La ambición de Lucifer 35. La rebelión
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35. La rebelión

Mañana soleada en Washington. Con puntualidad, los coches oficiales de los embajadores ruso y chino habían entrado en el recinto, casi al unísono, por la Avenida Pennsylvania, en el ala norte de la Casa Blanca.

Fueron recibidos por la asistente de protocolo y conducidos a la Blue Room, en la planta baja, a la espera de la llegada del presidente.

En el Despacho Oval, Whitmore y Warren llevaban ya largo rato conversando sobre los puntos a tratar y otros temas del día. El interfono sonó sobre la mesa de despacho.

—Señor presidente, los señores Sergei Ivanov y Liang Wei esperan en la Sala Azul.

—Gracias, Alice. Enseguida vamos. Por favor, haga traer algo de café y té al despacho.

—Enseguida, señor.

Whitmore, junto al vicepresidente Warren, comenzaron a atravesar el pasillo que conecta con la Colonnade, un corredor exterior con columnas que bordea el Rose Garden y conecta el Ala Oeste con la Residencia Ejecutiva.

Ascendieron al State Floor hasta llegar a la Blue Room, donde esperaban los embajadores, sentados en un elegante sillón de estilo neoclásico francés, tapizado en azul real y motivos dorados, acorde con el resto de la decoración de la sala.

Ambos embajadores se pusieron en pie nada más entrar el presidente por una de las puertas de la sala ovalada.

—Buenos días, señores. Bienvenidos.

Ivanov estrechó su mano con fuerza, mostrándose cuidadosamente cordial.

—Señor presidente, señor vicepresidente… es un honor saludarles.

—Igualmente, Sergei. Hacía ya algún tiempo que no nos veíamos. Creo que el señor Wei es la primera vez que visita esta sala, ¿es cierto?

—Sí, señor vicepresidente. No tuve oportunidad de visitarla hasta ahora. Un lugar francamente bonito.

—Es una sala que nos gusta utilizar para recibir a nuestros amigos embajadores. Un espacio muy agradable y luminoso para recepciones oficiales. Incluso se ha llegado a celebrar alguna boda aquí. ¡Ya son ganas…! —bromeó, para destensar el momento.

—Muy interesante y acogedor.

—Me alegro de que le guste. Si les parece, vayamos al Despacho Oval; allí podemos conversar con tranquilidad —sugirió el presidente.

Regresaron atravesando los mismos pasillos, donde se había reforzado la presencia de agentes del Servicio Secreto, que controlaban los accesos a las diferentes áreas adyacentes al despacho.

Al entrar, el presidente pidió a los acompañantes que tomaran asiento en uno de los dos sillones colocados uno frente al otro, en el centro de la sala, con una mesita en medio sobre la que habían dejado unas jarras plateadas con café y té, y una bandeja con pequeñas galletas de avena,

clásicas en las recepciones de la Casa Blanca.

Whitmore y Warren se sentaron en el otro sillón, frente a ellos. Sin más preámbulos, entraron directamente al asunto.

—Bien…, hablemos de las razones por las que les he propuesto esta reunión. Recibimos con sorpresa sus mensajes con relación a la situación que se está viviendo en Europa. Supongo que entenderán que no podemos aceptar amenazas de nadie.

—Señor presidente, debo aclararle que estamos al corriente de todo lo relacionado con el arma llamada Lucifer.

Sabemos que se ha desarrollado en Estados Unidos, con tecnología y fondos americanos.

Sabemos también que ustedes están al corriente de ello desde hace tiempo y que lo están ocultando a su propio pueblo.

Sergei Ivanov pareció enfatizar el tono en su afirmación, con clara intención de presionar, mientras dirigía una disimulada mirada al embajador chino que no le pasó desapercibida a Whitmore.

Liang Wei intervino en ese momento…

—Tenemos instrucciones muy claras al respecto. No vamos a consentir que los errores de su administración y la corrupción existente en sus instituciones pongan en riesgo la seguridad de nuestros países.

—Un momento, señores… Veo que ustedes creen que lo saben todo, pero ¿y si están equivocados?

¿Y si les falta información relevante y acabamos asesinando a millones de personas inocentes por ello?

Quieren arrastrarme a hacer algo que considero erróneo y que además asuma personalmente toda la responsabilidad de sus consecuencias.

Eso no va a pasar —contestó Whitmore contundente.

—Pues, debemos ser muy claros con usted, señor presidente —respondió el ruso—.

Moscú y Pekín les han dado cuarenta y ocho horas para actuar.

Si antes de que ese plazo finalice no han destruido por completo las instalaciones donde está ubicada esa tecnología, nuestros gobiernos darán un comunicado oficial conjunto, informando al mundo de la situación que ustedes han creado.

Inmediatamente después, ordenarán un ataque sobre esas instalaciones y le responsabilizarán a usted de las consecuencias que eso pueda traer.

