31. El rescate
El helicóptero avanzaba a toda velocidad hacia Barcelona. Volaba a dieciséis mil pies y mantenía una velocidad estable de 150 nudos, intentando arañar minutos al reloj.
Las miradas se cruzaban entre los catorce miembros del MOE, cargadas de tensión y concentración.
Cada uno revisaba su equipo con precisión: armas, munición, sistemas de comunicación.
Sus rostros, pintados con trazos verdes, negros y marrones, eran el camuflaje adecuado para un entorno irregular y boscoso que requeriría un gran desgaste físico.
Las gafas balísticas y el casco táctico MICH, integrado con el auricular del sistema Falcon, completaban una poderosa imagen de soldados preparados para todo.
En el grupo predominaban hombres, aunque tres mujeres formaban parte de él con el mismo adiestramiento y determinación para afrontar cualquier operación al máximo nivel de exigencia.
Sus orígenes eran tan diversos como la propia sociedad española: andaluces, catalanes, gallegos, madrileños…
A ellos se sumaban compañeros con raíces latinoamericanas e incluso de origen magrebí, formando un mosaico humano que reflejaba la nueva realidad del país.
Había algo que los unía más allá de cualquier otra cosa: un vínculo forjado en misiones de alto riesgo bajo el amparo de Naciones Unidas, en escenarios donde su objetivo era salvar vidas, no acabar con ellas.
Esta vez la motivación era distinta y más profunda.
No luchaban en tierras lejanas. Luchaban en casa. Por los suyos.
—¡Diez minutos! —la voz del piloto resonó en los auriculares, anunciando la proximidad de la zona de inserción.
—Atención, equipo —intervino el capitán Villalobos—. Un último comentario antes de entrar en acción. Esta no es una simple operación de rescate; aquí nos jugamos mucho más. Unos hijos de puta han venido a nuestra casa con la intención de hacer daño a los nuestros, y eso no lo vamos a permitir.
Mi equipo irá delante para marcar la zona y posicionar a los tiradores.
Cuando el grupo de Aguilera extraiga a los civiles, cubriremos su retirada.
Seremos los últimos en volver al helicóptero.
Como ya sabéis, esperamos resistencia; esa gente no son simples aficionados, vienen de unidades como la nuestra. Estad alerta.
No olvidéis nuestra consigna: nadie se queda atrás. Todos volveremos en este helicóptero, vivos o con los pies por delante. ¿Entendido?
—¡Sí, mi capitán! —respondieron al unísono.
—Muy bien. Mucha suerte. ¡Vamos!
El NH90 inició la maniobra de descenso, complicada por el terreno montañoso y la necesidad de hacerlo con rapidez.
El restaurante permanecía cerrado, como el resto de los locales y actividades en la zona, y el descampado estaba despejado, sin ningún vehículo a la vista.
Una gran nube de polvo se levantó cuando tocaron tierra. El primer grupo saltó rápidamente, formando un cordón de seguridad. El resto aseguraba los accesos.
Villalobos indicó la entrada que iniciaba el camino de La Llenega. Su equipo avanzó primero. Después, Aguilera lo hizo con los suyos, dejando unos cien metros de distancia para cubrir la retaguardia.
El tramo inicial estaba asfaltado hasta el cruce con la carretera. La atravesaron y se adentraron en el bosque por un sendero de tierra. No se veía movimiento alguno y el silencio era abrumador.
Mientras avanzaban, se toparon con algunas casas aisladas, semiocultas entre la gran espesura de árboles y vegetación. Percibieron miradas furtivas tras las ventanas: gente asustada al ver una columna de militares armados pasar frente a ellos.
Giraron a la derecha, hacia el pantano de Vallvidrera, y desde allí iniciaron un largo descenso hasta el punto de encuentro en el Mirador del Turó d'en Corts.
Ambos equipos tomaron allí un breve descanso para reconocer la zona y preparar el último tramo hacia el objetivo.
—¡En círculo! —ordenó la sargento para revisar el plan.
—Hemos completado la mitad del recorrido sin incidencias.
Ahora viene la parte peligrosa. Descenderemos hasta un pequeño mirador, a unos quinientos metros, por el camino de la izquierda.
Allí comenzará el tramo final: un sendero estrecho y recto de un kilómetro que bordea una fuerte pendiente.
Tendremos buena visibilidad para detectar cualquier movimiento enemigo, pero estaremos mucho más expuestos.
Todos escuchaban con la máxima atención al capitán, que dio las últimas indicaciones a su equipo tras revisar una vez más el mapa plastificado de la zona.
— Quiero a tres tiradores posicionados cada cien metros a partir de ese punto para cubrir el regreso. El resto seguiremos descendiendo hasta alcanzar el borde de la calle, muy cerca de la casa. Allí nos desplegaremos para proteger al equipo de Aguilera durante la extracción.
¿Alguna duda?
—Creo que no, mi capitán.
—Bien, sargento. ¡Adelante!
Tras unos cuatrocientos metros de sendero serpenteante, se abrió el espacio del mirador de la Mare de Déu de Collserola. No había tiempo para contemplar la impresionante vista de Barcelona que podía verse desde allí.
