31. El rescate #3
—Sargento…, despliegue a los suyos dentro del recinto y prepare nuestra llegada. Tiradores, salgan de ahí y bajen ya por el sendero hasta la posición del resto. Esperen allí mi orden. Tienen tres minutos. Nos largamos de aquí.
Aguilera también ordenó el despliegue de los suyos…
—Necesito tres tiradores en el tejado y dos controlando el acceso para cubrir al capitán y a los heridos cuando lleguen
Todos comenzaron a moverse con rapidez. La situación se había complicado y ahora solo disponían de unos instantes para asegurar la zona antes de la llegada del helicóptero. Habían neutralizado a cuatro hostiles, aunque podían quedar más o llegar refuerzos.
—Por favor, suban al tercer piso. No salgan a la terraza; esperen dentro hasta que nuestros chicos la aseguren —indicó la sargento a María.
Momentos después, los soldados irrumpieron en la casa y subieron las escaleras a toda prisa.
En la planta superior encontraron a María y a los niños, que aguardaban allí, tal como Aguilera les había pedido.
Uno de los soldados les dedicó un guiño al pasar, intentando arrancar a los niños una sonrisa en medio del miedo.
En segundos, ya estaban desplegados estratégicamente para vigilar cualquier movimiento en la ladera de la montaña. El momento de la recogida por el NH90 iba a ser crítico.
—Capitán, estamos en posición.
—Entendido. Equipo… nos movemos. Lancen granadas de humo en el centro de la calle y crucen rápido. Los de la terraza, atentos.
Las granadas estallaron y una densa columna de humo cubrió el tramo de la calle, anulando la visibilidad. El equipo aprovechó para atravesarla a toda velocidad y entrar en el recinto protegido por el muro perimetral.
El rugido del NH90 se escuchó por el noroeste, ya sobrevolaba Vallvidrera y empezaba a aparecer imponente por el Mirador de Sarrià.
—Tenéis que estar preparados; cuando dé la señal, será una carrera. Si llegáis antes que El Fassi al helicóptero, os lleváis un premio cuando aterricemos, ¿vale? —bromeó la sargento a los niños para tranquilizarlos.
El aparato quedó estático sobre la terraza, lanzando todo lo que había en ella hacia los lados con la fuerza del aire que impulsaban las enormes aspas.
Era demasiado arriesgado posarse, así que habría que salvar un metro de altura para embarcar.
La sanitaria y los heridos subieron primero.
Luego, María y los niños, ayudados por El Fassi.
El resto del equipo fue subiendo uno a uno después, sin dejar de vigilar los alrededores.
Todo había salido bien hasta ese momento. Iniciaron el ascenso dirigiéndose con rapidez hacia la cima de la Sierra de Collserola. Dejaban a la derecha, a poco más de un kilómetro, la vista colosal de la torre de comunicaciones.
La tensión seguía presente; todos sabían que aún no estaban a salvo. Debían superar la montaña, sobrevolando una zona muy irregular y cubierta de bosques, en la que podrían esconderse enemigos y en la que tendrían difícil aterrizar en caso de emergencia. Había que alejarse de allí cuanto antes.
María miraba preocupada a los dos soldados heridos.
Ramírez estaba consciente y le habían detenido la hemorragia, aunque sufría una fuerte conmoción.
El estado de Benali era mucho más grave: la bala había conseguido atravesar el chaleco, afectándole un pulmón.
Lo habían estabilizado, pero necesitaba cirugía urgente.
La voz del piloto irrumpió en todos los auriculares:
—¡Atención!, detectamos algo desplazándose hacia nosotros, parecen drones. Agárrense bien.
—¿Nos atacan? —preguntó María.
—Intente centrarse ahora en los niños. Asegúrese de que permanezcan bien sujetos. Puede que nos movamos un poco. Sargento…, llévelos a la parte trasera; estarán más seguros allí.
El capitán lo dispuso de esta forma porque sería necesario el uso de las ametralladoras MAG-58 instaladas en las puertas laterales. Sabía que harían un ruido infernal para sus pequeños oídos.
—López y El Fassi, haced vosotros los honores. —ordenó Villalobos haciendo un gesto con la cabeza hacia las armas.
Ambos se colocaron los arneses de seguridad y cargaron las ametralladoras ante la inminencia del ataque.
En ese momento, el piloto realizó una maniobra brusca a la derecha y activó las contramedidas CMDS (Counter Measures Dispensing System), disparando una ráfaga de bengalas.
Un misil pasó rozando la nave, desviándose hacia la izquierda y estallando con un gran estruendo a unos quinientos metros de la trayectoria que llevaban.
El piloto maniobró de nuevo iniciando un rápido ascenso al ver el enjambre de drones que trataba de darles alcance. Los soldados abrieron fuego contra ellos con las MAG-58; algunos explotaron a escasos metros. La tensión era máxima.
Aumentaron la velocidad y la altura, llevándola al límite posible con la carga que llevaban, hasta que consiguieron dejarlos atrás.
Parecía que habían escapado del peligro. Poco después, un intenso olor a combustible empezó a inundar la cabina.
—Capitán…, malas noticias. Hemos recibido varios impactos en el fuselaje, posiblemente de metralla. No parece grave por ahora, pero ha alcanzado el rotor de cola y también perdemos algo de combustible. Eso limitará nuestras opciones si hay otro ataque. Estén atentos.
—¿Cuánto tiempo tenemos hasta la base?
—Vamos a intentar acelerar al máximo este precioso cacharro… Esperamos llegar en aproximadamente una hora, siempre que la avería no empeore.
—Recibido. Muchachos… ya lo han oído. Estén muy atentos.
El NH90 continuó su ruta. El silencio invadió a todos en la cabina, aún afectados por la tensión sufrida durante el ataque. La preocupación era máxima; posiblemente no habría una segunda oportunidad si volvían a atacar.