7. Cúpula celeste
Todo había cambiado en menos de tres días. La falta de una explicación sobre lo que estaba sucediendo y la inquietud que eso provocaba seguían muy presentes, como un telón de fondo constante.
La noche comenzaba a caer tras horas avanzando lentamente por un laberinto de senderos en mal estado, siempre atento al cielo por temor a que aparecieran aquellos centinelas asesinos.
Torija estaba más cerca, aunque el ritmo que llevaba no le permitiría llegar hasta bien entrada la madrugada, y no era prudente circular por esos caminos con las luces apagadas, para no ser detectado.
Más adelante divisó una pequeña casa abandonada en lo alto de una loma y se dirigió hacia ella.
Al llegar, comprobó que estaba prácticamente en ruinas y que su interior no servía como refugio, aunque conservaba un cobertizo exterior con un techo firme, suficiente para ocultar el coche. Decidió pasar allí la noche y descansar.
El silencio de aquel lugar era denso, tanto como la oscuridad que ya envolvía el entorno. Quiso caminar unos metros por el altozano para estirar las piernas y tratar de calmar la tensión que arrastraba desde que salió de Madrid.
El cielo limpio se veía imponente en aquella noche sin luna y sin luces que contaminaran la hermosa vista de la cúpula celeste. Germán respiró profundamente el aire fresco, saturado de humedad, olor a romero y a tierra mojada.
En aquella elevación sintió el primer momento de relativa paz desde que abandonó el hotel, solo perturbado por la visión de las columnas de humo que todavía se distinguían en la distancia, iluminadas por el resplandor de los incendios.
El frío empezaba a calársele en los huesos. Regresó al coche y se refugió en la parte trasera, envuelto en una de las mantas que había recuperado de la furgoneta, buscando algo de calor que le permitiera dormir.
Lo intentó, pero los pensamientos no le daban tregua.
La voz de aquel hombre en la ermita resonaba en su cabeza, entrelazada con las imágenes de lo que le había explicado y el destino incierto hacia el que todos se dirigían.
La mente de Germán era presa de un torbellino de preguntas sin respuesta: repasaba una y otra vez lo sucedido, intentando encontrar una lógica que se le escapaba.
¿Cómo había podido suceder algo así sin que nadie lo advirtiera?
En ese ir y venir de preguntas y teorías, Germán recordó sus días en la academia y la lectura de un viejo libro de tácticas militares.
En sus páginas se explicaba que conquistar un territorio extenso requería superar varias fases que combinaban estrategias militares, científicas y psicológicas de gran complejidad, con un despliegue de recursos técnicos y humanos perfectamente sincronizado.
Pensar que un ataque de esas proporciones pudiera ejecutarse sin que los protocolos y sistemas de seguridad actuales lo detectaran resultaba, sencillamente, inconcebible.
Solo un entramado muy poderoso de corrupción, infiltrado hasta los niveles más altos de la administración política y militar, podría organizar con éxito algo semejante.
Germán trataba obsesivamente de encajar piezas, y algunas empezaban a hacerlo…
El plan estaba extraordinariamente coordinado y ejecutado con una precisión desconcertante. Eso lo llevó a pensar que detrás debía de haber un objetivo mucho mayor de lo que alcanzaba a ver.
La mente de Germán bullía sin descanso en el interior de aquel coche, rodeado de oscuridad y silencio, obsesionado por encontrar una explicación. Empezó a ordenar los sucesos en una secuencia lógica, y el resultado lo llevó a vislumbrar una siniestra posibilidad…
Primero había llegado el silencio. Habían saboteado centrales eléctricas específicas para desactivar la infraestructura de comunicaciones: radares, torres de control, telefonía, internet…
todo lo que, en definitiva, hace que las cosas funcionen en una zona densamente poblada.
Sin electricidad no había datos, ni órdenes, ni coordinación para una defensa.
Con eso bloquearon la capacidad de reacción durante el tiempo suficiente para poner en marcha el siguiente paso: el miedo.
Después, lanzaron enjambres de drones explosivos contra edificios emblemáticos y cometieron actos brutales por todas partes, desplegando una estrategia de terror para inmovilizar a la población en sus casas con una advertencia: no salgáis o moriréis.
El tercer paso —y el último— sería la disuasión: cientos de drones centinela, armados con cargas explosivas, sobrevolando constantemente el territorio para imponer una amenaza permanente sobre puntos estratégicos críticos —hospitales, depósitos de combustible,
infraestructuras hidráulicas— que podrían destruir si se sentían atacados.
Para algo tan grande tiene que haber algo más; una pieza que todavía debe estar oculta.
La hipótesis que se fue formando en su mente resultaba alarmante: el objetivo no parecía ser conquistar territorio, sino imponer el caos y el miedo generalizado, sometiendo al país a una amenaza permanente. ¿Para qué?
Un escalofrío le recorrió la espalda. Buscaba desesperadamente algún indicio que desmontara aquella teoría. No lo encontraba. Al contrario: cuanto más repasaba lo sucedido, más difícil le resultaba.
Su cuerpo y su mente rozaban el límite. La tensión acumulada durante horas lo había dejado exhausto. Se recostó en el asiento intentando dormir, el corazón seguía desbocado. Cerró los ojos. El sueño y el cansancio, implacables, empezaban a vencerlo.
Veía a los niños y a sus padres despidiéndose de él desde la ermita, mientras se alejaba lentamente en el coche.
Un zumbido creciente le atravesó los oídos cuando tres drones pasaron sobre él, ignorándolo, y se precipitaron contra ellos de forma cruel.
En el retrovisor vio cómo las explosiones desgarraban sus pequeños cuerpos.
Germán, paralizado por el terror, solo pudo reaccionar pisando el acelerador para escapar de allí…
Despertó de golpe, empapado en sudor, con el corazón encogido y la confusión de no saber si había sido real.
Sintió alivio al comprender que solo había sido una pesadilla, aunque también vergüenza. Se preguntaba si, llegado el momento, habría reaccionado de la misma manera ante una situación así.