La ambición de Lucifer 33. El reencuentro
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33. El reencuentro

El NH90 acababa de sobrevolar la Sierra del Montsec, en el Prepirineo catalán, y se adentraba ya en tierras de Huesca. La comunicación con Rioseta se estableció por Hermes.

—Unidad de rescate a base, ¿me reciben?

—Alto y claro, capitán.

—Hemos completado la misión, mi coronel. Regresamos con los civiles sanos y salvos.

La noticia fue recibida con gran alegría en la sala de control. Germán se echó las manos al rostro, emocionado y aliviado por la enorme tensión que había mantenido hasta ese momento. Corbos sonreía satisfecha dando la mano al coronel, felicitándole por la noticia.

—¿Cómo se encuentran ustedes? ¿Están todos bien?

—Negativo, mi coronel. Lamentablemente hemos sufrido dos heridos en la incursión, uno de ellos grave.

El semblante de la general era de gran preocupación.

—De acuerdo, capitán. Lo tendremos todo preparado para atenderlo con rapidez. ¿Tiempo para la llegada?

—Según el piloto, unos treinta minutos a la velocidad actual, pero tenemos problemas mecánicos; nos alcanzó metralla en el fuselaje, el rotor de cola está afectado y perdemos combustible.

—Recibido, capitán. Manténganos informados.

Corbos llamó a Ruiz por el interfono.

—Capitán, la unidad viene de camino; llegarán en unos treinta minutos. Traen heridos, uno grave. Encárguese de que el equipo sanitario esté preparado. Avise también a los de emergencias para que estén listos; el helicóptero sufre problemas mecánicos serios.

—Me encargo, mi general.

Un pitido agudo en el panel de control alertó al piloto: uno de los indicadores parpadeaba señalando un problema en la transmisión.

—Estamos perdiendo estabilidad, agárrense —indicó a los tripulantes.

—¿Cuál es el problema?

—Las aspas del rotor de cola están cediendo y generan vibraciones que afectan al control de vuelo. Podrían romperse y hacer que entremos en rotación incontrolada. Si eso pasa, tendremos que hacer un aterrizaje de emergencia.

—¿Qué falta para llegar?

—Estamos a solo unos quince minutos, el problema es que debemos ganar altura para atravesar Ordesa y es una zona muy elevada y accidentada. Además, no podré controlar la maniobrabilidad; demasiado arriesgado si tenemos que aterrizar.

—¿Alternativa?

—Entrar por Jaca y seguir a baja altura la garganta del río Aragón por Canfranc, hasta llegar a la base. Es un poco más largo y estaremos más expuestos, pero es una ruta mucho más segura.

—De acuerdo, adelante.

Momentos después, el helicóptero se adentraba en el valle del Aragón y ya se divisaba cercana la ciudad de Jaca. A la derecha, las impresionantes montañas nevadas del Pirineo aragonés formaban una pared ahora insalvable.

El helicóptero sufría sacudidas cada vez más fuertes mientras avanzaba. Habían tenido que reducir la velocidad.

La situación de Benali empeoraba. Perdía mucha sangre y su pulso era cada vez más débil. Todos estaban muy preocupados por su estado.

—Mi capitán, no lo va a superar. Lo perdemos —dijo nerviosa la soldado.

Villalobos miraba a Benali con expresión frustrada al no poder hacer nada por avanzar más rápido.

—Piloto, ¿qué opciones tenemos de aterrizar en el hospital de Jaca para dejar allí a nuestro soldado herido?

—Podemos hacerlo en diez minutos; el hospital está justo antes de llegar a la entrada de la garganta del río, aunque no le garantizo que podamos despegar después.

—Nos arriesgaremos, aterrice —ordenó el capitán—. Equipo, vamos a hacer una parada para intentar salvar a nuestro compañero.

Todos escucharon la orden de Villalobos y sintieron un atisbo de esperanza de salvar a Benali. Sabían que su vida se apagaba. Nunca habían perdido a nadie en sus misiones anteriores.

—Prepárense para asegurar la zona cuando bajemos y transportar a Benali hasta el interior —ordenó la sargento Aguilera—. No tenemos comunicación con el hospital, por lo que deberemos actuar deprisa.

En pocos minutos, el edificio ya podía verse cercano. Sin circulación por la carretera ni en las inmediaciones, pero se veían algunos coches en la zona de aparcamiento que daban a entender alguna actividad en las instalaciones.

