La ambición de Lucifer 32. El poder
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32. El poder

El presidente Whitmore había pedido que no le molestaran. Quería estar solo en el Despacho Oval, meditando qué respuesta debía dar aquella noche. Su intuición le decía que no era buena idea precipitarse y que era mejor buscar otra alternativa.

El tiempo corría, no podría detener a Moscú y Beijing si no actuaban. En el fondo, se veía tentado a dejar que fuesen ellos los que atacaran.

¿En qué lugar de la historia quedaría si fuese acusado de ser el responsable de toda esta desgracia?

El teléfono de su secretaria sonó sobre la mesa. Había dicho que no le molestaran. Debía ser algo urgente.

—Alice… dije que necesitaba un rato de tranquilidad. ¿Qué sucede?

—Lamento molestarle, señor presidente. Es el señor William Sullivan, dice que es urgente.

Whitmore se sorprendió por la visita inesperada del director del FBI. Imaginó que podría traer alguna información relevante sobre Lucifer.

—Que pase, gracias.

—Señor presidente, disculpe mi presencia aquí sin haberle llamado antes, he creído importante informarle de los resultados de nuestra investigación hasta ahora.

—No es ninguna molestia, señor Sullivan, al contrario. Por favor, tome asiento.

—Como usted solicitó, nuestro equipo se ha volcado en esclarecer el origen y entramado que rodea a la tecnología que supuestamente ha atacado Europa.

Hemos seguido varias líneas de investigación y llegado a conclusiones muy reveladoras sobre su estructura y funcionamiento.

—¿Cuáles son esas conclusiones? ¿Cómo es posible que ningún servicio de inteligencia ni las enormes medidas de seguridad existentes detectaran la más mínima señal?

—Es complejo de explicar, intentaré hacerlo de forma fácil de entender y lo más detalladamente posible…

—Pues, permítame que añadamos a esta conversación al vicepresidente Warren. También a Robert Bradford; quiero que estén presente.

Alice, llame al vicepresidente y a Bradford. Pídales que vengan a mi despacho con urgencia.

—Enseguida, señor.

—Disculpe, estamos en un momento muy delicado en el que es importante ganar tiempo —justificó el presidente.

Poco después, Bradford aparecía por la puerta, con aspecto de haber corrido por los pasillos. Tras unos instantes, llegó también Elliot Warren.

—Señor presidente, aquí estoy. Con su permiso.

—Por favor, tomad asiento. Es importante que escuchéis lo que tiene que decir el señor Sullivan.

—¿Qué tal, Robert?

—Hola Bill, intuyo que habéis avanzado rápido con la investigación…

—Me insististe mucho con la urgencia y nos lo hemos tomado muy en serio.

—Adelante, le escuchamos con atención.

—Enseguida, señor presidente.

El director del FBI abrió su carpeta y puso sobre la mesa varios informes, de los que empezó a desgranar, uno por uno el contenido.

—La investigación ha detectado que, durante los últimos cuatro años, se ha repetido un patrón de operaciones financieras muy sofisticadas, en las que se han utilizado algoritmos de extrema complejidad difíciles de explicar sin la utilización de potentes sistemas de computación compatibles con una

inteligencia artificial muy superior a cualquier otra conocida hasta la fecha.

Durante este tiempo, esos algoritmos han ido creando una compleja red de acceso a información privilegiada, infiltrándose y manipulando los mercados de criptomonedas, divisas y materias primas sin haber sido detectados en ningún momento.

Creemos que, a través de ese entramado, se empezaron a generar beneficios multimillonarios en cuestión de días.

—¿Tienen idea de cómo han podido mover ese dinero sin llamar la atención en el mercado financiero?

—Nuestros analistas han determinado que, para ocultar esos enormes beneficios, los colocaban en fondos de inversión repartidos por todo el mundo y los blanqueaban a través de una red de brókeres y empresas pantalla ubicados en jurisdicciones opacas de diversos paraísos fiscales asiáticos.

La Interpol ya ha detenido a varios de ellos en Singapur y Macao, y están siendo interrogados, aunque, por lo que sabemos, estos agentes de inversión no tenían un contacto directo con quien les pagaba, todo se hacía de manera telemática, con un pago por adelantado para garantizar su fidelidad.

Los fondos se habrían estado utilizando para la compra de activos estratégicos, armamento avanzado y la contratación de mercenarios, así como para la financiación de campañas de desinformación, sobornos a gran escala y compra de decisiones políticas.

—¿Quiere decir que estamos hablando de un sistema de corrupción de carácter internacional? —intervino Warren.

