10. Trillo
Después de un largo rato casi paralizado por lo que había presenciado, Germán reaccionó, consciente de que no tenía un segundo más que perder. La respuesta sobre el origen de aquella explosión llegaría en algún momento, ahora su prioridad era seguir avanzando.
Arrancó el motor del coche y aceleró sin vacilar.
El viento arreciaba y, en pocos minutos, aquel hongo gigantesco se expandió hasta convertirse en una nube negra que cubría una amplia franja del horizonte. Por fortuna, el viento soplaba en sentido contrario a su ruta, lo que, al menos por el momento, lo mantenía a salvo de los posibles efectos.
Un zumbido profundo y constante lo sacó de sus pensamientos cuando apenas había recorrido unos kilómetros: dos helicópteros avanzaban desde el norte, rumbo a la zona de la explosión.
Aún estaban lejos, seguían una trayectoria que los haría pasar por donde circulaba.
Debía ocultarse hasta saber si eran aliados… o enemigos.
Aceleró instintivamente para apartarse del camino y buscar un lugar donde ocultarse.
Más adelante divisó la silueta de lo que parecía una granja, aproximadamente a un kilómetro.
Sin pensarlo dos veces, se adentró en el campo de trigo para acortar el trayecto, zigzagueando entre las espigas, mientras los nervios le tenían el corazón desbocado.
El ruido de los helicópteros aumentaba. Ahora podía verlos con claridad. Estaban muy cerca.
Llegó a la granja en el último instante, con tiempo justo para ocultar el vehículo bajo una gran higuera junto a la entrada. Solo quedaba esperar que no lo hubieran visto y que pasaran de largo.
El silencio parecía haberse adueñado del entorno. Nada se escuchaba, salvo el golpeteo de las aspas contra el aire, cada vez más cercano.
Germán contuvo la respiración, agazapado bajo la sombra del árbol. En cuestión de segundos, los aparatos pasaron sobre él, haciendo vibrar los cristales del coche, y se alejaron después en dirección sur.
Trató de recuperar poco a poco la calma después de aquellos momentos de peligro.
Todo esto me ha dejado sin fuerzas. Necesito descansar, aunque solo sean unos minutos.
Procuró tranquilizarse. Cerró los ojos y se estiró para relajar la tensión del cuello.
Tras unos minutos inmóvil en el interior del coche, decidió encender de nuevo la radio portátil con la esperanza de captar alguna información sobre lo ocurrido.
El sonido era estridente y la estática se había intensificado, quizá a causa de la explosión.
Entre aquel zumbido agudo se filtró una transmisión en castellano.
La voz era masculina y tenía, de nuevo, un matiz poco natural, tan limpia que parecía generada artificialmente.
«No confíen en las transmisiones ni en supuestos comunicados oficiales. El enemigo está infiltrado entre las fuerzas de seguridad y busca insurgentes. Permanezcan en sus casas y sigan las instrucciones. Fin de transmisión».
Germán se tensó al no escuchar mención alguna sobre lo ocurrido, ni un solo comentario. Era evidente que se trataba, una vez más, de una transmisión enemiga destinada a propagar el temor y la confusión.
La situación y la sensación continua de peligro le revolvían el estómago. Necesitaba descansar, y aquel lugar le ofrecía un respiro. Pese a ello, quedarse allí más tiempo no era una opción: el tiempo seguía corriendo y cada segundo podía ser determinante para su objetivo.
La granja parecía deshabitada. Decidió hacer una inspección rápida antes de continuar, al percatarse de que la puerta trasera que daba al jardín estaba forzada.
La entrada daba a la cocina y a un pasillo. Al fondo, una gran puerta de madera maciza y acristalada llevaba al salón. Entró con precaución y comprobó que no había nadie: la vivienda parecía haber sido abandonada a toda prisa.
Había evidencias claras de actividad reciente y de una huida precipitada, pero no observó señales aparentes de violencia, aunque el suelo estaba cubierto de objetos esparcidos sin orden, restos de comida sobre la mesa y latas vacías por todas partes.
Por la cantidad de desperdicios, al menos diez o quince personas habían estado allí durante varias horas.
Nada bueno se podía intuir sobre el destino de los propietarios, a juzgar por el estado en que había quedado aquel lugar.
Registró los armarios y cajones, buscando cualquier cosa que pudiera serle útil. Se dio cuenta de que, bajo uno de los sillones del salón, un objeto emitía una luz amarilla parpadeante. Lo sacó con cuidado.
