36. La represalia #2
—¡Está bien…! Mi nombre es Dimitri Sokolov. Sargento primero —respondió con voz temblorosa.
—¿De dónde procede? ¿Dónde fue reclutado?
—Soy bielorruso. Fui contactado por un grupo de exmilitantes de Wagner.
—¿Usted formaba parte también de esa organización paramilitar?
—Sí… Tras la muerte de nuestro líder y la pérdida de apoyo del gobierno ruso, el grupo abandonó Europa y nos enviaron a África. Yo estaba en Sudán y quería salir de allí.
—¿Qué le ofrecieron?
El bielorruso bajó la mirada, midiendo cada palabra. Estaba angustiado y la tensión se reflejaba en su rostro.
—Mucho dinero… Una cantidad desorbitada, imposible de rechazar.
Y una vida cómoda en un lugar seguro si me unía a ellos en esta misión.
Me pagaron la mitad por adelantado, en criptomonedas, a través de una sociedad offshore en las Islas Caimán.
¿Quién podría negarse a algo así? —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Le informaron en qué consistía la misión?
—No explicaron demasiado, aunque sí lo suficiente como para sorprender a la mayoría: se trataba de una intervención para tomar el control de un país del sur de Europa.
Los detalles llegarían después. El objetivo táctico era ocupar una zona extensa y muy poblada, incluida su capital.
Supimos el destino el día antes de salir hacia él.
Por supuesto, también nos avisaron de lo que pasaría con cualquiera que deslizara la más mínima información sobre aquello.
—¿Y después?
—Cuando se completara nuestro trabajo, nos reemplazarían por otras unidades. Después, nos pagarían el resto del dinero y nos trasladarían al lugar acordado. Hablaron de una intervención de dos meses, aunque entre preparación, logística y posterior reubicación el compromiso total rondaría un año.
—¿Dónde fueron preparados?
—Cuando acepté la oferta de quienes me captaron, ellos mismos me llevaron junto con un grupo de otros veinte hombres. Todos tenían algún recorrido como mercenarios. Los había de todas partes: africanos, europeos, asiáticos… Nos trasladaron a un campamento en Yemen.
Permanecí en aquel lugar tres días. Durante ese tiempo llegaron muchos más; no podría decir cuántos, pero calculo que varios centenares. Desde allí nos trasladaron en un avión militar a un destino confidencial, con los ojos y los oídos cubiertos durante todo el trayecto.
Aterrizamos en una pista situada dentro de un campamento enorme, construido en algún punto del estado de Delta, en Nigeria.
Disponía de una única pista de aterrizaje, modesta pero suficiente para recibir aviones de carga, y durante el tiempo que estuve allí llegaron muchos.
Después, todo aquel material que descargaban —armas, en su mayoría— era transportado en barcazas a través del río Benín, aunque nunca supe cuál era su destino final.
—¿Cómo pudo saber todo eso?
—Por los encargados de la logística y de la organización.
Eran nigerianos; una escisión del Estado Islámico, ahora enemigos a muerte de ellos.
Fueron comprados con enormes sumas de dinero y con la promesa de obtener su propia cuota de poder, con la que podrían controlar todo el centro del continente, desde Liberia hasta Mozambique.
Cuando se pasaban un poco con la bebida, largaban fácil.
—¿Se encargaban también esos nigerianos de la planificación?
—No…, esas cosas las llevaban occidentales. La mayoría, norteamericanos.
—¿Qué puede decirme del origen de las armas y el material?
—No mucho. Yo solo era un sargento al frente de un grupo reducido de operaciones especiales.
Pero puedo asegurarle que llegaban aviones de transporte constantemente, con contenedores llenos de armas y sin ningún control.
Seguro que había altos cargos del país en nómina.
Es imposible mover todo eso sin alguien importante detrás facilitándolo.
—¿Y los helicópteros que hemos visto? ¿De dónde salieron sin ser detectados?
—Sé que algunos también llegaron en barco al puerto de Lagos.
Los ocultaron como parte de una compra oficial de doce Mi-28N a Turquía por el gobierno nigeriano.
En ese envío se escondieron otras diez unidades para la organización.
De allí se los llevaron a Europa en buques mercantes.
Al menos parte de ellos entraron por un puerto del sur de España.
Otros lo hicieron en Marruecos. Tuvieron que ensamblar el armamento allí mismo. No sé nada más.
—¿Y nadie vio nada? Parece increíble. ¡Nos está mintiendo! —Torres presionaba, acercando agresivamente su rostro al del prisionero.
Dimitri sonrió con ironía, despreciando el intento de intimidación.
—Quienes están detrás de esto van varios pasos por delante de vosotros.
Esto les supera, señores. Lo que hay detrás de esta organización está muy por encima de lo que puedan imaginar.
Así que no pierdan el tiempo con el papel de poli bueno y malo; es ridículo.
Estoy dispuesto a colaborar si me garantizan que me pondrán en libertad.
—¡No está en condiciones de negociar aquí!
