3. La marcha
Habían pasado varias horas desde el gran apagón y el cese de las explosiones, y una enorme incertidumbre se había impuesto.
Nadie se atrevió a moverse del salón durante todo ese tiempo, esperando nuevas indicaciones de las autoridades.
En el exterior, la población, sumida en el miedo y la ansiedad, había dejado las calles vacías.
Germán permanecía solo en un sillón junto a los ventanales, con una revista abierta que apenas hojeaba. Su mente estaba lejos de aquellas páginas.
Un camarero se acercó.
—Disculpe… ¿le apetece un poco de café?
—Sí, por favor… Muchas gracias.
El camarero, visiblemente preocupado, dudó un instante antes de continuar:
—¿Ha habido alguna novedad? Parece todo más tranquilo ahora, ¿no cree?
Germán suspiró, sin apartar los ojos de la calle.
—Sí… Llevamos unas horas en calma, pero esas unidades de policía —las que están en la esquina y las que vigilan al otro lado de la carretera— las han reforzado. Y no sé si eso es buena señal.
El camarero bajó la voz, con un temor apenas disimulado.
—¿Usted cree? Me aterra pensar que vamos a seguir así más tiempo, sin poder volver a casa.
Germán percibió el miedo en sus palabras y prefirió no alimentarlo.
—No me haga mucho caso. En realidad, debe de ser un relevo rutinario. Seguro que nos permitirán salir muy pronto.
Un repentino rumor metálico en el exterior llamó la atención de ambos.
—Disculpe un momento…
Germán corrió hacia la puerta; necesitaba saber de qué se trataba.
Al salir, distinguió a lo lejos, por la autovía de circunvalación, una columna militar que avanzaba con rapidez: blindados y vehículos de transporte se dirigían hacia la salida norte.
El ruido de los motores resonaba con fuerza en el silencio de las calles.
Minutos después, el convoy se adentró en la A‑1 hasta desaparecer en la distancia.
—No parece que esto vaya a acabar pronto, ¿verdad? —volvió a preguntarle el camarero.
—Me temo que no. Si movilizan al ejército, es posible que la amenaza siga activa.
Germán empezaba a entender que estaban, de facto, ante la aplicación de un estado de excepción.
El silencio volvió a imponerse, más denso que antes. Las horas pasaban lentamente, cargadas de inquietud, sin que nada indicara un retorno a la normalidad. Las calles permanecían desiertas: ni peatones ni coches; solo los furgones policiales, que seguían impidiendo la circulación.
Algunos empleados del hotel comenzaron a repartir botellas de agua y algo de comida. La recepcionista, obstinada, giraba el dial de una radio portátil con la esperanza de encontrar una voz que ofreciera alguna información.
—No se oye nada… Solo ruido. Ni siquiera funciona la AM —murmuraba, frustrada.
Germán los observaba desde su rincón. No quería decir nada que añadiera más desánimo, aunque sabía lo que aquello podía significar: sin señal en ninguna frecuencia, el apagón de las comunicaciones era generalizado. Algo muy potente estaba interfiriendo en una zona demasiado extensa.
El atardecer comenzaba a teñir el cielo de gris. Germán seguía junto al ventanal, inmóvil desde que vio pasar el convoy militar; con la mirada fija, casi obsesiva, escudriñando la calle a la espera de cualquier novedad.
Y la novedad llegó… aunque no la que esperaba.
Varios resplandores lejanos lo hicieron levantarse.
Los percibió iluminando la penumbra hacia el norte, en la misma dirección que había tomado el convoy.
Bastaron para helarle la sangre antes de que un rumor grave, casi imperceptible, como un trueno largo y distante, llegara hasta sus oídos. Nadie más pareció notarlo.
Germán se imaginó lo peor: son explosiones.
En su mente ganaba fuerza el temor de que aquello hubiese sido un ataque; un golpe mortal contra los soldados que horas antes habían pasado frente a él en aquel convoy.
La noche terminó por cubrirlo todo y las linternas comenzaron a proyectar sombras en las paredes. Muchos se retiraban a las habitaciones, buscando un descanso difícil tras una jornada asfixiante.
Germán decidió hacer lo mismo. Regresó a su habitación e intentó dormir. No logró permanecer más de diez minutos en la cama. Acabó sentado en el sillón, con una manta sobre las piernas.
Su mente daba vueltas como un torbellino de preguntas sin respuesta. No conseguía cerrar los ojos. La preocupación por su familia lo ahogaba. Solo al final de la madrugada, vencido por el cansancio, se quedó dormido.
Soñó con sus hijos. Los veía en la parte trasera del coche familiar, camino de la playa donde solían ir algunos domingos de verano. Los observaba por el retrovisor: permanecían con rostros serios y miradas acusadoras dirigidas a él.
