26. El arrepentimiento
El avión privado de Adrian Keller tomaba tierra en el Aeropuerto de Bruselas-Zaventem, a escasos cinco kilómetros de la sede de la OTAN.
No pudo dormir durante el trayecto; su preocupación le tenía completamente bloqueado. Sabía que su futuro personal pendía de un hilo y que, pasara lo que pasara, afrontaría una situación de enorme peligro.
—Señor Keller, su coche ya le espera en el hangar —le comunicó el piloto— Llegaremos allí en diez minutos.
No quería perder ni un momento. Se levantó del asiento, aún con el avión desplazándose por la pista, y comenzó a recoger en su maletín el portátil y los documentos que tenía sobre la mesa, los cuales no se sintió con ganas de tocar durante todo el vuelo.
La habitual mañana, fría y gris, de Bruselas lo recibió al bajar del Dassault Falcon 8X.
La azafata lo despidió deseándole buenos días.
Keller no respondió; su mente estaba demasiado ocupada tratando de procesar todo lo que había pasado en ese viaje.
El recuerdo de su última conversación con Milton Greaves antes de su asesinato le perturbaba.
Temía ser el siguiente en sufrir las mismas consecuencias.
Quince minutos después entraba en la NATO HQ Main Gate del enorme edificio sede de la organización. Los dos policías del arco de seguridad saludaron militarmente a Keller, quien depositó su equipaje en la cinta del escáner. Tomó el ascensor hasta llegar a la cuarta planta, donde estaba su despacho.
—Señor secretario, buenos días. Espero que haya tenido un viaje agradable.
—Buenos días, señorita Vermeer. Sí, gracias, Por favor, ¿podría pedir que me traigan café y algo de fruta? Llame también a mi mujer, dígale que he llegado al despacho y que la llamaré más tarde.
—Enseguida, señor Keller.
Se sentó, con gesto de cansancio, aflojándose la corbata y resoplando, mientras echaba la cabeza hacia atrás frotándose las cejas con las yemas de los dedos. La tensión acumulada de impedía pensar con claridad.
El teléfono sonó sobre su escritorio y lo sobresaltó, acelerando aun más el pulso de su corazón.
—Señor secretario, tiene una llamada del señor Van Acker. Se lo paso.
Erik Van Acker ocupaba el puesto de secretario general adjunto. Fue elegido por Keller como su segundo al frente de la organización y era una persona de total confianza para él. Solía cubrirle bien las espaldas en sus ausencias injustificadas, aunque jamás le preguntó la razón de ellas.
—Buenos días, Erik.
—Buenos días. He estado esperando a que llegaras, te acabo de ver pasar frente a mi despacho.
—Sí, he tenido que ausentarme por un asunto personal urgente. ¿Qué se te ofrece tan temprano?, no estoy para muchos trotes hoy.
—¿No has visto los mensajes del canal interno? Nos han solicitado una reunión urgente en Washington. Me ha extrañado que no me hayas llamado todavía para comentarlo.
—¿Una reunión? ¿a qué viene eso ahora?
—Requieren nuestra presencia y creo que debe tratarse de algo muy serio, porque asistirá también el presidente del Comité Militar de la Unión Europea; un francés… Creo que se llama Moreau o algo así. Es extraño que participe en esta ocasión. ¿Tú sabes a qué puede deberse?
—No, no lo sé. Acabo de entrar en el despacho, aún no he mirado los mensajes. Seguramente estará relacionado con la situación en España y quieran hablar de ello.
—Será eso, probablemente. Esta madrugada tendremos que salir hacia allí. Ya he pedido que preparen el vuelo. La reunión está programada para mañana a las 14:00 horas en la Casa Blanca.
—¿En la Casa Blanca? Si siempre se ha hecho en Arlington… ¿Va a estar presente Whitmore?
—No lo sé, es muy probable. Ya te he dicho que debe ser algo grave.
Keller intuía que los movimientos de Harlam no se habían hecho esperar; manejaba un enorme poder en la sombra. Seguramente ya habría articulado algo que habría hecho reaccionar al mismísimo presidente.
