La ambición de Lucifer 1. Remordimiento
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1. Remordimiento

El viaje a Madrid empezó torcido, como si la mala suerte hubiese alterado el pulso del día.

El vuelo se complicó con retrasos encadenados.

La escasa información ofrecida antes de embarcar hablaba de un fallo en los sistemas de control del tráfico aéreo, provocado por un temporal de lluvias que llevaba dos días azotando toda la península.

Tras ocho horas de espera en el aeropuerto —dos de ellas sentado en un avión que no se movía de la terminal—, la paciencia de Germán estaba llegando a su límite.

—Oiga, señorita… ¿sabe qué pasa? ¿Es que no vamos a despegar nunca?

—Lo siento, caballero. Hay muchos vuelos retrasados. Estamos en cola, pero el acceso a la pista está colapsado por la acumulación de agua.

—¿Ahora se trata de acumulación de agua? Hace un rato el piloto informó que era por el sistema de facturación y embarque. ¿Qué narices está pasando? —respondió irritado.

Germán no tuvo que esperar mucho más. Tan solo instantes después, la voz del piloto sonó por los altavoces:

—Señores pasajeros ya tenemos permiso de pista. Lamentamos los inconvenientes.

—¡Al fin! —exclamó aliviado.

Apoyó la cabeza en la ventanilla y se dejó arrastrar por el cansancio buscando dormir un poco.

Al cerrar los ojos, regresó el equipaje emocional que solía acompañarlo en los viajes: los mismos remordimientos de siempre, azuzados por el zumbido del motor y el olor a café recalentado, recordándole, una vez más, que volvía a alejarse de su familia.

Un día regresaré y ya no estarán.

Cada día tachado en el calendario era como una herida.

Su trabajo devoraba momentos importantes que podría haber pasado con los suyos.

Demasiadas veces estuvo más pendiente del teléfono que de sus hijos; se decía continuamente que lo hacía por ellos, aunque sabía que era una verdad a medias.

En realidad, disfrutaba con lo que había conseguido; él era ambicioso y quería más.

Una hora después, sin haber conseguido dormir, el anuncio de inicio del descenso le sonó a gloria.

Apagó el portátil, que no llegó a utilizar, recogió la mesita y se ajustó el cinturón, preparándose para la siguiente secuencia: pasajeros empujándose por alcanzar las maletas, piernas entumecidas, caras ansiosas por escapar de aquella ratonera…

Al llegar a la salida, la azafata le dedicó la sonrisa protocolaria.

—Buenas noches. Espero que haya disfrutado del vuelo.

—¿Disfrutado? Son las nueve de la noche. He perdido el día, por el amor de Dios. —gruñó sin dirigirle la mirada.

Se detuvo un instante en la pasarela, colocó la mochila sobre la maleta y estiró las piernas, intentando devolverles algo de vida antes de que empezara a recorrer el largo pasillo de la terminal, empujado por el hartazgo.

Se encontró la salida abarrotada de gente que esperaba a familiares desde hacía horas. Pasó entre ellos, deseando dejar atrás, cuanto antes, todo aquel bullicio y el mal día que lo había tenido amargado.

Cuando alcanzó el exterior, se detuvo y cerró los ojos durante unos momentos para sentir el alivio de la brisa fría y húmeda que llegó a su rostro, hasta que la voz de un taxista interrumpió ese corto instante.

—¿A dónde le llevo, jefe? —preguntó, abriendo el maletero frente a él.

—Al Mirasierra, por favor. ¿Tardaremos mucho en llegar?

—No demasiado. Ha tenido suerte, la situación está mucho mejor ahora, después de un día de locos en Madrid.

—Sí… hoy está siendo un día de suerte para mí. No puedo describirlo de otra forma —dijo con ironía—. ¿Aquí también han tenido problemas?

—¿Problemas? Los semáforos dejaron de funcionar en el centro, muchas líneas de metro quedaron paradas por un fallo en no sé dónde y la luz se fue en casi la mitad de la ciudad durante más de dos horas. Es increíble que aún pasen estas cosas, y todas a la vez. Ya ve para qué sirve tanta tecnología.

