6. La ermita
La señal hacia la ermita de Valdelagua estaba casi oculta tras la maleza. Marcaba un kilómetro, aunque desde allí solo se distinguía un pequeño bosque de encinas y robles.
Avanzó por el camino de tierra. Atravesaba un páramo de cultivo que parecía haber sido arado recientemente. No tardó en recortarse la silueta de la pequeña ermita en mitad de un gran espacio rectangular parcelado por hileras de árboles.
Al acercarse, Germán percibió movimiento y redujo la marcha por precaución. Bajo la sombra de un tejadillo que sobresalía de la fachada principal se apiñaba una veintena de personas que, por su aspecto, también huían de algo.
Decidió parar esta vez. Aún lamentaba no haberlo hecho cuando se encontró con el grupo anterior y no quería volver a pasar de largo.
Se les veía agotados. Algunos llevaban vendajes cubriendo heridas. Había personas de todas las edades, incluso niños.
Germán se aproximó con cautela, buscando respuestas. Identificó a un hombre que parecía liderar al grupo: rondaba los treinta años y tenía una expresión tensa, mezcla de indignación y preocupación.
—Hola, ¿necesitáis ayuda?
—Por supuesto. Aquí todos la necesitamos. Mi nombre es Andrés Cifuentes.
—El mío, Germán García. Veo que sois un grupo numeroso… ¿de dónde venís, si puede saberse?
—De Guadalajara. Intentamos llegar a un lugar seguro. Es difícil; tenemos algunos heridos. ¿Y tú, hacia dónde te diriges por estos montes tan solitarios, sobre todo con un coche tan poco apropiado para atravesarlos?
—Bueno, yo no diría que están tan solitarios… —bromeó, mirando al grupo para intentar relajar la conversación—. Voy hacia Barcelona; ayer logré salir de Madrid. Trato de llegar a casa. La situación es muy peligrosa, así que intento hacerlo de la forma más discreta posible.
—Nosotros llevamos dos días caminando. Vamos hacia el norte. Avanzar en estas condiciones se hace duro.
—Parece que estás al frente de este grupo.
—Sí, creo que me han impuesto ese honor por la fuerza.
—¿Qué os ha pasado?
—Fuimos atacados; todavía se ven señales de sus consecuencias desde aquí. Todo fue muy rápido. Conseguimos escapar de varios grupos armados que sembraron el terror por la ciudad.
Germán se tensó al escuchar el comentario, al entender que la situación parecía tener una dimensión mayor de la que había pensado.
—¿Grupos armados? ¿Sabes algo de quiénes son?
Andrés se encogió de hombros.
—Todo lo que sabemos es lo que hemos vivido personalmente, y te aseguro que no ha sido agradable.
—Perdona que haga tantas preguntas, me interesa mucho toda la información que puedas darme.
—En Guadalajara ha habido ataques contra la infraestructura de comunicaciones militares de defensa y el corredor ferroviario entre Zaragoza y Madrid. Yo me encontraba en ese momento entrando en las instalaciones de los GEO.
—¿En las instalaciones de los GEO? ¿Eres policía?
—Soy instructor en el centro de formación.
Llegué allí justo en el momento del ataque.
Me libré por unos segundos de morir cuando un enjambre de drones empezó a estrellarse y explosionar con una precisión escalofriante contra el edificio y el hangar donde estaban los vehículos.
Pasó lo mismo en otros lugares de la ciudad, sobre todo en puntos de suministro eléctrico y en la zona de la estación, aunque desconozco el nivel de daños.
Debían tener los objetivos muy bien planeados.
—¿Viste a los asaltantes?
—En primera línea. Aún estábamos recuperándonos del shock cuando llegaron varias furgonetas negras a gran velocidad y se atravesaron en la avenida.
No puedo asegurar cuántas eran, yo vi al menos cinco.
De ellas descendieron individuos perfectamente equipados y armados con fusiles de asalto, quizá ocho por vehículo.
Todo fue muy rápido. Desde el primer segundo empezaron a disparar a todo el que estuviera por allí.
Se llevaron por delante a mucha gente. Era evidente que trataban de sembrar el terror, supongo que para vaciar las calles.
—¿No tuvisteis apoyo de nadie?
—¿Apoyo? Solo pudimos intentar salir de allí antes de que nos mataran a todos. Entre toda aquella locura, dos hombres de nuestro equipo lograron escapar en uno de los vehículos, tras reducir al conductor.
—¿En una de esas furgonetas negras?
—Sí. Estábamos prácticamente desarmados. No había nada que hacer contra fusiles automáticos y solo cabía tratar de huir. Espero que lo hayan conseguido. Tal vez hayan tomado esta misma dirección y nos encontremos con ellos.
La descripción de Andrés coincidía con los cuerpos sin vida que Germán había encontrado unos kilómetros atrás.
—¿Y toda esta gente?
—Al ver que no podíamos hacer nada, traté de alejarme de la ciudad y buscar un refugio seguro. No fui el único; otras personas se fueron uniendo. Desde entonces, hemos estado caminando hasta llegar aquí.
—¿Crees que eran terroristas?
—No los llamaría así. Parecían mercenarios. Llevaban un emblema extraño en el hombro: un cuervo con las alas extendidas sobre un círculo dorado.
—¿Qué tenéis pensado hacer? Imagino que lo de regresar es algo que no se os pasa por la cabeza.
—No regresaremos; ¿cómo vamos a hacerlo?
Sin comunicaciones no sabemos qué está pasando allí.
Lo que dejamos era una zona de guerra. Tal vez estén todavía en la ciudad matando gente.
Nuestra prioridad ahora mismo es alejarnos de las zonas atacadas.
Avanzamos hacia el norte tratando de encontrar un lugar seguro donde atiendan a los heridos.
Germán observaba al grupo de personas. Por su aspecto, estaban corriendo un enorme riesgo; podrían ser una presa fácil para el enemigo en aquellos campos tan abiertos.
—Un momento… —dijo, recordando algo.
Fue al coche, abrió el maletero y sacó buena parte del agua y unos botiquines de campaña que había recogido de la furgoneta accidentada.
—No es gran cosa, al menos os permitirá aguantar un par de días más. Yo debo continuar hacia Barcelona. Necesito llegar junto a mi familia cuanto antes.
Andrés le estrechó la mano con fuerza.
—Tu ayuda es más que bienvenida. Regresa con los tuyos y ten cuidado. El camino hacia donde te diriges no es seguro; hay drones vigilando esta zona. Hemos visto varios.
—Lo mismo os digo. Por la zona de la que vengo también los hay. Seguramente vuestra ruta hacia el norte sea la más segura ahora, pero no os confiéis.
—No lo haremos. Buen trayecto.
Germán arrancó el coche y avanzó, viendo por el retrovisor cómo el grupo quedaba atrás, aún protegido bajo la sombra de la ermita, en medio de la soledad de aquel páramo.