21. La organización #2
—Déjeme que le recuerde una cosa, senador: todos los que formamos parte de esta organización juramos, en su día, llevar a cabo nuestros planes para defender a la nación frente a cualquiera que pretenda perjudicarla, sea aliado o no.
No me importa lo que piense el presidente, ni las consecuencias que pueda haber.
Nuestra misión es engrandecer América y hacerla más poderosa en el mundo.
La conversación empezaba a subir de tono al comprobarse que efectivamente el riesgo era real.
Sabían que los planes iniciales se habían visto afectados por unos extraños errores del sistema, los cuales habían provocado un comportamiento agresivo en Lucifer y habían llevado a la situación actual, poniendo en riesgo a la propia organización que lo creó.
—Señor Prescott, ni usted ni nadie de su equipo nos explicó que Lucifer podría comenzar a tomar decisiones con ese nivel de autonomía.
Hemos perdido su control y esa podría ser la causa de la filtración —reprochó Greaves—.
Usted nos aseguró que esa nueva IA neuronal nos daría la capacidad de adelantarnos a cualquier escenario global y contar con una enorme ventaja geopolítica.
¿Cómo es posible que el resultado haya sido la creación de un monstruo que podría llevarse el mundo por delante?
—Recuperaremos el control y lo detendremos, se lo aseguro.
—¿Detenerlo, dice? ¿Es usted idiota? ¿Qué coño van a detener ya? —gritó el subsecretario de Defensa—. ¡Lucifer ha entrado hasta en las redes financieras! Está captando recursos, tiene infiltrados a multitud de colaboradores y está contratando mercenarios por todo el mundo pagados con criptomonedas.
—Estamos trabajando con nuestros mejores ingenieros y matemáticos para diseñar un plan de acción que lo pare…
—¿De qué me habla, pobre diablo? —le interrumpió—. ¿Me toma usted por imbécil? ¡Lucifer va cien pasos por delante de cualquier decisión que podamos tomar! Utiliza algoritmos que ningún humano está capacitado para comprender. ¿Cuánto tiempo cree que pasará hasta que nos destruya a todos?
Todos veían cómo Harlam parecía estar perdiendo la paciencia. Era un hombre visceral que no toleraba los errores. Se jugaba mucho y estaba dispuesto a cualquier cosa para conseguir sus propósitos, sobre todo si algo le ponía a él en peligro.
—La situación se nos ha ido de las manos —añadió— ¿Qué piensan hacer usted y su equipo para resolver este desastre? Le aseguro que no pienso consentir que todo esto me arrastre. Le aconsejo que se tome muy en serio esta advertencia.
William Harlam nunca amenazaba en vano y su comentario dejó helados a los presentes.
—Si el descontrol de Lucifer se sigue incrementando —añadió Keller—, sus decisiones podrían dar un salto mucho mayor y mucho más peligroso para todos.
El senador escuchaba al resto con mucha atención y sin decir nada.
Aquel comentario de Keller le hizo ver enseguida el escenario que se estaba dibujando y cuál sería el siguiente paso que daría la organización.
En su interior se producía un choque entre sus valores éticos más profundos y lo que él interpretó en su día como un acto de patriotismo hacia su nación, cuando aceptó ingenuamente participar en semejante iniciativa, que ya hacía algún tiempo que había empezado a ver injusta e inmoral,
pero que no podía confesar.
Milton Greaves era un exmilitar convertido en político, con un largo recorrido público que enfilaba ya su final. A lo largo de sus casi ochenta años, había llegado a participar en dos guerras y a obtener la medalla de honor del Congreso.
Era un héroe nacional y una persona respetada en su país que se había dejado llevar por la retórica de un grupo de poderosos nacionalistas exacerbados; una decisión de la que hacía tiempo que había empezado a arrepentirse y que estaba pensando en corregir tan pronto se presentara la ocasión.
Fue testigo de las consecuencias de la guerra y de las que ocasionaba el verse obligados a tomar decisiones muy dolorosas para evitar un mal mayor.
Ahora empezaba a entender que el terrible peligro al que se enfrentaba el mundo, y del que él era uno de los responsables, solo podría acabar tomando una de esas decisiones, algo que le turbaba.
Ese intenso remordimiento le llevó a un momento de sinceridad muy arriesgado, pero que
ya no se veía capaz de ocultar:
—Señores, creo que tendremos que empezar a pensar en otro tipo de salida a todo esto —afirmó—.
—¿Qué es lo que sugiere, senador?
—Debemos parar la evolución de Lucifer; no podemos consentir que se extienda su poder.
En pocas semanas podría tomar el control de los sistemas de defensa de toda Europa y no se detendrá ahí.
¿Es que no se dan cuenta de la situación?
Podría provocar una catástrofe global y la muerte de mucha gente inocente.
Sé que lo que voy a decir no gustará: tal vez deberíamos pensar en informar de la situación y tratar esto con el departamento de defensa.
—Senador…, eso nos delataría a todos.
