La ambición de Lucifer 29. Equipo MOE
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29. Equipo MOE

Germán y la general Corbos salieron del despacho en dirección a la Sala de Control. No dijeron nada durante el recorrido, evidentemente preocupados por lo que habían escuchado durante la conversación con María.

Dos militares esperaban en el interior de la sala.

Se pusieron firmes al entrar la general y saludaron reglamentariamente.

El aspecto de ambos soldados, una mujer y un hombre, era formidable.

Los dos vestían uniforme táctico: camuflaje Multicam, escudo de la MOE en el brazo, bandera nacional en la manga y parche con el apellido en el pecho.

Ella llevaba en sus hombreras la insignia con los tres galones en forma de uve invertida propios de su posición como sargento de la unidad.

Era una mujer de aspecto atlético y expresión ruda; de piel morena, pelo oscuro recogido en moño y de considerable estatura: pasaba sobradamente del metro ochenta.

El capitán Villalobos lucía las tres estrellas en el pecho que indicaban su condición de mando. Imponía presencia; superaba el metro noventa de estatura y su aspecto era fornido, con un rostro de facciones muy marcadas, curtido por el sol y con la típica mirada de quien no se echa atrás ante nadie.

—Buenos días, capitán.

—Buenos días, mi general. A sus órdenes.

—Les presento al señor Germán García, nuestro nuevo jefe de Ciberseguridad y Sistemas, además de la principal baza estratégica que tenemos aquí para luchar contra el enemigo.

—Es un honor, señor García. Hemos oído hablar muy bien de usted. Estamos aquí para ayudarles con todo lo que tenemos.

—Estoy seguro de ello y de sus capacidades, capitán. Se lo agradezco sinceramente.

—Le presento a mi suboficial, la sargento Aguilera. Con su permiso, mi general, he querido que esté también presente. Es nuestra mejor especialista en incursiones y estará en primera línea durante la operación.

—Encantado de conocerla, sargento.

—Igualmente, señor García.

La general, algo impaciente, intervino:

—Capitán, andamos algo escasos de tiempo; la situación se ha precipitado. Si les parece bien, podemos pasar a concretar qué vamos a hacer para poner a salvo a la familia del señor García.

—Desde luego, mi general. Hemos estado estudiando la zona en la que se ubica el domicilio familiar. Por lo que vemos, se trata de una urbanización de casas adosadas en la cara este de la Sierra de Collserola.

—Correcto, no son muchos vecinos; es un área bastante boscosa y accidentada.

—Eso nos facilita las cosas, pero también al enemigo y hace más urgente y peligrosa la intervención. Sobre todo, sabiendo que ellos ya están posicionados.

Mi intención, antes de salir para allá, es explicarles lo que pretendemos hacer y que el señor García nos indique si hay algo a considerar.

—Pues soy todo oídos.

—Procedo… Seremos un total de catorce efectivos, repartidos en dos equipos.

El equipo uno estará compuesto por un francotirador, un sanitario y cinco miembros de asalto liderados por la sargento Aguilera, que se encargarán de llegar a su casa y sacar de allí a su familia.

El equipo dos lo lideraré yo, para controlar todo el perímetro y dar cobertura a la extracción.

Debo serle muy sincero: es una operación de alto riesgo, esperamos resistencia y creemos que no solo estará la furgoneta y quienes permanezcan dentro; seguramente habrá otros efectivos cercanos que tendremos que neutralizar. De ahí los dos equipos que le he mencionado.

—¿Y cómo piensan acercarse a la casa sin que los vean?

—En esto hay algunos factores que les ayudarán —intervino Corbos—.

Sabemos por nuestros servicios de inteligencia que en la zona no se ha establecido un toque de queda general, salvo al caer la tarde, momento en el que hay una prohibición de circular por las carreteras y las calles hasta la mañana siguiente.

Los establecimientos están cerrados, a excepción de los que ofrecen productos de primera necesidad, que permanecen vigilados por la policía local para evitar saqueos.

Los colegios también tienen suspendidas las clases.

Hay un temor generalizado a que pase algo parecido a lo de Madrid, razón por la que la inmensa mayoría de habitantes prefieren mantenerse en el interior de sus casas.

Con todo esto, es muy probable que nuestros chicos se encuentren las calles vacías.

