La ambición de Lucifer 31. El rescate #2
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31. El rescate #2

—Negativo, mi capitán. La indumentaria me resulta desconocida; no son de los nuestros.

—Bien… neutralícelos.

El cabo se sorprendió ante la orden tajante de Villalobos. No era habitual actuar así al inicio de una operación.

—Disculpe, mi capitán… ¿puede repetirlo?

—Le he ordenado que dispare. Elimínelos. No podemos correr riesgos. Van armados, no son de los nuestros y no pueden tener buenas intenciones.

—A sus órdenes, mi capitán.

López, tendido sobre el terreno y oculto entre los arbustos, ajustó el silenciador en su rifle de precisión y lo colocó cuidadosamente sobre la parte más firme del suelo.

Tenía dos objetivos frente a él; sabía que el primero estaba sentenciado y no podría escapar, pero apenas dispondría de tiempo para abatir al segundo antes de que reaccionara.

La distancia: ochocientos treinta metros. El proyectil tardaría cerca de un segundo y medio en alcanzar el blanco. Inspiró tres veces y soltó el aire lentamente, calculando mentalmente la corrección por viento, que en aquel momento era prácticamente nulo.

El primer disparo fue limpio y definitivo.

El rifle apenas se movió. La bala mortal impactó con fuerza en la cabeza del sujeto situado junto al frontal derecho de la furgoneta.

Su compañero, a diez metros, no oyó el disparo, pero sí vio cómo el cuerpo se desplomaba violentamente contra el capó.

Intentó reaccionar, ya era tarde: una segunda bala le atravesó el pecho y lo derribó al instante.

—Vía libre, capitán —informó López, sin inmutarse.

—Aguilera…, su turno. —indicó por radio el capitán.

—Copiado. Equipo…, avancemos. Quiero silencio y rapidez. Avance por parejas, separación de cinco metros, cobertura mutua.

La sargento Aguilera era una veterana en operaciones de incursión.

Cada movimiento suyo demostraba experiencia y seguridad.

Sabía cómo ejecutar una misión con gran eficacia y esta tenía una motivación especial.

En Sevilla la esperaban sus dos hijas pequeñas; pensar en ellas le recordaba por qué estaba allí.

No iba a permitir que nadie dañara a familias inocentes. Trataría de impedirlo a toda costa.

—Ver avanzar a la sargento siempre es todo un espectáculo —se oyó decir por radio a uno de los tiradores del equipo del capitán, mientras el grupo se deslizaba por el sendero a toda velocidad hacia la carretera.

Alcanzaron la zona donde el capitán y los suyos ya estaban posicionados. Ahora venía lo más complejo: descender a la calle y llegar a la casa. Había que saltar el muro y entrar sin ser vistos, aunque desconocían dónde acechaban los enemigos.

—El Fassi, cúbrame —ordenó Aguilera a uno de los miembros de su equipo.

Comenzó a descender con sigilo hasta un saliente de la ladera. La pendiente terminaba en un salto vertical de dos metros. Frente a ella, la casa. Solo debía cruzar la calle y superar el muro. Antes había que inspeccionar el terreno.

—Capitán. No veo movimiento. Vamos a actuar ya.

—De acuerdo, adelante.

—Equipo, avance escalonado. El Fassi y yo nos movemos hacia la casa; el resto, cobertura 360 hasta el punto de reunión. Aseguradlo hasta que salgamos —ordenó Aguilera.

La sargento y su escolta alcanzaron el muro, apenas metro setenta de altura. Lo superaron con agilidad y cayeron en un pequeño patio ajardinado frente a la fachada principal. Se acercaron a la puerta y Aguilera la golpeó varias veces, identificándose con claridad:

—¡Señora María! Somos la unidad especial de rescate. Soy la sargento Aguilera. Abra la puerta sin miedo. Venimos a ayudarles, tenemos muy poco tiempo.

Silencio. Repitió el mensaje, sin obtener respuesta. Con un leve gesto, indicó a El Fassi que se encargara. Él sacó un pequeño ariete hidráulico de la mochila y forzó la cerradura con facilidad. La puerta cedió. Dentro, un silencio absoluto.

Avanzaron por el recibidor hasta el borde de las escaleras de caracol que subían a las dos plantas superiores. Comprobaron la cocina y el salón, que les quedaba a la derecha. Ambos vacíos. Aguilera elevó un poco la voz antes de comenzar a subir.

—¡Señora María, por favor, conteste! Somos de las Fuerzas Armadas. Hemos venido a rescatarles. Confíe en nosotros.

Seguía sin haber respuesta.

Comenzaron a subir las escaleras muy despacio. Antes de llegar al primer rellano que daba a los dormitorios, Aguilera indicó a El Fassi que cubriera desde abajo. Luego habló con un tono pausado, asegurándose de que su voz resonara por toda la casa:

—María… me llamo Aguilera. Soy madre, como usted. Vengo en nombre de su marido. Tengo una consigna para usted de su parte que debo transmitirle. Por favor, escuche con atención.

Pronunció la frase acordada en Rioseta:

—¿Conoces la procesión del silencio?

No hubo reacción. Cuando estaba a punto de retroceder, una puerta se abrió. María apareció con sus tres hijos detrás. Su mirada se confundía entre el miedo y el alivio.

—En esa procesión conocí a mi marido cuando éramos adolescentes ¿sabe? —susurró.

—Un buen lugar para encontrar al hombre de tu vida, ¿no cree? —respondió Aguilera con una sonrisa.

Capitán…, ¡los tenemos! —comunicó por radio.