Marcos interrumpió a Torres y se dirigió al prisionero de forma más calmada.
—Podremos hablar de ello después, cuando veamos hasta qué punto es verdad que está usted dispuesto a colaborar —añadió el coronel.
—Como ya le he dicho, solo soy un suboficial. No tengo tanta información como se imaginan.
—Para empezar, quiero que me dé información sobre el número de hombres que tienen desplegados en Madrid y cómo demonios fueron trasladados hasta allí.
—Como le dije antes, la logística de la operación fue larga; duró casi un año.
Nos fueron llevando hasta la capital de forma gradual por diferentes vías de entrada.
Para ello, se nos dio documentación falsa y nos alojaron repartidos por diversas localidades hasta recibir la orden de actuar.
No puedo decirle el número de hombres, pero en el campamento se hablaba de varios miles; yo diría que al menos cuatro mil muy bien entrenados.
—¿Cuatro mil?
—No se imagina los recursos que tiene esa gente y lo que son capaces de hacer.
Además…, con el caos burocrático que tienen ustedes aquí, tampoco es que fuese difícil pasar como inmigrantes con permiso de trabajo, como estudiantes o incluso como turistas; al fin y al cabo, era como unas largas vacaciones muy bien pagadas.
—Si tan perfecto y fácil era todo, ¿cuál ha sido la razón por la que decidió escapar y poner en riesgo su vida al hacerlo?
El bielorruso se quedó mirando fijamente sus manos esposadas sobre la mesa.
Parecía que su pensamiento se había quedado anclado en algún lugar de sus recuerdos.
Durante varios segundos no dijo nada. El coronel se dio cuenta de que algo pesaba en su conciencia y esperó su respuesta sin apresurarle.
El detenido pareció reaccionar y empezó a hablar.
—Mi familia es originaria de Khatyn, una pequeña aldea en la región de Minsk.
De ella hoy no existe nada, salvo un complejo conmemorativo que se construyó en memoria de lo que sucedió allí: el 22 de marzo de 1943, el ejército nazi metió a toda la población en un granero: 149 personas, entre ellas 75 niños.
Los quemaron vivos; y a quienes no pudieron encerrar en el granero, los asesinaron a tiros fuera.
Entre aquellas víctimas estaba toda mi familia, a excepción de mis abuelos, que eran apenas unos adolescentes. Ellos fueron los únicos que lograron esconderse en el bosque y escapar.
—¿En qué se relaciona esa historia con el hecho de que haya desertado?
—Lo que está sucediendo ahora en la zona controlada es la misma historia que le he contado, pero a una escala mucho mayor.
Las órdenes que recibimos eran disparar a matar contra cualquier persona que tratara de abandonar el área controlada; algo que me parecía terrible, pero una orden hasta cierto punto lógica.
Después, supe lo de las bombas y la intención de hacerlas estallar en puntos concretos de Madrid para causar el mayor número de víctimas posible. Me pudo la conciencia y aquí estoy.
—¿La amenaza que recibimos de Lucifer no fue un farol? ¿Las hará estallar si intentamos entrar en la zona?
El mercenario frunció el ceño por la pregunta del coronel.
—Veo que no me ha entendido… Lucifer, o como prefieran llamarlo, tiene intención de hacerlas estallar de todas formas, y no dudo ni un momento que lo hará.
—¿Cómo está tan seguro de que esa es la intención?
—Para quien maneja los hilos de esto, imponer la estrategia del terror es fundamental para conseguir sus fines, como hicieron en mi país los nazis y los soviéticos después.
Lucifer pretende establecer un lugar seguro para ubicar su base operativa; he oído que lo hará en una central nuclear no muy lejana de aquí y mantendrá el botón de activación listo para ser pulsado si alguien se atreve a acercarse mientras tanto.
Necesita que se le tome en serio y no dudará en demostrarlo en cuanto tenga la más mínima ocasión.
—¿Y eso fue lo que desencadenó su decisión de largarse? Un poco tardía, ¿no cree?
—Cuando me informaron de que debía formar parte del equipo que trasladaría una de aquellas ojivas hacia otro objetivo, comprendí que esa barbaridad no pararía nunca. No quise seguir y decidí escapar. Fue cuando resulté herido.
Marcos abrió los ojos y todo su cuerpo se tensó al escuchar el comentario.
—¿Hacia otro objetivo? ¿Qué objetivo?
—Lo desconozco, solo sé que está en el norte: un lugar en las montañas del Pirineo. Parece ser que es una prioridad para la organización, ya que allí se esconde alguien que consideran una importante amenaza, tanto como para tener intención de destruir la zona por completo.
El rostro de Marcos se encendió en una mezcla de rabia y odio que asustó a Sokolov.
—¿Cuándo tenían previsto hacerlo? ¡Dígame todo lo que sabe con detalle o le juro que lo mato aquí mismo! —gritó el coronel, tirando su silla al suelo de una patada y agarrándole con rabia del cuello.
Torres reaccionó al ver aquel momento de ira.
—Mi coronel…