27. La familia
Las calles de Barcelona presentaban una calma tensa. La circulación de vehículos se había reducido considerablemente tras la situación general de amenaza nacional. Los controles policiales y militares estaban presentes en todos los accesos a la ciudad y en las principales vías interiores.
El aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat había quedado inoperativo para vuelos civiles.
Permanecía restringido únicamente para un uso militar local por las limitaciones existentes, al igual que pasaba en el resto de los aeropuertos nacionales.
Tan solo el transporte público mantenía los servicios interurbanos para facilitar el acceso de la gente a sus puestos de trabajo, aunque no todo el mundo podía hacerlo.
La industria estaba muy afectada porque buena parte de las rutas de transporte habían quedado suspendidas, limitando el suministro de materias primas y productos hasta el punto de obligar a la Unidad Militar de Emergencias a movilizar unidades para hacer llegar suministros de primera necesidad a
diversos puntos de las ciudades y pueblos.
Las emisoras de radio y las televisiones seguían sin poder emitir por el bloqueo del espacio radioeléctrico.
La información que llegaba a la población era muy escasa y todo era incertidumbre.
La única manera de saber algo de la situación era desplazarse a los ayuntamientos o a los centros cívicos de los barrios, donde se había centralizado la comunicación y donde además podían conseguirse algunos artículos de primera necesidad para personas con dificultades de movilidad.
La buena noticia era que se habían empezado a restablecer algunas líneas de telefonía fija en algunas ciudades, aunque no de forma continuada.
—Mamá, ¿sabes cuándo vamos a tener internet? Tengo que terminar el trabajo de Sociales.
—No han dicho nada, Raisa. Tal vez durante el día tengamos buenas noticias, no te preocupes demasiado por ese trabajo ahora; tendrás tiempo de hacerlo. ¿Por qué no te pones con las matemáticas? Recuerda que tienes el examen pendiente.
—Vale, ahora me pongo —respondió con desgana.
—¿Qué están haciendo tus hermanos? Hace rato que no los oigo.
—Sena ya terminó los deberes y está en su habitación. Marcel se ha quedado dormido boca abajo en el sofá, enterrado entre cojines. Tendrías que verlo…
—Déjalo un rato, no ha dormido casi nada esta noche.
—¿Sabes algo de papá?
—Todavía nada. No te preocupes, seguro que está bien. A ver si empiezan a funcionar de nuevo los teléfonos y podemos hablar con él. Los vecinos tuvieron línea esta mañana durante un par de horas.
María trataba de tranquilizar a sus hijos y relativizar en lo posible la situación. No le estaba siendo fácil.
Observaba el jardín desde la ventana de la cocina.
La mañana era soleada y cálida, con un cielo azul que le traía recuerdos felices: chapoteos en la piscina, barbacoas de domingo, risas y juegos incansables de Bruno, un perro bretón de orejas largas que llegó a la familia de forma inesperada hace catorce años,
siendo apenas un cachorro abandonado en la calle, y que recientemente se había marchado para siempre.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el sonido de un vehículo que pasaba frente a su casa le llamó la atención.
Notó que se había detenido un instante antes de continuar, aunque no podía verlo porque quedaba oculto tras la valla del jardín.
Le pareció extraño... Hacía muchos días que no se hacían repartos a domicilio y los pocos vehículos que circulaban por allí eran de los vecinos de la urbanización.
No se quedó tranquila. La curiosidad la llevó a subir a la buhardilla para intentar comprobar si aún seguía por allí. Desde la ventana vio cómo el vehículo había avanzado hacia el final de la calle y aparcó a unos cien metros. Era una furgoneta que nunca había visto por el barrio.
¿Qué hará ahí parada?
En ese momento, algo produjo un sobresalto largamente esperado… El sonido del teléfono se dejó oír por toda la casa.
María bajó a toda prisa la escalera hasta el dormitorio, donde había un teléfono supletorio. Tenía que ser Germán…
—¿Diga?
Tras un rato sin escucharse nada, surgió la voz de una mujer:
—Buenos días, ¿la señora María Laguna?
—Sí, dígame.
—Le llamamos de la delegación de Syntra Aerospace en Barcelona. Es con relación a su marido…
—¿Germán? ¿Le ha pasado algo?
—No se presentó en nuestras oficinas de Madrid y queríamos preguntarle si usted sabe dónde se encuentra. Es muy importante que hablemos con él.
María sintió una sensación extraña ante esa llamada. Germán nunca quiso dar el teléfono de casa a la empresa; siempre insistió en reservar la privacidad de su vida familiar. Cuando lo llamaban, era a su teléfono móvil.
—Disculpe, ¿cómo han conseguido este número de teléfono? ¿Cómo se llama usted?
La llamada se interrumpió bruscamente, dejando a María aún más preocupada que antes.
¿Casi una semana sin teléfono y la primera llamada que recibo es esta?
Volvió a subir al altillo. Vio que la furgoneta había desaparecido, lo que la tranquilizó solo en parte.
Probó a marcar el número de Germán: un mensaje informaba de que el terminal estaba apagado o fuera de cobertura. Al menos, ahora parecía que la línea fija volvía a funcionar y que tal vez él llamaría en algún momento.
—¡Niños! ¡A comer hoy en la cocina!
