17. Germán García
Germán no durmió bien esa noche; el ruido constante de los generadores diésel no ayudaba a conciliar el sueño, pero, sobre todo, lo desvelaba el temor a demorar aún más su regreso a casa.
Mientras se afeitaba en el aseo común, repasaba mentalmente la conversación con Marcos sobre la explosión en Trillo y las posibles intenciones que podría haber detrás. En ese momento, el teniente Torres llegó con una bolsa de aseo y una toalla liada en la cintura.
—Buenos días, señor García. ¿Qué tal ha dormido?
—Buenos días. Pues bien, gracias… Hacía tiempo que no descansaba en un dormitorio de oficiales y se me ha hecho un poco extraño. He podido dormir un poco, lo necesitaba.
—Si le parece bien, le acompañaré en el desayuno.
—Claro, será un placer —dijo, no muy convencido.
—Estupendo. Nos vemos en la cantina en quince minutos. Hasta luego.
Germán no se sentía muy cómodo. Percibía una intencionalidad en el teniente. Esa cordialidad repentina le parecía forzada, sobre todo por la frialdad con la que le trató el día anterior.
Había ruido en el comedor. El personal se agolpaba para el desayuno; solo tenían disponibles treinta minutos para unas tostadas y un café con leche que podría despertar a un muerto o la alternativa de unos melindros y una taza de chocolate espeso que tenía fama de poder convertirte en uno de ellos.
Germán tomó su bandeja y se sentó frente al teniente en una mesa alargada, abarrotada de soldados en animada y vociferante tertulia.
—Desconocía que había sido oficial del ejército. ¿Dónde estaba destinado?
—Después de terminar las carreras de ingeniería aeronáutica y de sistemas, estuve un año en la academia militar y de ahí me destinaron al Cuerpo de Ingenieros del Ejército del Aire en Madrid.
—¿Cómo es que lo dejó?
—Bueno…, en realidad yo no tenía pensado dejarlo. Se interesaron por mí para otros temas vinculados con las Fuerzas Armadas, desde un ángulo más tecnológico, y los de arriba me sugirieron aceptarlo.
—Nunca sabe uno dónde puede acabar, ¿no cree?
—Desde luego. Lo que está pasando esta semana es una prueba de ello… ¿Y qué me cuenta de usted?
—Nada especial. Llevo ya algo más de tres años vinculado al coronel. Es un hombre de acción y a mí tampoco me gusta la frialdad de los despachos. Pedí ser destinado a su equipo y aquí estoy, aprendiendo todo lo que puedo de él.
—Es una persona de carácter…
—Puede estar muy seguro de ello.
—Pues, será mejor que me marche ya; me está esperando.
—No se preocupe. Si necesita cualquier cosa, no dude en decírmelo.
—Lo haré, gracias.
Depositó su bandeja en el carro y se dirigió con algo de impaciencia hacia el despacho del coronel Marcos. Un soldado lo recibió y lo acompañó hasta él.
—Señor García, buenos días. Por favor, tome asiento. ¿Todo bien?
—Sí, deseando salir hacia Barcelona y regresar a casa.
—Me lo puedo imaginar. Antes debo indicarle que hay una persona que quiere hablar de ello y de otras cuestiones con usted.
—No sé por qué esperaba algo por el estilo mientras saboreaba ese chocolate tan delicioso que tienen aquí —comentó Germán con sorna.
Una voz se escuchó desde el altavoz del terminal Hermes:
—Buenos días, señor García, le habla la general de división Isabel Corbos. ¿Qué tal está?
Germán lanzó una mirada al coronel durante un instante antes de contestar, con la expresión de quien siente que le han hecho una encerrona:
—Buenos días, mi general. No le ocultaré que estoy un poco inquieto. Intuyo que ya debe estar perfectamente informada de quién soy, de dónde vengo y a dónde me dirijo.
—Sé todo lo que debo saber sobre usted, y la verdad es que estoy sorprendida…
—Es curioso…, desde que llegué a Torija y unos soldados me tiraron al suelo y me pusieron la punta de un fusil en la nuca, no he hecho más que sorprender a la gente.
—Comprendo su sarcasmo, pero dígame… ¿qué habría hecho usted en el lugar de esos soldados y en estas circunstancias en las que nos encontramos, recibirle con un ramo de rosas y banda de música?
—¿En qué puedo ayudarles, general? —contestó tajante.
—Sé que desea continuar su camino hacia Barcelona. Debo indicarle que eso no es posible, al menos de momento.
—¿Puede explicarme el motivo?
—Puedo explicarle varios, si quiere se los detallo.
—Pues hágalo, porque si no son de peso, antes de una hora estaré lejos de aquí.
—Seguro que para usted lo serán. Uno de ellos es su propia familia.
—¿Mi propia familia? ¿a qué se refiere con eso?
