La ambición de Lucifer 2. Colapso
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2. Colapso

El despertador sonó insistente y arrancó bruscamente a Germán de un sueño profundo.

Abrió los ojos despacio, deslumbrado por la luz de las farolas que se filtraba tímidamente por la ventana; con el cansancio, había olvidado correr las cortinas opacas antes de acostarse.

Parpadeó, tentado de robarle una hora más al descanso, pero se incorporó poco a poco, con el cuerpo entumecido.

Nunca lograba conciliar bien el sueño en hoteles: almohadas a las que no se acostumbraba, colchones ajenos, habitaciones extrañas… Sin embargo, el agotamiento del día anterior venció cualquier resistencia.

Al verse en el espejo, un reguero de marcas de sábana le surcaba la mejilla.

Vaya arrugas… parecen el frenazo de un autobús.

Arrastró los pies hasta la ducha, ansiando que el agua caliente le aliviara la rigidez de la espalda y despejara su cabeza aturdida. Cerró los ojos y dejó que el agua lo envolviera. El entumecimiento fue desapareciendo poco a poco, en un momento de tranquilidad que sería el último en mucho tiempo.

Se vistió frente al espejo, con el cabello aún húmedo y el rostro algo más presentable, aunque las arrugas persistían.

Debí dormir sobre la cremallera del cojín… Espero que esto se quite pronto o pareceré un idiota en la reunión.

En el restaurante, el aroma del café lo atrapó nada más entrar.

Huevos revueltos, tostadas, fruta… Un desayuno rutinario que saboreó, tras veinte horas sin probar bocado, mientras repasaba la agenda: reuniones, visita al centro de pruebas y un almuerzo con el delegado del Ministerio que no le apetecía en absoluto.

Sabía que volvería a presionarlo con los plazos.

Ese pelmazo me va a amargar el día… y encima pagaré yo la cuenta.

Al sentarse, un mensaje repentino de aviso llegó a su teléfono móvil:

«El servicio de trenes está interrumpido en Atocha y Chamartín por incidencia técnica. Manténganse atentos a nuevos comunicados».

—¿Todavía estamos así? Pues seguro que ya hay otro follón con el tráfico… —se quejó.

Volvió a concentrarse en sus notas. Desde que había comenzado el proyecto TritonSat NG, la necesidad de mantener en secreto ciertos detalles era absoluta.

Llevaba mucho tiempo volcado en el desarrollo de aquella nueva constelación de satélites militares que, oficialmente, había sido concebida como un sistema de comunicaciones seguras para uso gubernamental y militar. Pero la realidad era muy distinta…

Los aliados intuían que había algo más, y eso paralizó la entrega de un software que resultaba imprescindible, a menos que antes se compartiera con ellos cierta información confidencial del proyecto.

La dirección de la empresa se negó, siguiendo instrucciones del Ministerio de Defensa, y aquello provocó un retraso importante: hubo que desarrollar el software desde cero y asumir, además, un aumento considerable del presupuesto.

Germán repasaba el contenido de su presentación y recordó su último enfrentamiento con la junta de defensa, cuando hizo un comentario que hirió sensibilidades:

Los americanos no son tontos; saben que ocultamos algo y quieren descubrirlo. A menos que algún político irresponsable lo imponga, no debemos compartir nada…

El proyecto TritonSat ocultaba capacidades de espionaje de última generación que convertían aquella tecnología satelital en una de las más avanzadas y poderosas del mundo.

El Estado Mayor había ordenado mantenerlo en estricto secreto hasta su completa puesta en marcha para evitar suspicacias y las trabas habituales de ciertos aliados, siempre interesados en limitar el desarrollo de tecnologías que pudieran hacerles competencia en el lucrativo negocio armamentístico.

El murmullo creciente del restaurante empezó a resultarle molesto y le impedía concentrarse. Decidió no dedicar más tiempo a repasar notas. Recogió sus cosas, tomó el maletín y comenzó a atravesar el vestíbulo en dirección a la salida.

Al llegar a la recepción, Maribel lo esperaba con la sonrisa impecable de siempre.

—Buenos días, señor García. El coche de alquiler está en la plaza 32 del aparcamiento, tal como le indiqué. ¿Tiene las llaves?