—De acuerdo, Erik. Gracias por encargarte de esto. Revisaré la información para preparar la reunión. Hablaremos de ello durante el viaje.
—¿Todo va bien, Adrian? Te noto algo tenso.
—Todo bien. Estoy algo cansado del viaje, nada más.
—Estupendo, cualquier cosa que necesites, ya me dices. Estaré en mi despacho
—Ya hablaremos, hasta luego.
Keller trataba de reordenar las cosas en su cabeza.
Sabía lo que iba a pasar en esa reunión.
Todo giraría en tratar de convencer al presidente norteamericano de que apoyara la idea de atacar la ubicación de Lucifer.
En esa reunión, todos tendrían que posicionarse claramente a favor o en contra de algo así.
Harlam, inductor de aquella maniobra, estaría allí presente.
El remordimiento de Keller le impedía apoyar esa idea, porque sabía lo que había detrás. Negarse abiertamente a ello durante la reunión, probablemente significaría el final de su carrera, o tal vez algo mucho peor.
Recordó qué había provocado aquella situación…
El mensaje críptico enviado por la General Corbos a Elina Tallis había hecho temblar los cimientos de todo.
Keller empezó a pensar que tal vez se precipitó al haberlo hecho saber a la organización.
Podría haberla llamado para intentar saber qué quería decir con aquello, antes de dar ninguna voz de alarma. Ahora ya era tarde.
Marcó el número de su casa en el teléfono. La voz de su mujer surgió desde el otro lado de la línea.
—Hola Hanne soy yo.
—¿Cómo estás, cariño? No he sabido nada de ti durante dos días. ¿Estás bien?
—Sí, llegué al despacho hará una hora. Perdona que no te haya llamado hasta ahora, ha sido un viaje complicado.
—¿Va todo bien? Te noto preocupado.
—Las cosas están difíciles. Tengo que decirte algo.
—No vendrás a casa, ¿verdad?
—Me temo que no…, debo regresar a Washington mañana muy temprano. Lo que queda del día tendré que emplearlo en preparar el viaje. No me dará tiempo de ir. Espero poder regresar en un par de días. Lo siento mucho, de verdad.
—Lo entiendo. Estoy preocupada por ti. No te veo bien últimamente. ¿Me estás ocultando algo? Dime qué te preocupa.
—Hanne…, ¿me consideras una buena persona?
—Lo eres. Siempre lo has sido.
—¿Crees que soy digno de estar dónde estoy?
—Eres una de las personas más dignas que conozco. Estás ahí porque te ganaste el aprecio y el reconocimiento de muchos. Ayudaste a mejorar las vidas de mucha gente que lo necesitaba, sabes que fue así. Estás ahí porque te has hecho merecedor de ello. ¿Qué es lo que te pasa?, dime…
—No te preocupes, no me pasa nada. A veces mi cabeza da demasiadas vueltas. Debe ser el cansancio del viaje y el estrés por todo lo que ha pasado estos días. Todo va bien. ¿Cómo están los niños?
—Sofie está estudiando en su habitación, tiene un examen de historia contemporánea mañana. Jeroen está entrenando, comienzan las eliminatorias de atletismo la semana que viene.
—Dales un beso de mi parte. Cuando regrese haremos algo juntos ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Adrian. Tú no te preocupes por nosotros, estaremos bien. Sé que debes estar muy estresado, intenta estar tranquilo ¿vale?
—Lo haré. Te quiero.
—Y yo a ti.
Keller dejó el teléfono y meditó sobre lo que le había dicho su mujer. Hanne lo consideraba una persona digna, aunque él sabía que perdió esa dignidad en el momento que accedió a vender su alma a unas personas sin escrúpulos.
Empezó a reconocer que Corbos tenía razón cuando, en aquel mismo despacho, le llamó estúpido corrupto, después de comunicarle su cese al frente del Mando Operativo Conjunto de la OTAN.
Ella no se merecía la destitución; era la mejor para el puesto.
La apartó injustamente para protegerse y él se sentía avergonzado por ello.