La ambición de Lucifer 21. La organización
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21. La organización

El Dassault Falcon 8X del secretario general de la Alianza Atlántica aterrizaba de incógnito en el aeropuerto Ronald Reagan a las 07:30 hora local, después de nueve horas de trayecto desde Bruselas.

Se dirigió al hangar secundario de la terminal FBO, reservado para vuelos privados. Un Chevrolet Suburban negro con cristales tintados esperaba en el interior, junto a dos agentes impecablemente trajeados.

Adrian Keller bajó del avión con aspecto cansado. El vuelo no fue tranquilo; temía la delicada situación a la que se enfrentaba por la información que llevaba consigo.

Entregó a uno de los escoltas el equipaje y se sentó en el asiento trasero del vehículo. Iniciaron la marcha, atravesando un tramo paralelo a la pista, hasta llegar a una salida vigilada por agentes de aduana que les dieron paso de inmediato, sin hacerlos parar.

El recorrido hasta el Atlantic Council, uno de los centros de influencia más poderosos de Washington, solo les llevaría unos veinte minutos.

Keller observaba a su izquierda el enorme obelisco de mármol, monumento a Washington, avanzando por la Calle 14.

Cada vez que pasaba por esa zona, las imágenes de la primera vez que llegó a la ciudad como estudiante en la Universidad de Georgetown regresaba a su mente.

Recuerdos agridulces de una etapa ya muy lejana, en la que hizo buenas amistades y vivió un apasionado romance con una compañera de estudios.

Una historia triste que aún le dolía profundamente: ella falleció cuando ya pensaban en una vida en común, víctima de un trágico accidente de tráfico.

A su izquierda iba dejando atrás, semioculto, el inmenso complejo de la Casa Blanca; cien hectáreas que concentraban un enorme poder económico y militar.

Cinco minutos después, el coche de Keller llegaba al sobrio edificio de oficinas, donde ya le esperaban.

Fue recibido en la entrada por una asistente, que lo acompañó hasta la sala de reuniones de la planta décima, donde le esperaban el senador Milton Greaves, el subsecretario de Defensa, William Harlam, y Richard Prescott, director de la Agencia de Proyectos Avanzados.

—Buenos días, señor Keller, por favor, siéntese.

Keller intentaba mantener el control. En su interior, los nervios estaban limitando sus capacidades y tensando sus músculos. Era consciente de dónde se había metido y del enorme riesgo personal que corría.

Recordó por un instante su exitosa etapa como primer ministro de los Países Bajos.

Era un hombre con gran capacidad política, algo que le permitió desarrollar una labor de gobierno muy bien valorada en su país y en el resto de la Unión Europea, además de una excelente reputación internacional.

La legislación le obligaba a abandonar el cargo a los ocho años de mandato, lo que suponía salir de una élite en la que quería mantenerse.

Él sabía que aquella ambición le había llevado a cometer el peor error de su vida, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

Cuando perdió su posición, había decidido utilizar sus influencias y vinculaciones con determinadas áreas de poder en Norteamérica para postularse como secretario general de la OTAN, un cargo que iba a quedar vacante por la salida del anterior, debido a una grave enfermedad.

Keller consiguió finalmente su ansiado puesto al frente de la Alianza Atlántica gracias a las presiones interesadas de la Casa Blanca.

Desde aquel momento, empezó a pesarle el hecho de que se había vendido y entregado a un entramado de personas muy poderosas e influyentes que lo habían atrapado en sus redes y a los que ahora debería pagar el favor actuando para ellos como un títere al servicio de sus fines.

La incertidumbre de no saber cuál sería la reacción de quienes tenía frente a él cuando empezara a explicarles la situación casi le impedía pensar. Ya los había visto actuar en otras ocasiones. Eran gente sin escrúpulos.

—Buenos días, caballeros.

—Buenos días, Keller. Como se podrá imaginar, estamos muy preocupados por la convocatoria de esta reunión. Usted sabe bien que las directrices de nuestro consejo dejan claro que se deben evitar, a menos que exista alguna razón extraordinaria que la justifique sobradamente.

—Esa razón existe, senador.

—Bien, explíquese.

—Hay motivos para creer que se ha filtrado información relacionada con Lucifer y que hay un riesgo importante de que quedemos expuestos. Me he visto obligado a venir personalmente hasta aquí para explicarles la situación.

Prescott lanzó una mirada de incomodidad ante la afirmación. Él era el responsable de todo lo relacionado con el proyecto y con la seguridad. Se sintió interpelado y reaccionó por ello, interrumpiendo la conversación:

—¡Eso es imposible! El control es absoluto. No puede existir ninguna filtración, se trata de un farol; estamos perdiendo el tiempo y poniéndonos en riesgo con esta reunión.

El senador Greaves, quien parecía liderar la conversación, hizo una señal a Prescott, indicando que se calmara.

A continuación, dirigió su pregunta a Keller…

—Señor Keller, dígame… ¿de dónde surgen sus sospechas de que se ha podido filtrar información sensible sobre el proyecto?