El NH90 aterrizó con dificultades en el helipuerto, muy cerca de la entrada.

Al no ver a nadie, Aguilera decidió saltar la primera y dirigirse rápidamente a la entrada para ganar tiempo.

Allí, varias enfermeras miraban sorprendidas desde el interior al enorme helicóptero militar posado a pocos metros.

—Por favor, necesitamos ayuda urgente. Tenemos un herido muy grave.

Los sanitarios reaccionaron y fueron rápidamente con una camilla de ruedas hacia el helicóptero.

Las aspas del NH90 aún rotaban cuando llegaron.

Benali fue colocado con cuidado sobre ella por sus compañeros y llevado rápidamente al interior del hospital.

Uno de los médicos presentes se dirigió a la sargento, que no se apartaba de él, deteniéndola en la entrada de quirófanos:

—No se preocupe; lo atenderemos bien. Ustedes deben quedarse aquí.

Aguilera se puso en comunicación inmediata con Villalobos para informarle.

—Capitán, ya se lo han llevado a quirófano. ¿Quién se queda con él?

—Debemos dejarlo aquí al cuidado del personal civil.

—Capitán, creo que…

—Sargento…, la misión es la prioridad en este momento. Regrese al helicóptero, es una orden. Volveremos a por él, se lo prometo.

Una sensación de angustia invadió a todos al escuchar al capitán; tenían muy interiorizado el lema de la unidad: “no dejar a nadie atrás”.

Aun así, ahora estaban abandonando a uno de ellos y eso era muy duro de aceptar.

María se dio cuenta de la situación y la invadió un profundo sentimiento de culpabilidad.

La sargento subió al helicóptero tratando de ocultar unas lágrimas que empezaban a asomarse en sus ojos; afectados por la idea de dejarlo allí.

Villalobos vio las caras de decepción en todos sus hombres. Sabía que estaba faltando a lo que él siempre defendió por encima de todo. Sentía en su interior cómo le quemaba la vergüenza de estar traicionando esa norma y destrozando la confianza del equipo.

María no pudo contenerse y reaccionó con tono agrio:

—Capitán…, por favor. Si lo deja aquí, mis hijos y yo nos quedaremos también.

No puedo consentir que su sacrificio sea pagado de esta manera.

Entiendo cuáles son sus órdenes, pero si no deja a alguien acompañándole, ya puede usted pegarme un tiro, porque ni usted ni nadie de los que están aquí va a evitar que me baje de este cacharro.

Villalobos se quedó mirándola fijamente, sorprendido. No estaba acostumbrado a que nadie se atreviera a hablarle así.

—Señora Laguna, ya nos avisaron de que usted era una mujer de duro carácter y de que tuviéramos cuidado de no cabrearla. Veo que su marido tenía mucha razón…

—Usted aún no me ha visto cabreada todavía, capitán…

Tras un instante de silencio, una leve sonrisa se le escapó a Villalobo.

—¡Qué cojones…!, no pienso faltar a mi palabra. Ya me las ingeniaré en el consejo de guerra…, espero que usted me defienda con la misma intensidad con la que me ha hablado.

Todos giraron la mirada extrañados hacia él…

—Capitán, le aseguro que…

Villalobos la interrumpió levantando la mano derecha y el dedo índice.

—Por favor, señora…, ¡cállese!

María, sorprendida, echó la cabeza hacia atrás sin saber qué responder. Tampoco estaba acostumbrada a que la callaran de esa forma cuando le salía el lado agrio de su carácter.

—Sargento, elija a un hombre para que se quede al cuidado de Benali. Regresaremos a por ellos tan pronto podamos. No lo vamos a dejar solo.

Aguilera, aún con los ojos humedecidos, no pudo evitar sonreír ante las palabras del capitán.

—¡A sus órdenes! López, encárgate de cuidar a nuestro compañero.

Reaccionó instantáneamente ante esa orden tan deseada por todos. Recogió su arma y el resto del equipo, descendió del helicóptero y se dirigió a la entrada del hospital. El resto se miraba sonriente, satisfechos por lo que consideraban correcto.

—Piloto…, ¡nos vamos!

Las aspas del NH90 comenzaron a girar con más velocidad, hasta que el aparato empezó a elevarse lentamente, tambaleándose hacia los lados por las dificultades para controlar su estabilidad.

