La ambición de Lucifer 22. La llegada
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22. La llegada

La voz del piloto resonó en los auriculares que llevaba Germán, sentado en uno de los asientos de la cabina de carga.

—Señor García, ¿cómo va ahí atrás?

—Muy bien. No esperaba tanta comodidad. El Super Puma no era tan agradable como este; incluso a esta altura apenas se sienten las corrientes.

—Este hermoso trasto puede con hasta veinte soldados equipados. Y viene con el pack completo: sistemas de radar, cámaras infrarrojas, sensores de última generación… Podríamos operar hasta en un entorno de guerra nuclear, biológica o química si fuese necesario.

—Veo que disfruta usted de su trabajo.

—Y yo deduzco que no es su primer vuelo en un helicóptero militar… Me han dicho que fue teniente en el Ejército del Aire.

—Sí, aunque hace tiempo de aquello. ¿Desde cuándo tienen este modelo en activo?

—Desde hace muy poco; aún huele a coche nuevo. Nos entregaron las tres primeras unidades hace apenas un mes; esta es la más avanzada de la Armada.

—¿De la Armada y están en el Pirineo?

—En realidad, estamos destinados en Rota. Dadas las circunstancias nos enviaron como apoyo a Rioseta. El ataque nos sorprendió en Albacete, durante la integración de un sistema de comunicaciones nuevo, el Hermes. Es el único capaz de sortear las interferencias radioeléctricas.

—Algo me han comentado —respondió, esbozando una sonrisa—. ¿Cuánto nos queda hasta la base?

—Unos cuarenta minutos. Tiene agua en el compartimento a su derecha. Si necesita algo, avíseme.

—Lo haré, gracias.

Germán observaba por la ventanilla el imponente Tiger HAD que les escoltaba en paralelo. Volaba a unos doscientos metros para evitar las turbulencias, manteniendo línea visual y cobertura defensiva con sus misiles Mistral, Hellfire y el cañón Nexter de 30 milímetros.

Sobrevolaban en ese momento la cumbre del Moncayo, blanca tras la nieve reciente. El cielo, despejado y azul, dejaba ver a lo lejos los Pirineos, imponentes y serenos. Germán agradeció aquel momento de cierta calma.

Mantuvo durante unos minutos sus ojos cerrados, mientras reflexionaba sobre el origen de aquellas interferencias.

¿Qué tecnología habrán utilizado para poder bloquear las comunicaciones a esa escala? No conozco nada capaz de afectar un territorio tan extenso, salvo que hayan hecho un despliegue de múltiples plataformas de jamming, tanto terrestres como aéreas…

Su mente no dejaba de darle vueltas, tratando de averiguar cómo podían estar logrando sus objetivos con esa facilidad, pero se veía incapaz.

No sé qué estoy haciendo subido en este aparato, viajando rumbo a un lugar remoto del Pirineo y qué puedo aportar yo para resolver esta pesadilla.

Tenía serias dudas sobre su aceptación de la propuesta de Corbos; estaba seguro de que aquello no iba a servir de nada.

¿Qué otra opción tengo? Puedo ir de buena fe o esposado, da lo mismo; acabaría yendo igual.

De repente, un movimiento brusco lo sacó de su introspección, cuando observó sorprendido cómo el Tiger había girado repentinamente hacia la derecha, lanzándose después casi en vertical. En apenas unos segundos había descendido unos quinientos metros.

En ese momento, escuchó un aviso por los auriculares:

—¡Señor García, agárrese! Maniobra evasiva urgente —retumbó la voz del piloto.

Germán se aferró como pudo a una barra del fuselaje. El NH90 giró bruscamente a la izquierda, inclinándose casi noventa grados antes de enderezarse y ascender con rapidez. Sintió cómo su cuerpo se pegaba al asiento, aplastado por la gravedad.

Dio otro giro, esta vez a la derecha y en descenso. El nuevo ángulo le permitió ver al Tiger disparando su cañón desde posición estática, a poco más de cien metros del suelo.

No vio más: recuperaron rápidamente altura y comenzaron a alejarse a toda velocidad de allí.

Tras los momentos de tensión, la voz del piloto volvió a escucharse por los auriculares:

—¿Se encuentra bien, señor García?

—Sí. ¿Qué ha pasado?

—Nuestro radar detectó drones acercándose a gran velocidad. La escolta intervino. Maniobramos bruscamente porque habían lanzado un misil contra nosotros. Lo evitamos con contramedidas.

—¿Y el Tiger?

—Sin contacto aún. Es posible que el ataque siga activo. No se preocupe, se encargará de resolver la situación. Nosotros debemos continuar, tenemos órdenes estrictas de llevarle a la base cuanto antes; usted es prioritario. Mantendremos el rumbo.

—Ha comentado que nos lanzaron un misil. ¿Es que había otra presencia aérea además de los drones?

—No, fue lanzado por uno de ellos justo antes de la intervención del Tiger.

Germán sabía que algunos drones militares podían disparar misiles aire-aire, aunque era algo poco habitual. Solo conocía los Shahed iraníes modificados por los rusos. Todo resultaba cada vez más extraño.

—Capitán, sugiero subir a quince mil pies —aconsejó Germán—. Si son los modelos que imagino, no podrán operar a esa altitud. La medida no nos salvará de los misiles, pero dificultará un ataque suicida contra nosotros.

