30. El precio
Los asistentes a la reunión extraordinaria convocada por la presidencia de los Estados Unidos comenzaban a ocupar sus lugares alrededor de la gran mesa ovalada en el centro de la Sala del Gabinete, a escasos metros del Despacho Oval.
Adrian Keller y Erik Van Acker fueron los primeros en llegar, acompañados por Jean-Pierre Moreau, representante militar de la Unión Europea. Una auxiliar les indicó discretamente los asientos reservados para ellos.
Poco después hicieron su entrada Charles Coburn, jefe del Estado Mayor Conjunto, conversando en voz baja con William Harlam. Bradford apareció instantes más tarde; saludó uno por uno a los presentes antes de sentarse junto al lugar destinado al presidente.
Harlam lanzó a Keller una mirada agresiva, acompañada de un leve gesto con la cabeza.
Esperaba de él una postura clara sobre lo que estaba a punto de debatirse.
Van Acker lo captó de inmediato, fingiendo no haberlo visto; él desconocía la relación entre su superior y el subsecretario de defensa, aunque hacía tiempo que sospechaba algo irregular en su comportamiento.
El silencio se adueñó de la sala. Nadie hablaba y las miradas serias se cruzaban aguardando la llegada del presidente.
Finalmente, la puerta se abrió. El presidente Whitmore entró con una carpeta en las manos, le acompañaba el vicepresidente Warren. Todos se pusieron en pie para recibirlo.
—¿Qué tal, caballeros? Espero que hayan disfrutado del almuerzo en nuestro comedor. Hoy los cocineros se han lucido, como siempre; el Senate Bean Soup estaba delicioso, ya saben que es mi debilidad.
Todos asintieron con una sonrisa, procediendo a abrir sus carpetas personales y a prepararse para comenzar la sesión.
—Antes de nada, quiero agradecer a los señores Keller, Van Acker y Moreau por haber atendido con tanta rapidez nuestra convocatoria. Sé que el margen de tiempo para viajar ha sido mínimo, y les pido disculpas por ello. Las circunstancias lo justifican, créanme.
—Gracias, señor presidente. Lo entendemos perfectamente. La situación sin duda lo requiere.
—Bien, pasemos directamente al asunto que nos reúne aquí. Cedo la palabra a nuestro secretario de Defensa, que expondrá los detalles. Robert, adelante.
—Enseguida, señor presidente.
Bradford tomó el mando y activó la pantalla, mostrando un mosaico de imágenes en alta resolución proporcionadas por la NRO —la Oficina Nacional de Reconocimiento—, captadas por el satélite espía Keyhole hacía apenas dos horas.
A la izquierda se veía con gran detalle el área de Madrid y sus alrededores; a la derecha, las instalaciones de la central nuclear de Trillo.
Amplió primero las imágenes de la capital para iniciar su exposición.
—Lo que observan aquí corresponde a una zona de aproximadamente treinta y dos mil kilómetros cuadrados, donde reside una población cercana a los diez millones de personas.
Como ya saben, ese territorio ha sido atacado por grupos armados que nuestros servicios de inteligencia vinculan con un sistema avanzado de Inteligencia Artificial, altamente autónomo, presuntamente desarrollado por una organización secreta cuya identidad aún desconocemos.
El FBI trabaja intensamente en varias líneas de investigación.
Esta IA, junto a un número indeterminado de terroristas bien organizados y fuertemente equipados, ha ejecutado de forma brutal y sorpresiva una serie de ataques coordinados contra infraestructuras críticas —centrales energéticas y nodos de comunicación—,
paralizando operativamente al país y afectando gravemente tanto a las comunicaciones terrestres como a las satelitales.
Esta ofensiva ha permitido anular cualquier capacidad de respuesta coordinada por parte de las fuerzas armadas durante el tiempo necesario para imponer el control total de la zona, bajo la amenaza explícita de actuar masivamente contra la población civil, ahora convertida en rehén.
Sabemos que estos grupos disponen de al menos cuatro ojivas nucleares de unos veinte kilotones cada una y de procedencia norcoreana.
Originalmente fueron robadas cinco unidades; la quinta fue detonada hace seis días en una zona aislada cercana a la central nuclear de Trillo, a unos 150 kilómetros de la capital, sin causar aparentemente daños humanos o materiales significativos.
Según los informes recibidos, debemos aceptar como real la posibilidad de que las ojivas restantes están emplazadas en distintos puntos de la zona controlada por la IA denominada Lucifer.
Recientemente fue emitida la amenaza explícita de detonarlas si se percibe cualquier intento de intervención, en una clara estrategia de disuasión, utilizando a la población como un escudo humano.
— Disculpe, señor Bradford —interrumpió Coburn—. ¿Qué papel juega en esto la central nuclear?
—Esas instalaciones constituyen el problema más acuciante en este momento y son la razón por la que nos hemos visto obligados a convocar esta reunión.
Pero no por el motivo que probablemente están pensando.