Era un transmisor-receptor de radio portátil, similar a un smartphone, aunque más robusto y sofisticado. Por su aspecto, de uso militar. Alguien lo había olvidado allí.
Al examinarlo, contuvo la respiración un instante, sorprendido por un detalle importante: en la parte trasera del dispositivo aparecía grabado el mismo emblema que le había comentado Andrés en la ermita.
Germán se incorporó y decidió encender la pantalla con cautela. Unas coordenadas de posición aparecieron en ella. Comprobó después que se actualizaban cada minuto y que, muy débilmente, un sonido de fondo se filtraba por el altavoz.
Apretó el botón de volumen y lo subió. Una voz en inglés se escuchó con claridad, con un mensaje siniestro:
«La zona de impacto está siendo monitoreada. Los civiles que permanezcan en el área serán considerados una amenaza y deberán ser detenidos para interrogatorio o eliminados. No hagan excepciones.
La tercera fase ha comenzado: cubran la línea de transportes hacia el nodo. Mantengan los transmisores abiertos para nuevas órdenes».
La emisión acabó, dejando solo el sonido áspero de la estática y un escalofrío recorriéndole la espalda.
¿La zona de impacto? ¿Hablaban de la explosión de hacía una hora? ¿Y a qué se referían con lo de «nodo»?
Sentía que la tensión empezaba a superarle. Recogió sus cosas con manos temblorosas y salió de la granja, mirando en todas direcciones para asegurarse de que no había nadie cerca.
Sin perder tiempo, tomó el camino de tierra por un corto tramo que transcurría entre árboles, con el pensamiento fijo en llegar a Torija.
Solo quince kilómetros lo separaban de la localidad. A partir de donde estaba, el trayecto sería una planicie abierta, sin refugios ni cobertura. Si regresaban los helicópteros, quedaría expuesto. Lo único a su favor era que podría verlos venir con algo de antelación.
Aceleró decidido. Su mente seguía atrapada en el resplandor de la explosión y en aquella voz fría, indiferente, que hablaba de supervivientes como si fueran amenazas que debían ser eliminadas.
Su cabeza no paraba de pensar en todo aquello: en las consecuencias que podría tener la destrucción de la central nuclear y en qué sucedería con la contaminación radiactiva. No entendía en qué podía beneficiar algo así a los atacantes.
Intentó calmarse, recordando lo que sabía sobre centrales nucleares: las más modernas se construían para soportar situaciones extremas como terremotos o incendios, incluso ataques de cierta intensidad.
Quizá esas medidas de seguridad hayan logrado contener en parte la explosión. Tal vez no sea tan grave.
Trataba de convencerse a sí mismo sin conseguirlo, pero se aferró a esa idea como a un salvavidas.
Mientras avanzaba, luchaba por mantener las manos firmes en el volante.
El temblor constante, fruto de la tensión y de su creciente preocupación, hacía cada vez más difícil su concentración, pero cada kilómetro lo acercaba más a su objetivo a través de aquel camino polvoriento y eso le daba esperanzas.
Cuando empezaba a pensar que podría conseguirlo, un torrente de frío intenso pareció congelarle repentinamente todo el cuerpo.
El temor que le había acompañado desde que salió de aquel hotel apareció a unos trescientos metros en su dirección: un vehículo militar avanzaba a gran velocidad directo hacia él.
Germán se sintió paralizado sin poder hacer nada. No veía salidas posibles en el camino ni forma alguna de dar la vuelta y tratar de escapar.
Dios mío, me han descubierto; esto se acabó…
Germán detuvo el coche, consciente de que no tenía escapatoria.
El vehículo militar frenó de golpe frente a él, bloqueando el camino. Dos soldados descendieron apuntándole con sus fusiles de asalto en todo momento y le ordenaron que saliera del coche con los brazos detrás de la cabeza. Al hacerlo, uno de ellos se abalanzó sobre él rápidamente.
—¡Al suelo y no se mueva! —gritó, agarrándole el hombro con brusquedad.
Germán obedeció sin pensarlo dos veces y se tumbó boca abajo, con el cuerpo completamente extendido.
—¿Qué hace usted aquí? —le gritaba el soldado, apuntándole el cañón del arma en su cuello.
Sintió cómo el pánico le cerraba la garganta. La voz no le salía; estaba bloqueado y no sabía qué responder. De sus palabras podía depender su vida y quizá también el futuro de su familia.
