La amante del CEO (PERVERSAS PASIONES) CAPÍTULO CUATRO #2
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CAPÍTULO CUATRO #2

Máximo tenía los ojos oscurecidos y un semblante inquietante que solo logró que la lava en su vientre burbujeara. El deseo se filtró por cada poro masculino, como si se tratase de un castigo en el que Máximo no anhelara sumergirse y, aun así, quisiera meterse hasta el fondo.

La evidente dicotomía en su pensamiento le pareció el mejor afrodisiaco, el más dulce y profano.

Él se acercó, sus pasos duros y marcados, su cuerpo engrandecido frente al suyo. Su mano se alargó y le apartó el cabello para ponérselo detrás de la oreja, justo el mechón que cubría las sugilaciones en su cuello de cisne.

Los ojos de acero se oscurecieron y con un sutil movimiento de su mano en la barbilla femenina le hizo alzar la cabeza para admirar su carita de muñeca.

Repasó su rostro sonrojado, sus labios rojos y mullidos que hicieron agua su boca, mismos que tenía entreabiertos gracias a la manera en la que jaló con delicadeza su piel para repasar la tersura de su boca.

Su polla se engrosó, la sangre no tardó en colmar su cuerpo cavernoso. Por más que trató de decirse que podía alejarse, que podía evadir el deseo que despertaba su joven secretaria, no pudo resistirse ante la idea de tener su cuerpo en su cama, envuelto nada más por su deseo.

Bajó los ojos a su cuello delgado, sus pupilas se dilataron al encontrarse con las marcas de sus labios.

Y ella tembló, su hermosa y seria secretaria tembló en sus manos, derrumbando la última barrera que le impedía convertirla en su mujer, aun cuando él ya tenía una esposa.

Airi lo miró con fingida timidez, entre las pestañas, dispuesta a mostrarle lo que tanto buscaba, pero no esperó encontrarse con su férrea mirada.

Su mano bajó a su cuello solo para pasar el pulgar por las marcas que pobremente maquilló.

Se paralizó cuando envolvió su garganta.

Sus miradas se encontraron, la de acero casi tan oscura como la suya, y entonces lo vio, vio el infierno que se desató en sus pupilas antes de que todo fuese consumido por las llamas.

No fue necesario decir una sola palabra, ni siquiera pudo abrir la boca para hechizarlo con su dulce voz. Máximo la cogió del cuello, la empujó contra su cuerpo y sus labios chocaron en un beso desesperado en el que se hizo con su boca.

Su mente se desconectó en cuanto lo sintió, su aroma masculino, su tacto demandante, sus labios que, con exigencia domaron los suyos, que incitaron las cosquillas en su vientre, mientras la tocó sin reparo.

Las manos masculinas no tardaron en hacerse con su figura, en magrear sus caderas, su cintura que presionó contra su cuerpo, contra su dureza que se frotó con su vientre.

Continuó con su trasero, la hizo ponerse sobre la punta de sus pies para profundizar el beso y maniatarla a su gusto.

Le robó el aliento, se hizo con sus apresurados latidos cuando metió la lengua y acarició cada uno de sus puntos sensibles.

Gimió en medio del beso, su calor se alzó como si se prendiera en las llamas del mismo infierno, sus mejillas se calentaron, toda su piel se sonrojó y cuando él se alejó para descubrir sus ojos medio abiertos, su mirada dulce y sus facciones femeninas, no pudo más que respirar y doblegarse ante su instinto, pese a que por dentro no podía más que vibrar de la emoción al descubrir su instinto de cazador.

Su pulgar repasó su cuello, las marcas de su encuentro, los ojos de acero siguieron el movimiento, descubrieron su calor, pese a que su mano en su trasero la retuvo y amasó su carne con anhelo.

Como un animal se acercó a sus labios para lamerlos y besarla con ardor, solo un segundo, un segundo en el que el piso bajo sus pies se diluyó.

―¿Sabes para qué has venido? ―susurró contra su oído.

La abrazó contra su cuerpo, se frotó contra su vientre y lamió el filo de su oreja con fruición.

Se le escapó un sollozo vibrante, sus manos prendidas a su nuca de la que se sostuvo para no caer al precipicio de la locura.