Después de unos momentos de tensión, finalmente pudo ganar suficiente altura para comenzar a avanzar hacia la entrada de la garganta que recorría el río Aragón, y que debían seguir hasta llegar a la base.

La silueta de López despidiéndose de sus compañeros empezó a quedarse atrás. Frente a ellos, a menos de un kilómetro, se abría a la derecha el desfiladero. Por él transcurría la carretera N-330 en paralelo al río y a la vía del tren hacia Canfranc.

—Capitán, iniciamos la ruta por la garganta. Tendremos que hacerlo con vuelo NOE. No se asusten.

—¿Vuelo NOE? —Aguilera hizo una mueca, dando a entender que no sabía a qué se refería.

—Nap of the Earth —le indicó María en voz baja—. Viene a ser algo así como volar a ras de tierra siguiendo el perfil del terreno para minimizar riesgos en caso de pérdida de control y facilitar un aterrizaje de emergencia.

—¿Sabe de helicópteros?

—En realidad, no tengo ni idea, sargento. Mi marido fue teniente en las fuerzas aéreas y llegó a pilotar alguno durante un curso de formación. Recuerdo que me habló una vez de ese término. Me resultó gracioso y se me quedó grabado.

Empezaron a desplazarse a escasos treinta metros de altura, cerca de las copas de los árboles que bordeaban la carretera. Era un vuelo arriesgado que debía seguir las constantes curvas del trayecto.

Poco después, alcanzaba ya el embalse de Canfranc, previo al túnel y a la estación, que sobrevolaron con rapidez antes de enfrentarse al último tramo hasta la base, y el peor: un estrecho paso de apenas cuarenta metros de ancho, en curva y con el zarandeo del helicóptero,

que lo convertía en todo un desafío para el piloto.

El sonido de la alarma seguía avisando de forma constante. El rotor de cola parecía estar a punto de romperse. Todos permanecían en tensión. El olor a combustible era muy intenso y el aparato había empezado a dejar tras de sí un preocupante humo negro.

Lograron pasar el tramo angosto y encararon una última y extensa curva de ciento noventa grados.

Tras superarla, la intencionadamente deteriorada entrada a la Base de Montaña de Rioseta apareció frente a ellos.

Al sobrevolarla, vieron cómo la policía militar, que controlaba la entrada, agitaba las manos para recibirlos, haciendo gestos de felicitación.

Avanzaron un kilómetro más a través del barranco, hasta llegar al helipuerto, frente a la entrada de la base subterránea. Allí esperaba un equipo médico y de emergencias, junto al general Corbos y Germán.

El piloto maniobró para dejar el aparato estático, a unos veinte metros sobre la pista, hasta alcanzar una estabilidad suficiente antes de iniciar el descenso. Fue bajando lentamente, con fuertes oscilaciones, hasta lograr posarlo sin más complicaciones.

El sonido del motor y de las enormes aspas fue descendiendo. La puerta lateral del fuselaje se abrió. Por ella descendieron el capitán Villalobos y la sargento Aguilera, quienes ayudaron a María y a los tres niños a bajar con seguridad. Germán no pudo esperar más y corrió a su encuentro.

Sus hijos se abalanzaron contra él, agarrados a su cuello, Él apenas podía contener la emoción de poder abrazarlos sanos y salvos. María y Germán se fundieron en un abrazo y un beso mientras las lágrimas brotaban de ambos; un momento que logró conmover a la general Corbos.

Villalobos se acercó a ella y le hizo el saludo militar.

—Misión cumplida, mi general. He de informarle de que tuvimos que hacer una parada en el hospital de Jaca, debido a la gravedad de uno de nuestros miembros. No habría podido llegar vivo hasta aquí. He dejado con él a uno de los soldados para que le de escolta y acompañamiento.

—Capitán, hizo usted lo que debía hacer. Le felicito por el éxito de su misión. Hágalo extensivo al resto de su unidad y tómense un merecido descanso. No se preocupe, los traeremos a la base tan pronto como sea posible.

Germán y María se acercaron al capitán.

—No tengo palabras para expresar mi agradecimiento por lo que han hecho. Estamos en deuda con ustedes. Gracias de corazón.

—Ha sido un honor, señor García. Ahora le toca a usted.

—Desde luego, capitán. Haré todo lo que esté en mi mano para no decepcionarles.

María observaba extrañada a su marido. Aún no estaba al corriente de lo que sucedía ni del papel que tenía Germán en todo lo que estaba pasando. Pronto lo sabría.