La ambición de Lucifer 5. Sombras errantes
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5. Sombras errantes

Un silencio pesado lo acompañaba por senderos y carreteras solitarias desde hacía más de una hora. La visión de las lejanas columnas de humo negro le recordaba una y otra vez la gravedad de lo que estaba ocurriendo.

La vereda que recorría estaba rodeada de viñedos, sin un lugar donde ocultarse en caso de necesidad. El dron vigilante que había pasado cerca de él aún perturbaba sus pensamientos y temía que volviera a aparecer.

Un movimiento llamó su atención un poco más adelante, en una pista rural visible entre los árboles, paralela a la que recorría.

—¡Hay gente allí!

Frenó el coche instintivamente. Una columna de personas —quizá una veintena, entre hombres, mujeres y niños— avanzaba con dificultad, cargando bolsas y mochilas repletas de pertenencias improvisadas.

Su aspecto era desolador: rostros marcados por el agotamiento, miradas vacías, expresiones de desesperanza.

Germán sintió cómo un nudo se le formaba en la garganta. Había algo en aquellas personas que lo impulsaba a abrir la puerta, cruzar la pequeña acequia que separaba ambos caminos y preguntarles qué les había ocurrido. Su instinto lo frenó. O quizá fue el miedo…

Su pensamiento se debatía entre detenerse o seguir adelante.

Sintió la mirada fija de varias de aquellas personas desesperadas. Le pareció una advertencia. Su intuición le sugería que detenerse era asumir un riesgo enorme y que cada segundo lejos de su familia lo separaba aún más de ellos.

No lo pensó dos veces: pisó el acelerador y retomó la ruta. Por el retrovisor vio cómo los caminantes se desvanecían en la distancia y un malestar comenzó a invadirlo: había preferido seguir adelante, sin importarle la situación de aquellas personas.

El remordimiento, junto a la imagen de desesperación en aquellos rostros, continuó resonando durante largo rato en su cabeza, acompañado de preguntas sin respuesta. ¿Qué le había pasado a esa gente? ¿Por qué estaba ocurriendo todo esto?

El Casar se comenzó a divisar. La Sierra de Ayllón se levantaba detrás, nevada e imponente tras el temporal de días atrás. Debía evitar pasar por las calles de la localidad y continuar circulando por los senderos.

Se detuvo y comprobó el mapa otra vez.

—Tomaré la pista de tierra que sale de Alvir, un kilómetro más adelante; me llevará hasta Viñuelas.

A medida que se alejaba de Madrid, la intensa sensación de inseguridad comenzaba a darle un respiro, aunque sabía que sería por poco tiempo. El paisaje se volvía cada vez más desolado y las incógnitas de aquel horizonte oscuro al que se dirigía se incrementaban.

Germán consiguió llegar a Viñuelas tras un largo recorrido por un camino polvoriento y en mal estado que ralentizó su marcha. Desde allí avanzaría por una pista forestal aún más aislada. Para alcanzarla, esta vez sí tendría que atravesar la localidad.

Al entrar por la avenida principal, le sorprendió ver que todo parecía en calma. Incluso algunas personas deambulaban por la calle como si nada hubiese pasado. Se decidió a preguntar a una señora que iba cargada con unas bolsas:

—Buenos días, disculpe… ¿podría indicarme dónde puedo comprar algo de agua?

—Tiene la tienda ahí mismo, a cincuenta metros. Ha pasado usted por delante. Es pequeña, sin rótulos; quizá por eso no la ha visto. Es la única abierta en el pueblo; dése prisa, porque cerrará pronto.

Al entrar en el establecimiento, un joven dependiente lo recibió con cierta sorpresa.

—Buenos días. ¿Qué se le ofrece?

—Hola. Solo unas botellas de agua y algo de comida que pueda llevar en el coche. Estoy de paso.

—Pues no nos queda gran cosa… Como comprenderá, la gente ha querido llenar sus despensas por la situación. Le conseguiré algo de lo que reservé para nosotros.

—Se lo agradezco mucho.

El dependiente lo observó de reojo mientras rebuscaba en un mueble al fondo de la tienda, y le lanzó una pregunta:

—Disculpe. No es asunto mío, pero es raro ver a un forastero por aquí con lo que está pasando. ¿Hacia dónde se dirige?

—Voy hacia Barcelona. Intento alcanzar la A‑2 desde Torija. Prefiero evitar las carreteras principales.

—Pues tenga mucho cuidado. Hemos visto cosas extrañas por aquí: drones solitarios merodeando, y no parece que con buenas intenciones.

—Gracias por la información. Lo tendré en cuenta.

El dependiente regresó con dos garrafas de agua, un par de sándwiches envasados y algo de fruta.

—Aquí tiene. Siento no poder darle más. Ya ve cómo está la tienda.

—Es perfecto, no se preocupe, es usted muy amable. ¿Podría decirme cómo avanzar hacia Torija sin tomar la carretera?