Whitmore se levantó lentamente del sillón y se giró sobre sí mismo, dirigiendo su mirada hacia una fotografía en la que aparecía con su esposa durante un viaje que hicieron juntos a España años atrás.

Después de unos segundos de tensión, tratando de controlar la rabia que sentía por dentro, inspiró profundamente, se giró de nuevo hacia ambos representantes, y se dirigió a ellos con una calma que los desconcertó.

—Verán, esperaba este posicionamiento tan agresivo, no crean que no…

, y agradezco que sean ustedes tan claros al transmitirme su posición sobre lo que saben.

Déjenme ahora que yo sea también muy claro al respecto de lo que sabemos nosotros y de cuál será mi posición: ¿De verdad han creído en algún momento que voy a tragarme esta farsa tan ridícula que han representado y que voy a consentir que me amenacen en mi propio despacho?

Whitmore les lanzó una sonrisa sarcástica antes de continuar con su dura réplica.

—Señores, sabemos que hay alguien en esta administración que les ha filtrado información. ¿No se les ha ocurrido que tal vez estén tratando de utilizarlos a ustedes de la misma manera que están intentando hacer lo mismo conmigo?

Les sugiero que piensen en ello, pero, por si tienen alguna dificultad para hacerlo, permítanme ayudarles un poco…

Para empezar, sabemos que Lucifer no es únicamente una IA avanzada que supuestamente actúa de forma descontrolada y autónoma; más bien se trata de un arma muy poderosa que está al servicio de una organización criminal desconocida y que probablemente se les haya descontrolado.

Esa arma no habría llegado hasta donde está y causado este daño a un país amigo sin una colaboración internacional.

Sabemos que, en esa colaboración, hay políticos corruptos en áreas de poder de diversos países, algunos de ellos entre nuestros aliados, pero también en sus dos administraciones.

Y ya hay sospechosos detenidos, tanto rusos como chinos, que están siendo interrogados por la Interpol, aunque eso ya lo sabían ustedes, ¿verdad?

—Señor presidente…

—Por favor, no me interrumpa cuando hago preguntas retóricas…

Cuando ustedes nos enviaron sus comunicados amenazantes ya sabían perfectamente que también tienen una parte de responsabilidad en todo esto: la de no haber localizado a sus propios corruptos; los que ayudaron a conseguir las ojivas nucleares en Corea del Norte y ponerlas de camino a Europa;

las mismas bombas que ahora amenazan con provocar una catástrofe.

Lo que me resulta repugnante de todo esto, es que hayan querido sacar provecho de ello a través del chantaje sobre mí país y sobre mi persona.

Pues bien… Aún no sabemos el alcance de esa colaboración ni hasta qué nivel llegan las personas corruptas de sus administraciones que han estado involucradas en el robo de cinco ojivas nucleares del arsenal coreano, pero tenemos pruebas de que eso ha pasado y estamos investigándolo.

Les prometo que acabaremos descubriéndolo, no lo duden ni por un momento.

será interesante ver cómo explican a sus ciudadanos toda esta basura.

Y para acabar, tengan presente una última cosa… Si sus gobiernos dan el más mínimo paso para bombardear el territorio de un aliado de la OTAN, recibirán en sus respectivas capitales la misma respuesta destructiva. Les prometo, por lo que más quiero, que eso será así.

Warren abrió sus ojos, sorprendido, y giró la cabeza hacia Whitmore tras escuchar el órdago que soltó a los embajadores. No lo esperaba.

—Señor presidente, esas son acusaciones y amenazas muy graves.

—¿Les parecen menos graves las que ustedes han hecho sobre mi administración y sobre mi persona?

Miren…, nadie en este mundo quiere que acabemos intercambiando lanzamientos de misiles entre nuestros países.

La amenaza a la que nos enfrentamos es global.

En estos momentos, lo menos importante es si los responsables son norteamericanos o de otras nacionalidades.

Lo único que importa ahora mismo es descubrirlos y anular la amenaza.

Después vendrán las responsabilidades, y yo estoy dispuesto a asumir las mías, pero no a costa de sacrificar a millones de personas. Eso no.

Los dos embajadores intercambiaron una mirada que no necesitó palabras.

—¿Qué es lo que pide, presidente? —preguntó Ivanov.

—Solo les pido tiempo y un mínimo de confianza. Estamos trabajando para esclarecer esto. Pero no les voy a engañar…, existe un riesgo de fracasar en el intento. De ustedes depende si merece la pena intentar resolverlo hasta el último momento.

El embajador ruso se incorporó para alcanzar la taza de café que tenía sobre la mesa. Bebió un sorbo y se dirigió a Whitmore.

—Señor presidente, no le vamos a discutir nada de lo que ha afirmado; creo que tampoco serviría de mucho.