—Es correcto —afirmó Villalobos—. Tendremos más exposición a que nos vean, pero habrá menos riesgos de daños colaterales a civiles si la cosa se complica.

El capitán explicaba con todo detalle el plan, mientras le mostraba el trazado de la operación sobre un mapa de la zona y una fotografía reciente de TritonSat.

—Por otra parte, hemos localizado una zona de aterrizaje adecuada cerca de la localidad de Vallvidrera, en una ladera opuesta y a unos cuatro kilómetros del objetivo.

Es más seguro hacerlo así para evitar en lo posible que detecten la llegada del helicóptero.

Hay un restaurante apartado en la BV-1462.

Como ve, tiene un pequeño descampado trasero que está semioculto por el bosque, perfecto para aterrizar y mantenerlo resguardado. ¿Conoce el lugar?

—Ya lo creo. A ese restaurante solemos ir un par de veces al año. Conozco a los dueños. Desde allí sale el camino de la Llenega. ¿Irán por él?

—Efectivamente. Nos dirigiremos por ahí hasta el punto de encuentro en el Mirador del Turó d'en Corts. Desde allí comenzaremos el descenso de la ladera este, hasta alcanzar la urbanización.

Cuando lleguemos, estableceremos nuestras posiciones en un área cercana al primer grupo de casas y esperaremos el momento oportuno para actuar.

—¿Y la extracción?

—Hay dos alternativas posibles: que el helicóptero nos pueda recoger allí mismo, lo que es complicado, ya que supondría la necesidad de neutralizar antes a todos los enemigos en la zona, o que volvamos con su familia por el mismo camino, hasta el lugar de aterrizaje previo,

lo que implicará el riesgo de encontrarnos con alguna resistencia oculta por los senderos de la montaña.

Lo decidiremos cuando estemos allí; no hay otra opción.

—Sargento Aguilera, supongo que será usted la primera en tomar contacto visual con mi familia.

—Afirmativo, señor García.

—Verá, cuando estuve hablando con mi mujer, le dije que para identificar a los que vendrían a rescatarlos, le tendrían que dar una consigna que solo ella puede identificar.

—Una excelente idea. ¿Qué debemos decirle?

—Pregúntele simplemente: “¿Conoces la procesión del silencio?”. Ella lo entenderá.

—No lo olvidaré, no se preocupe.

—Más les vale. Como crea que no son ustedes, no habrá MOE que la pare; no saben el carácter que tiene…

—Pues, será mejor que no le demos ningún motivo para dudar de nosotros. Esté tranquilo por eso, seguro que nos reconocerá —respondió la sargento, dejando entrever una sonrisa.

—¿Cuánto tiempo tardarán en llegar a la zona, capitán?

—Dependen de las condiciones, mi general.

Si son razonables, deberíamos llegar al punto de aterrizaje en unos setenta minutos, aunque llevamos bastante carga y también podríamos necesitar alguna maniobra evasiva que nos obligue a tomar otra ruta.

Siendo realistas, yo diría que unos noventa minutos como máximo.

—¿Y el resto de la operación desde el punto de aterrizaje?

—Eso ya es más complicado. Todo va a depender de cómo se desarrollen las cosas.

Los cuatro kilómetros de senderismo no serán un problema, estamos entrenados de sobra, pero tenga en cuenta que la carga media que llevamos cada uno está en el entorno de los treinta kilos y eso trae consigo un desgaste físico considerable.

Si las condiciones que nos encontremos allí no son favorables, ese trayecto podría superar las dos horas, aunque creo que podremos hacerlo en la mitad de tiempo.

—Si regresan a través de la montaña, no será tan rápido cargando con tres niños.

—Esperemos que no sea necesario y que el helicóptero pueda recogernos frente a su casa.

—Bien, ¿tiene alguna pregunta más que quiera hacerles, señor García?

—Creo que no. Solo quisiera darles las gracias por anticipado y desearles mucha suerte en esta misión. Tengan mucho cuidado de mi familia y de ustedes mismos, por favor.

—Lo tendremos. Esté tranquilo.

—¿Alguna cosa más, capitán?

—No, mi general. Solo pedirle su permiso para ponernos en marcha.

—Tienen mi autorización. Daré las órdenes oportunas para que el NH90 esté preparado en una hora. Mantendremos conexión por el canal cifrado y les estaremos observando en tiempo real por NG. Mucha suerte.

—Gracias, mi general.

Los dos militares abandonaron la Sala de Control para dirigirse al área de tropa, donde el resto de los dos equipos preparaba todo el material.

Corbos llamó a la asistente por el interfono.

—Carmen, diga al capitán Ruiz que haga los preparativos para la partida del MOE. Debe estar todo listo en menos de una hora. Avise también a comunicaciones.

—A sus órdenes, mi general.

Por unos momentos, pareció que el ánimo de Germán se había venido un poco abajo; se acababa de iniciar una operación que podría poner en riesgo lo que más quería en este mundo. Corbos se dio cuenta de ello y quiso animarlo.

—Bueno, García…, ya estamos en marcha. Como le prometí, no íbamos a abandonar a su familia.

—Nunca pensé que lo haría. Comprenda que todo esto es muy preocupante y temo por ellos.

—Estamos en las mejores manos posibles. Esta gente está muy bien preparada. Todo saldrá bien.

En ese momento, el teléfono de la Sala de Control sonó.

—Corbos, dígame…

—Mi general, tiene una llamada urgente de François Lambert, le paso.

—François, ¿cómo van las cosas? Estoy algo extrañada por tu llamada inesperada.

—Hola, Isabel. He tenido que llamarte para informarte de algo importante que acabo de saber.

—¿Qué pasa?

—Se ha convocado una reunión urgente en la Casa Blanca y debe tratarse de algo muy serio. Han ido para allá Adrian Keller y Erik Van Acker. Lo llamativo es que también ha sido invitado el general Jean-Pierre Moreau.

—¿Jean-Pierre participando en una reunión de la OTAN y en la Casa Blanca? Normalmente esas reuniones se hacen…

—En Arlington, lo sé… —interrumpió Lambert—. Dadas las circunstancias, esto no puede significar nada bueno.

—No…, esas reuniones suelen relacionarse con algún tipo de planteamiento militar de gran trascendencia. No me gusta.

—Pues esto otro te va a encantar… Sabemos que los chinos y los rusos tienen información sobre el origen de Lucifer y sospechamos que podrían estar presionando o chantajeando de alguna forma a la propia Casa Blanca.

La general torció el gesto de manera evidente.

La idea de que la presidencia de Estados Unidos pudiera estar involucrada en el desarrollo de Lucifer le resultaba inconcebible.

Recordaba a Whitmore como una persona honorable; había coincidido con él en varias ocasiones antes de que accediera al cargo; la última fue en un evento de la American Legion, cuando él presidía la asociación de veteranos de guerra más importante del país,

a la que Corbos fue invitada una vez como máxima representante militar europea.

Aquella persona que conocí jamás aprobaría la creación de un engendro demencial como Lucifer. Tiene que haber otra explicación.

—¿Con qué intención querrían chantajear al presidente de los Estados Unidos?

—Esa es la pregunta del millón, Isabel. Hay algo más…

—¿Algo más? Me estás asustando. Suéltalo ya.

—Isabel…, el jefe del Estado Mayor Conjunto estará también allí. Ya sabes lo que puede significar.

La general se quedó por unos momentos ausente. Germán la observaba, sorprendido por la expresión de preocupación ante lo que estaba escuchando y comentando por teléfono.

—¿Tienes idea de cuándo es esa reunión?

—Será hoy a las 14:00 horas de Washington, las 20:00 horas nuestras.

—François…, es de enorme importancia que sepamos el contenido que se discutirá allí y qué es lo que se decide. Si es lo que me estoy imaginando, vamos a tener muy poco tiempo para evitar una masacre en mi país y una auténtica catástrofe para toda Europa.

—Intentaré mover algunos hilos. En cuanto sepa algo, te llamaré sin falta.

—Gracias, amigo mío. Seguimos en contacto.

Isabel colgó el teléfono y marcó el número de su asistente.

—Carmen, envía un mensaje al coronel Marcos por Hermes. Dile que necesito hablar con él y que es muy urgente.

—Enseguida, mi general.

Corbos se incorporó y dirigió una mirada a Germán sin decir una palabra. Él no quiso preguntarle, no era necesario: sabía que la expresión que reflejaban sus ojos era la de una persona que acababa de intuir algo terrible que estaba a punto de suceder.