Villalobos tomó el camino de la izquierda. Más adelante, las arboledas se hicieron menos densas y permitieron ver la urbanización, que se extendía dentro de un recinto en forma de medio óvalo, rodeado por un muro de dos metros que seguía la forma curva de la calle.
Dentro, tres filas de casas adosadas se alineaban en paralelo, separadas por jardines individuales. La casa de Germán ocupaba la esquina de la primera fila, en el extremo opuesto con respecto al avance del equipo.
En ese momento, el capitán levantó el brazo y cerró el puño, ordenando detenerse y agacharse.
—Cabo López, venga a mi posición —indicó por radio.
López era el tirador más experimentado del grupo, conocido en el cuerpo por sus victorias en el campeonato internacional organizado por la OTAN para sus tiradores de élite.
—Cabo… ¿qué opina de aquel vehículo semioculto tras la hilera de árboles, al inicio de la calle? ¿Lo ve?
López sacó su monocular térmico, un Flir LS-X, capaz de detectar movimiento humano a gran distancia. Observó con atención el vehículo sospechoso.
—Mi capitán, detecto marcas térmicas en esa furgoneta a través de las ventanas. No puedo precisar cuántos individuos hay dentro, pero están bien situados: tienen un ángulo perfecto para vigilar la casa sin ser vistos desde ella. Creo que son los chicos malos…
—Bien. Quiero que se desplace hasta aquel saliente, a unos doscientos metros, donde está la roca. Posiciónese ahí y no pierda de vista la furgoneta. Infórmeme si ve la zona segura para avanzar. Si intuye el más mínimo movimiento hostil contra nosotros, dispare sin contemplaciones.
—A la orden.
La tensión era absoluta en Rioseta. Germán, junto a la general Corbos y el coronel Ortega, jefe de Operaciones, seguían con atención toda la evolución desde la Sala de Control, a través de las imágenes en tiempo real que ofrecía el sistema NG,
el único aún operativo tras el bloqueo de las comunicaciones en la península.
—Coronel, ¿podría explicarnos qué es lo que estamos viendo en pantalla?
—Enseguida, mi general… Los pequeños símbolos verdes en movimiento que vemos en forma de triángulos y círculos corresponden a nuestros dos equipos.
Los puntos rojos son señales de calor que detecta el sistema como posibles enemigos.
No podemos detectar señales de calor dentro de las casas, aunque sí de los que se esconden entre la vegetación.
—¿Es posible saber si hay alguien dentro de los vehículos?
—Lamentablemente no. Desde el satélite solo podemos hacerlo en función del material con el que esté fabricado ese vehículo.
Por ejemplo, si el techo es metálico y las ventanas están cerradas, el calor corporal se disipa y se mezcla con el calor del interior, haciendo muy difícil distinguir una persona dentro solo por su firma térmica.
Nuestro sistema puede detectar alguna oscilación que sugiera presencia humana, el problema es que no puede tener total certeza ni tampoco determinar el número de personas que puede haber.
—Se ven al menos unos cinco puntos rojos, algunos de ellos aparecen y desaparecen.
—Sí, mi general, pueden ser pequeñas anomalías térmicas. No tienen por qué ser personas. En cualquier caso, lo que me preocupa es lo que no se ve.
Sobre el terreno, el cabo López ya se había parapetado tras la roca.
Después de inspeccionar el terreno desde allí, levantó la mano con la señal de vía libre para que el capitán Villalobos continuara desplegando a los tiradores a lo largo del sendero.
La sargento Aguilera aguardaba, atenta, la orden de avanzar.
La ruta recorría la ladera en paralelo a la carretera de les Aigües, que quedaba a unos cien metros de bajada suave por la pendiente. Debían alcanzar esa carretera de tierra, cruzarla y seguir por un camino abrupto que conducía directamente a la urbanización.
La bajada, aunque complicada, les ofrecía la ventaja de mantenerse ocultos hasta llegar a un punto elevado desde el que dominar la zona.
—Ramírez y Benali. Bajen hasta la carretera y adéntrense unos cien metros por el camino. Inspeccionen e informen.
Los dos tiradores actuaron con gran sigilo y rapidez. Unas escaleras de piedra permitían salvar la bajada pronunciada tras cruzar la carretera. Avanzaron adentrándose en la zona boscosa. No vieron nada, todo parecía tranquilo.
—Capitán… vía libre —indicó Benali por radio.
El resto del equipo los siguió y establecieron las posiciones finales, a escasos metros del borde de la pendiente que daba a la calle; un punto ligeramente elevado con respecto a la altura de las casas.
Pudieron ver la furgoneta negra aparcada al inicio de la curva, a unos doscientos metros de su posición en dirección sur.
—López. ¿Alguna novedad?
—Nada, mi capitán. Están quietos, yo diría que demasiado…
—Yo también lo diría, y no me gusta.
—Espere…, hay movimiento.
La puerta lateral de la furgoneta se abrió por el lado del conductor. De ella salieron dos hombres. Llevaban una inconfundible indumentaria militar.
—¿Qué puede ver, cabo?
—Llevan equipamiento de asalto. No veo más de ellos dentro, por lo que es seguro que los tenemos por ahí escondidos.
—¿Algún indicativo?