—Ha llegado a mi poder un comunicado a través de la Comisaria de Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Está firmado por la general Isabel Corbos, quien es actualmente la responsable operativa que coordina las fuerzas armadas en España y máximo responsable militar en estos momentos.

—¿Y qué le hace pensar que sabe algo sobre este tema? Como ha escuchado antes, es extremadamente difícil que eso pueda pasar, dadas las precauciones que se han tomado.

—Conozco bien a la general desde hace años. Le aseguro que no da puntadas sin hilo. Ese mensaje ha sido enviado expresamente a un departamento que nada tiene que ver con Defensa, dirigido por una persona muy cercana a mí. Corbos sabía que me lo entregaría.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Su contenido tiene un claro doble sentido y una intención detrás; es un juego de metáforas que, desde mi punto de vista, pretende dar a entender la detección de una conspiración,

que posiblemente conoce la verdadera naturaleza de Lucifer y que lo sacarán a la luz tan pronto tengan capacidad para hacerlo.

—Déjeme ver ese comunicado —le indicó Harlam, impaciente por terminar con una conversación absurda que consideraba fruto de la paranoia de aquel hombre.

William Harlam no era alguien a quien se le pudiera engañar. Era un auténtico lobo de la política que se había labrado una imagen de hombre duro cuando se trataba de conseguir lo que quería.

—Aquí lo tiene, son tan solo unas líneas. Me consta que es usted hombre de profundas creencias y que lee la Biblia con regularidad, seguro que encontrará rápidamente el sentido de esas palabras…

Tomó el documento, echándole una mirada con evidente desprecio, como si lo considerara un gusano inútil y totalmente prescindible.

Tras leerlo, Harlam mantuvo unos instantes de silencio. El inicial escepticismo comenzó a tornarse en una preocupación que se hacía presente en su rostro.

Finalmente, confirmó:

—Lo que comenta Keller es plausible —afirmó—. Hay un nuevo riesgo que debemos afrontar.

El senador se sorprendió por su reacción tras leer la nota. No lo esperaba.

—¿Podría compartir con nosotros lo que dice ese escrito, por favor?

—Desde luego. El mensaje dice lo siguiente:

«El diablo suele creer que puede actuar envuelto en oscuridad y que eso le otorga un poder ilimitado, pero incluso la sombra más hábil termina revelando aquello que pretende esconder.

Escucha a Lucas 8:17».

Prescott seguía sin creer todo aquello…

—¿Y por esta insinuación estamos aquí? Puede tener múltiples significados, no necesariamente el de que hayan descubierto nada.

—Señor Prescott, no pongo en duda su valía como ingeniero. Como filólogo, es usted un auténtico ignorante. Cállese, por favor —reprochó Harlam con dureza.

—¿A qué se puede referir la alusión a Lucas, señor Keller?

—No recuerdo ahora mismo el texto literal que aparece en el evangelio, aunque sí su significado; es bastante conocido. En su contexto, viene a decir que todo lo que está oculto en el Reino de Dios, tarde o temprano será revelado.

No hay duda de que saben algo. No sé cómo han conseguido información, aunque es evidente que la tienen —insistió Keller.

La trampa de Corbos empezaba a tener efecto y el nerviosismo estaba aflorando con rapidez.

—Si esto sale a la luz, se nos echará encima todo el mundo y, además de provocar un auténtico terremoto en la Alianza Atlántica, todos nosotros acabaremos juzgados por corrupción y traición. Hay que tomar medidas, y hay que hacerlo ya —añadió, visiblemente alterado.

—Le sugiero que se tranquilice —interrumpió Harlam—.

Ahora mismo, lo más importante es que sigamos con nuestros planes.

Informaremos al resto y estudiaremos los pasos a dar.

Es imperativo que el departamento de Defensa no sospeche nada.

En su momento, seremos nosotros quienes haremos pública la situación convenientemente.

—¿En qué está pensando?

—Debo recordar, senador, que cuando pusimos en marcha este proyecto, éramos conscientes del riesgo que suponía utilizar la lealtad de los aliados para fortalecer nuestros intereses.

Nuestro deber siempre ha sido actuar en beneficio de nuestra nación, por encima de cualquier otra cosa.

Estoy seguro de que podremos defenderlo ante los nuestros cuando llegue el momento de informar.

—Eso no funcionará, señor Harlam. No lo aceptarán habiendo traicionado también a nuestro presidente y al Congreso. Se negarán a apoyarnos cuando todo esto explote.

—Nuestro presidente es un pelele al servicio de los intereses extranjeros — respondió Harlam con vehemencia—. Ha dejado que los europeos tengan excesiva influencia y eso está debilitando nuestro liderazgo global. Si seguimos así, perderemos nuestra capacidad de disuasión.

—Eso que dice me parece fuera de lugar. No creo que los aliados estén maniobrando contra nosotros a través del presidente; más bien es, al contrario.