La ambición de Lucifer 22. La llegada #2
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22. La llegada #2

comunicadas entre sí por extensas galerías de techos abovedados y paredes reforzadas con un revestimiento de acero y hormigón.

En la pared izquierda se iniciaba otra galería que llevaba a una salida de emergencia en la pared oeste de la montaña. Ambas plantas contaban con tres galerías principales con accesos independientes.

Las medidas de seguridad incluían protección NBQ, redundancia eléctrica y de comunicaciones, y el suministro de agua estaba garantizado gracias a un manantial interior.

La amplitud total del complejo era de unos quince mil metros cuadrados útiles y otros diez mil aún sin acondicionar, con capacidad de albergar a más de mil personas, entre tropas y personal especializado, protegidos por la propia montaña,

cuya ladera se elevaba casi ochocientos metros desde la base del barranco.

El vehículo avanzó hasta alcanzar los ascensores. Ruiz lo dejó aparcado en una pequeña zona habilitada y tomaron uno de ellos. Cuando la puerta se abrió, estaban ante un cruce de tres pasillos. Los dos laterales daban acceso a las zonas de alojamiento, comedores y enfermería.

Comenzaron a recorrer el pasillo frontal, en dirección hacia el área de operaciones. La iluminación de luz blanca y la decoración de las paredes ayudaban a reducir la inevitable sensación de claustrofobia a la que todos los residentes deberían habituarse, sobre todo durante los primeros días.

Tras la verificación de identidad, la puerta blindada se abrió, mostrando lo que había detrás. Germán no pudo ocultar su asombro.

—Impresionante… —exclamó, mientras recorría con la mirada cada rincón— Jamás imaginé que algo así existiera en el país, aunque alguna vez había escuchado rumores.

Ruiz sonrió; estaba acostumbrado a esa reacción.

—Todos hemos puesto esa misma cara la primera vez, señor García.

—No es para menos.

—Sígame, la general Corbos le espera en su despacho.

Avanzaron por la pasarela elevada que rodeaba aquel gran espacio semicircular, de altura considerable.

En el nivel inferior, más de una docena de técnicos trabajaban frente a consolas y las pantallas gigantes que cubrían las paredes.

Algunas de ellas proyectaban mapas y datos en tiempo real aportados por TritonSat, el resto permanecían apagadas por el bloqueo de comunicaciones.

Al llegar a la recepción, Carmen, la asistente de la general, los recibió con cordialidad.

—Bienvenido a Rioseta, señor García. La general le espera.

Ruiz se cuadró en la puerta.

—Con su permiso, mi general. Traigo al señor García.

Corbos se levantó y estrechó la mano de Germán con firmeza.

—Por fin nos conocemos. Es un placer.

—Igualmente, general.

—Sé que el viaje no ha sido fácil. Me alegra mucho que esté aquí.

—Espero que todo esto merezca la pena. Aún no tengo claro cómo podré ayudarles.

—Créame, pronto lo sabrá. Su papel será determinante para frenar a quienes nos atacan. Tome asiento, por favor.

—Con su permiso, mi general, me retiro.

—Bien, Ruiz. Convoque al equipo para una reunión a las 21:00 horas en la Sala de Control.

—A sus órdenes.

Corbos se quedó mirando a Germán, con una mezcla de interés y respeto. Había estudiado su historial y sentía admiración por su trayectoria.

—Antes de nada, quiero insistir en mi palabra: haremos todo lo posible por poner a salvo a su familia. Nuestro equipo tiene todo preparado para actuar en el momento que creamos más adecuado y seguro.

—Se lo agradezco, general.

—Llámeme Isabel. Con usted preferiría un trato más personal. Al fin y al cabo, ya no es militar.

—Como usted prefiera, Isabel.

—En la reunión con el Mando Operativo le pondremos al día y se integrará en el trabajo conjunto. Aquí la información cambia cada minuto. Antes de eso, dígame, ¿qué le parece lo que ha visto?

—Estoy francamente muy sorprendido. ¿Cómo se ha logrado construir todo esto en secreto?

—No fue fácil. Quince años de trabajo. Empezamos cuando se aprobó el presupuesto para el desarrollo de TritonSat.

—¿Está conectado el sistema NG con estas instalaciones? Pensaba que el control se haría desde Hisdesat en Madrid…

—Esa fue la idea oficial. Sobre el papel, todo debía apuntar al centro de Hisdesat, en Hoyo de Manzanares. Convenía que así pareciera, pero era arriesgado depender de un solo centro, por lo que se decidió instalarlo en secreto aquí.

—Pues lo han mantenido bien oculto. Yo llevo trabajando desde hace años en el desarrollo del sistema y nunca escuché nada sobre Rioseta. Y por lo que me apretaron las tuercas desde el ministerio con el presupuesto, me sorprende que hubiera consenso político para financiarlo.

—Gobierno y oposición se pusieron de acuerdo, pero no lo hicieron de dominio público para no quedar mal con los suyos; ya sabe cómo son los políticos… Todo fue más fácil cuando la UE aportó una parte importante de la financiación, al integrarlo en la política de defensa común.

Germán decidió en ese momento hacerle una pregunta que le inquietaba en especial:

—Dígame, Isabel… aparte de sistemas de comunicaciones por satélite, ¿con qué otros medios contamos aquí?

—No estamos al cien por cien, pero ya somos más de doscientas personas distribuidas en distintas áreas…

—Sí, me imagino —interrumpió— ¿y qué me dice de la parte operativa?: defensa, incursiones, misiones sobre el terreno…

—Si lo que le preocupa es con qué vamos a intentar salvar a los suyos, le puedo decir que contamos con una dotación del MOE, desplazada hasta aquí desde Alicante: cuarenta efectivos de nuestras mejores fuerzas especiales distribuidos en dos equipos rotativos, listos para actuar.

Son muy buenos en esto.

—Los conozco y sí, son muy buenos. Eso me tranquiliza.

—Verá…, nuestro principal problema no es la falta de recursos, sino la falta de información. Sin comunicaciones fiables, cualquier movimiento podría ser un suicidio. Entre otros motivos, por eso está usted aquí.

—Bien, pues empecemos cuanto antes.

—Lo hará muy pronto. Por ahora, es mejor que descanse un poco. La reunión será a las 21:00 horas. Tiene asignado un dormitorio privado en la zona de oficiales, allí encontrará algo de cena fría. Aquí tiene su acreditación y un sobre con su código de seguridad para acceder a las áreas restringidas.

Corbos pulsó el interfono, ordenando que un soldado acompañara a Germán a su alojamiento.

—Nos vemos en dos horas, señor García.

—Gracias, Isabel. Hasta luego.