La ambición de Lucifer 8. Nubes negras
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8. Nubes negras

La luz del amanecer despuntaba tímidamente en el horizonte cuando Germán retomó su viaje. Había conseguido dormir unas horas, aunque el descanso fue solo parcial: su mente seguía atrapada en un torbellino de pensamientos del que no encontraba salida.

Se puso en marcha, consciente de que el tiempo corría en su contra y de que la situación podía complicarse antes de alcanzar una zona segura.

Aferrado al volante, sin permitirse dudar, avanzaba con dificultad por un camino humedecido por el rocío de la mañana. Las ventanas, empañadas por el vaho acumulado durante la noche, difuminaban la visión del exterior y acentuaban la sensación de inseguridad.

El sol comenzaba a asomar por el este, superando lentamente las suaves colinas de la Alcarria. A medida que la claridad ganaba terreno a la penumbra, algunos relámpagos de tormenta se dejaron ver hacia el Pico del Águila.

En medio de aquel trayecto silencioso y cargado de tensión, la radio portátil emitió un sonido agudo que sobresaltó a Germán: un estallido de interferencias, seguido por la voz de una mujer. La transmisión se escuchaba fragmentada y débil, casi ininteligible. Una parte pudo oírse con claridad:

«Las rutas principales están bloqueadas. La situación no ha cambiado. Es extremadamente peligroso permanecer en el exterior. Quédense en sus casas hasta nuevo aviso».

Germán escuchó con atención aquel mensaje. Había algo extraño en él. Pretendía ser una voz humana, pero notaba una cadencia artificial: una entonación demasiado uniforme, sin alma, sin las imperfecciones naturales del lenguaje. Era algo sutil, aunque innegable.

La emisión se cortó de forma abrupta, dejando tras de sí una inquietud que no lograba apartar. Sin pensarlo dos veces, aceleró, consciente de que debía alejarse de allí cuanto antes.

A medida que avanzaba, el paisaje se fue abriendo poco a poco a un extenso altiplano, mientras hacia el sureste las nubes tormentosas se hacían cada vez más visibles, amenazando con poner en riesgo su objetivo.

—Espero que aguante el tiempo… Si llueve, estos caminos de monte se volverán intransitables.

Mordió con desgana uno de los sándwiches envasados que le habían dado el día anterior. El pan estaba reseco, aunque no tanto como las lonchas de queso cheddar del interior. El hambre no le dejaba alternativas.

Debí haberme quedado con alguna de aquellas latas.

Detuvo el coche. Frente a él, un cruce de caminos y una señal oxidada, medio oculta por el polvo, indicaban cinco kilómetros hasta Malaguilla, el pueblo que le había mencionado el muchacho de la tienda.

Abrió la guantera y sacó el atlas de carreteras, ese regalo del hotel que ahora podía significar su salvación y que esperaba poder agradecer algún día.

Lo desplegó sobre el volante y recorrió con los dedos las líneas impresas, buscando la mejor ruta.

—Veamos… Hay una carretera rural que parte de ese pueblo. Desde allí me quedarán unos treinta kilómetros hasta Torija. ¡Vamos!

Continuó su viaje con decisión. Poco después alcanzó la pequeña localidad. Ni un alma en las calles. Todo estaba quieto, en alerta.

En las ventanas de algunas casas creyó ver sombras que lo observaban. El ambiente era el de un pueblo fantasma: una comunidad refugiada tras sus muros, temerosa de lo que acechaba. Y no era para menos.

Un poco más adelante, la salida a la comarcal GU‑199 le ofrecía un recorrido asfaltado. Prefirió respetar el plan y seguir atravesando los caminos de monte todo el tiempo que pudiera.

El sendero que había elegido en el mapa comenzaba un poco más adelante, con una pronunciada subida hasta un cerro. Lo siguió hasta alcanzar la cima. Allí el paisaje cambió.

Frente a él se extendían campos de trigo que se prolongaban casi hasta donde alcanzaba la vista; sus tallos verdes se mecían bajo una brisa que ganaba intensidad a medida que las nubes avanzaban.

El camino serpenteaba entre los cultivos. Por un instante, el murmullo del aire rozando las espigas y el susurro de los árboles le hicieron olvidar la angustia que llevaba consigo. Aquel era un paisaje solitario, aunque de una belleza profunda y serena.

Su mente proyectó la imagen de María y los niños. Imaginaba llevarlos algún día a ese lugar, lejos del caos, disfrutando de aquella tranquilidad casi irreal.

Las nubes de tormenta se acercaban cada vez más. El gris se adueñaba del cielo, apagando los colores del entorno. El estado de los caminos hacía arriesgado transitar ciertos tramos, aun así, sabía que optar por rutas secundarias había sido la mejor opción, aunque ralentizara su avance.

Los minutos pasaban y la amenaza seguía acechándole, vigilante. El silencio y la monotonía del camino parecían intentar engañarlo con una falsa sensación de seguridad.

Germán mantenía la vista fija en la ruta, atento a cualquier señal de peligro.

Nada especial había ocurrido en horas, hasta que un destello cegador iluminó el cielo hacia el sur.

Sus ojos quedaron deslumbrados, como si hubiera mirado directamente al sol.

Se quedó sin aliento ante la magnitud de aquel resplandor lejano.

Sobrecogido, continuó observando cómo avanzaba muy lentamente, hasta que se detuvo, advertido por una extraña sensación de amenaza: la brisa se había calmado repentinamente y el entorno se sumió en el silencio, como si aguardara la llegada de algo inevitable.

Instantes después, un estruendo enorme llegó hasta él, como el de un rayo cayendo muy cerca, resonando durante más de treinta segundos. La onda no fue devastadora, aunque sí lo bastante fuerte para que Germán, instintivamente, pisara el acelerador y casi se saliera del camino.

Afortunadamente logró detener el vehículo a tiempo, aunque estuvo a punto de caer por un desnivel de dos metros que bordeaba el lado derecho.

Desconcertado, con el pulso acelerado y la cabeza aturdida, bajó del coche para comprobar qué había ocurrido. Su pensamiento analítico reaccionó al instante. ¿Qué demonios ha sido eso?

Aquel sonido había tardado casi dos minutos en llegar tras el destello. La explosión debía de haberse producido a unos cuarenta kilómetros de allí.

La posible respuesta que comenzó a formarse en su mente lo estremeció cuando, a lo lejos, una inmensa columna de humo negro ascendía, adoptando la inconfundible forma de un hongo.

—Si ha sido otro ataque, por sus proporciones debe de ir dirigido a un objetivo realmente importante y estratégico. ¿Cuál? ¿Qué hay en esa zona que justifique algo así?

Sacó de la guantera el mapa de carreteras y, con nerviosismo, buscó alguna pista.

—Veamos… La zona está en dirección sur desde mi posición actual… —decía en voz alta, alterado, moviendo el dedo tembloroso sobre el mapa.

Todo su cuerpo se estremeció al comprobar que la única infraestructura de valor estratégico en esa dirección era la central nuclear de Trillo. El estómago se le encogió y una sensación de horror comenzó a invadirlo. Si aquello era lo que sospechaba, estaba ante algo inimaginable.

¿Quién podría pretender destruir una central nuclear? La idea le daba vueltas sin cesar en la cabeza.