23. La conspiración #2
Pero, como ya saben, lo más preocupante de todo es que está confirmado que cuentan con armamento nuclear.
Se estima que Lucifer podría tener en su poder al menos cinco bombas tácticas de fisión, de unos 20 kilotones cada una.
Se cree que su procedencia es Corea del Norte.
La CIA tiene indicios de que fueron extraídas hace dos años, en un supuesto robo no reconocido por el gobierno del país.
En resumen, Lucifer ha hecho suyo nuestro plan y quiere ser quien finalmente controle el poder global. Esta es la situación. ¿Alguna pregunta?
—Desde luego —afirmó uno de los ejecutivos financieros presentes—. Entiendo que no nos ha convocado aquí solo para decirnos que estamos en problemas. ¿Qué piensan hacer para sacarnos de este lío?
—La buena noticia es que, con las comunicaciones bloqueadas en España, será difícil que en las próximas semanas nuestro gobierno o el de los aliados puedan obtener suficiente información para llegar a unas conclusiones sobre el origen de todo esto que puedan ponernos en un riesgo serio.
—Perdone…, ¿me está diciendo que aún no saben nada en absoluto del posible origen de Lucifer? Creo que tiene usted en muy baja consideración las capacidades de nuestros aliados. No se fíe de ellos.
—No me refería a eso exactamente, al contrario. Lo que quiero decir es que disponemos de algo de tiempo para actuar, ya que no tardarán en encontrar un hilo del que tirar. Ya ha habido un movimiento en ese sentido que nos preocupa. De ahí que todos ustedes estén aquí.
—¿A qué movimiento se refiere exactamente?
—Pensamos que hay quien sospecha de una conspiración.
Desconocemos hasta qué punto llega esa sospecha, aunque creemos que no podrá sacar nada en claro si no damos ningún paso en falso.
Lo importante ahora es tomar decisiones que nos permitan recuperar la iniciativa, y eso pasa por destruir a Lucifer.
—¿Y cómo piensan hacerlo, señor Harlam? Tiene varios millones de personas utilizadas como escudos humanos que podría eliminar si atacamos. ¿Asumiremos ese riesgo?
—Aquí es precisamente donde quería llegar.
Sí…, deberemos correr ese riesgo. Seguramente lo de la amenaza solo sea un farol y no podemos permitir que Lucifer siga ganando terreno hasta que nos deje al descubierto.
Hay que empezar a pensar en forzar una intervención en la zona, aunque eso suponga provocar daños colaterales.
—Creo que todos estamos de acuerdo en eso. La cuestión es cómo hacerlo y dónde. Lucifer no es un enemigo físico al que podamos bombardear, es algo virtual.
—No exactamente —intervino Prescott—. El sistema necesita una infraestructura física y una fuente considerable de energía para poder evolucionar. Estamos seguros de que la explosión nuclear cercana a la central española oculta una intención relacionada con eso.
—¿Qué intención?
—Como saben, una de las bombas ha sido detonada en España, cerca de una central nuclear y a unos ciento cincuenta kilómetros de Madrid.
Parece ser un aviso de lo que pretende hacer con la capital si Lucifer detecta cualquier incursión en el territorio español, que ahora tiene controlado de facto, pero también para despejar la zona de la central mientras construye la infraestructura.
Cuando esté acabada, toda su base de datos —su cerebro neuronal—, empezará a trabajar y se nos habrán acabado las opciones: en el momento en que esté plenamente operativa, tendrá capacidad para controlarlo casi todo desde allí, incluso nuestros propios silos de misiles.
Si eso ocurre, se acabó —dijo Prescott.
—Señores…, esta es la razón por la que debemos movernos rápidamente y empezar a presionar para que se lleve a cabo un ataque preventivo y definitivo contra esas instalaciones. Tenemos muy poco tiempo —sentenció Harlam.
—Dudo que el presidente, o cualquier líder europeo, esté dispuesto a aprobar una acción de esas proporciones contra una central nuclear, poniendo en riesgo, además,
a millones de personas y con la posibilidad de provocar una contaminación radioactiva que afectaría a toda la cuenca Mediterránea y a buena parte del territorio español.
—Desde luego, señor Keller, pero tenemos dos argumentos muy potentes para justificarlo: el primero es que, si no hacemos eso, las consecuencias serán mucho peores para Europa; no podemos permitir que Lucifer extienda su control por todo el continente.
Y el segundo es lo que supondrá para nuestra organización y lo que pasará a todos los presentes en esta sala, incluido a usted, cuando se sepa que somos los responsables de esto.
No había un atisbo de empatía en los ojos de Harlam mientras explicaba sus razonamientos.
—Si decidimos poner en marcha la idea, ¿cuál será el modo de proceder? Deberemos contar primero con el apoyo de la Casa Blanca, y para ello tendremos que informar de detalles concretos —añadió uno de los presentes.
—Eso déjenmelo a mí. Yo me encargaré de hacer entrar en razón al presidente sobre este asunto. Tendremos su apoyo, ya lo verán…
Harlam conocía muy bien a Whitmore y sabía cómo maniobrar para presionarlo. Para ello, solo tendría que poner en juego la estrategia del miedo.
—Creo que podemos votar sobre esta medida —añadió a continuación—. Por favor, levanten la mano los que estén de acuerdo con un ataque preventivo contra Lucifer.
Tras unos momentos de duda, los asistentes comenzaron a dar su respuesta. De los quince presentes, solo uno se negó: Adrian Keller.
En ese instante, la votación había dejado clara la determinación de la organización y se había dado luz verde a William Harlam para actuar: era necesario acabar con Lucifer cuanto antes y por cualquier medio, costase lo que costase.
La negativa de Keller no pasó desapercibida y él lo sabía. El temor a una represalia le turbaba, conocía muy bien el riesgo. Su conciencia le impidió apoyar una medida que supondría la aniquilación de millones de inocentes.