La ambición de Lucifer 30. El precio #2
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30. El precio #2

—Dudo mucho que la sociedad nos vea como héroes si ocasionamos la muerte de millones de ciudadanos españoles y contaminamos de radioactividad la mitad de su país —exclamó contundente Keller, consciente de que su comentario le ponía en una situación muy peligrosa.

Harlam le lanzó una mirada afilada que sintió como le atravesaba el pecho.

—¿Y qué propone usted hacer, si se puede saber? —preguntó Warren, en un tono que pareció algo agresivo.

—Hablemos con los españoles…, tratemos de trabajar juntos en esto. No tomemos una decisión sin contar con ellos.

—Me temo que eso no es posible —puntualizó Whitmore—. Todo el gobierno y sus instituciones al completo se encuentran retenidos en la zona ocupada.

—Dada la dirección que está tomando este debate, yo he decidido posicionarme —interrumpió Coburn—.

Debo indicar que el argumento expresado por el señor Harlam me ha parecido muy razonable.

No creo que nadie en esta sala esté cómodo con lo que aquí se plantea, aun así, considero que un ataque directo, contundente y selectivo es, en estos momentos, la menos mala de las alternativas.

—¿Y qué dice usted, señor Moreau? —preguntó el secretario de defensa, que tenía la esperanza de que se negara en rotundo.

—Si les soy sincero, tengo que reconocer que, efectivamente, no existe una solución perfecta para resolver esto, por lo que he de ponerme del lado de los señores Harlam y Coburn.

Aunque reitero que se trata de una posición personal.

Esto es algo que debe ser debatido por el Consejo Europeo y votado por sus veintisiete líderes, y entiendo que debe hacerse en absoluto secreto, por lo que requerirá su tiempo.

Bradford se mostró sorprendido y decepcionado por una respuesta que no esperaba…

—Pues, señor Moreau, le recuerdo que esa respuesta tiene que ser comunicada en un plazo máximo de veinticuatro horas desde este momento, ya que es el tiempo que tenemos para hacerlo.

—Lo entiendo perfectamente, señor Bradford. Tendrán la respuesta a tiempo.

—Señor Keller, ¿cuál es su posición como secretario general de la OTAN?

William Keller mantenía la mirada fija en la imagen satelital de la ciudad de Madrid. De su respuesta dependía no solo la vida de muchas personas, sino también la suya propia y la de su familia.

—Señor Keller… —insistió Bradford.

—Mi posición está absolutamente en contra —respondió, dirigiendo una mirada de determinación al resto del grupo, excepto a Harlam, de quien no era necesario saber cuál sería su reacción; ya la imaginaba.

—Bien… Les ruego que hagamos un breve descanso de veinte minutos para tomar un café —sugirió Whitmore—. Les expondré mi posición al respecto cuando regresemos a la sala. Robert, ¿puedes acompañarme un momento al despacho? —añadió.

—Claro, señor presidente.

Warren los siguió con la mirada, sorprendido ante lo que consideró un desprecio del presidente hacia él.

Al entrar en el Despacho Oval, Whitmore se mostró desconcertado por cómo había transcurrido la reunión.

—La verdad es que esperaba una posición más contraria a la idea; o al menos más debatida. Lo de Coburn era de esperar, pero ¿Harlam y Moreau? ¿Cómo es posible que hayan tomado una resolución a favor tan rápidamente?

—A mí también me ha sorprendido lo de Moreau, Tom. Yo esperaba también algo más de debate. Está hecho y ahora deberás tomar tu decisión.

—Lo sé… y tú también la tuya.

—Sí…, pero yo tomaré la que tomes tú. Ya lo sabías desde el principio. Por cierto, le has hecho un feo a Warren, por si no te has dado cuenta.

—Ya lo arreglaré; perdería el tiempo compartiendo con él una opinión que sé que es la opuesta a la suya.

Ahora tengo que ordenar mis propias ideas y la verdad es que me parece muy acertada la propuesta de Keller.

No es posible hablar con el gobierno español, así que necesitamos saber con quien podríamos hacerlo ¿se te ocurre alguna idea?

—No se me ocurre nada ahora mismo. Tal vez deberíamos posponerla a última hora de hoy. De todas formas, Moreau tiene que hablar con Bruselas y no podrá confirmar nada durante bastantes horas.

—Me parece buena idea. ¿Puedes encargarte de ello y pedir disculpas por el retraso? Ponles la excusa que se te ocurra. Diles que nos reuniremos a las nueve, después de la cena.

—Me pongo en ello, no te preocupes.

—Gracias, Robert. Por favor, ¿puedes decirle a Alice que llame a Warren? Intentaré disculparme por mi desliz y le explicaré lo que vamos a hacer.

—Claro, ahora mismo.

Bradford se despidió y dejó a Whitmore de pie sobre el gran sello tapizado con el emblema del águila de alas extendidas, portando un ramo de olivo en una de sus garras como símbolo de paz y un manojo de flechas en la otra, en disposición a defenderla con las armas;

una metáfora perfecta de la contradicción que lo atenazaba en ese momento.

Su mirada quedó fijada en el retrato de George Washington, mientras acudía a su mente la figura de Harry S.

Truman y la terrible orden de bombardear las ciudades de Hiroshima y Nagasaki que tomó en 1945, amparándose en el discutible argumento de forzar la rendición incondicional de Japón y con ello salvar la vida de cientos de miles de personas.

Whitmore sabía que ordenar algo semejante de nuevo no era compatible con los valores que siempre había defendido para llegar a la Casa Blanca.