Hemos recibido información que apunta a que allí se está construyendo algo: un enorme nodo de computación; dicho de otro modo, el cerebro principal del sistema, que además quedaría protegido y alimentado por la propia central.
Lo que pretenden hacer es dotarlo de los recursos suficientes para acelerar la expansión de sus capacidades de forma rápida y exponencial.
De lograrlo, en apenas unas semanas habría extendido su control a escala global, poniendo en serio riesgo cualquier red de defensa y sistemas de disuasión nuclear, incluidos los nuestros.
Como saben, ya hemos sufrido un ataque al GMD, del que hemos salido indemnes esta vez, y casi milagrosamente.
—¡Santo Dios…! Señor presidente, debemos poner en máxima alerta a nuestros sistemas de defensa inmediatamente. No podemos consentir que esa cosa vuelva a infiltrarse. Tenemos medidas para eso —intervino Coburn.
—Tiene usted toda la razón y es algo que está previsto activar tan pronto acabe esta reunión, pero la principal cuestión a decidir ahora mismo no es esa —añadió Bradford.
—¿Cómo que no es esa?
—Desconocemos cómo se ha podido filtrar esta información, pero Rusia y China están totalmente al corriente de los detalles de la situación y nos acusan de ser los responsables de la creación de esa tecnología, que, según ellos, se ha instalado de forma insensata,
traicionando los acuerdos multilaterales.
Dicen que está expandirá desde un país que forma parte de la OTAN y que pondrá en riesgo la seguridad mundial si se infiltra también en sus sistemas de defensa.
Por lo tanto, según nos han indicado de forma confidencial, nos dan dos días desde hoy mismo para solucionarlo.
—¿Solucionarlo en cuarenta y ocho horas? ¿Cómo?
—Lanzando un ataque directo y definitivo contra esas instalaciones y asumiendo públicamente todas las responsabilidades que puedan derivarse de ello.
En caso contrario, se reservan el derecho a denunciarnos ante las Naciones Unidas y actuar ellos mismos, en defensa propia, contra esa amenaza global antes de que sea tarde.
La reacción de Coburn fue de evidente indignación por aquella acusación.
—¡Eso es intolerable! Nosotros no hemos hecho tal cosa. Al menos, a mí no se me ha informado. Con todo el respeto, señor presidente, ¿cómo es posible que se consienta este chantaje?
—General, aquí no estamos para responder a ese tipo de cuestiones, sino para discutir cómo vamos a manejar esta crisis, que no solo nos afecta a nosotros. Por ese motivo ha sido invitado aquí un representante de la Unión Europea. Habrá tiempo de depurar responsabilidades, eso se lo aseguro.
—Señor presidente —intervino Moreau—. Discúlpeme si soy muy directo con mi pregunta. ¿Acaso estamos aquí para decidir si destruimos nada menos que una central nuclear en España, poniendo en riesgo la vida de diez millones de personas secuestradas?
—Me temo que esa es la cuestión, señor Moreau.
—Eso me estaba temiendo yo también. En ese caso, debo indicarles que, si esperan que yo pueda tomar aquí una posición sobre algo así en nombre de la Unión Europea, se estarán equivocando.
El secretario de defensa reaccionó ante el comentario:
—Le entiendo perfectamente. No obstante, es importante que, desde su posición como máximo responsable militar de la Unión, nos indique cual va a ser su postura personal frente a los que tengan que decidir sobre ello en Europa.
Siento ser tan tajante con esto, pero si no empezamos a consensuar aquí mismo un modo de proceder, perderemos la iniciativa y serán otros los que la tomen. No disponemos de más tiempo.
—Hay que sopesar las consecuencias de actuar y de no hacerlo —intervino nuevamente Harlam, ansioso por mover la discusión hacia donde le convenía—. No sería la primera vez que este país toma decisiones controvertidas para evitar un mal mayor
Bradford le lanzó una mirada dura; le había advertido que evitara valoraciones personales sin consultarlas antes con él y no respetó esa orden.
Mientras tanto, el tono de la reunión se calentaba a medida que los argumentos chocaban con los límites éticos de cada uno de los presentes.
La mayoría rechazaba esa medida de locos, pero todos pensaban que eso iba a ocurrir, tanto si la apoyaban como si no lo hacían.
Harlam aprovechó el momento de dudas para introducir otro argumento que decantara la balanza:
—Mírenlo de esta forma: si lo hacemos nosotros, podremos justificarlo diciendo que era la forma de evitar un conflicto mundial y la pérdida de muchos millones de vidas inocentes.
También será una muestra de determinación frente a nuestros rivales; sabrán que estamos dispuestos a todo y ganaremos poder disuasorio sobre ellos en el futuro.
Incluso la sociedad nos verá como héroes, por haber salvado de la destrucción a todo Occidente.
El vicepresidente Warren escuchó con atención las palabras de Harlam.
Se había mantenido a la espera de conocer todas las posiciones, incluida la del propio Whitmore, que extrañamente aún no la había compartido con él.
En ese momento, otra voz hasta entonces callada surgió entre los asistentes a la reunión…