25. Casa Blanca
El coche de Robert Bradford, secretario de Defensa de los Estados Unidos, se detuvo en el control de seguridad. Tras ser identificado, dos agentes del Servicio Secreto lo escoltaron hasta el Ala Oeste de la Casa Blanca.
Un acceso fuertemente vigilado daba a una sala previa al Despacho Oval, donde lo aguardaban el presidente Thomas J. Whitmore y el vicepresidente Elliot Warren.
El teléfono del despacho sonó. Era la voz de la secretaria.
—Señor presidente, el señor Bradford acaba de llegar.
—Gracias, Alice. Que pase, por favor.
—Señor presidente, señor vicepresidente. Gracias por recibirme con tan poca antelación.
—Robert, me alegra verte. ¿Cómo están Mary y los niños?
—Estupendamente, señor. Los niños ya no lo son tanto; me están haciendo sentir cada vez más viejo.
—Pues, ¡bienvenido al club!
Bradford y Whitmore eran viejos amigos desde que estudiaron Derecho en la Universidad de Yale. El presidente quiso tenerlo en su equipo y le ofreció la responsabilidad de Defensa, algo que Bradford nunca deseó, pero que finalmente aceptó por lealtad.
—Supongo que se imaginan el motivo por el que solicité este encuentro tan urgente —añadió.
—Desde luego, señor presidente. ¿Tenemos algo nuevo sobre la situación en España?
—Las cosas no van bien. Seguimos sin contacto directo con ellos, tampoco con nuestra base de Rota; hay un bloqueo casi absoluto de las comunicaciones.
Por la información disponible, el gobierno podría estar retenido en edificios oficiales por elementos armados.
No se tienen datos concretos de las zonas de la capital que están controladas por fuerzas atacantes, aunque se cree que son extensas y estratégicas.
—¿Y sus fuerzas armadas? —preguntó Warren.
—La mayor parte están parcialmente inoperativas por la falta de comunicaciones y el bloqueo de satélites. Están intentando reorganizarse.
—¿Cómo es que no han contraatacado todavía? —insistió el vicepresidente.
—Sin información ni comunicaciones es muy arriesgado, teniendo en cuenta la amenaza nuclear existente y la gran cantidad de habitantes que permanecen atrapados en esas zonas.
Se sabe que ha habido numerosas víctimas —al menos trescientas durante los ataques—, y habrá muchas más cuando se pueda hacer un recuento.
—Dios mío, eso es terrible…
—Sí, Elliot. Aunque no es lo peor —añadió Whitmore.
—¿Qué puede ser peor que eso?
—El informe que llegó ayer parece incompleto. Hay razones para pensar que existe el riesgo de que el problema se extienda.
—¿Qué quieres decir?
—Hemos recibido información de nuestros aliados indicando que Lucifer podría estar construyendo un nodo central; una infraestructura que le permitirá expandirse rápidamente y sin límite.
—¿Sabemos dónde pretende ubicar esa infraestructura?
—Las imágenes por satélite aportadas indican que podrían estar construyéndola en el interior de la central nuclear cercana a donde hicieron explosionar una de las ojivas robadas.
El vicepresidente escuchaba con mucha atención cada detalle de lo que Whitmore estaba diciendo.
La gran inteligencia y capacidad analítica de Elliot Warren eran sobradamente conocidas en la administración.
Era un hombre frío y calculador, con una enorme capacidad de resolución frente a situaciones complejas, y esta sin duda lo era.
—¿Qué consecuencias concretas puede tener que pongan en marcha ese nodo?
—Se ha determinado que podría ser una seria amenaza para la seguridad global.
Si llegaran a fortalecerse sus capacidades al nivel que temen los analistas, estaría en disposición de infiltrarse remotamente en cualquier sistema de defensa.
Incluso alcanzar el suficiente control sobre ellos como para desencadenar una situación difícil de imaginar.
El vicepresidente permaneció en silencio durante unos segundos, manteniendo su mirada inexpresiva clavada en los ojos de Whitmore, que ya imaginaba cuál sería su respuesta.
—Tenemos que evitar eso como sea, Tom. Deberíamos poner en marcha una intervención contra esas instalaciones de inmediato —sentenció.
Whitmore se mordió el labio inferior por un instante, pasando sus dedos por la barbilla, como midiendo con cuidado lo que iba a responder.
—Creo que sería muy arriesgado. Un paso en falso y Lucifer podría detonar cualquiera de las bombas tácticas que posee, o tal vez todas a la vez.
Desconocemos su ubicación, pero suponemos que están repartidas en un radio de unos treinta kilómetros alrededor de la capital, donde se concentra una población cercana a diez millones de habitantes.
Estamos ante una situación de rehenes monstruosa. No podemos hacer lo que sugieres.
—Tienes razón, es demasiado arriesgado.
—Hay algo más que acabo de recibir —añadió Bradford, haciendo que las miradas de Whitmore y Warren se clavaran en él. En ese momento, el presidente percibió en el rostro de su viejo amigo una expresión de preocupación que nunca le había visto antes.
