.

—Hola, Javier. ¿Qué puedes contarme?

—Isabel… estáis en riesgo.

—Ya…, a estas alturas todos lo estamos. ¿Qué pasa?

—Lucifer sabe que Germán García está con vosotros. Tiene intención de atacar la base con una de las ojivas nucleares que poseen.

—Dios mío… Dame todos los detalles.

—Estoy enviándote ahora mismo la grabación del interrogatorio. Escúchala con atención. Deberás tomar decisiones rápidamente.

—Lo haré. Volveremos a hablar en cuanto decidamos cómo actuar.

—De acuerdo.

Marcos finalizó la llamada y quedó pensativo.

Aquella información le había dejado profundamente inquieto.

Se levantó del sillón y se acercó a la ventana que daba a la extensa planicie, infinita bajo el cielo despejado.

El día seguía luminoso, sin una sola nube.

Pensaba en la mujer de su vida… y en el peligro que se cernía sobre ella.

Cuando se disponía a regresar para hablar de nuevo con el prisionero, algo llamó su atención hacia el suroeste. Al principio le pareció un pájaro, pero permanecía demasiado quieto en el aire. Tomó los prismáticos que reposaban sobre la mesa. Aterrado, lo vio con claridad…

—¡Den la alarma! ¡Nos han localizado! —gritó al soldado que vigilaba la puerta.

¿Cómo ha podido saber el enemigo que estamos aquí?

¿Qué importancia podía tener ya? Cuando volvió a mirar por la ventana, comprendió que ya era demasiado tarde para escapar de allí: una nube de drones, decenas de ellos, surgió tras el dron centinela, que permanecía aún estático a escasos cien metros,

observando a su objetivo con la frialdad de un ser diabólico.

Aquellos artilugios asesinos avanzaron a gran velocidad hacia su posición, hasta que se precipitaron en pocos segundos sobre la nave y el edificio de oficinas, como las aves depredadoras se lanzan contra su presa.

Uno de ellos impactó de lleno contra la ventana donde estaba el coronel, como si Lucifer lo hubiera señalado con especial precisión. La explosión lo sacudió todo a su alrededor en un horrible estruendo, destrozando buena parte de la fachada del edificio y matando al coronel Marcos en el acto.

Su cuerpo, junto con sus recuerdos y los remordimientos que le turbaban por una vida de algunas luces y muchas sombras, quedó destrozado y sepultado bajo los escombros.

Otras explosiones terminaron por convertir la base en un infierno. Todo el edificio quedó envuelto en llamas, destrucción y muerte, mientras una columna de humo negro ascendía imponente, oscureciendo el cielo sobre Torija.

Los habitantes de la localidad salieron de sus casas espantados y no dudaron en ir a socorrer a los heridos sin pensar en el peligro.

Al llegar, se encontraron con una escena dantesca: cuerpos mutilados y soldados agonizantes se extendían por la rampa que conducía a la entrada, víctimas de un enemigo traicionero y cruel.

Algunos habían logrado salir en el último instante, muchos de ellos con graves heridas y quemaduras, pero más de la mitad de los que permanecían en aquella nave desde hacía semanas perecieron en la tragedia, junto al teniente Torres y al propio desertor.

Sin saberlo, Sokolov había conducido a Lucifer hasta la base: un pequeño rastreador, oculto en un pliegue de su ropa, había servido de guía para el ataque.

Fueron sacando de allí a los heridos entre un caos absoluto, alejándolos del calor abrasador y del humo tóxico que lo invadía todo. Eran cargados en coches particulares, rumbo al pequeño centro sanitario de Torija, que pronto quedó desbordado ante el abrumador número de víctimas que llegaban.

El horror se apoderó de la población. La policía municipal improvisaba espacios para atender a los supervivientes.

Uno de los agentes, al levantar la mirada, observó aquel dron inmóvil, ahora suspendido sobre la vertical del castillo, vigilante, observándolos con una siniestra curiosidad. Instantes después, se elevó a gran altura con rapidez y se perdió en dirección oeste.

Lucifer había destruido la base, pero la información sobre sus intenciones había conseguido llegar hasta Rioseta.