16. La trampa
Los dígitos del despertador marcaban las seis de la mañana. La general ya llevaba largo rato despierta, dándole vueltas a preguntas para las que todavía no tenía respuesta. En ese momento, su teléfono sonó con insistencia.
—Corbos, dígame.
—Buenos días, mi general. El equipo de Transmisiones informa que ya han completado la conexión de red a través de Somport y la comunicación con el Mando Conjunto está restablecida.
—Muy bien, al fin una buena noticia… Estaré allí en treinta minutos.
Con el pelo aún algo húmedo de la ducha, Corbos recorría con prisa el largo pasillo de paredes blancas que daba acceso a la zona de control desde el módulo privado; un espacio con dormitorios individuales reservado para el descanso del equipo de mando.
La iluminación y las fotografías en las paredes, con imágenes de lugares representativos del país, estaban cuidadosamente pensadas para hacer más soportables y motivadoras las largas horas bajo tierra sin poder ver la luz del sol.
Al final del pasillo se abría un pequeño espacio con una puerta reforzada. En el panel lateral, la lectura de la tarjeta de seguridad y la introducción de su código personal permitieron a Corbos acceder al área restringida tras ser identificada.
Desde la entrada se abría un espacio muy amplio y semicircular, con una altura considerable.
Una pasarela de acero y cristal a media altura recorría la mitad curva de la galería, ofreciendo una visión completa de la actividad que se desarrollaba allí.
El final de la pasarela daba acceso a un área anexa, destinada a despachos y a la sala de mando.
Diversas pantallas de gran tamaño, alineadas en la pared frontal de la enorme galería, formaban un mosaico informativo en el que aparecían imágenes en directo desde los dos satélites NG en órbita, la posición de buques de la Armada,
satélites espía o movimientos de fuerzas navales extranjeras no aliadas.
Las pantallas de control aéreo y conexión con los nodos en tierra permanecían con un fondo verde, sin información, debido a los sabotajes enemigos.
La general avanzó por la pasarela hasta su despacho personal.
—Buenos días.
Su asistente se puso en pie al verla.
—Buenos días, mi general.
—¿Podría pedir que traigan algo de café de la cantina?
—Ya lo he pedido, mi general. Lo tiene en su mesa, junto a unas tostadas, mantequilla y mermelada de fresa.
—Está usted en todo, Carmen. Gracias.
Corbos observaba con preocupación la información que aportaban las pantallas con una taza humeante en su mano derecha. Uno de los satélites emitía en ese momento imágenes en directo de Madrid.
Se había restablecido el suministro eléctrico en algunas zonas, aunque la mayoría del territorio, en un radio de unos ochenta kilómetros, permanecía sin iluminación y la actividad en calles y carreteras era escasa.
La potente resolución de las cámaras permitía obtener, desde su órbita, unas imágenes extraordinariamente nítidas. Toda la ciudad se mostraba con una siniestra imagen de calles vacías que indignaba a la general.
—Los hijos de perra que han hecho esto lo pagarán, aunque me cueste la vida —mascullaba en voz baja, con expresión de rabia, mirando fijamente aquella imagen.
La voz de la asistente sonó por el interfono:
—Mi general. La línea con Bruselas ya está disponible.
Corbos activó el terminal Hermes sobre su mesa.
El enlace con el sistema instalado en el VAC Dragon y conectado a la fibra óptica del túnel funcionó a la perfección.
Después de confirmar las claves de seguridad, una voz en inglés, con un fuerte acento francés, se escuchó clara desde el otro lado.
—Isabel, soy François. Ha costado contactar contigo.
François Lambert era de la máxima confianza de Corbos dentro de su equipo de trabajo, cuando ella estaba al frente del Mando Operativo Conjunto de la OTAN.
Por su lealtad inquebrantable, antes de su traslado a España, la general hizo importantes gestiones para que Lambert fuese ascendido a teniente coronel y se le asignara un cargo relevante en Bruselas, algo que siempre había sabido agradecer.
—Hola François, me alegro de escucharte, y más de lo que imaginas.
—Yo también me alegro, Isabel. Estábamos muy preocupados por el delicado escenario que podría haber en España.
Hemos seguido todo lo sucedido como hemos podido.
Los problemas con las comunicaciones han sido una pesadilla, por lo que aún no disponemos de una valoración completa, salvo la certeza de que la situación es muy grave.
—Sí, lo es… quienes nos atacaron sabían perfectamente dónde actuar.
Desde un punto de vista militar, debo reconocer que ha sido algo muy audaz; han hecho un daño considerable a nuestros sistemas de comunicaciones y estamos prácticamente aislados desde entonces.
¿Qué es lo que me puedes contar? ¿Qué significa todo esto, Lambert?
—La situación es muy confusa. No nos dan acceso a toda la información y hay un silencio extraño de arriba que ya está empezando a generar especulación. No sé si tienes tiempo ahora…
—Tengo una reunión importante a las 10:00 horas. Dispongo de treinta minutos y me interesa saber todo lo que puedas decirme en ese tiempo. Ordenaré después que nuestro equipo se ponga en contacto con vosotros para el resto de los detalles.
—Bien, te haré un resumen rápido de lo que tenemos. Te avanzo que no te va a gustar…
Lambert explicó en detalle a la general la información recopilada por el Área de Inteligencia en Bruselas y las primeras conclusiones.
Media hora después, la voz de Corbos sonaba con fuerza en el interfono de su asistente:
—Dígame, mi general.
—Carmen, dígale al capitán Ruiz que deje lo que esté haciendo y que venga a mi despacho.
Instantes más tarde, apareció el capitán, preocupado por la urgencia de la llamada. Cuando la general requería a alguien de esa manera, solo quedaba acudir rápidamente allá donde ella ordenara.
—Buenos días, mi general.
—Buenos días. Tome asiento. ¿Le apetece un café?
—No, gracias. Me he tomado uno justo antes de venir.
—Bien…, como sabrá, hemos podido recuperar la conexión con el Mando Aliado en Bruselas.
—Lo sé. Me han informado.
—Quiero que hable con nuestros chicos de Inteligencia y que se pongan en contacto con el INTCEN para que les informen de todo lo que tienen hasta ahora.
Que me pasen un resumen detallado antes de las 10:30 horas.
Encárguese de mover la reunión prevista con el Mando Táctico a las 11:00 horas, en la sala.
—A sus órdenes.
—Una cosa más… Necesito que haga algo por mí, y voy a requerir de sus mejores dotes narrativas y de su absoluta discreción para ello.
—Estoy a su entera disposición.
—Va a redactar un comunicado urgente para la oficina del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en el que escribirá, en inglés, algo similar a lo siguiente:
«El diablo cree extender su sombra con destreza, pero la luz siempre lo delata.»
Sobre la base de esa afirmación, redactará una argumentación convincente, no demasiado extensa, que insinúe nuestro supuesto conocimiento sobre todo lo que hay detrás de este ataque y del posible organizador.
—¿Se refiere a Lucifer? ¿Es que tenemos alguna novedad sobre la teoría que comentó usted en la reunión?
—En absoluto. No tenemos nada claro todavía, pero la conversación que he tenido esta mañana con Bruselas me sugiere que se nos ha colado una rata en la despensa. Vamos a tenderle una trampa para intentar ponerla nerviosa y hacerla salir de su agujero.
—Entiendo, mi general. Me pongo en ello.
—No lo dudo. Tráigame el comunicado cuando lo tenga; lo haremos llegar cifrado a través del enlace que hemos abierto en Somport. Este tema tiene máxima prioridad.
—A sus órdenes, mi general.