La ambición de Lucifer 36. La represalia
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36. La represalia

El sol empezaba a descender lentamente desde su cénit hacia el oeste. Aquel inicio del atardecer en abril regalaba un cielo azul que hacía brillar el altiplano de Torija. Un día más que se sumaba a las dos semanas transcurridas desde el ataque de Lucifer.

En la base del destacamento se respiraba una calma tensa.

La vigilancia no había detectado movimiento enemigo en días, pero las comunicaciones seguían bloqueadas, salvo las de corta distancia y las que ofrecía el sistema Hermes a través de TritonSat NG.

Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo, pensaba el coronel Marcos en la soledad de su despacho.

—Mi coronel, con su permiso.

—Adelante, teniente.

—Las patrullas de reconocimiento están ya de regreso.

—¿Qué zona han cubierto?

—Hasta Centenera al sur y Tórtola de Henares al norte. Más allá era arriesgado; nos acercábamos demasiado a Guadalajara.

—¿Alguna novedad?

—Ninguna actividad sospechosa, por el momento.

Marcos se echó hacia atrás, dejando caer su espalda contra el respaldo del sillón. No se lo creía…

—Esta quietud me preocupa. En algún momento tendrán que empezar a inspeccionar la zona con incursiones y temo que acaben descubriéndonos si no los descubrimos nosotros antes.

No necesitó pensarlo.

—Doblen la guardia. Extiendan el perímetro a cinco kilómetros e informen ante cualquier indicio.

—Enseguida, mi coronel.

El teniente Torres salió. Marcos quedó solo, con la mirada perdida y los dedos acariciando su barba. Seguía afectado por la pérdida de sus dos hombres en el ataque de Brihuega. Intuía que el momento de su venganza personal se acercaba y casi estaba deseando que el enemigo viniera a por él.

Le resultaba difícil soportar la falta de instrucciones del mando; sin ellas, estaba atado de manos.

Si dependiera de él, ya habría enviado un grupo reducido a internarse en la zona, obtener información, preparar un contraataque y machacarlos donde estuvieran.

Pero sabía que esa sería una apuesta temeraria; la amenaza sobre los habitantes de Madrid y del resto de la zona ocupada seguía siendo demasiado grande y aquella calma le preocupaba, sobre todo, después del brutal ataque que los había llevado hasta allí.

Por un instante, la tentación de contactar por Hermes con su amiga, la general Corbos, casi le pudo. Quería saber cómo iban las cosas en Rioseta y si había alguna novedad.

Si hubiera ocurrido algo importante, ella ya me lo habría comunicado. Mejor esperar.

Se contuvo y cerró unos momentos los ojos, pensativo.

Su mente lo llevó a los días en el CNI. Recordó cómo, al salir de la academia, sus calificaciones y su talento como analista le abrieron las puertas del área de contrainteligencia.

Eran otros tiempos, cuando España apenas llevaba unos años en la OTAN; una etapa de transformación que le brindó la oportunidad de aprender y ascender con mérito en la cadena de mando.

Fue entonces cuando su camino y el de Corbos se separaron. De haber seguido juntos, quizá habrían terminado casándose. Ambos compartían un sentido del deber inquebrantable y aceptaron la distancia. Nunca volvieron a hablar de ello, aunque jamás dejaron de apoyarse mutuamente.

El sonido del interfono interrumpió su momento de introspección.

—Marcos al habla.

—Mi coronel, tenemos novedades importantes de una de las patrullas. Han detenido a un presunto desertor de Lucifer cuando regresaban de Centenera. Lo localizaron cuando trataba de esconderse en la Atalaya de San Marcos. Iba desarmado y está herido.

—Que regresen de inmediato con él.

—Están llegando ya a Torija, mi coronel. Estarán aquí en menos de cinco minutos.

Era una oportunidad, entendió Marcos: obtener información de primera mano sobre lo que estaba pasando en Madrid y, tal vez, sobre los próximos movimientos de Lucifer. Se levantó del sillón y se dirigió hacia la entrada de la nave; quería estar allí cuando llegara la patrulla.

Cuando Marcos alcanzó el portón, el Vamtac irrumpía desde la rotonda a gran velocidad, levantando una nube de polvo en el acceso al polígono, en las afueras de la localidad.

Con un gesto, el coronel indicó a la guardia que abriera la puerta y los dejara pasar sin demora.

Los dos soldados descendieron del vehículo y sacaron al prisionero.

Estaba esposado, con el rostro marcado por el agotamiento y los labios resecos por la deshidratación.

Una herida de bala en el brazo derecho le teñía la manga de sangre seca.

Por su aspecto, debía llevar uno o dos días vagando por los caminos, desorientado.

Se le notaba agotado y al borde del colapso.

—Regístrenlo y que lo lleven a enfermería. Quiero dos hombres vigilándolo en todo momento. Después, tráiganmelo a la sala —ordenó Marcos al teniente Torres—. Encárguese de ello y acompáñeme después durante el interrogatorio.

—A sus órdenes, mi coronel.

Marcos regresó rápidamente a su despacho. Nada más entrar, se dirigió al armario blindado y activó Hermes. Tenía que informar a Corbos sin demora. Introdujo su código Alfa y apoyó el dedo índice en el lector óptico. Al instante, sonó la voz de la operaria de Control:

—Buenas tardes, Lima3NG. Le escucho.

