4. Silencio
La peligrosa huida del control militar había quedado atrás, pero Germán sabía que no debía relajarse: en cualquier momento, una nueva amenaza podía surgir y ponerlo en grave riesgo.
Conocía bien aquella zona tras muchos años recorriéndola y sabía que no le convenía tomar la A‑2, la ruta más directa hacia Barcelona, ya que pasaba cerca del aeropuerto de Barajas y de la base aérea de Torrejón de Ardoz. Era seguro que habría más controles militares.
Necesitaba una ruta alternativa. Se detuvo en una zona de descanso para ojear la guía de carreteras. La situación estaba clara: debía salir de la autovía y evitar zonas urbanas, avanzando por polígonos, carreteras secundarias o incluso pistas rurales.
Tras estudiar las posibles alternativas, decidió intentar llegar a Viñuelas, una localidad a unos sesenta kilómetros de su posición. Desde allí podría continuar lejos de núcleos urbanos, atravesando senderos agrícolas y cañadas: una ruta más larga y lenta, que suponía que estaría poco transitada.
Su objetivo era llegar hasta Torija. A partir de ahí, el camino hacia Barcelona estaría mucho más despejado y podría avanzar con calma.
Germán, decidido, se incorporó de nuevo a la carretera.
Avanzó dos kilómetros más hasta la salida hacia una zona industrial.
Según el mapa, una senda agrícola empezaba al final de una de las calles principales.
Encontró el acceso más adelante, casi oculto entre enormes camiones aparcados a ambos lados.
Era una pista de grava que discurría entre olivos sin demasiadas dificultades; estaba en buenas condiciones.
Más adelante empezó a estrecharse y se volvió irregular, lo que le creó algunos temores.
¿Y si este camino no lleva a ninguna parte?
El mapa no mostraba con claridad el final del recorrido. Supuestamente enlazaba con una carretera comarcal que lo llevaría más hacia el norte, por lo que siguió avanzando lentamente sin percibir señales de actividad, solo una soledad abrumadora y un silencio extraño.
El incesante tráfico aéreo de Barajas, tan habitual en aquella zona norte, había desaparecido. Ni un avión surcaba el cielo…
Aquella pista de tierra ya parecía acercarse al esperado enlace con la M‑117.
Desde su posición pudo distinguir una gasolinera, a menos de un kilómetro, a la derecha.
Decidió parar allí para ver si podía hacerse con algo de comida y agua para el camino.
Al llegar, se encontró con una imagen desoladora: puertas forzadas, cristales rotos…
Había sido saqueada y ofrecía un aspecto inquietante que invitaba a no permanecer allí un segundo más del necesario.
Ya habrá otra oportunidad. Me largo de aquí.
La silueta de Madrid empezó a quedar lejos. Ante él se extendía una vasta planicie solitaria y un nuevo camino de tierra se abría entre cultivos de secano y algunas encinas.
Un cartel oxidado, casi oculto entre la maleza, indicaba: Camino de El Casar. A su alrededor, el verde intenso de los brotes de cebada formaba una alfombra uniforme que se desplegaba por toda aquella extensión cultivada.
Las torres eléctricas se alzaban como gigantes solitarios, atravesando los campos hasta perderse en la distancia. No muy lejos de allí se apreciaba el perfil de un pequeño pueblo que sería mejor evitar.
El ánimo de Germán, apenas recuperado, volvió a tambalearse cuando, hacia el este, divisó nuevas columnas de humo negro elevándose en el horizonte. Esta vez parecían provenir de la zona de Guadalajara. Todo indicaba que habría sido otro ataque.
Aquella visión lo perturbó; debía pasar cerca de allí, tal vez demasiado. Intentaba tranquilizarse y mantener el control. Vigilaba constantemente el retrovisor, inquieto por la posibilidad de ver otro vehículo tras él.
Encendió la radio, esperando que el área de interferencias —que creía afectaba solo a Madrid— hubiese quedado atrás y poder captar alguna información. Solo escuchó un ruido molesto. Siguió intentándolo, moviendo el dial y recorriendo frecuencias, hasta que algo sonó…
Fue un instante fugaz en el que se escuchó una voz distorsionada, casi ininteligible, de la que solo captó palabras poco tranquilizadoras:
«Evacuar… peligro… manténganse alejados…».
El sudor le corría por la frente.
—¿Alejarse de qué? ¿De dónde?
Volvió a mirar hacia los campos. No quería pensar en las implicaciones de aquella advertencia ni en las columnas de humo sobre Guadalajara. Aceleró, intentando borrar todo eso de su cabeza, aunque ya asumía que el ataque no había sido solo en Madrid.
Su mente volvió a ser un hervidero: María, sus hijos, el rostro ilusionado del pequeño Marcel, al que prometió traer un juguete nuevo. Una promesa que ahora pesaba como una sentencia.
No puedo fallarles. No importa lo que enfrente, debo volver.
Respiró profundamente, apretando el volante. Intentaba refugiarse en un recuerdo cálido; un destello de normalidad en medio de la oscuridad.
Recordó una tarde de otoño. El viento revolvía las hojas caídas del cerezo en el jardín y María preparaba masa dulce para hacer galletas. El aroma a vainilla se mezclaba con el olor a hierba recién cortada.
Risas en la cocina: María forcejeaba cariñosamente con Marcel, que insistía en hundir las manos en la mezcla.
—¡Espera! Déjala para el horno, al menos esta vez —le decía entre risas.
En el salón, las niñas, sentadas sobre una manta, jugaban rodeadas de piezas de un puzle enorme. Raisa, meticulosa, clasificaba por colores. Sena, inquieta, gritaba divertida cada vez que encajaba una pieza.
Desde la puerta, Germán los observaba con una sonrisa de felicidad; un instante sencillo…, uno de esos momentos que pasan desapercibidos hasta que la soledad y la añoranza los convierten en tesoros.
Esto es todo lo que necesito. Esto es lo que siempre debo proteger.
El recuerdo se desvaneció bruscamente al escuchar el zumbido aterrador de un dron acercándose. Lo vio pasar frente a él, a unos cincuenta metros, surgiendo sobre las copas de los árboles.
Reaccionó con un giro brusco y lanzó el coche bajo una enorme haya, procurando evitar que lo detectara. A punto estuvo de perder el control y quedar atrapado en un badén lateral. Habría sido su final.
Su respiración se interrumpió durante largos segundos y las piernas parecían no responderle. Veía cómo aquel aparato, vigilante y letal, avanzaba lentamente sobre la planicie abierta, trazando una suave curva antes de alejarse y seguir buscando un objetivo al que destruir.
Tan solo unos instantes lo habían separado de una muerte segura. Si aquel dron hubiese surgido muy poco tiempo después, lo habría hecho sobre su vertical y no habría podido escapar.
Germán permaneció oculto en la sombra de aquel enorme árbol durante varios minutos, hasta recuperar el aliento y una mínima sensación de seguridad. A partir de ese momento, su atención hacia el cielo tendría que ser máxima.