—¡Nooo! —protestaron las niñas. Ellas preferían el comedor, porque así podían poner alguna película en el DVD. Esta vez no sería así.
El pequeño Marcel se había despertado poco antes. Llegó a la cocina el último, con los pelos alborotados y la cara marcada con la textura de la tapicería del sofá, lo que provocó las risas de sus hermanas.
—Venga, dejaos de tontear y a comer, que ya es hora. El orden impuesto en la mesa duró muy poco… El teléfono sonó nuevamente y sobresaltó a todos.
María fue rápidamente al salón y tomó el teléfono, con más calma esta vez. Aún estaba algo asustada por la extraña llamada anterior.
—Dígame…
De nuevo, una voz femenina:
—Buenos días, ¿la señora Laguna?
—Sí, soy yo… ¿con quién hablo?
—Mi nombre es Carmen Cebrián. Le llamo con relación a su marido.
—¡Otra vez! Óigame, no estoy para aguantar llamadas de desconocidos. Ya me llamaron antes y colgaron el teléfono. Dejen de molestarme o llamaré a la policía, ¿me ha entendido?
—Disculpe, señora Laguna, nosotros no la hemos llamado antes. Como le decía, mi nombre es Carmen Cebrián, soy suboficial del Ejército de Tierra. La llamo para informarle de que su marido está con nosotros y para ponerles en contacto. Le paso a él la llamada.
El estómago de María se contrajo y una mezcla de alivio y nervios la invadió por completo.
—¡Es papá! —gritó a los niños.
La voz de Germán se escuchó al otro lado de la línea.
—Hola, cariño, soy yo… ¿Cómo estáis?
María trataba de responder con la voz entrecortada. Habían sido muchos días sin saber nada de él, en los que llegó a pensar lo peor.
—¡Qué alegría escucharte!… Nos encontramos bien. ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado?
—Es muy largo de contar, habrá tiempo para ello. Lo importante es que estoy bien y fuera de peligro. No puedo decirte ahora mismo dónde me encuentro por cuestiones de seguridad, solo quiero que sepas que estoy entre amigos y que me tratan muy bien. ¿Cómo están los niños?
—Deseando que vuelvas, igual que yo.
—Por desgracia, eso no va a ser posible, por el momento. Tenemos que resolver algunas cosas antes y necesito que ahora me escuches con mucha atención.
—Está bien, dime…
—Es muy importante que salgáis de ahí cuanto antes. Es posible que quienes nos están atacando pretendan secuestraros.
—¿Secuestrarnos? ¿Por qué?
—Intentan encontrarme a mí y vosotros sois la mejor manera de conseguirlo.
María sintió una sensación helada recorrerle la espalda.
—Germán, no sé si ya lo han intentado, esta misma mañana…
—¿Cómo? Cuéntamelo todo, no te dejes ningún detalle.
—Llamaron por teléfono esta mañana preguntando por ti. Decían que eran de la delegación de la empresa en Barcelona. Me extrañó; tú nunca les diste nuestro número de teléfono. Al pedir que se identificaran, se cortó la llamada.
—La empresa nunca llamaría a nuestra casa, te lo aseguro.
—Hay algo más, aunque no estoy segura de que esté relacionado con eso…
—¿A qué te refieres?
—Creo que un vehículo paró en nuestra puerta un momento, poco antes de la llamada. Más tarde estuvo un rato aparcado en el cruce con nuestra calle. Fue muy extraño. Al rato miré y ya se habían marchado.
—¿Qué tipo de vehículo era?
—Una furgoneta grande, de color negro.
Germán se estremeció. Eran ellos…
—¿Estás segura de que se han marchado?
—No estaban cuando miré desde la buhardilla.
—Por favor, sube otra vez y compruébalo. Es muy importante…
María subió las escaleras y comprobó desde la ventana. No se veía la furgoneta en el sitio donde aparcó antes.
—No están.
—¿Estás segura?
—Espera un momento… ¡Dios mío, siguen ahí! Están aparcados más atrás, casi tapados por la casa esquinera. No los había visto.
—Escúchame con atención… Cierra todas las puertas y no salgáis de casa. No pidáis ayuda a nadie; es posible que ya estén infiltrados por todas partes. Mandaremos a buscaros.
—¿Y cómo sabré que son ellos?
—Supongo que recuerdas todavía cómo nos conocimos…
—El olvidadizo siempre has sido tú.
—Es cierto… Bueno, pues cuando lleguen, alguien te dirá algo que relacionarás enseguida con aquel momento. Esa será la forma de que sepas que son los buenos, ¿de acuerdo?
—Haremos lo que dices, no te preocupes.
—Ahora tengo que colgar, muy pronto nos veremos.
Te quiero.
—Y yo a ti más…
Cuando colgó el teléfono, el rostro de Germán reflejaba su enorme preocupación ante la situación de peligro en la que se encontraba su familia, algo que no pasó desapercibido para Corbos, que se encontraba a su lado.
—Lamento mucho todo esto, señor García. Los pondremos a salvo, se lo prometo. Por favor, acompáñeme, el capitán del comando operativo que los va a sacar de allí ya nos espera en la sala de reuniones. Necesitará saber algunos detalles antes de partir.