—Sí…, eso mismo pienso yo —contestó sin ganas de continuar la conversación.

Germán permanecía atrapado en sus pensamientos. La lluvia había cesado y las calles, aún húmedas, reflejaban las luces sobre el asfalto, desdibujando figuras de transeúntes tras el vaho de los cristales, que le parecían tan apagadas y melancólicas como se sentía él.

El taxi sorteaba un tráfico que se movía ya con relativa fluidez. No tardó en alcanzar su destino.

—Hemos llegado —insistió por segunda vez el conductor al verlo ensimismado.

—Disculpe, me había distraído. Acepta pago con tarjeta, ¿verdad?

—¿No se lo había dicho? El datáfono lleva sin funcionar todo el día y sigue sin hacerlo. Tendrá que ser en metálico.

—Menudo día de mierda… —se quejó.

Sacó un billete de cincuenta euros de su cartera y se lo entregó.

—Quédese con el cambio —dijo con un desdén poco disimulado.

El hotel era el de siempre: correcto y cómodo; a quince minutos de la zona industrial donde se levantaban las sedes tecnológicas más importantes del país.

Allí lo esperaba su equipo de ingenieros, con el que llevaba mucho tiempo desarrollando un proyecto clave para la modernización de las Fuerzas Armadas.

El ascenso de Germán en la industria de defensa nacional había sido meteórico.

Habían visto en él un potencial que supieron aprovechar y, en poco tiempo, lo nombraron director de desarrollo en una de las principales empresas armamentísticas del país, con fuerte participación del Estado; un reto enorme que asumió con gusto,

pero que también acabó siendo la raíz de su conflicto interior.

La recepcionista del hotel lo recibió con una sonrisa cálida al verlo entrar.

—Bienvenido al Mirasierra, señor García. Nos alegra tenerlo de nuevo con nosotros.

—Igualmente, Maribel. Lamento llegar tan tarde. Les pedí el favor de adelantar mi check-in al mediodía y ya ve a qué hora llego.

—No se preocupe. Su habitación está lista: suite 512, como siempre. ¿Desea cenar arriba o bajará al restaurante?

—No cenaré. Es tarde y prefiero descansar. ¿Podrían programar el despertador para las 6:30?

—Por supuesto. Y respecto al coche que solicitó, está preparado. Las llaves están en su habitación.

—Perfecto. Buenas noches.

Llevaba años alojándose en la quinta planta del hotel. Eso le permitía un poco más de tranquilidad y mejores vistas a la Sierra de Madrid, que en aquellos días mostraba una bonita estampa, con las nieves cubriendo sus cumbres.

Al entrar en la suite, lo envolvió el perfume amaderado del hotel, la primera sensación agradable del día. Se quitó los zapatos, colgó el traje y, tras un aseo rápido, se dejó caer sobre la cama sin deshacer la maleta.

Encendió la televisión sin muchas ganas; necesitaba distraerse un poco y calmar tensiones antes de tratar de dormir. Las noticias hablaban de las numerosas incidencias sufridas durante el día en Madrid y en otras capitales, muchas de ellas sin una causa clara.

Estaba a punto de cambiar de canal cuando otra noticia lo detuvo: el presentador informaba de que Moscú había desplazado un gran número de tropas a la frontera con Finlandia y al óblast de Kaliningrado; un enclave ruso a orillas del mar Báltico y único punto fronterizo con Polonia,

supuestamente como parte de unas maniobras militares rutinarias:

«…la reacción oficial de la Unión Europea ha sido un tibio comunicado de queja. La OTAN y el gobierno norteamericano permanecen en un inusual silencio…».

—¿Ya están estos otra vez con las amenazas? Y los aliados sin levantar mucho la voz, para no molestar al ruso —gruñó.

Apagó de mal humor la televisión. Se acomodó, cerró los ojos y dejó que las imágenes del día desfilaran por su mente: el beso a sus hijos aún dormidos, el abrazo de su mujer, el ten cuidado de siempre, el golpe seco de la puerta al cerrarse…

un sonido que odiaba escuchar y que solía provocarle un nudo en la garganta.

Aquella vez, sin saber por qué, le había dejado una extraña inquietud.