Giró la vista hacia su mujer, sentada a su lado. Lloraba desconsoladamente, lanzándole reproches que él no lograba entender. Solo veía sus labios moviéndose y las lágrimas cayendo como un río interminable por sus mejillas.
La angustia lo hizo despertar de golpe. Apenas habían pasado dos horas desde que se quedó dormido; la pesadilla le había borrado cualquier deseo de volver a cerrar los ojos. Se levantó del sillón y se acercó a la ventana: la oscuridad seguía dominando las calles; todo parecía tranquilo.
Aún no eran las seis de la mañana. Decidió darse una ducha para despejarse. Abrió el grifo y dejó correr el agua. Estaba helada. Había olvidado que, sin electricidad, no habría agua caliente en el hotel. Aun así, necesitaba asearse.
Se obligó a meterse bajo el chorro gélido, que caía sobre su espalda como cuchillas. Maldijo una y otra vez, soportando el suplicio, hasta que al menos logró despejar la mente y sacudirse el aturdimiento que lo envolvía.
Salió tiritando, se enfundó el albornoz y se metió en la cama unos minutos para recuperar calor.
—¡Vaya viaje de mierda! —gruñó en voz alta, consciente de que quizá lo habían escuchado en la habitación contigua.
Cuando recuperó algo de temperatura, echó mano a la maleta y se vistió con ropa cómoda, anticipando un día que no prometía ser fácil. Encendió el móvil, que había dejado apagado para conservar batería, con la esperanza de que la línea se hubiese restablecido. No sirvió de nada.
Llevaba más de veinticuatro horas sin saber de los suyos. Tampoco había contactado con la oficina.
Eran las siete y cuarto. Bajó al vestíbulo y salió a la calle a echar un vistazo. Algo lo sorprendió nada más cruzar la puerta.
—¡No están los furgones de la policía!
Avanzó unos metros hasta el cruce para tener una visión más amplia. Las patrullas policiales habían sido reemplazadas por blindados militares y soldados armados, apostados en los accesos a la autovía.
El desánimo le cayó como un cubo de agua fría. Aquello no era una señal de mejora; era la confirmación de que todo evolucionaba… a peor.
Decidió regresar al interior del hotel para comer algo. Intuía que iba a ser un día muy duro.
En los fogones a gas habían preparado café y unas tostadas, que agradeció. Se sentó con la taza humeante en la mano y trató de reflexionar sobre su situación. Los nervios le habían impedido pensar con claridad hasta ese momento; intentaba recuperar la calma, sin conseguirlo.
Apretaba la mano contra el pecho, tratando de aplacar la angustia y no rendirse. Sentía cómo su vida parecía desmoronarse. Solo podía esperar y resistir.
Angustiado, regresó a su habitación de la quinta planta. Con el paso de los minutos, sus pensamientos se fueron transformando en una sola obsesión: volver a casa.
Miraba su maleta y se repetía la misma pregunta: ¿esperar o intentar volver? Se sentía cada vez más dispuesto a cometer una locura y a asumir un riesgo enorme. No hacía más que repetirse que, si escapaba de allí y alcanzaba la carretera, esa misma noche podría estar en Barcelona, con su familia.
—¿En qué locura estás pensando, Germán? No sabes lo que hay ahí fuera…
Miró unos instantes hacia las llaves del coche sobre la mesilla. Le parecía que su cabeza le iba a estallar.
—¡Joder! —exclamó, dando una patada a la cama, superado por la frustración.
Apartó la cortina del ventanal y miró al exterior. Desde la quinta planta del edificio veía cómo el sol estaba a punto de asomarse por el horizonte.
Finalmente, dejó de darle vueltas.
—No me voy a quedar aquí esperando. ¡Me voy a casa!
Necesitaba intentarlo, aunque supusiera asumir un riesgo que apenas alcanzaba a medir.
Descendió por las escaleras hasta el vestíbulo y se abrió paso hacia la salida entre gente que lo observaba sorprendida.
—¿Se ha vuelto loco? ¿A dónde se cree que va? —alcanzó a escuchar entre murmullos. Los comentarios no le hicieron cambiar de opinión. Nadie lo iba a detener.
Antes de salir, se acercó a la recepción.
—Disculpe, ¿tiene algún mapa de carreteras?
La recepcionista lo miró con gesto contrariado. No se atrevió a preguntarle a dónde iba con esa maleta.
—Claro, señor García. Tenemos un atlas de carreteras por si lo requiere algún cliente. Aquí lo tiene. Lléveselo, descuide.
—Gracias, Maribel; es usted muy amable.
—Espero que consiga llegar sin problemas a su destino. Tenga mucho cuidado.
—Usted también. Hasta pronto.
Salió del hotel sin mirar atrás. Alcanzó la entrada del aparcamiento. El acceso a la planta inferior estaba abierto, aunque sin iluminación. Encendió la linterna del móvil y descendió por las escaleras.
