11. Fuerzas aliadas
El coronel Javier Marcos era un hombre con una larga experiencia militar. Había estado en Bosnia y Kosovo como parte de las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas. También en Afganistán, al mando del área de inteligencia dentro del contingente español en la base de Herat y en Kabul.
Su carrera militar había sido fulgurante desde que dejó la academia. Ascendido a coronel muy joven y propuesto varias veces para posiciones en el alto mando, siempre prefirió mantenerse en primera línea, vinculado a la inteligencia militar y al CNI.
Cuando le pusieron frente a él a aquel sospechoso que merodeaba por la zona bajo su control, no perdió tiempo en sutilezas para comenzar el interrogatorio:
—Me han informado de que venía hacia esta localidad por un camino rural. ¿Es consciente de que ahora mismo esta zona es un frente de guerra y que el peligro es extremo? ¿Se ha vuelto loco o simplemente es idiota? ¿Quién es usted y qué hace aquí? —soltó tajante.
Germán ya vio claramente que era mejor cuidar el tono de sus palabras en lo posible, por lo que intentó responder con mucha prudencia:
—Coronel, comprendo su recelo. No pretendo causar ningún inconveniente; solo necesito llegar hasta mi familia. Temo por lo que pueda haberles ocurrido. He venido hasta Torija porque creí que era el mejor lugar desde el que podía avanzar hacia Barcelona.
—¿Y lo ha hecho circulando por senderos rurales y caminos forestales que están hechos un asco y con ese coche? ¿Me toma por imbécil?
—No le tomo por imbécil. Si me arriesgué a recorrer esas rutas secundarias fue para evitar en lo posible ser localizado. Toda la zona está vigilada por quienes nos han atacado.
La expresión del militar era dura e inquisitiva. No le creía en absoluto.
Tras unos instantes de silencio incómodo le indicó, con un leve gesto de la mano, que tomara asiento frente a su escritorio.
Germán no habló, solo obedeció.
El coronel se incorporó levemente, entrelazó los dedos y le lanzó una mirada agresiva.
—Verá…, antes de ordenar a los dos soldados que esperan fuera que lo detengan y lo metan en un agujero por espionaje, explíqueme con detalle qué sabe y qué ha visto desde que salió de Madrid —exigió el coronel, con la expresión de quien no suele marcarse faroles.
Germán se sintió incómodo por el tono amenazante y a punto estuvo de perder el control. Se contuvo, aunque solo a medias…
—¿Espionaje? Verá usted… mi nombre es Germán García.
Soy de Barcelona, padre de tres hijos. Lo único que puedo decirle con certeza es que he sido testigo de escenas que jamás imaginé presenciar y que no entiendo.
En realidad, no entiendo una mierda de lo que pasa, ni la razón por la que insinúa que yo soy un espía. Eso es ridículo.
Como ya le he dicho, estoy convencido de que usted no es imbécil, por lo que también le haré yo una pregunta…
¿de verdad cree que tengo aspecto de haber atravesado cien kilómetros de montes solitarios, sin apenas comer en dos días, para venir aquí a espiarle a usted?
Le aseguro que no tengo ni puñetera idea de lo que está ocurriendo ni por qué.
Tenía la esperanza de que usted me lo pudiera explicar.
Germán se dio cuenta de inmediato de que se había dejado llevar por los nervios y que el tono de su voz había sido inadecuado en aquella situación, pero no se arrepintió.
No puedo permitirme andar con rodeos ni perder un solo segundo en tratar de desmentir insinuaciones absurdas como esa.
Veía cómo el coronel mantenía su mirada intimidatoria sobre él, evaluando cada gesto, cada inflexión, cada pausa.
—Pues bien…, si no es espía explíqueme qué ha visto y qué pretende viniendo aquí. Y le aconsejo que modere el tono en sus comentarios. Soy un hombre educado, pero no tengo mucho aguante con las impertinencias.
—Le pido disculpas. Estoy cansado y muy nervioso por todo esto. No suelo perder la compostura con nadie. Lo que está pasando me supera. Déjeme explicarle…
Le contó lo sucedido en Madrid, el ataque de drones a Guadalajara, el asalto de los mercenarios y el hallazgo de la furgoneta y de los dos cuerpos sin vida.
No quiso mencionarle lo de la enorme explosión que vio, algo que necesariamente debía conocer el coronel. Prefirió hacer esa pregunta después.
—Coronel, con todo esto y como podrá imaginar, solo necesito saber qué está pasando. Si sigue sin creerme, haga conmigo lo que considere oportuno.
Marcos se levantó con un gesto de incomodidad y se acercó al gran ventanal que había detrás de su escritorio. Permaneció unos momentos sin decir una palabra, observando cómo algunos soldados se dirigían hacia el relevo de la guardia.
Se giró, quitándose las gafas para limpiarlas con un pequeño paño que sacó del bolsillo. Cogió la documentación que Germán había entregado en la entrada, la examinó con atención y comenzó a leer en voz alta:
—Germán García. Cuarenta y dos años. Residente en Barcelona. Ingeniero aeronáutico y de sistemas. ¿Qué hacía usted en Madrid?
Germán carraspeó levemente antes de responder:
—Soy director técnico en Syntra Aerospace.