—¿De qué se trata, Robert?
—El departamento de exteriores ha recibido una notificación de la embajada rusa por el canal interno.
Dicen tener información de que lo sucedido en España ha sido provocado por una poderosa IA fuera de control.
Hacen referencia a lo que está sucediendo en la central nuclear y a que podría poner en riesgo la seguridad mundial.
Además, lo han puesto en conocimiento del gobierno chino y ambos nos responsabilizan formalmente de su creación y de sus posibles consecuencias.
—¿Cómo pueden afirmar algo así? ¡Eso es un infundio! Yo no he autorizado la creación de esa tecnología. ¿En base a qué pruebas se nos acusa? —exclamó el presidente.
—Afirman tener pruebas incontestables de que esa tecnología ha sido desarrollada en Estados Unidos y exigen una solución inmediata y definitiva por nuestra parte.
En caso contrario, serán ellos quienes tomarán las medidas que consideren oportunas para eliminar la amenaza, no sin antes hacer pública esa acusación aportando todas esas pruebas.
—Si somos los culpables ¿cómo han podido saber ellos todo eso antes que nosotros? Es ridículo…
—Alguien les ha filtrado intencionadamente esa información. Puede que sea una maniobra de la propia IA. Ahora mismo no se me ocurre otra explicación.
— ¿Y qué quieren que hagamos? ¿Lanzar un ataque sobre unas instalaciones nucleares en España? ¿correr el riesgo de provocar millones de muertos y de contaminar de radiación la mitad de Europa? ¿se han vuelto locos? ¡De ninguna manera pienso aprobar algo así!
—Entiendo tu reacción —añadió Warren—. Sin embargo, si no lo hacemos nosotros lo harán ellos, no te quepa duda alguna.
Y no les van a importar nada los daños colaterales que provoquen.
Hay demasiado en juego; Lucifer se extenderá como una plaga imparable por todo el mundo y las consecuencias de eso podrían ser mucho peores.
—¿Y qué aconsejas hacer, Elliot? Una medida unilateral como esa, aunque demostremos después que era la menos mala que se podía tomar, posiblemente destruiría esta administración y las relaciones con nuestros aliados.
—Por el momento, creo que deberíamos convocar una reunión urgente de la Alianza Atlántica y tomar una resolución conjunta. Podemos hacerla aquí, en Washington; en estos momentos, Europa no es segura.
La expresión de Whitmore se había oscurecido. Sus ojos parecían enfurecidos. Se sentía traicionado y responsable de algo que jamás habría consentido y que ahora le empujaba a tomar una terrible decisión.
—De acuerdo, pongámonos en ello. Robert, quiero que hagas una cosa —añadió.
—Lo que necesite, señor presidente —respondió el secretario de Defensa.
—Quiero que el FBI se ponga a trabajar ya con todos sus recursos. Necesito saber quiénes han sido los hijos de puta que han hecho esto. Estoy convencido de que los tenemos muy cerca de nosotros y no voy a consentir que escapen. Pienso acabar con ellos por esta traición.
—Puedes estar seguro, presidente. Los encontraremos.
El teléfono móvil de Bradford sonó insistentemente en ese momento.
—Disculpe un momento, señor. Parece urgente.
—Adelante, contesta…
—Aquí Bradford. Dígame.
El secretario de Defensa escuchaba la voz al otro lado de la línea. Su mirada quedó fija en el presidente con una expresión de preocupación extrema.
—¿Qué es lo que pasa?
—Me han comunicado que ha habido un intento de hackeo del GMD. Señor presidente…, en estos momentos, estamos sin protección contra misiles balísticos intercontinentales (ICBM) de largo alcance.
—¡Dios! ¿Cómo…?
—No han conseguido acceder al control, ya que han logrado desconectar todos los sistemas antes de que lo hicieran, aunque llegaron a superar todos los cortafuegos previos, algo que se consideraba prácticamente imposible.
La reacción de Warren no se hizo esperar…
—Tom, hay que convocar al comité de seguridad para una reunión de crisis; deberíamos valorar la activación de DEFCON 3 y poner en alerta a nuestras fuerzas armadas hasta que tengamos controlada la situación.
—Desde luego. Por favor, encárgate tú de ello. Necesito unos minutos para asimilar todo esto.
Warren y Bradford abandonaron el despacho, mientras Whitmore regresó a su mesa contrariado e hizo una llamada a su secretaria…
—Alice…, por favor, a menos que caiga un asteroide, nos invadan los extraterrestres o llame mi mujer, que nadie me moleste en los próximos treinta minutos.
El presidente se sentía abatido; intuía que le estaban tendiendo una trampa. Las exigencias de los líderes de Rusia y China, y ahora el ataque al GMD eran una evidente forma de presión hacia él que le forzaba a aprobar un posible genocidio. Alguien trataba de hundir su presidencia.