La amante del CEO (PERVERSAS PASIONES) CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

Pero él no la dejó, en lugar de solo recibir sus labios, tomó su boca, la besó como un desquiciado y se hizo con sus manos para apresarlas a su espalda.

La impulsó contra su pecho, la dominó sin impedimentos y después descendió para succionar su cuello con violencia, dejando un rastro ineludible de su pasión.

El fuego crepitó en su centro. Airi lloriqueó cuando Máximo continuó con su recorrido, cuando mordió su precioso escote y con una mano enroscada a sus muñecas llevó su pecho directo a su golosa boca.

Ni siquiera fue necesario bajarle el sujetador, gracias a la postura y a su urgencia sus pezones emergieron de la tela como dos preciosos capullos.

No tardó en reclamar sus pechos, en lamerlos, succionarlos y mordisquearlos.

Sus gemidos se alargaron, sus braguitas se empaparon y Máximo la movió a su antojo sobre su dureza.

Magreó su culo, fustigó su cadera para que el roce de sus sexos la enloqueciera.

Jadeó, sollozó, su cuerpo hirvió ante el reclamo, ante el salvajismo de su jefe que fue un afrodisiaco para la bestia en su interior.

Quería gritar, decirle que él también le pertenecía, pero optó por gemir, por vibrar para complacer su lujuria, y cuando estaba a punto de correrse solo con sus labios y con la fricción de sus movimientos que creaban electricidad pura en su centro, él mordió su pezón para después sorberlo con desesperación.

La oscuridad la absorbió, el grito se ahogó cuando él cambió el ritmo y la envió directo al precipicio.

Tiritó, su esencia se derramó y la falta de oxígeno la mareó ante el orgasmo corto y devastador.

Oyó su suave risa, sintió su lengua que lamió sus pezones antes de erguirse y trazar un camino de besos calientes hasta llegar a sus labios que solo se atrevió a recorrer con la lengua.

―Creo que eres demasiado sensible, Airi. Me gustan tus tetas y hacerte sollozar al chupártelas, y ni imaginas lo que planeo hacer con ellas ―susurró sobre su oído, con un tono entre burlón y grave, casi en una advertencia.

Gimió, su vientre se estremeció y se separó para mirarlo, esa vez no tuvo que fingir una mirada delicada, el orgasmo deformó su seria expresión y dulcificó sus facciones.

Máximo la observó, la cogió del cuello y alejó su bonito rostro solo para contemplar su gesto femenino, sus rojas mejillas y sus labios sin maquillaje.

―Debería huir ahora mismo, antes de que no haya vuelta atrás.

Debería levantarme y enviarte lejos. Debería ser el hombre fiel que cuida de su familia, pero no me puedo mover, no quiero hacerlo, solo quiero sacarme la polla y hundirla en tu coño, tan hondo que nadie más pueda volver a tomarte, y quiero moverme con violencia, quiero que te corras solo con mi dureza en tu vagina, para después eyacular en lo más profundo de tu sexo y preñarte como a la hembra que deseo.

Tragó saliva, lo miró sin poder enfocar los ojos por completo, víctima aún del orgasmo anterior, de su mano dura que le restringió el oxígeno, sin embargo, sus labios se separaron para decir una sola palabra:

―Hazlo.

Máximo parpadeó, se detuvo al escucharla, al entender su sumisión, al explorar su mirada casi negra en la que solo apreció su candor, y entonces no pudo más.

La tomó de la nuca, la llevó contra su boca y la besó con ímpetu, con devoción y quizás algo más que no pudo controlar, un anhelo posesivo que desbordó al observarla, al repasar su figura y entrega.

Le soltó las manos solo para desnudarla, para quitarle el sujetador y arrancarle las bragas, mismas que dañaron su piel cuando estiró la tela y se rasgó en su intento de sacarla.

No podía más, iba a explotar si no la tenía en ese mismo momento, si no cumplía con su vil objetivo.

Sin siquiera desvestirse, sin dejar de besarla, de comerse sus labios de fresa y miel, su cuello de cisne marcado, su escote sonrojado, la alzó unos segundos para bajarse la cremallera y sacar su dureza en medio de la ropa.

No se atrevió a abrir los párpados, no pudo captar su mirada sumisa, en su lugar, la llevó sobre su erección y, despacio, se metió entre sus pliegues.

