9. El refugio
Semioculto en el Pirineo de Huesca, a 1.640 metros de altitud, el antiguo campamento de Rioseta había sido transformado en secreto para responder a lo impensable.
Tras la Guerra Civil, el régimen franquista empezó a construir la llamada Línea P, un sistema de fortificaciones en los Pirineos destinado a prevenir una posible invasión aliada desde Francia durante la Segunda Guerra Mundial.
A lo largo de los años se excavaron multitud de túneles y búnkeres: galerías profundas que ocultarían artillería, tropas y municiones bajo la protección natural de la roca y de un paisaje abrupto y hostil.
Aquella construcción nunca llegó a completarse y el campamento de Rioseta acabó siendo utilizado, durante más de cincuenta años, como base de entrenamiento para unidades especiales de montaña, hasta que fue cerrado definitivamente… o eso fue lo que se afirmó.
A finales de los años noventa, algunas de las galerías comenzaron a ampliarse discretamente.
Era una obra colosal, cuya finalización tomaría más de dos décadas, destinada a convertir el lugar en un enorme complejo subterráneo de comunicaciones y gestión táctica, vinculado con los planes de modernización de las Fuerzas Armadas exigidos tras la incorporación en la OTAN.
Con el tiempo, estos planes acabarían por incorporar el sistema orbital TritonSat NG, un proyecto aún en estado embrionario por entonces.
El objetivo de la base secreta era disponer de una capacidad de coordinación sobre todo el territorio nacional ante la posibilidad de una situación de máxima emergencia, ya fuese por las consecuencias de un ataque nuclear o incluso por las de una catástrofe natural de grandes proporciones.
Desde allí se podría coordinar recursos y acciones con total autonomía, siempre bajo la protección de las montañas: un bastión muy difícil de vulnerar.
Por fortuna, meses antes de que se iniciaran los ataques que dejaron inoperativas las comunicaciones en España, el complejo subterráneo de Rioseta había sido activado, tras completarse la puesta en órbita del último de los satélites TritonSat NG mediante un cohete Ariane 6,
lanzado desde el centro espacial de Kourou, en la Guayana Francesa.
Tanto el personal técnico como el Mando Operativo destinado allí llevaban muchas semanas completando las conexiones y la puesta en marcha de las instalaciones.
La fortuna quiso que la base secreta de Rioseta estuviese prácticamente en pleno funcionamiento.
Y aunque aún no se contaba con todos los recursos humanos y materiales previstos, el blindaje del sistema permitió que la operatividad NG quedara intacta tras el ataque contra la infraestructura de comunicaciones que dejó a oscuras a todo el país.
En la sala de control, ubicada en el corazón del refugio, la general de división Isabel Corbos analizaba, junto al mando táctico, los últimos informes de inteligencia.
En la pantalla principal, imágenes satelitales seguían posibles movimientos sospechosos en distintos puntos, tanto de la península como del norte de África y de zonas próximas a las doce millas náuticas de soberanía.
Aparecía información sobre unidades navales aliadas e imágenes en tiempo real de infraestructuras clave del país con una resolución extraordinariamente precisa.
La general observaba la pantalla con atención.
Solo unas horas antes todos habían quedado mudos ante una terrible secuencia de imágenes de alta resolución tomadas por uno de los satélites: mostraba, desde su órbita a 360 kilómetros, la detonación de un arma táctica nuclear en el centro de la provincia de Guadalajara,
en las proximidades de Trillo.
Los satélites NG incorporaban sensores ópticos, infrarrojos, detectores de radiación y de ondas electromagnéticas, lo que permitió confirmar rápidamente su carácter nuclear, así como la potencia teórica y el nivel de radiación.
Se determinó que la bomba era de relativa baja intensidad —unos veinte kilotones—, aunque suficiente para causar una enorme destrucción.
Afortunadamente, la explosión se produjo en una zona aislada, a unos quince kilómetros al noreste de la central nuclear de Trillo y en la cara opuesta de una elevación de trescientos metros sobre la altitud de las instalaciones,
lo que actuó como barrera natural y minimizó los efectos de la onda expansiva contra la planta y sus alrededores.
Pero la preocupación de Corbos no era solo la explosión.
—¿Cómo han podido conseguir una bomba nuclear? —exclamó.
El jefe de inteligencia intervino.
—Nuestros analistas barajan varias posibilidades, mi general.
Aunque es extremadamente difícil, podrían haber hackeado los sistemas de control de un país con arsenal nuclear, aprovechando alguna vulnerabilidad en sus protocolos de seguridad.
Eso es prácticamente imposible sin la ayuda de mandos corruptos o elementos infiltrados hasta un nivel máximo.
—Es fundamental que podamos determinar el origen del arma. Eso nos permitirá saber si tienen más unidades.
—La tecnología TritonSat es de las más avanzadas que existen, y nos permite saber muchas cosas sobre esa explosión. Pero, para determinar el origen o la firma de fabricación, necesitaríamos muestras tomadas en el punto de detonación.
—Ese es un problema con la situación actual de las comunicaciones, comandante. Estudiaremos enviar una unidad NBQ al lugar del impacto para analizar el terreno y traer muestras, aunque me temo que eso es algo extremadamente difícil. Debemos averiguar antes qué saben nuestros aliados.
—Nos pondremos en ello sin demora, mi general.
Su oficial de apoyo entró en la sala con evidente urgencia.
—¿Desea comentar algo importante, capitán Ruiz?
—Sí, mi general. Comunicaciones ha interceptado nuevas transmisiones cifradas en las que aparecen términos recurrentes que podrían ser clave en la operación. Trabajan en ello.
—Bien. Quiero un análisis completo y que lo envíen a Inteligencia para su valoración. Después, tráiganme las conclusiones. Prioridad máxima.
Corbos, desde el extremo de la mesa de reuniones, tomó asiento y se dirigió con firmeza a todo su equipo.
—Señores, estamos en un momento crítico. Tenemos que saber qué ha pasado en Trillo y qué pretende el enemigo con ese ataque. Los quiero a todos a las 16:00 horas en esta sala para discutir el próximo informe de inteligencia y tomar decisiones. Pueden retirarse.
—A sus órdenes, mi general.
Los mandos abandonaron la sala murmurando sobre la gravedad de la situación. Corbos permanecía pensativa, con la mirada fija en la enorme pantalla, donde un punto rojo parpadeaba sobre la ubicación de la explosión nuclear.
¿Qué razón tendría el enemigo para hacer detonar esa bomba tan cerca de la central, pero en un punto donde los efectos iban a ser prácticamente nulos?
Para la general, aquello apuntaba a una advertencia; una demostración de intenciones. En su mente fue tomando forma una idea inquietante:
Nos están diciendo que la siguiente explosión podría no producirse en un lugar tan contenido.
Se estremeció ante esa idea y varios objetos cayeron de la mesa cuando tropezó con ella al lanzarse hacia el teléfono.
—Carmen, páseme con el capitán Ruiz. Es urgente.
La voz de su asistente de confianza sonó con rapidez.
—Ruiz al habla.
—Capitán, convoque de nuevo al equipo de mando. Se adelanta la reunión. Los quiero en mi despacho en media hora.
—A sus órdenes, mi general.