—Bien…, toca marcharnos de aquí. Equipo, listos para extracción.

La sargento indicó a María que bajara con los niños hasta la sala, donde esperaba El Fassi.

—¿Han venido solos? Ahí fuera hay gente extraña vigilando desde esta mañana.

—Sí, hemos visto la furgoneta. Está controlado.

—No me refiero únicamente a la furgoneta, hay más gente oculta entre los árboles. Los hemos visto moverse.

—¿Tiene idea de cuantos son?

—No estoy segura, al menos dos. No hacían nada, solo observaban, esperando algo.

—Capitán…, creo que tenemos más compañía. Zona frontal de la casa, a unos cien metros, entre los árboles de la pendiente. Al menos dos hostiles en puestos de observación fueron divisados en las últimas horas. Máxima precaución.

—Recibido, sargento. López…, ¿ve algo?

—Desde aquí no se detectan marcas, mi capitán.

—Está bien, Ramírez y Benali, inspeccionen la zona. No se acerquen demasiado, traten de localizar marcas térmicas con los FLIR e informen.

—Recibido.

Los dos soldados comenzaron a descender lentamente por la ladera desde su posición, separados unos cincuenta metros el uno del otro. El terreno estaba accidentado y estaba muy cubierto de vegetación.

Benali levantó el puño y se agachó, avisando a su compañero, que hizo lo mismo.

—Capitán, he detectado una marca térmica a unos cien metros. No se mueve, creo que no me ha visto.

—Avancen hacia él y neutralícenlo.

—Recibido… ¡avanzamos!, —indicó a Ramírez.

Apenas dio dos pasos cuando escuchó un zumbido agudo.

Benali sintió un impacto en la espalda. Por un instante creyó que había sido el golpe de una rama, pero un dolor intenso llegó inmediatamente después, brutal, desgarrador…

Cayó de rodillas, aturdido. Un hilo de sangre comenzaba a salir por su boca.

Ramírez lo vio desplomarse y corrió hacia él, todo lo rápido que pudo.

—¡Hombre herido, hombre herido! ¡Han dado a Benali! —gritó por la radio—. ¡Ben, respira, compañero! ¡Necesito al sanitario, ya!

Un crujido detrás de él le hizo reaccionar. Se giró instintivamente, pero no tuvo tiempo para nada más: la culata de un HK416 le golpeó con violencia en la sien, dejándolo sin conocimiento

—Ramírez, ¿me escucha? —preguntaba el capitán por radio, sin obtener respuesta.

La situación se descontrolaba. Villalobos tardó muy poco en reaccionar: dos bajas en menos de un minuto eran demasiadas. No iba a consentir que hubiera más.

—Sargento, no salgan de la casa —ordenó por radio—, hay actividad hostil en la zona, espere instrucciones.

—Copiado, mi capitán.

—López, ¿puede verme desde ahí?

—Perfectamente.

—Cúbrame. Estoy a cien metros de Benali y Ramírez. Me encargo personalmente.

—Entendido. Le tengo cubierto.

Villalobos avanzó con sigilo, hasta quedar a escasos treinta metros. Entre los árboles, distinguió a un enemigo agachado, hurgando en el equipo de sus hombres, intentando arrancarles la radio.

El capitán apoyó su fusil contra un árbol, se desprendió de la mochila y desenvainó el cuchillo táctico.

No dudó. Se deslizó unos metros más y se abalanzó sobre el hostil.

La hoja se hundió en su cuello, sin dejarle posibilidad de gritar.

Solo se escuchó el jadeo de su respiración mientras se ahogaba en su propia sangre.

El capitán lanzó el cuerpo por la pendiente con un gesto de desprecio y se arrodilló frente a sus dos hombres, para comprobar su estado. Ramírez se movía ligeramente, tenía una brecha importante en la cabeza. Benali estaba mal herido y respiraba con mucha dificultad.

—¡Sanitario, venga hacia mi posic…!

No terminó la frase. Un nuevo zumbido cortó el aire, como una cuchilla rasgando papel, seguido de un impacto seco.

Por un instante llegó a creer que era el sonido del fin.

No lo fue para él… Un hostil se había acercado sigilosamente por su espalda y ya estaba a punto de alcanzarlo.

Su cuerpo cayó rodando por la pendiente hasta detenerse contra un árbol.

El capitán se quedó por un instante petrificado, mirándolo con la mente completamente en blanco.

Un instante después, la voz del cabo López resonó clara en su auricular, haciéndolo volver en sí:

—Capitán… un chico malo iba a por usted. Ya le he dado pasaporte.

—Excelente trabajo, cabo. Recuérdeme que le pague un par de cervezas en la cantina.

—Lo haré, mi capitán.

La sanitaria apareció enseguida. Se quitó la mochila y se arrodilló junto a Benali. Bastó una mirada para comprender la gravedad de la herida.

—Debemos sacarlo de aquí inmediatamente, mi capitán.

—Bien. Ocúpese también de Ramírez; creo que empieza a reaccionar.

Equipo…, que baje alguien hasta aquí para ayudar con la camilla. Vayan hasta el claro del sendero y prepárense para bajarlo hasta la casa cuando les dé la orden. Tienen dos minutos.

Villalobos pulsó el botón de su radio táctica:

—Piloto, ¿me escucha?

—Alto y claro, capitán.

—No podremos regresar al punto inicial. Tendrá que venir a recogernos aquí, tenemos heridos. En veinte minutos necesito que esté sobre la terraza de la casa. Precaución: puede haber aún presencia enemiga en la zona.

—Recibido. Allí estaremos.

El capitán cambió de canal: