La ambición de Lucifer 28. Thomas Whitmore
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28. Thomas Whitmore

La luz del sol del mediodía caía vertical sobre el Rose Garden de la Casa Blanca, haciendo brillar los colores de los tulipanes y rosas que rodeaban los árboles de magnolias y manzanos ornamentales en plena floración.

Cada primavera el jardín se transformaba en un espectáculo desde que fuera rediseñado por Rachel Lambert durante el mandato de Kennedy.

El presidente Thomas J. Whitmore estaba de pie junto al ventanal del Despacho Oval, manteniendo su mirada fija en aquella hermosa y apacible imagen, con la mente casi ajena al murmullo de los miembros de su gabinete presidencial, formado por el asesor de seguridad nacional,

el consejero jurídico de la Casa Blanca, el jefe de gabinete y el vicepresidente Warren, que discutían en ese momento los pormenores de la reunión decisoria que tendría lugar en tan solo dos horas.

Whitmore sabía a qué se enfrentaba: de lo que decidiera hacer dependerían las vidas de millones de personas, y tal vez el futuro de todos los que estaban en aquella sala, incluido el suyo. Eso le estaba ahogando.

Había llegado a la presidencia con la promesa de reforzar los lazos de unión con los países aliados y contribuir a mitigar las tensiones internacionales con otras potencias; una situación a la que se había llegado en el mandato anterior en el que,

por la estrategia agresiva y prepotente de su predecesor, se rompieron alianzas económicas y se incrementaron los conflictos, con una política alejada de los ideales democráticos y de paz que siempre defendió.

El presidente era consciente de que, independientemente de cuál fuese su decisión, ya había fracasado en sus compromisos, al no haber sabido controlar los espurios poderes que actuaban ocultos tras un inmenso entramado de intereses políticos y económicos,

que interactuaban en Washington con intenciones a menudo poco honorables.

Ahora, esos especuladores sin escrúpulos le habían arrastrado a la peor situación de su vida sin él saberlo, por la que querían obligarle a hacer algo que detestaba.

—Señor presidente… ¿qué le parece la propuesta?

—Perdona Elliot, ¿a qué te refieres? No escuché la última parte, ¿puedes repetirlo?

—Claro, Tom… Estábamos valorando las prioridades a tratar durante la reunión y el enfoque que deberíamos tomar, dada la situación. Tenemos un principio de consenso.

—¿Qué prioridades sugieren?

—Debemos tener en cuenta que Rusia y China harán todo lo posible por sacar tajada de la situación.

Sabemos que sus servicios de inteligencia ya están actuando sobre el terreno, aunque desconocemos hasta qué punto están al corriente de todo.

No podemos descartar que dispongan de información muy comprometedora y que puedan utilizarla en contra nuestra si no aprobamos lo que exigen.

—Señor presidente, sugerimos hacer una declaración oficial aclaratoria inmediatamente después de la reunión, para evitar ese riesgo —añadió el asesor de seguridad nacional.

Whitmore mantuvo unos instantes de silencio, meditando lo que acababa de escuchar antes de responder…

—Señores, antes de dar cualquier paso, considero imprescindible que tengamos información más actualizada sobre dónde estamos exactamente. No podemos establecer una posición oficial sin que estemos completamente seguros de a qué nos enfrentamos —afirmó Whitmore con rotundidad.

Se impusieron unos instantes de silencio por parte de todos, algo sorprendidos por su reacción.

—Desde luego, Tom. Lo tendremos en cuenta —respondió Warren.

—Gracias, en cuanto podamos tener algún resultado, que nos lo hagan saber. Por ahora, tomemos un descanso para el almuerzo. Los veré en la Situation Room a las 14:00 horas. Robert, por favor, quédate un momento, necesito hablar contigo a solas.

Cuando los presentes salieron del Despacho Oval, el presidente quedó callado, observando cómo la luz del mediodía se filtraba potente sobre la mesa de su despacho.

Levantó su mirada hacia Bradford. Necesitaba el consejo de un viejo amigo.

—¿Qué opinas, Robert?

—La situación es muy peligrosa… Vamos a tener problemas con esto.

Los jefes del Estado Mayor presionarán para que actuemos ya; ellos son de disparar primero y de arreglar el descosido después.

Serán difíciles de manejar. Mi principal duda es cuál será la posición que tomará la Unión Europea.

Las consecuencias de algo así no solo serán civiles y medioambientales; el aprobar un ataque de estas características a uno de los miembros de la Unión los destruirá políticamente, y puede que nos arrastre a nosotros.

—¿Y Keller?

—Él posiblemente se encuentra en este momento entre la espada y la pared. Conociendo un poco su modo de actuar como secretario general de la OTAN, seguramente se posicionará a favor de lo que digamos nosotros.

—Pues ya me gustaría que, por esta vez, se mostrara contrario y beligerante en lugar de asentir como esos perritos del coche que mueven la cabeza. Me sería de ayuda.

—¿Te refieres a un nodding dog? Una comparación muy acertada para describir a Keller, ya lo creo…

—Es que no quiero que mi primera medida para resolver este problema sea el destruir una central nuclear en territorio español. Eso es una salvajada criminal.

—Lo sé, a mí tampoco me gusta esa idea, pero las cosas se están poniendo cada vez peor. Si nos ponemos por esta vez en el papel de abogados del diablo: sería mucho peor que no pudiésemos hacer nada. Al menos, aún tenemos la posibilidad de detenerlo, aunque sea de una manera tan terrible como esa.

Mantengamos la esperanza de poder encontrar otra solución, aunque la verdad es que aún no sé cuál. Además…, el asunto del hackeo en el GMD no ayuda; ha puesto muy nerviosos a todos.

—Tienes razón. ¿Cómo está ese tema?

—El sistema de protección ya está totalmente operativo. Se han reforzado las medidas de seguridad y de vigilancia contra nuevos ataques. Aunque el hecho de que Lucifer haya sido capaz de anular nuestro sistema de protección contra misiles balísticos de largo alcance es muy preocupante.

—Robert…, tal como tenemos el panorama, voy a necesitar tu ayuda en la reunión. Solo confío en ti para este asunto.

—Sabes que siempre voy a apoyarte en lo que decidas. ¿Qué quieres que haga?

—Eres la persona con más sentido común que conozco. Necesito que seas un contrapeso entre lo que quieren hacer ellos y lo que quisiera hacer yo. Y no quiero enfrentarme en público al vicepresidente Warren. Intuyo que está a favor del ataque.

—No te preocupes, intentaré ser de ayuda.

—Gracias. Ahora, por favor, ve a comer algo; necesito estar solo durante un rato. Nos veremos luego.

—Para eso no te voy a poner objeciones.

Bradford salió del despacho del presidente en dirección al comedor de ejecutivos del Ala Oeste.

En realidad, no tenía hambre y sabía que la reunión sería intensa y comprendía que su buen amigo quisiera unos momentos de tranquilidad.

Además… era mejor tener algo en el estómago para poder aguantar a algunos cafres que asistirán.

Mientras caminaba por el largo pasillo que lo llevaba hasta allí, su teléfono vibró en el bolsillo. Al mirar la pantalla, resopló incómodo. Era Harlam.

—Hola, ¿qué quieres?

—¿Tengo que querer algo para que te llame?

—Por supuesto…

—Solo quería preguntarte por lo de la reunión. ¿Sabes de qué se trata?

—Es sobre la situación en España. ¿Es que no has leído el informe que te envié?

—Sí, claro…, me resulta extraño que se haya invitado a tanta gente, incluso al jefe militar de la Unión Europea… ¿por qué?

—Creo que es mejor que esperes a la reunión; allí se aclararán todos los pormenores. Yo no te puedo dar más información que la que te he enviado.

—Entiendo…

—En cualquier caso, ya que estamos hablando de ello… Durante la reunión, te ruego que no hagas ningún comentario ni sugerencia sin hablarlo antes conmigo.

—Por supuesto…, ya sabes que no hago nada sin consultártelo antes.

—Sí, sé muy bien que tú nunca haces nada…

Bradford tiró de sarcasmo. Sabía que su segundo no era de fiar: extremadamente ambicioso y dispuesto a pasar por encima de cualquiera.

Estaba al corriente de algunas de sus maniobras en ese sentido, las cuales no le habían gustado nada, por lo que estaba vigilante en todo lo que se relacionara con él.

En cuanto tuviera la ocasión, lo apartaría del cargo.

Pero, por ahora, debía ser prudente; Harlam estaba ahí por una decisión personal del presidente y necesitaba pruebas contundentes de sus actividades para plantearle su cese.

Aunque estaba seguro de que, tarde o temprano, encontraría esas pruebas.

— Si necesitas comentar cualquier cosa, aquí me tienes.

—Mira, ahora que lo dices, sí quería preguntarte por algo.

—Pues, tú dirás. Te escucho con atención.

—Como supongo que sabrás, el FBI está investigando la posible vinculación estadounidense en la creación de una tecnología que podría ser el origen del ataque en España. Un desarrollo que no habría pasado por el control del Congreso ni por la aprobación del presidente

—Sí…, algo he oído de ello.

—Por lo que se me ha informado, creen que el senador Greaves, recientemente asesinado, podría estar involucrado directamente en la trama. Tengo entendido que tú conocías bien al senador, ¿no?

—En realidad no. Solo llegué a coincidir con él en un par de ocasiones. Era un buen tipo.

—Sí, eso creo… Estaré confundido entonces. Ya nos veremos en una hora.

—Claro…, allí estaré. Hasta luego.

Bradford hizo la pregunta con intención de provocar una reacción. Intuía un complot cercano a la Casa Blanca y el dejar caer estas insinuaciones podría ser de ayuda para sacarlo a flote. ¿A quién mejor que al cínico Harlam, para lanzar el primer órdago?