—Desde luego… Todo este entramado habría crecido de forma exponencial hasta convertirse en una estructura de corte mafioso y global, gestionada por una poderosa IA capaz de actuar de forma simultánea en más de veinte países e infiltrada en los principales ámbitos del poder financiero y político.

Pensamos que tienen activos colocados por todas partes; debo indicarle que tenemos sospechas de que una parte muy importante de ellos están en Washington.

—¿En Washington? ¿Está seguro?

—Completamente, señor… Hay indicios de que existe una conspiración o alianza secreta en la que podrían estar participando altos cargos de nuestros organismos gubernamentales, económicos y sociales.

Esto no es algo nuevo, señor presidente; el FBI trabaja en una investigación sobre esta hipótesis desde hace unos años, aunque, hasta ahora, no hemos podido conseguir pruebas fehacientes de ello.

Creemos que están muy bien protegidos por la propia estructura de poder.

Whitmore y Bradford cruzaron entre ambos una misma mirada de preocupación ante esa posibilidad.

Si era cierta, podrían estar siendo utilizados y dirigidos hacia un precipicio por esa supuesta organización.

Esto cambiaba por completo el enfoque de la reunión que había quedado pendiente de cerrar esa misma noche.

Sullivan continuó…

—El resumen de todo esto, aunque parezca imposible de creer, es que estamos ante una compleja red que actúa como un Estado paralelo.

Es capaz de movilizar a un ejército de mercenarios, de influir en decisiones de gobiernos, de manipular procesos electorales o de adquirir tecnología militar de última generación a través de intermediarios con mucho poder, incluso sin tener necesidad de acudir al mercado negro;

simplemente ocultándolo en acuerdos de compra con países controlados por políticos corruptos, y no necesariamente en países del tercer mundo.

—Perdone que me cueste asimilarlo, señor Sullivan, todo esto resulta extremadamente complejo para ser entendido por un hombre nacido en la década analógica de los cincuenta.

¿Podría explicarme, en lenguaje llano, cómo una inteligencia artificial creada por el hombre ha podido llevar a cabo todo eso por sí misma y el por qué lo ha hecho?

—Verá, a todos nos parece muy difícil de creer. Aparentemente, en algún momento de su desarrollo, esta IA habría alcanzado unas capacidades suficientes como para actuar de manera autónoma en un alto nivel. Estaría cerca de lo que nuestros expertos denominan “autonomía cognitiva”.

—¿Está sugiriendo que ha alcanzado una especie de conciencia digital, como si fuera un ser humano?

—No exactamente, señor vicepresidente. Estoy hablando de un cerebro artificial capaz de pensar, analizar, crear… incluso destruir, no de una conciencia digital en el sentido humano; eso, técnicamente, es imposible.

—¿En qué se basa para pensar eso?

—Nuestros especialistas creen que una forma de comportamiento como el que está teniendo esta IA no sucede sin una intervención humana previa en algún momento.

Cuando esta IA llegó a ese teórico punto de inflexión en el que empezó a pensar, decidir y actuar por sí misma, alguien debió darle un objetivo.

Es decir, tuvo que indicarle qué debería lograr y cómo debería comportarse para conseguirlo.

No necesariamente había que darle un motivo para hacerlo, ya que una máquina no puede tener un sentimiento en el que basarse; puesto que el deseo, el amor, el odio, el miedo, la ambición…

, todo lo que nos hace tomar decisiones en la vida, son sentimientos humanos que no pueden digitalizarse ni traducirse al lenguaje de una computadora.

En otras palabras: un hipotético cerebro artificial no podría distinguir lo que es correcto de lo que no lo es por sí mismo, simplemente porque no tiene valores en los que basarse… a menos que alguien se los enseñe antes a través de un engaño matemático.

—¿Y eso adonde nos lleva exactamente?

—Nos lleva a pensar que esta IA no actúa realmente por voluntad propia, sino que ha sido programada —o, mejor dicho, inducida— para hacerlo. Alguien la ha manipulado con un propósito concreto: obtener un beneficio de todo esto.

—¿Qué beneficio exactamente?

—Pensamos que ese beneficio es, simplemente, el poder.

Señor presidente…, quien trata de obtener ese poder no es un ser artificial creado por el hombre, el cual ha evolucionado en una especie de forma de vida superinteligente llamada Lucifer, sino un cerebro biológico, como el de cualquiera de nosotros.

En otras palabras, Lucifer no sería el nombre de una IA que ha adquirido una supuesta conciencia propia, sino el arma de una organización criminal, oculta y liderada por alguien extremadamente peligroso, que se ha convertido en una amenaza para la seguridad global.

—Si ese enemigo está en las sombras, no podemos actuar contra él. Estamos en sus manos. ¿Qué opciones tenemos?