—Buenas tardes, control. Necesito conexión urgente con JEMIT. Prioridad uno.

—Le paso.

La voz de la general no tardó en escucharse.

—Hola, Javier. No esperaba tu comunicación. Seguro que tienes algo importante que decirme.

—Hola, Isabel. Desde luego…

—Pues tú dirás.

—Hemos capturado a unos diez kilómetros de aquí a un individuo que parece ser un desertor enemigo. Lo acaban de traer y lo interrogaré en cuanto lo atiendan en enfermería.

—Una excelente noticia… ¿Estás seguro de que es un desertor?

—Apostaría a que sí, pero habrá que confirmarlo.

Una patrulla lo encontró medio muerto en mitad de un páramo.

Viste ropaje táctico, estaba desarmado y con una herida de bala en el brazo.

Supongo que escapó por los pelos. Intentaré sacarle información.

Pensé que era mejor avisarte antes del interrogatorio.

—Me gustaría escucharlo, pero es mejor que no intuya que tenemos una línea de comunicación activa, por si acaso…

—Tan pronto termine, volveré a llamarte.

—Perfecto. Te estaré esperando.

Su paso por la inteligencia militar y la experiencia acumulada en zonas de conflicto habían convertido a Marcos en un especialista en interrogatorios.

Esta vez debía actuar rápido; sabía que la captura traía consigo un riesgo.

Si el enemigo buscaba al desertor, su pista podía llevarlos hasta allí y poner en peligro a toda la unidad.

El interfono sonó.

—Mi coronel, subiremos a la sala con el detenido en unos minutos.

—Muy bien, me dirijo hacia allí.

La sala para el interrogatorio estaba en el edificio anexo, en el extremo opuesto al despacho del coronel. Era el lugar más seguro: sin grandes ventanales hacia el exterior, solo una pequeña ventana que daba a la nave donde se ubicaban los blindados.

Marcos salió del despacho y recorrió el largo pasillo. Al entrar, dejó sobre la mesa una libreta y una grabadora, que activó antes de sentarse.

Momentos después, el teniente llegó con el prisionero, escoltado por dos soldados armados que quedaron vigilando la puerta. Marcos y Torres se sentaron frente a frente; el detenido ocupó el lateral opuesto de la mesa.

—No habla español, solo inglés, aunque con un acento ucraniano o ruso bastante evidente, mi coronel.

—No importa, hablaremos en inglés.

Marcos sabía cuál debía ser la estrategia: tono directo, sin excesiva hostilidad. Era crucial que el prisionero mantuviera el temor y entendiera que su única salida era colaborar.

—¿Cómo se encuentra ahora? ¿Le han atendido bien en la enfermería?

Asintió moviendo la cabeza, sin levantar la mirada.

Marcos se inclinó ligeramente hacia adelante y le habló con voz grave.

—Escuche… Es importante para usted que colabore. Le sugiero que conteste a las preguntas que vamos a hacerle.

El prisionero permaneció inmóvil, con la mirada clavada en la mesa, como si las palabras se hubiesen estrellado contra un muro.

—¿Cuál es su nombre y rango dentro de la organización de la que ha desertado?

Levantó la cabeza. Sus ojos eran desafiantes y una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro.

—No tenéis nada que hacer… Lucifer acabará con vuestro patético ejército.

—¡Responde a la pregunta del coronel! —exclamó Torres amenazante.

Marcos levantó la mano con calma para frenar al teniente.

—¿Qué le pasa, teniente? ¿He herido su orgullo patriótico? Solo he dicho la verdad —dijo el soldado, con tono de burla para provocarlo.

Marcos se puso en pie, apoyó las manos sobre la mesa, se inclinó ligeramente y volvió a dirigirse al prisionero, esta vez con una frialdad que llegó a desconcertarlo.

—Creo que todavía no ha entendido lo que se está jugando ahora mismo ni con quién está hablando.

Por escoria como usted he enterrado hombres hace apenas unos días.

Desde que supe que lo habían detenido y ordené que lo trajeran ante mí, no he pensado en otra cosa que en arrancarle el pellejo a tiras y dejarlo después ahí fuera, para que lo devoren los buitres.

Créame: no sería lo peor que he hecho en mi vida, y cada segundo que pasa teniendo que aguantar su puto aliento me cuesta más convencerme de no hacerlo.

Así que le aconsejo que no me toque los cojones: no es buena idea.

Vy menya ponyali, kusok der'ma? —remató el coronel en un ruso más que correcto.

La permanente sonrisa cínica del detenido se borró de su cara. Acababa de saber que aquel coronel no encajaba con el perfil de un simple militar de rango, sino más bien con inteligencia militar o con algo mucho peor. Lo que pensó en ese momento lo estremeció…

De un modo u otro me sacará toda la información que él quiera, aunque tenga que cortarme a pedazos.

Sokolov había perdido el autocontrol y ahora se mostraba inseguro ante la dureza del coronel. Temía que no le dejara salir vivo de allí.

—¿Qué van a hacer conmigo?

—Eso dependerá de usted. Le sugiero que colabore. No tengo ni tiempo ni paciencia para convencerle. Piénselo bien antes de responder o no a mis preguntas.

El silencio lo invadió. Dimitri dudaba, aunque sabía que no tenía otra alternativa que hablar.