¡Sí, era justo lo que quería!

―Sabes por qué te he traído a este lugar, ¿verdad? ―volvió a preguntar, esa vez, el imperativo tras su tono no dejó lugar a duda: requería una respuesta.

―Sí ―musitó con la voz suavizada por el placer.

El gruñido masculino reverberó en su cuerpo, sus braguitas se empaparon y no pudo más que pegarse a sus músculos que sintió grandes y firmes contra la blandura de su silueta.

―Quiero que seas mía, Airi, quiero follarte, quiero abrirte de piernas y meterme en tu joven coñito y correrme en tu interior.

―Sí ―suplicó en un gemido.

Máximo se tensó, subió su pierna con delicadeza y se posicionó entre sus muslos de miel para frotarse contra su vulva, sobre sus braguitas empapadas que lo hicieron gruñir como una bestia salvaje.

Tiritó entre sus brazos, jadeó con delicadeza y se frotó como una dulce gatita contra su mejilla.

―Pero si lo hago, ya no habrá marcha atrás…

Sollozó, su dureza hizo contacto con su nudo de nervios y un rayo eléctrico sacudió su centro.

―Si la penetro, señorita Kimura, solo podrá servirme a mí, cada que se lo pida, cada que lo necesite, cada que…

Se cortó, aspiró el aroma de su cuello y alzó su muslo hasta su cintura para pegarse más a su sexo, mostrando una necesidad corrosiva que extendió la estática en su tacto.

La falda se le enroscó en la cintura, su pierna apenas pudo sostener su peso, pero él no la soltó en ningún momento. Su boca la buscó, la besó con tiento, para después morder su labio inferior con delicadeza y alejarse para admirar sus ojos oscuros.

―Si quieres que me detenga, lo haré, pero si no lo haces ahora, no podré lograrlo por mi cuenta.

Tragó saliva, sus miradas pegadas, sus centros unidos por algo más que la postura, que el calor que cimbró en su vientre.

Lo miró, el acero derretido en sus iris, sus pupilas dilatadas, su gesto serio, rudo y masculino, su cuerpo grande reclamándola.

Ni siquiera pudo contestar cuando él la sometió, cuando la alzó sobre su cuerpo, y estampó sus labios contra los suyos en un beso voraz, tan desesperado que no tardó en perder el poco oxígeno que logró meter a los pulmones.

Sus uñas se enterraron en su cuello, en su espalda grande, apresó sus caderas con las piernas, pero no tuvo tiempo para enroscarlas cuando él se sentó en el banco del piano y sus manos se desplazaron al cierre de su vestido.

Mancilló su boca, la tocó con apremio, con rudeza, con tanta desesperación que su piel se enrojeció ante su fuerza.

Gimió, lloriqueó y se dejó hacer por sus labios, por su cuerpo, por su intoxicante lujuria que no tardó en reducir sus pensamientos, pese a que el súcubo en su interior no podía estar más complacido ante su anhelo.

No solo la quería como imaginó, la deseaba tanto que no pudo contenerse, que ni siquiera esperó por su respuesta y se dejó llevar por sus bajos instintos.

Lamió sus labios, descendió a su cuello y se desplazó directo a su oreja para encontrar uno de sus puntos sensibles, mientras sus golosas manos la tocaron y le arrancaron el vestido sin importar romper el cierre que no logró abrir gracias a su exasperación.

Todo su cuerpo vibró cuando lamió el borde de su oreja, cuando le quitó los restos del vestido y la dejó solo con el bonito conjunto de lencería que ni siquiera miró, no cuando volvió al ataque para besar su oreja, para succionar su lóbulo y enviar mil espasmos directos a corromper el núcleo de su deseo.

―Tarde, señorita Kimura, ahora es mía y solo mía ―gruñó sobre su oído, alterado, tanto, que hasta le costó reconocer a su jefe en aquel tono demandante.

La neblina se alzó, y en lugar de quedarse aguardando por sus labios, lo cogió del cuello, le incrustó las uñas en el movimiento, y lo besó con urgencia y devoción, mientras el demonio en su interior tomó el mando para que la lujuria chisporroteara y el infierno se desatara.