—Lo que voy a explicarle es alto secreto. Quiero que quede claro y en presencia, como testigo, del coronel Marcos. Usted ha sido militar y sabe a qué me refiero con esto.
—Por eso no se preocupe. Sé cuáles son mis obligaciones; las juré en su día y jamás las traicionaré.
—Como sabe, el ataque que hemos sufrido ha echado abajo el suministro eléctrico en la zona centro del país y las comunicaciones en toda la península.
Hemos tenido muchas dificultades para ponernos en contacto entre nosotros y con nuestros aliados. Solo hemos contado con el sistema TritonSat NG como soporte, y no al cien por cien, ya que está aún en proceso de activación y algunas de sus capacidades todavía no están operativas.
—Sí, estoy al corriente de eso.
—La comunicación con el resto de los satélites no funciona todavía y tampoco podemos transmitir por radio: nos tienen bloqueados con algún tipo de inhibidor muy potente,
pero esta mañana hemos conseguido restablecer una conexión con Europa haciendo una de esas chapuzas que tanto nos achacan a los españoles y que suelen sacarnos de apuros, ya sabe.
—Pues la única forma de conseguirlo que se me ocurre es enlazar con Francia a través de fibra óptica. Lo han hecho a través del túnel de Somport, ¿verdad? Bien pensado…
—¿Entiendes ahora lo que te decía, Javier?
—Sí, mi general, empiezo a comprenderlo…
—Perdonen… ¿me he perdido algo? ¿Puede explicarme qué tiene mi familia que ver con todo eso?
—Esta mañana he tenido una larga conversación con François Lambert, teniente coronel de mi entera confianza que forma parte del Mando Operativo de la OTAN en Bruselas. Me ha puesto al corriente de varias cosas de las que no teníamos conocimiento hasta ahora y que debe usted saber.
Germán no entendía la razón por la que le estaba diciendo eso; él ya no formaba parte del ejército ni tenía una posición de responsabilidad en ningún organismo militar.
—Lo siento…, no comprendo por qué me está contando esto. Insisto… ¿qué tiene que ver conmigo y con mi familia?
—Más de lo que se imagina. En las últimas dos semanas han sido asesinadas ocho personas, todas ellas responsables en desarrollos de tecnología militar relacionados, directa o indirectamente, con la incorporación de Inteligencia Artificial de última generación en sistemas de defensa.
Su rostro se iba tensando al escuchar la explicación de la general:
El coronel escuchaba con inquietud aquellas palabras. Para él también eran desconocidas, por lo que la interrumpió con una pregunta escueta y directa:
—Perdone, mi general... ¿Cómo afecta esto al señor García? ¿Está en riesgo?
—Desde luego. Su nombre apareció en una comunicación captada por el MI6 hace dos semanas, junto con otras catorce personas de diferentes áreas de la industria militar europea.
Los ocho expertos asesinados están en esa lista.
La tiene usted en la pantalla de la terminal, por si quiere comprobar su veracidad.
Germán se levantó con ansiedad de la silla y se acercó a la ventana del despacho, mirando pensativo por ella hacia el descampado árido que había frente al edificio.
—Me imagino lo que estará pensando. Lo peor que puede hacer en estos momentos por su familia es ir a buscarla; la pondría en grave peligro. Es más: pueden estarlo ya.
—No me lo creo…
—Vamos a ver… Si tienen su nombre, también tendrán los datos de su domicilio y no dudarán en utilizarlos, si es necesario, para dar con usted.
Al escuchar el comentario, se giró sobre sí mismo con un gesto de gran preocupación y, apoyando sus manos sobre la mesa del coronel, se dirigió agriamente a la voz que salía de aquel terminal:
—¿Y qué es lo que me sugiere que haga? ¿Abandonarlos a su suerte para que no me encuentren a mí? ¿Es eso a lo que…?
—Nadie va a abandonar a su familia —le interrumpió—, pero es muy importante que no den con usted. En lugar de eso, lo que quiero es proponerle otra solución…
—¿Qué solución?
—Venga con nosotros a la base de Rioseta. Ayúdenos a luchar contra este enemigo. Esta guerra es tecnológica; no necesitamos armas, sino cerebros; gente muy inteligente y especializada en últimas tecnologías, como usted, que nos diga lo que debemos hacer.
—¿Y mi familia?
—Iremos a por ellos y los pondremos a salvo.
Tiene usted mi palabra de que emplearemos todos los medios necesarios para hacerlo.
No puedo darle más detalles por ahora; debo dejarles para atender otros asuntos.
Volveremos a hablar al mediodía. Piense bien sobre lo que le he dicho; espero su conformidad en nuestra próxima comunicación. Corto.
Germán trataba de contener su indignación. En ningún caso quería interrumpir su camino, pero las palabras de la general le habían dejado profundamente preocupado.
Lanzó una dura mirada hacia el coronel, y se marchó de su despacho sin decir nada.