—Claro. Siga la travesía por donde entró al pueblo hasta alcanzar el cruce con la carretera que va a Guadalajara. No la tome; es arriesgado. Justo enfrente verá una gasolinera y, a la derecha, la entrada a un camino de tierra: vaya por ahí.

—¿Dónde termina ese camino?

—Llega a Malaguilla, un pueblo muy pequeño; no tendrá problemas en atravesarlo.

Después, vaya en dirección a Robledillo.

Verá una salida a la derecha que lleva a la ermita de Valdelagua; sígala.

Desde la ermita, gire hacia el sur: encontrará Torija a unos treinta kilómetros.

Es la mejor opción para evitar la carretera.

Le sugiero que vaya con mucho cuidado, por lo que le he dicho antes.

Germán, agradecido por la ayuda, regresó al coche para continuar la marcha.

Tras un breve tramo, encontró la gasolinera que le habían indicado y, justo al lado, la pista forestal rodeada de arboledas.

Parecía una buena ruta para evitar llamar la atención, aunque la advertencia sobre los drones lo había dejado preocupado.

Avanzó por el camino de grava hasta llegar a Malaguilla, un pueblo de apenas doscientos habitantes, con calles estrechas y empinadas, el típico trazado caótico de muchos pequeños pueblos castellanos asentados sobre una orografía difícil.

Al atravesarlo no pudo ver a nadie; la gente parecía haberse refugiado en sus casas.

Poco después, se encontró frente al camino que le había señalado aquel muchacho. La pista hacia la ermita se abría a la derecha y se extendía de forma sinuosa, en malas condiciones debido a la lluvia.

Continuó dos kilómetros sin demasiada dificultad, hasta que, tras un pequeño cambio de rasante, algo irrumpió en su campo de visión. Germán reaccionó pisando con fuerza el pedal del freno, haciendo que los neumáticos derraparan sobre la grava.

A la derecha del camino, una furgoneta negra, aparentemente accidentada, yacía volcada lateralmente, apoyada contra unos arbustos que habían evitado su caída por un pequeño terraplén hasta el arroyo.

Las marcas irregulares en el suelo sugerían una maniobra brusca, aunque era un punto donde no parecía haber riesgo excesivo de accidente.

Tal vez el conductor se había quedado dormido o hubiera perdido el control por alguna razón.

Al bajar del coche para comprobar si había heridos, Germán supo enseguida que la causa había sido muy distinta: el frontal y el techo de la furgoneta presentaban múltiples impactos de bala.

Por su trayectoria y ubicación, resultaba evidente que los disparos se habían efectuado desde el aire, probablemente desde un helicóptero… o, tal vez, un dron.

El corazón se le aceleró cuando, unos metros más allá, entre los matorrales, distinguió dos cuerpos inertes.

Se acercó con cautela y sintió cómo el pulso se aceleró. Eran dos hombres jóvenes; ninguno aparentaba más de treinta años. Por la posición en que yacían, parecía que habían sido abatidos en plena huida.

El miedo lo empujaba a alejarse, pero algo en su conciencia le impedía marcharse sin más. Contuvo la respiración y echó un vistazo al interior de la furgoneta.

Transportaba una carga que no esperaba: equipamiento militar de campaña. Había cargadores con munición, granadas, chalecos tácticos, mantas térmicas y otros materiales. También, numerosas garrafas de agua y varias cajas de comida enlatada.

¿Qué hace todo esto en mitad de un páramo? ¿Hacia dónde se dirigían estos dos hombres?

Al inspeccionar un pequeño compartimento interior, encontró una bolsa de tela cuyo contenido lo sorprendió: un radiotransmisor táctico Falcon III, uno de los utilizados por el Ejército para la comunicación entre unidades y el mando operativo.

Germán conocía bien este tipo de dispositivos.

Durante su etapa en el Ejército del Aire, antes de pasar al ámbito tecnológico de defensa, había servido tres años como teniente en el EZAPAC, el Escuadrón de Zapadores Paracaidistas.

Encendió la radio, esperando captar algún mensaje, alguna respuesta… Al principio, solo se escuchó un zumbido irregular persistente. Muy poco después, una voz emergió entre la interferencia, con un lenguaje típicamente militar:

«Alerta. Este es un mensaje para todas las unidades. El enemigo ha ejecutado ataques sobre infraestructuras energéticas y bases estratégicas. Emplea tácticas de sabotaje y está neutralizando nodos clave de enlace.

Las comunicaciones están siendo interferidas en casi todo el territorio nacional y hay dificultades graves de coordinación y seguridad. Sigan directrices, mantengan posiciones y esperen nuevas órdenes».

La voz se desvaneció tan abruptamente como había llegado, dejando tras de sí el persistente y desagradable sonido de la estática.

No quiso perder tiempo. Cargó toda el agua y los alimentos que pudo en el coche y se puso en marcha, alejándose de allí tan rápido como pudo.

A medida que avanzaba, la incertidumbre se hacía cada vez más intensa. No dejaba de pensar en esas dos personas asesinadas.

¿Quiénes eran y qué hacían con todo ese equipamiento en una zona tan aislada? ¿Por qué los habían asesinado de esa forma?