Decidió decir la verdad. No tenía nada que ocultar… o eso quería creer.
—Vengo de Madrid. Intento regresar a Barcelona con mi familia. No sé qué está pasando. Solo quiero continuar mi camino. No represento ninguna amenaza para ustedes.
El soldado lo miró fijamente durante unos instantes que a Germán le parecieron eternos. Estaba seguro de que iba a dispararle cuando un zumbido lejano llamó la atención de los soldados. Germán, con la cara pegada al suelo, también lo sintió…
Dos helicópteros se acercaban rápido hacia su posición. Uno de ellos era enorme, con doble aspa. Transportaba un contenedor sujeto por cables.
El soldado que lo mantenía inmovilizado en el suelo reaccionó: lo ayudó a levantarse y le dio una orden que lo dejó desconcertado:
—¡Suba a su coche y síganos hasta el pueblo, rápido!
Germán no entendía nada, pero tampoco lo iba a discutir. Se montó en el coche y siguió al vehículo militar por el camino irregular, flanqueado por trigales.
Avanzaban a una velocidad temeraria. Las ruedas derrapaban, levantando polvo y piedras. El castillo de Torija apareció en el horizonte, recortado contra el cielo atormentado.
Miró por el retrovisor. Pudo ver como los aparatos giraron hacia el sur.
¡Se marchan! Creo que no nos han visto.
Volvió a fijarse en el vehículo al que seguía y se sorprendió al ver el modelo:
—¿Un Uro Vamtac? Ese es un vehículo táctico habitual del Ejército de Tierra…
En ese instante, reparó en el distintivo de la puerta y lo recordó:
—¡Son de la brIPAC!
Una sensación de alivio le recorrió de pies a cabeza al distinguir con claridad la insignia: no era la del cuervo, sino el emblema de la Brigada Paracaidista Almogávares VI.
¿Cómo no lo vi antes?
Un año atrás había dado una conferencia sobre inteligencia artificial soberana y su integración con el sistema TritonSat NG para su Plana Mayor de Mando, en la Base Príncipe de Paracuellos del Jarama.
De repente, había pasado de creer que moriría en mitad de un páramo a sentir una esperanza repentina. Tal vez empezaría a obtener respuestas.
El convoy entró en el pueblo a toda velocidad, atravesando una estrecha avenida flanqueada por casas de piedra con puertas y ventanas cerradas. Ni un alma en las calles; todo permanecía solitario, sin actividad.
Al fondo, el castillo medieval se alzaba imponente, dominando la silueta de la localidad desde lo alto.
El vehículo militar giró bruscamente a la derecha, tomando otra avenida que conducía al polígono industrial.
Allí, al inicio del recinto, había una enorme nave sin apenas ventanas ni rótulos identificativos, salvo un cartel que anunciaba compraventa de maquinaria agrícola usada.
Dos grandes portones metálicos permitían el acceso, con una fuerte presencia de soldados armados custodiándolos. La imagen de absoluta calma que había visto al entrar en el pueblo se transformó radicalmente al cruzar el umbral de la nave y ver la actividad que se desarrollaba en su interior.
Allí se ocultaban varias unidades de combate Pizarro y blindados Centauro. También algunos todoterrenos Uro Vamtac, como el que lo había detenido, y bastante personal: unos cuarenta efectivos, al menos.
Posiblemente sean un grupo de reconocimiento o de apoyo táctico.
Uno de los dos soldados con los que había llegado le hizo una indicación de forma expeditiva:
—Deje el vehículo ahí mismo. Entrégueme su documentación y espere aquí.
Germán obedeció, inquieto, y quedó a la espera. El otro soldado no le quitaba la vista de encima, con una expresión fría en el rostro y sin hacerle el más mínimo comentario. Al cabo de unos minutos, un oficial se dirigió a Germán:
—Buenos días. Soy el teniente Torres; acompáñeme —le ordenó con poca amabilidad.
Se dirigieron a un edificio de oficinas, anexo a la nave, al que se accedía por una pasarela. Germán lo seguía nervioso.
—Perdone, ¿dónde me lleva, si puede saberse?
El oficial no dijo nada.
Llamó a la puerta de un despacho al final del pasillo.
—Mi coronel. Le traigo al detenido, como ha ordenado.
—Muy bien, Torres. Hágalo pasar y retírese.
—A la orden.
Germán cruzó el umbral del despacho sin ser aún consciente de que, a partir de ese momento, su viaje acababa de tomar un rumbo muy distinto.