—Sí, gracias. Buenos días.

Alzó la mirada hacia el ventanal del hotel y sintió alivio al ver la intensa luz que entraba por él. Otro día gris habría drenado su energía. Afortunadamente, aquel 14 de abril había amanecido soleado, aunque fresco en el norte de Madrid: apenas cinco grados.

Caminaba hacia el aparcamiento repasando mentalmente los puntos clave de su presentación: nuevos sensores inteligentes, radar AESA, inteligencia artificial…

y, sobre todo, TritonSat NG, la joya del proyecto.

Dos meses antes se había realizado el lanzamiento del último satélite desde la Guayana Francesa con un cohete Ariane 6, completando el despliegue de la red con éxito.

La OTAN seguía muy pendiente del proyecto y la presión política para ponerlo en funcionamiento dentro de los plazos previstos era enorme.

Justo antes de llegar a la entrada del aparcamiento subterráneo, algo llamó la atención de Germán: el tráfico permanecía completamente detenido en la calle principal y en las adyacentes.

Creyó que era resultado del problema con los trenes que se había anunciado, aunque le resultaba extraño que la repercusión fuese tan inmediata.

Su teléfono móvil vibró en ese instante con un pitido estridente, emitiendo un mensaje de alerta civil:

«Aviso de interrupción del tráfico urbano por situación de riesgo. Evite desplazamientos hasta nuevas indicaciones».

El mensaje no daba más detalles.

—¿Qué demonios…?

Germán miraba a su alrededor, intentando entender qué pasaba. Observó que otras personas hacían lo mismo.

Durante unos momentos no pareció ocurrir nada especial, salvo aquel atasco que crecía sin parar, hasta que, entre el ruido de los coches, empezó a llegar un rumor extraño y creciente, como el de un andén de metro cuando está a punto de aparecer el siguiente tren.

El estruendo de una enorme explosión golpeó sus oídos con fuerza, haciéndole agacharse instintivamente.

Las alarmas de los coches saltaron y el eco reverberó entre los edificios.

Los gritos acompañaban el estado de confusión en la calle.

Germán estaba aturdido; sus oídos pitaban con tanta intensidad que no llegó a reaccionar cuando el sonido de nuevas detonaciones le llegó desde distintos puntos de la ciudad.

Las sirenas comenzaron a sonar por todas partes y la gente corría sin rumbo buscando refugio. Germán decidió protegerse en la entrada del aparcamiento, con la angustia oprimiéndole el pecho. Su primer impulso fue llamar a su familia, pero la red estaba saturada.

Las explosiones continuaron escuchándose por todas partes durante angustiosos e interminables minutos, hasta que se fueron espaciando en el tiempo y la distancia.

Después de más de una hora desde que se inició el caos, Germán no se había movido de allí.

Varios furgones policiales irrumpieron en la zona. Agentes armados descendieron ordenando a las personas que aún permanecían dentro de los coches, o agachadas tras ellos, que se alejaran y se refugiaran en los edificios.

Germán decidió regresar hacia el hotel. Al levantar la mirada, le estremeció ver cómo numerosas y enormes columnas de humo negro se alzaban dispersas sobre toda la capital.

Entró en el vestíbulo con la mente bloqueada, incapaz de asimilar lo que acababa de pasar. La recepcionista, al verlo, le indicó que pasara a la sala contigua. Allí, varios huéspedes se agolpaban frente a una gran pantalla para informarse.

Todos los canales habían interrumpido su programación habitual para centrarse en lo que sucedía en Madrid. Las imágenes eran inquietantes: llamas devorando edificios emblemáticos, caos absoluto en las calles y miles de coches bloqueando las principales salidas de la ciudad.

Las noticias hablaban de un ataque terrorista múltiple en puntos clave de la capital y en los alrededores, con imágenes en directo que se emitían sin descanso.

Las explosiones se habían concentrado en las principales estaciones de tren, en el aeropuerto y en varios intercambiadores de la red de metro.

También habían afectado a diversos edificios públicos, centros de control de tráfico y a los principales accesos a la ciudad.