Como usted dice, todos queremos resolver esta crisis sin tener que sacrificar vidas humanas.

Le ruego que comprenda la dificultad de convencer a nuestros gobiernos para que asuman el riesgo de que esa IA se infiltre en nuestros sistemas de defensa.

Si eso pasa, ya no importará cuáles sean nuestros deseos; solo contará el deseo de Lucifer.

Tiene nuestra palabra de que transmitiremos su petición a nuestros respectivos presidentes, y también mi deseo personal —creo que puedo hablar también en nombre de mi colega Wei— de que accedan, al menos, a darle un margen de tiempo mayor para poder actuar.

—Se lo agradezco sinceramente. Estaremos esperando su respuesta con impaciencia.

—Ahora mismo es medianoche en Beijing; será complicado reunir a todo el comité, intentaré darle la respuesta de mi presidente en unas horas.

—Gracias, señor Wei. Esperemos que lo consiga.

Los embajadores se levantaron y estrecharon las manos de Whitmore y Warren después de la tensa discusión.

Se dirigieron a la sala exterior del despacho.

El vicepresidente Warren, desconcertado por el resultado de la reunión, se ofreció a los embajadores a acompañarlos hasta la salida como un gesto de cortesía.

Al marcharse, Bradford, que esperaba en una sala contigua escuchando todo lo que se decía en la reunión por petición de Whitmore, entró en el Despacho Oval y se dirigió a su viejo amigo.

—Le ha echado huevos al asunto, señor presidente…

—Cállate, todavía me tiemblan las piernas.

—¿Ibas en serio con lo que les has dicho?

—¿Cómo iba a ir en serio, si yo partía de un farol…? No tengo ni idea de a quién investiga la Interpol ni si tienen corruptos en sus administraciones que hayan podido ser captados por Lucifer.

—Cierto…, es posible que no tengas pruebas sobre eso, aunque, por la reacción que han tenido, apostaría a que has tocado zona sensible.

En ese momento entró Warren al despacho, con expresión contrariada.

—Tom, creo que lo que has dicho es un error y está absolutamente fuera de lugar. Quiero que sepas que estoy totalmente en desacuerdo; has puesto en riesgo las vías de diálogo y eso puede traer consigo consecuencias imprevisibles.

—Eso lo sabremos en unas horas, cuando nos den la respuesta. Si es negativa, estarás en lo cierto: tendremos un grave problema añadido y me veré empujado a aceptar esta locura. Pero tal vez el que esté equivocado seas tú.

Bradford arrugó la frente y se mordió el labio inferior. Una idea se le vino a la cabeza…

—Tal vez haya algo que podamos hacer mientras llega una de esas dos situaciones. Aunque es arriesgado…

—¿Y qué no lo es en todo este asunto?

—¿Y si no esperamos a la respuesta de esta gente y empezamos a movernos ya?

—¿A qué se refiere con eso? —preguntó Warren.

—Me refiero a ponernos en contacto con los españoles, tal como sugería Keller, señor vicepresidente.

—Sin duda que es arriesgado. Si se enteran de lo que se está discutiendo aquí, se acabó…

—Yo creo que los españoles ya deben saber lo que se está tramando. Si no los llamas tú, lo más probable es que ellos nos llamen a nosotros en algún momento. Y si no lo han hecho ya, puede que sea porque intuyen que hay elementos podridos aquí con los que se podrían tropezar.

—Es posible, Robert. Sin embargo, aun decidiendo hacer lo que propones, solo podría ser a través de la conexión que mantienen con Bruselas.

Warren se mostró sorprendido.

—¿Una conexión con Bruselas? ¿Qué conexión?

—Los españoles lograron hacerlo con un cable de fibra óptica conectado a una línea francesa a través de un túnel en las montañas.

No sé cómo demonios lo consiguieron, lo que está claro es que lograron saltarse el bloqueo de comunicaciones en su territorio.

Aunque esa conexión no es segura y tiene muchas limitaciones, por lo que habría que utilizarla con extrema precaución.

—¿Cómo es que yo no sabía nada de esto?

—No veíamos posible utilizarla. Por eso ni se llegó a contemplar hasta ahora.

Warren frunció el ceño, pero no protestó, para alivio de Whitmore, que ya veía un nuevo frente de discusión con el vicepresidente.

—¿Cuál sería la idea que sugieres, Robert?

—Necesitaríamos que esa comunicación se estableciera a través de Bruselas en el más absoluto secreto. Si se enteran los rusos y los chinos, o alguno en nómina de Lucifer, se acabó. ¿Qué tal Keller? Aún está por aquí…

—¡Keller!, es verdad… Con los nervios, ni se me había pasado por la cabeza. Buena idea, llámalo. Tendremos una conversación con él aquí ¿Crees que es de fiar y que no estará en el ajo?

—Lo tantearemos antes de hablar abiertamente con él.

—Adelante con ello.