El eco de sus pasos resonaba en la penumbra del sótano mientras buscaba la ubicación del coche que le habían indicado el día anterior. Allí estaba: un Peugeot gris oscuro.
—Más me vale que tenga el depósito lleno o no llegaré muy lejos…
Por un instante creyó escuchar pasos al fondo de la planta. Se detuvo, conteniendo la respiración. No logró ver a nadie. La oscuridad era casi absoluta. No quiso perder tiempo en comprobarlo. Entró en el coche y arrancó.
—¡Perfecto! Depósito lleno. Me largo de aquí…
Las manos le sudaban sobre el volante. Seiscientos cincuenta kilómetros hasta casa. Había hecho ese trayecto muchas veces. Esa distancia parecía ahora una locura.
Salió con cautela, asegurándose de que nadie lo observaba, y se dirigió a la salida del recinto. El sol ya comenzaba a iluminar la ciudad cuando atravesó la barrera del aparcamiento. Las calles seguían vacías.
Alcanzó a ver a lo lejos un coche desplazándose.
—¡Una buena señal! Tal vez no llame tanto la atención y pueda alcanzar la salida sin que me detengan…
A medida que avanzaba, comprobó cómo las calles parecían transformarse en un laberinto: muchas vías estaban bloqueadas por vallas o por coches abandonados a toda prisa.
Procuró no acercarse demasiado a los vehículos blindados estacionados en algunos cruces. Le pareció ver que lo observaban. Extrañamente no hubo ninguna reacción.
Germán improvisaba rutas, sorteando controles, guiado solo por el instinto. Cada intersección era una incógnita y cada giro, un riesgo.
Calma. Primero salir de la ciudad. Luego ya veremos…
Continuó avanzando lentamente hasta que, tras una sucesión de desvíos y alguna maniobra arriesgada, logró encarar la salida a la A‑1, la autovía del norte, la que trataba de alcanzar.
Suspiró con alivio y giró hacia el carril de acceso, iniciando una curva a la derecha. Al trazarla, cuando empezaba a creer que lo había conseguido, una barrera militar le cerró el paso.
No lo esperaba. Se le encogió el estómago y un sudor frío le empezó a recorrer la espalda.
Tres soldados armados le hicieron señales para que detuviera el coche. Uno de ellos empezó a acercarse. El sol, a su espalda, le daba un aspecto siniestro y Germán no lo distinguía con claridad.
Se colocó junto a la puerta, con la cara cubierta. Miró fijamente a Germán sin apartar las manos del arma y le indicó con un gesto que bajara la ventanilla.
—Su documento de identidad —ordenó tajante, dejándole claro que no tenía intención de repetirlo.
Germán intentaba contener el nerviosismo que le recorría las piernas.
—Aquí tiene. Soy de Barcelona. Me alojo en el Mirasierra; estoy aquí por motivos profesionales. Por favor, déjenme pasar. Debo regresar con mi familia.
El soldado no dijo nada, solo ojeó el interior del coche. Revisó los documentos y se los devolvió.
—Nadie puede salir de la ciudad. Regrese por donde ha venido, es por su seguridad.
Frustrado, golpeó el volante con rabia viendo al militar regresar a su puesto.
Se disponía a maniobrar para dar la vuelta cuando, en ese momento, se fijó en un hueco de la barrera.
La poca cordura que le quedaba le sugirió, por última vez, regresar al hotel y esperar allí, como los demás.
Su obsesión por no poder proteger a los suyos terminó empujándolo a hacer algo mucho más visceral.
El hueco parecía demasiado estrecho y era una locura tratar de atravesarlo; si fallaba, lo detendrían…
o algo peor. Suspiró profundamente, se aferró al volante y pisó el acelerador.
Los neumáticos chirriaron. Avanzó hacia la barrera a toda velocidad.
Los gritos del soldado se mezclaron con el rugido del motor y el olor a goma quemada.
Tenía el sol de cara y lo deslumbraba. Casi milagrosamente logró atravesar el pequeño hueco que le dejaba la barrera, obligando a los otros dos soldados a apartarse bruscamente.
Escuchó lo que parecían insultos y maldiciones que no llegó a entender. Para su sorpresa, nadie disparó ni inició una persecución tras él.
¿Por qué no me detuvieron ni dispararon? Casi me habría sentido más tranquilo si lo hubiesen intentado. Esos soldados debían tener órdenes de no disparar, pero… ¿en un ataque terrorista de esas dimensiones? ¿Por qué?
Los veía por el retrovisor, quietos, con las armas colgadas sobre el pecho, sin apuntarle, observando cómo se alejaba a toda velocidad.
Decidió no mirar atrás y dejar de pensar en lo que acababa de hacer. Mantuvo la velocidad hasta que el control quedó lejos y sus nervios comenzaron a tranquilizarse.
Ante él se abría una autovía completamente vacía. Sintió el alivio de haber dejado atrás el control, aunque sabía que el peligro seguía ahí fuera.