Se hablaba de coches bomba y de drones que parecían haber salido de la nada antes de lanzarse, con enorme precisión, sobre sus objetivos. Las noticias eran muy confusas.

Todos estaban aterrados escuchando las nuevas informaciones que iban llegando a la redacción de informativos, cada vez más preocupantes:

«El Ministerio de Industria, en el Paseo de la Castellana, ha sido impactado por lo que testigos describen como un misil o un enorme dron. Parte del edificio continúa en llamas».

«Explosión en la estación de Chamartín, aparentemente provocada por un coche bomba. Se desconoce si hay víctimas».

«Diversos sabotajes en catenarias e intercambiadores han dejado paralizado el tráfico de trenes de cercanías y gran distancia, dejando a miles de pasajeros sin posibilidad de desplazarse. La red ferroviaria está totalmente suspendida».

«Se han reportado ataques contra las subestaciones eléctricas de Arroyo de la Vega, Anchuelo y Morata».

«Informaciones sin confirmar hablan de que se han visto explosiones en el centro emisor de Navacerrada».

El goteo de noticias siguió. El Centro de Control de Tráfico había lanzado un aviso de emergencia a través de la red móvil, radio y televisión:

«Todos los accesos por autovía a Madrid están totalmente bloqueados tras haber sido destruidos varios viaductos. El tráfico está interrumpido. Se ruega no circular para facilitar el desplazamiento de los vehículos de emergencias».

Los tertulianos, aterrados, especulaban sobre las informaciones, alimentando todo tipo de hipótesis: terrorismo yihadista, un golpe de Estado, un ataque extranjero…

En un extremo de la mesa, un militar retirado escuchaba atento, negando con la cabeza ante cada teoría. Cuando el moderador le pidió opinión, el militar se incorporó y habló con expresión de preocupación sobre lo que pensaba:

—Con todo respeto, esas hipótesis son improbables, por no decir imposibles.

El presentador se dirigió a él con evidente escepticismo.

—¿A qué se refiere? ¿Podría explicar esa afirmación?

—Miren, esto no encaja con el terrorismo yihadista: está actualmente demasiado controlado como para tener capacidad de un ataque de estas dimensiones.

Y un golpe de Estado… eso es ridículo; hoy sería inviable, al menos el tipo de golpe de Estado que todos nos imaginamos.

En cuanto al ataque de un país extranjero, olvídense de ello.

—¿De qué estaríamos hablando entonces, según usted?

El militar clavó la mirada en el resto de tertulianos alrededor de la mesa.

—Llámenme paranoico si quieren. Creo que podríamos estar ante el inicio de una operación hostil mucho más diabólica y de mayor envergadura de lo que imaginan. Esto no es un simple ataque sorpresa; creo que es solo un comienzo.

El silencio denso del público se transformó en un murmullo que se apoderó del plató.

—Piénsenlo —continuó—: España no es beligerante, no tiene conflictos serios, mantiene buenas relaciones internacionales y forma parte de la OTAN.

Un ataque extranjero carecería de sentido, a menos que estemos ante un nuevo jugador en el tablero geopolítico: alguien que no quiera participar en ese juego, sino romperlo en mil pedazos.

—¿A quién se refiere?

—A un elemento en la sombra, extremadamente poderoso y fuera del control de cualquier gobierno, o incluso oculto en uno, con un objetivo inimaginable.

El silencio se impuso. La seguridad y contundencia de los argumentos del militar eran tan sorprendentes que nadie se atrevía a contestarlos.

De repente, un sonido estridente sacudió el plató: los móviles de tertulianos y público comenzaron a vibrar al unísono. En todas las pantallas apareció una nueva alerta de Protección Civil:

«Permanezcan en el interior de sus casas. Cierren puertas y ventanas. La situación de riesgo extremo permanece activa. Manténganse atentos a nuevas comunicaciones».

No hubo más detalles. Solo la urgencia de prepararse ante un peligro que aún estaba presente.

Segundos después, un corte generalizado de energía hizo enmudecer a todos. Los televisores, emisoras de radio, líneas telefónicas… todo dejó de funcionar.

Germán, totalmente desconcertado, trataba de comprender lo que estaba ocurriendo, sin imaginar hasta qué punto terminaría afectándole.