Airi perdió el aliento, el aire se escapó de entre sus labios, su cuerpo tembló cuando la polla de su jefe se abrió espacio en su sexo. La estiró y se deslizó centímetro a centímetro.

Le metió las uñas en los hombros, sus ojos se desenfocaron y las estrellas titilaron emborronadas por el placer.

Máximo la cogió de las caderas, hundió los dedos en su carne y la llevó contra su pelvis para penetrarla hasta el fondo de su coño, donde permaneció dos segundos, antes de abrir los párpados y mirarla con una furia inusitada.

Se pegó a su mirada, y sin comprender del todo su expresión iracunda, que puso mientras la movió sobre su eje, arrancándole gemidos y lamentos que sacudieron su centro.

Los espasmos no tardaron en llegar. Máximo se embebió con su imagen, mientras una sonrisa macabra alargó sus labios y la penetró cada vez con más fuerza, más rapidez, follándola como un salvaje, como un animal en celo, con tal desesperación que sus ojos se fueron al fondo de su cráneo, que sus manos se prensaron a sus firmes hombros y sus pechos brincaron con cada rebote.

Gruñó, la dulzura y el calor de su interior lo estaba torturando, su cuerpo sobre el suyo era demasiado tentador, demasiado sensual y femenino para no querer más.

Con un bramido bestial, la tomó de las cachas y la levantó al erguirse, la tomó con posesión y la giró para empotrarla contra el piano.

Su larga cabellera cayó en cascada sobre las teclas, Airi giró la cabeza para encontrarse con su férrea mirada antes de que la embistiera, esa vez desde atrás, con las manos en su cintura a la que se aferró para no dejarla escapar.

Sus ojos llorosos y entrecerraron lo admiraron, antes de cerrarse con cada envite procaz.

Examinó su silueta curvilínea, sus pechos aplastados contra las teclas, sus pezones hundidos donde antes estuvieron sus dedos, la espalda curvada, el trasero en pompa, las piernas abiertas con las rodillas sobre el banco para darle la bienvenida a su polla que se hundió más y más en su sexo que lagrimeó para él.

Caliente, suave y viscosa, una combinación acuciante que solo aumentó las contracciones con las que trató de apresarlo cuando el segundo orgasmo de la noche la hizo contorsionarse, agarrarse al piano y lloriquear en una súplica acallada.

Se relamió con apetito, su mano se alzó y el azote cayó en su blanquecino culo que se enrojeció con la marca de su mano.

Algo en su interior se modificó, su respiración cambió y su aliento salió en grandes bocanadas de vaho que se difuminaron, sus ojos se oscurecieron, pegados a su tierna piel a la que castigó al sentir cómo cada latigazo la hacía temblar a su alrededor, exprimiendo su polla, calentándolo como jamás pensó que estaría.

Fuera de sí, la folló como una bestia, con tal salvajismo que ni él mismo se reconoció.

La piel sonrojada, los labios entreabiertos y mullidos, la postura entregada y la mirada oscura y brillante que lo admiró y se entregó a él, fueron suficientes para que el calor aumentara, para que su cuerpo vibrara cuando las paredes estremecidas de su secretaria lo apresaron ante la ola de un nuevo orgasmo, uno que la hizo encogerse, moverse y negar con desesperación, mientras sus dientes se cerraron y todo su cuerpo convulsionó.

Gruñó, apretó la mandíbula, la electricidad fluyó por su columna, el calor líquido goteó desde el sexo de Airi para derramarse en sus calientes y tensos testículos que se encogieron cuando el relámpago anudó sus músculos y su vientre caliente reventó al eyacular en su interior.

Calientes y copiosos chorros de semen fueron disparados directo a su vientre, uno tras otro, hasta llenar su interior que hirvió al sentirlo, al descubrir cuánto la deseaba.

Su espalda se dobló, miró hacia el frente sin enfocar la vista, sus manos hundidas en el piano.

Su cuerpo recibió los impactos de su ardor que incitó el nuevo temblor y provocó que las olas del tsunami devorasen todo a su paso, hasta que no pudo más y, tiritando, se desplomó sobre el piano, donde la oscuridad la acogió, una hermosa oscuridad que la meció entre sus brazos y la abrazó con un bálsamo suave que calmó el ardor en su cuerpo.