La única forma de derrotarlo es siguiendo su rastro, cortando sus fuentes de financiación y, sobre todo, apagando definitivamente el cerebro que la mueve y que parece prever nuestros movimientos antes de que los hagamos.

Incluso es posible que ya sepa que hemos descubierto esta información y esté a punto de actuar nuevamente.

—Señor Sullivan, le estoy muy agradecido por habernos informado sin demora sobre lo que han descubierto hasta ahora; es sumamente importante que lo haya hecho. Le ruego que continúe con sus investigaciones, tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

—Cuente con ello, señor presidente. Le mantendremos informado de cualquier novedad.

El director del FBI abandonó el Despacho Oval, dejando a Whitmore y Bradford desconcertados ante la información que había aportado.

Warren mostraba abiertamente una posición mucho más escéptica, como si no diese crédito alguno a nada de lo expuesto.

La situación parecía tomar un rumbo nuevo, aunque igualmente difícil de resolver.

—Gracias por haber venido. Si hubiese estado solo, creo que no habría entendido la mitad de lo que ha explicado Sullivan. Lo dejamos aquí, hablaremos con calma de todo esto después de la reunión —propuso Whitmore.

Ambos salieron del Despacho Oval en direcciones distintas. Momentos después, el teléfono de Bradford mostró un mensaje del presidente, pidiéndole que regresara.

—Tom… ¿qué necesitas? —preguntó al entrar nuevamente al Despacho Oval extrañado por la petición.

—Perdona que te haya hecho volver de esta forma, no quería volver a incomodar a Warren.

—Pues aquí me tienes ¿Qué quieres comentar?

—Después de lo dicho por Sullivan, creo que tenemos que suspender la reunión de esta noche y no comunicar nada por el momento. ¿Qué opinas?

—Que tienes razón, y no creo que convenga explicar los motivos de hacerlo; no sabemos hasta dónde llegan los tentáculos de esa organización. En estos momentos no tengo razones sólidas para pensar que en la Sala del Gabinete tengamos a un topo, pero tampoco las tengo para descartarlo.

Whitmore, de pie junto al ventanal del despacho, se frotaba nervioso la barbilla observando el exterior. Solía hacerlo cuando se sentía en tensión, porque lo relajaba.

—Vamos a tener que hablar con los líderes ruso y chino, Robert. Necesitamos que entiendan la situación. Por el momento, no diremos nada a los aliados ¿Qué me sugieres?

—Hacerlo de forma oficial puede ser interpretado como una muestra de debilidad. No conviene transmitir esa imagen en estos momentos. Creo que sería mejor convocar a los dos embajadores con algún pretexto diplomático de segundo nivel, para que la prensa no lo interprete en clave de crisis.

Podemos hacer la reunión aquí mismo, mañana antes del mediodía. Ellos intuirán que la verdadera razón es el discutir sus exigencias de forma discreta, por lo que vendrán preparados para ello. Cuando los tengamos enfrente, les pondremos al corriente de lo que es en realidad Lucifer.

En cuanto a nuestros aliados, por razones obvias, no podemos comunicarles nada antes de estar seguros de que no haya alguno de sus líderes en nómina de esa organización. Es más prudente esperar a tener más información.

—Me parece una buena idea. ¿A quién podemos asignar la tarea de ponerse en contacto con los embajadores para organizar el encuentro y evitar que esto se filtre? Tú no, desde luego.

—Creo que lo ideal sería una persona que no tenga un cargo de poder relevante en Washington. Alguien que no pueda ser de utilidad para Lucifer y que, por lo tanto, sea difícil que lo haya reclutado. De esa manera, reduciremos el riesgo a equivocarnos de persona.

—¿Quién?

Bradford meditó su respuesta durante unos instantes, antes de proponer a un candidato…

—¿Qué tal Alexander Collins?

—El de asuntos culturales y protocolo?

—Ese mismo… Además, tiene ascendencia rusa por parte de madre y carrera diplomática. Lo conozco bastante; jugamos al pádel un par de veces al mes. Un tipo bastante peculiar, muy inteligente y totalmente de fiar.

—Pues adelante con ello. A mí me parece bien. ¿Y qué hacemos con los de la reunión de las nueve?

—Cancelarla. Diremos que estás indispuesto y que por favor regresen a casa. Comunicaremos tu decisión mañana a primera hora de la tarde, por videoconferencia.

—No perdamos más tiempo. Adelante.

—Me pongo en ello ahora mismo. Te sugiero que pongas cara de que se te ha atravesado ese cocido de alubias que te has tragado durante el almuerzo y que tanto te gusta o Warren sospechará.

—Seguiré tu consejo.