Lidero un equipo de desarrollo en la central de Madrid.
Trabajamos en proyectos tecnológicos para el gobierno respaldados por la Unión Europea.
Viajo con frecuencia por ese motivo y, en esta ocasión, era para atender una reunión de gran importancia que, por razones obvias, no pudo celebrarse.
El coronel asintió y pareció relajarse un poco, aunque sus preguntas se mantuvieron inquisitivas:
—¡Syntra!, interesante… ¿Esos proyectos están relacionados con temas de defensa?
Germán se tomó un instante para responder, midiendo bien sus palabras:
—No puedo compartir detalles sobre eso. Estoy sujeto a confidencialidad. Solo puedo confirmar que estos desarrollos son propiedad del Ministerio de Defensa.
El coronel se frotó la barba con gesto pensativo, evaluando lo que acababa de escuchar. Después, retomó el interrogatorio con un tono algo más suavizado:
—Si lo que dice es cierto, su cargo debe estar integrado en el grupo asesor industrial de la OTAN, el NIAG. Por lo tanto, voy a necesitar su número identificativo y también su clave operativa para continuar esta conversación. Seguro que sabrá perfectamente a qué me refiero.
Germán lo vio claro: el coronel no era un militar cualquiera y sabía bien de qué hablaba.
Conocía los protocolos de seguridad de alto nivel, por lo que seguramente tenía vínculos con el área de inteligencia militar y con el Alto Mando.
Lo que no encajaba era el motivo por el que alguien de ese nivel estaba destinado allí, al frente de lo que parecía un grupo de reconocimiento.
No le quedaba otra opción que obedecer. Germán ya había temido que su posición en la industria tecnológica militar no le pasaría desapercibida al coronel. De una forma u otra, acabaría descubriendo que su rol no era el de un simple jefe de ingenieros.
Resignado, sacó la cartera del bolsillo interior de su chaqueta y extrajo una tarjeta similar a las de crédito.
En ella figuraban su fotografía, sus datos personales y un pequeño recuadro en la esquina inferior derecha, similar a un chip integrado.
Se la entregó al coronel, consciente de que estaba obligado a no ocultarle esa información:
—Aquí tiene la acreditación. Mi clave de seguridad es brAVO-9X7Q.
Marcos tomó la tarjeta y la inspeccionó con detenimiento.
Después, abrió el primer cajón bajo su mesa, extrajo un dispositivo que conectó a su ordenador portátil, e introdujo la tarjeta en una ranura frontal.
Pulsó con su dedo índice un lector óptico de huellas dactilares y tecleó la clave de Germán.
La pantalla del ordenador comenzó a mostrar datos detallados que describían con precisión quién era la persona que tenía frente a él.
Marcos leía con atención alzando ligeramente las cejas y esbozando una leve sonrisa, mientras golpeaba suavemente el borde de la tarjeta contra la mesa.
—Reconozco, señor García, que estoy sorprendido y debo pedirle disculpas por mi falta de cordialidad y desconfianza iniciales —comentó—.
Veo que tiene asignada una acreditación de seguridad NSC y que su nombre figura en las bases del CNI como recurso estratégico nacional, nada menos…
Es sorprendente que alguien como usted haya llegado casualmente hasta aquí.
—Disculpe usted también mi impaciencia, coronel. Ahora que ya no tenemos secretos entre nosotros, ¿puede decirme qué está ocurriendo?
El coronel Marcos se recostó en su asiento y tomó aire antes de comenzar. Ahora sería él quien debía explicarse:
—Hace diez días, la Estación Radio de Santorcaz interceptó, por pura casualidad, una transmisión inusual en banda de alta frecuencia. Provenía de dos buques no identificados.
Como sabrá, la mayoría de las comunicaciones de la Armada se realizan vía satélite, pero la banda HF sigue siendo clave en operaciones sensibles.
Germán asintió, atento.
—El mensaje estaba en inglés —continuó el coronel—. Usaba términos sin sentido, como si estuvieran codificados en una clave desconocida. Lo enviamos al Centro Nacional de Inteligencia.
Lo sorprendente fue que, tras analizarlo, determinaron que podía estar vinculado a ciertos movimientos que los servicios de inteligencia británicos llevaban meses monitorizando y de los que ya tenía constancia el CNI. Movimientos que podrían tener un posible carácter hostil.
—¿Cuál fue la reacción del comité de seguridad ante esa información? Supongo que se activaron los protocolos…
El coronel asintió como si esperara esa pregunta:
—Se convocó una reunión secreta de urgencia en el Ministerio de Defensa. Estuvieron presentes la presidencia del gobierno, el ministro y el alto mando. Tras deliberar, se decidió no activar la alerta operativa Nivel 2.
El rostro de Germán se tensó.
—¿No hicieron nada?
—Por lo visto, no les pareció tan grave.
Esa postura incomprensible impidió poner en marcha la movilización de unidades estratégicas y tan solo se establecieron algunos discretos puntos de vigilancia.
Nuestra unidad fue destinada a uno de ellos hace una semana.
Teníamos la misión de controlar la ruta desde la capital por la A-2 hacia el noreste.
Germán estaba desconcertado.
—¿Por qué precisamente en ese lugar?