34. Juego diplomático
El teléfono sonó insistente en el despacho del secretario de Defensa.
—Señor secretario, tengo una llamada en espera de Alexander Collins.
—Muy bien, pásemela.
—Hola, Alex… ¿qué puedes contarme?
—Hola, Robert. Ya he regresado de vérmelas con estos señores. Ha ido regular.
—¿Regular? ¿Qué quieres decir?
—No puedo asegurar que accedan a reunirse con el presidente. Se han mostrado ambos muy reacios desde el primer momento. Me dio la impresión de que habían acordado antes mantener una posición común.
—¿Qué les has dicho exactamente?
—Lo que acordamos: que el presidente estaba dispuesto a discutir las condiciones. Dado el tiempo limitado para hacerlo, proponía mantener ese encuentro en su despacho de manera reservada.
—Es extraño. Parece que alguien se nos ha adelantado.
—Eso es lo que me ha parecido a mí. Me han despachado rápido con la misma respuesta: darán una contestación esta medianoche.
—Por la diferencia horaria con Moscú y Pekín, es señal de que al menos van a hacer la consulta. Tal vez esto requiera algún empujoncito para animarlos. Tú eres diplomático de carrera. ¿Qué sugieres?
—Bueno…, conociendo un poco el carácter ruso por razones familiares, te diría que no hay mejor manera de hacerlos reaccionar que tocar su orgullo nacional.
—¿A qué te refieres?
—A sugerir que daremos prioridad al diálogo con los chinos. Eso no les va a gustar nada. El gran oso ruso nunca puede ser menos que el osito panda.
—Eres un cabronazo, ¿lo sabes?
—Sí…, mi exmujer me lo dice a menudo.
—No pierdas ni un minuto. Llama a Ivanov, dile lo que se te ocurra y consigue que acepten una reunión aquí, a las diez de la mañana.
—Descuida, ya me encargo. Dame una hora como mucho.
—Adelante. Espero tu llamada.
Los minutos de espera pasaban lentos y el estrés empezaba a hacer mella en Bradford. La tensión acumulada en las últimas horas y todo lo que aún debía pasar era demasiada carga para cualquiera. Era consciente de lo que estaba en juego y el tiempo escaseaba.
Dejó caer su espalda en el respaldo del sillón, echando hacia atrás la cabeza y pasando las palmas de sus manos por su cabello negro, que ya dejaba entrever algunos tonos plateados en la sien.
No podría regresar aún a casa. Llevaba una semana sin apenas poder ver a su familia. Había que esperar la respuesta de los embajadores; era demasiado importante.
Me parece que vamos a tener que aguantar aquí hasta bien entrada la madrugada
El cansancio hizo que se quedara adormilado durante unos minutos. Poco después el teléfono volvió a sonar y le hizo reaccionar.
—Dime, Olivia.
—Señor secretario, tiene una llamada del señor Harlam.
— El que faltaba… Pásemelo.
—Robert…
—¿Qué quieres?
—Acabo de recibir tu notificación informando de que la reunión de hoy se cancela. ¿Cómo es posible? Es crítico que actuemos ya…
—El presidente se encuentra indispuesto.
—¿Indispuesto? ¡Una mierda!
—¿Qué te pasa? Te veo algo nervioso… ¿problemas de estreñimiento?
—Por favor, no me tomes por idiota. ¿Hemos hecho venir a esta gente desde Europa para decirles ahora que ha sido para nada?
—Seguro que lo entenderán. No se pueden tomar decisiones tan drásticas como la que se está planteando si no se puede pensar en condiciones. No podrá ser hoy; se comunicará nuestra postura mañana a estas horas.
—Está bien, aunque creo que es un estúpido error…
—¿Un estúpido error dices? Empiezo a pensar que el estúpido error es mantenerte a ti en el puesto en el que estás. Si vuelves a desobedecerme otra vez, será la última que lo hagas. ¿Lo has entendido o quieres que te lo deletree?
—Mi sugerencia durante la reunión era lógica y coherente. Además, tuvo el apoyo de Coburn y Moreau.
—No me importa. Te dije que no abrieras la boca sin hablarlo antes conmigo. Que sea la última vez.
— Lo que tú digas. Ya hablaremos —respondió con prepotencia.
—Ya lo creo que tú y yo hablaremos. No lo dudes ni un instante.
Bradford contestó con tono amenazante, colgando el teléfono después, sin dejarle decir una sola palabra más.
Menos de cinco segundos después, el teléfono volvió a sonar. Bradford respondió, aún alterado por la conversación con Harlam, pensando que era él de nuevo.
—¿Qué cojones quieres ahora?
—Vaya…, ya veo que el estofado también te ha sentado a ti más bien regular…
Bradford se incorporó casi de un salto en el sillón al darse cuenta de que se trataba del presidente Whitmore.
—Perdona, Tom, pensaba que era otra persona…
—Eso espero…—bromeó—. Solo era por decirte que acabo de recibir una interesante llamada de Sergei Ivanov, el embajador ruso.
—¿Ah, sí…? ¿Qué ha dicho?
—Ha sido una conversación algo extraña. Ha empezado contándome una fábula sobre osos, que no he entendido muy bien, para después decirme que accede a la propuesta de reunión. Él mismo convencerá al embajador chino; vendrán mañana a las diez.
—Me alegro de ver que el sentido común ha imperado.
—Sí…, creo que han debido comprender lo importante que es dialogar.
—Seguro que ha debido ser eso… Me alegro mucho; habrá que agradecer el buen trabajo a Collins.
—Cuando esto acabe, lo invitaremos a un buen almuerzo aquí; se lo ha ganado.
—Le encantará.
—¿Por qué no te vas a casa a descansar un poco? Te noto tocado…
—Sí…, necesito relajarme y dormir o acabaré rompiendo los dientes a alguien.
—Espero que no sea a mí…
—Bueno…, algún amago de eso hubo en la universidad.
—¿Todavía me guardas rencor por aquello? La chica fue la que eligió; yo era más atractivo, más inteligente, tenía más estilo…
—Sí…, y tenías más dinero también.
—Eres un cabrón envidioso…
—¿Lo ves?, ya estamos. Me quitaste a la chica y encima soy el malo de la película. Debí arrearte aquel puñetazo.
—¿Qué forma es esa de hablar a tu presidente?
—Si seguimos esta conversación, acabaré teniendo problemas con los del servicio secreto.
Whitmore reía divertido. El único momento relajado que había tenido en todo el día.
—Venga…, vete a casa y descansa, es una orden.
—Lo haré ahora mismo. Gracias, presidente.