—Ciertamente, señor Keller. Y yo estaría dispuesto a asumir mis responsabilidades en el proyecto si fuese necesario; mejor eso que serlo del asesinato de millones de personas.
Si no somos capaces de recuperar el control de Lucifer, habrá que pedir ayuda para que se tomen todas las medidas de seguridad necesarias, empezando por los arsenales nucleares.
Ya han visto que ha conseguido algunas armas tácticas y que no ha dudado en hacer estallar una de ellas.
Un incómodo silencio se hizo entre los presentes.
La posibilidad de que se descubrieran las actividades de la organización traería consigo unas graves repercusiones para todos ellos y para otras personas muy importantes en la estructura del poder económico y político del país, algo que Harlam no estaba dispuesto a admitir.
—Vamos a dejar esta conversación aquí —interrumpió bruscamente Harlam—. Voy a convocar una reunión urgente con el resto del grupo para mañana. Valoraremos la situación y decidiremos qué hacer. Nos veremos aquí a las 12:00 horas.
La inquietud pareció imponerse en los rostros de todos y el senador sintió un escalofrío al darse cuenta de que había puesto en evidencia su disposición a abandonar, traicionando las normas básicas impuestas por la organización y que él prometió cumplir.
Sabía que eso no lo iban a tolerar fácilmente y que podrían hacer cualquier cosa para impedirlo.
La reunión se dio por acabada y todos comenzaron a recoger sus cosas y a salir de allí sin decir nada.
Unos momentos más tarde, Keller se dirigió hacia la puerta principal; el coche que le había traído le esperaba, listo para llevarle al lujoso hotel Saint Regis, donde solía alojarse en sus visitas a la ciudad.
Cuando entraba en la parte posterior del vehículo, observó que Greaves salía también en ese momento del edificio y que se disponía a marcharse caminando.
Le pareció oportuno ser cortés:
—¿Tiene coche, senador? ¿Quiere que le acerque a algún sitio?
—No, he venido a pie. Mi residencia está en la Calle 16, a solo dos manzanas de aquí y prefiero dar un paseo. Me acompaña un escolta. Además, con todo lo que está ocurriendo, apetece sentir un poco de aire fresco, ¿no cree?
—Posiblemente tenga usted razón, senador. Esta circunstancia nos tiene a todos muy tensos. Estoy seguro de que mañana lo veremos todo de otra manera.
—Sí, eso creo que esperamos todos…
—Nos vemos mañana a las doce. Que disfrute del paseo.
Greaves comenzó a recorrer a buen ritmo la calle Catorce, en dirección hacia el Thomas Circle, una gran rotonda cercana al edificio residencial donde vivía, sin quitarse de la mente lo que había escuchado durante la reunión;
pensaba en los millones de personas que ahora sufrían el riesgo de perder sus vidas y en las consecuencias que podría tener el no encontrar una solución a lo que estaba sucediendo.
Miraba a su entorno, absorto en sus pensamientos. Observaba las imágenes sencillas de un día cualquiera, de vidas anónimas que se cruzaban en su camino: personas que leían el periódico, que se dirigían a su trabajo o paseaban a su perro.
La luz del sol se acercaba al cénit del mediodía y entraba con fuerza por la avenida Massachusetts.
Al recorrer el Thomas Circle se detuvo un momento frente a la National City, una iglesia protestante a la que solía acudir fielmente los domingos.
Quiso tomar un breve descanso; se sentía abrumado por la culpabilidad. Por un momento, tuvo intención de entrar y buscar algo de consuelo; un nudo le oprimía la garganta y parecía quererlo ahogar.
¿Qué hemos hecho? ¿Cómo hemos podido traicionar a quienes depositaron su confianza en nosotros?
El escolta le seguía discretamente a unos treinta metros detrás de él. Se detuvo también sin perderle de vista, respetando la distancia que siempre le exigió mantener.
El senador permaneció inmóvil durante unos instantes, debatiéndose en su conflicto interno, junto a las escaleras que subían al pórtico de columnas y a la entrada al templo.
Un momento después, justo antes de que se decidiera a subir el primer peldaño, cayó desplomado violentamente contra el suelo.
Una mujer que caminaba cerca de él comenzó a gritar asustada al ver la imagen.
Otros transeúntes corrieron caóticamente, escondiéndose detrás de cualquier cosa que tuvieran al alcance.
El tráfico se detuvo y algunos conductores empezaron a maniobrar intentando salir de allí, asustados por la escena y temiendo que no hubiese acabado.
Entre la confusión, el escolta sacó el arma y corrió hacia el senador intentando sortear a la gente que huía en sentido contrario. Cuando llegó ya era tarde; yacía muerto, con su cara cubierta de sangre y parte del cerebro esparcido horriblemente por la escalera de la iglesia.
Una bala, certera y silenciosa, le había atravesado la cabeza, entrándole por la sien derecha y haciendo callar para siempre los remordimientos que sentía por el monstruo que había contribuido a crear.