—Buen consejo. Vamos allá.

El NH90 ascendió hasta los quince mil pies, para acelerar después a 150 nudos, dejando atrás la zona del incidente. Aún tendrían que pasar bastantes minutos hasta recuperar el aliento, después de los momentos de tensión.

Ya empezaban a adentrarse en las montañas pirenaicas y una sensación de calma había regresado. Una imagen a través de la ventana hizo recuperar a Germán el ánimo perdido momentos antes: el Tiger de escolta había regresado nuevamente a su posición.

—Señor García, volvemos a estar al completo —le indicó el piloto.

—Acabo de verlo… Créame que me alegro de ver a nuestro amigo regresar.

—Parece ser que ha conseguido eliminar la amenaza.

—Sí, eso parece. ¿Podría preguntarle si ha podido confirmar qué tipo de drones eran?

—Deme un instante…

Germán trataba de encontrar una posible respuesta a la duda sobre el origen de esos aparatos.

—Lo que indica el piloto es que los drones atacantes parecían Shahed iraníes; eran tres unidades. Una de ellas logró disparar un misil antes de ser derribada; cree que era un Molniya R-60. Resulta extraño ver esos misiles rusos montados en drones iraníes.

—No crea…, los rusos compraron bastantes de estos pájaros a Irán hace unos tres años.

Son baratos, tienen un alcance de más de 1.500 kilómetros y además son kamikaze.

Nuestra información es que han estado modificándolos para poder acoplarles esos misiles aire-aire.

Yo pensaba que el tema estaba aún algo verde. Ahora veo que no.

Germán estaba desconcertado. Los enjambres que atacaron a la unidad del coronel Marcos eran de fabricación israelí, no rusa ni iraní, por lo que parecía que el equipamiento militar de los atacantes tenía una procedencia diversa.

—Diez minutos para la base —indicó el piloto.

Germán miraba por la ventanilla tratando de ver aparecer las instalaciones.

Avanzaban a relativa baja altura, entre las montañas.

Sobrevolaron la entrada del túnel de Somport, cercana al hotel de montaña de Canfranc.

Poco después, tras superar una pared considerable, se divisó la vieja entrada a las instalaciones militares, en una curva de la carretera N-330.

Los edificios presentaban un conveniente aspecto de estar semiabandonados para evitar llamar la atención de curiosos y ocultar la carretera de acceso al búnker, que se iniciaba justo detrás y se prolongaba unos dos kilómetros a través del barranco,

serpenteando por una planicie protegida por dos enormes paredes verticales de dura roca.

El helicóptero inició las maniobras de descenso hasta posarse sobre la zona de aterrizaje, un pequeño helipuerto habilitado cerca de la entrada del complejo.

—Señor García, hemos llegado al destino. Espero que disfrute de la estancia. Buena suerte.

—Gracias, capitán. Ha sido un buen vuelo, pese al pequeño inconveniente de antes. Cuídense.

Germán descendió del helicóptero con su equipaje. Un Vamtac aparcado a pie de pista y dos policías militares lo esperaban para conducirlo a la entrada del recinto. Multitud de cámaras vigilaban los alrededores.

A unos cien metros desde la zona de aterrizaje, se iniciaba una estrecha abertura que había sido perforada aprovechando una grieta natural de la montaña. Daba acceso a una entrada similar a la de un túnel de carretera.

En el interior del túnel, un nuevo control militar permitía el acceso a un área algo más amplia, donde se ubicaba una enorme puerta acorazada.

Sobre ella figuraba el escudo del Reino de España, la inscripción “Centro de Operaciones Estratégicas” y el emblema de la OTAN junto a la bandera nacional y la de la organización.

El Vamtac avanzó hasta la entrada. El suboficial que lo conducía detuvo el coche cerca de la puerta y entregó un documento a uno de los policías militares que hacían guardia allí, acreditando la autorización de entrada para la persona acompañante.

Momentos después, un ruido metálico y hueco precedió a la lenta apertura de la pesada puerta. El capitán Ruiz esperaba al otro lado, junto a un pequeño vehículo eléctrico. Se dirigió con amabilidad a Germán tan pronto lo tuvo delante.

—Bienvenido, señor García. Soy el capitán Ruiz, asistente de operaciones de la general Corbos. Lo estábamos esperando con impaciencia. ¿Cómo está? Hemos sabido que han sido atacados en el trayecto.

—Estoy bien, gracias. Sí…, tuvimos un percance. Afortunadamente fue muy bien resuelto por los pilotos.

—Estoy aquí para acompañarle hasta la zona de mando. Por favor, suba al vehículo. Aquí dentro el espacio para desplazarse es mayor de lo que parece y tenemos que valernos de ellos.

La impresionante galería tenía unos veinte metros de ancho por unos diez de alto.

Se prolongaba más de doscientos metros hacia el interior de la montaña, hasta llegar a una pared con otra puerta acorazada que daba acceso a un espacio aún más amplio, con varias áreas independientes, donde se ubicaban los sistemas de energía, ventilación y almacenaje de víveres,

material y armamento.

Al lado derecho, dos ascensores, un enorme montacargas y dos escaleras permitían acceder a la planta superior, donde se ubicaba el área de control y las zonas de habitabilidad,