CAPÍTULO CUATRO
Sentada, sin aliento, con el cuerpo todavía entre temblores, lo miró alejarse sin decir ni una sola palabra.
Se relamió con apetito y sonrió al quedarse sola. Sabía desde un inicio que el fuego que tenía apresado su jefe en el interior era capaz de consumir un bosque entero, pero jamás consideró que la quemara desde los pies a la cabeza con su boca golosa.
Antes ya había experimentado el dulce placer de un orgasmo, los tuvo, muchos, pero la mayoría devenían de su situación mental, del erotismo detrás de sus acciones, no de las sensaciones en sí.
La penetración o los preliminares no conseguían que su cuerpo despertase por sí mismo, no si su cerebro no captaba el sometimiento lascivo de sus parejas.
Ver cómo se rendían al placer carnal desataba el suyo, por ello Máximo era perfecto para complacer su degenere.
Casado y fiel, ¿qué más podía pedirle a un hombre para satisfacer su deseo?
Sin embargo, que su boca lograse calentarla hasta el punto de ebullición y luego se metiera a su vagina para hacer estallar el núcleo de su lujuria… Eso era nuevo.
Admiró su cuerpo tendido y sin fuerzas sobre el suelo, medio desnuda, incapaz de levantarse sin que todo le temblase. Sí, era nuevo, y demasiado excitante para dejarlo pasar por alto.
Así que, cuando el mensaje llegó a su móvil horas después, no pudo más que sonreír.
Cuando regresó a su puesto, ya arreglada y con una nueva capa de labial sobre sus labios, y no lo vio salir en absoluto de su oficina, creyó que no cumpliría con su palabra, que la distancia melló sobre su deseo.
Máximo podía echarse hacia atrás en cualquier momento, la fidelidad que mostraba por su mujer era innegable y podía considerar que lo que hizo en los archivos solo fue un error, al final, no era más que una simple secretaria con el nombre bonito de «asistente».
No obstante, devuelta en su pequeño departamento, tras ducharse y dejar su cuerpo libre de los restos de su encuentro, el mensaje con la dirección hizo sonar su móvil.
Su mente consideró todas las posibilidades, los pasos a seguir tras lo ocurrido.
En realidad, creyó que la follaría una vez se desatara su lujuria, creyó que se sacaría la ropa de en medio y solo se la metería con desesperación, no esperaba que le comiera las tetas y el coño con apetito voraz, mucho menos que se detuviera, así que debía pensar en todas las posibilidades para encandilarlo una vez más hasta llegar al punto de no retorno.
Por suerte, no fue necesario.
El mensaje calmó sus pensamientos y aumentó su seguridad.
Máximo la quería, la quería sobre una cama, envuelta en sus sábanas y desnuda para someterla a su anhelo.
En absoluto la invitó a una cita, mucho menos a un lugar apartado. Airi reconoció la dirección, era uno de los edificios más lujosos y costosos de la ciudad, quizá del país entero.
Así que, eso es lo que quería…
Junto con la dirección llegó un mensaje con la hora pactada, ni siquiera agregó alguna nota que hiciera que su invitación resultase más personal, más romántica.
Las razones eran obvias, Máximo solo quería follarla, no tenía otras pretensiones y, desde luego, lejos de sentirse humillada, su vientre bajo se calentó y todo su cuerpo respondió ante la exigencia de su jefe.
Se miró frente al espejo, pasó la punta del índice por las sugilaciones sonrojadas en su cuello, las marcas de su encuentro.
Quería más, quería saber hasta dónde estaría dispuesto a llegar para tenerla, cuánto más pisotearía sus principios morales por ella.
Sonrió más grande, la emoción burbujeó en su interior y se dispuso a tomar cartas en el asunto para obtener lo que tanto quería.
***
El repiqueteo de sus tacones se suavizó al cruzar las puertas del edificio, cuando la mullida moqueta apagó el sonido.
Un mensaje llegó a su móvil en cuanto cruzó el umbral del edificio. Se detuvo un segundo para revisar la notificación. Contuvo la sonrisa triunfal cuando admiró el mensaje que relució en la pantalla del móvil.
Eran las indicaciones para subir al pent-house, los cinco dígitos del elevador para llegar a sus dominios.
¿Acaso sabía que estaba dentro del edificio o solo calculó la hora?
Con aire sereno, pese a que trató de exteriorizar cierto nerviosismo y fragilidad, de reojo captó todas las cámaras que apuntaban hacia el lobby, sus ojos se rasgaron al descubrir más de una enfocada en ella, fuese por casualidad o porque alguien más así lo dispuso.
Con cierta vergüenza, saludó al portero que respondió con un repaso sutil y un movimiento de cabeza algo pronunciado con el que le dio una bienvenida respetuosa.
¿Sabría el portero lo que hacía ella, una completa desconocida, dentro del edificio?
Lo había investigado un poco más, hizo su tarea, como siempre, y el edificio le pertenecía a Máximo Jones.
Si bien los Jones y el corporativo en general eran dueños de muchos edificios, algunos destinados para la vivienda y otros para el comercio, lo cierto es que Máximo tenía algunos a su nombre, aquel era uno de ellos.
Sus manos se movieron con inquietud sobre su pequeño bolso, una estratagema más para aumentar su fachada de chica buena, de borreguita dulce y sumisa, pese a que por dentro solo quería meter las uñas en el pecho de Máximo y cabalgarlo con lujuria hasta que él se corriera en su interior.
Sería toda una delicia que lograse corromperlo de aquella manera, que dejase de pensar en su esposa al grado de olvidar usar protección.
Claro, no pretendía tener hijos, no estaban en sus planes, se cuidaba lo suficiente para no tener que afligirse por no usar condón con su jefe, solo quería que él ansiara tanto poseerla que se olvidase de todo y todos a fin de tenerla bajo su cuerpo.
Se relamió ante ese pensamiento, sus ojos se desplazaron al tablero del ascensor y digitó el código para subir al pent-house.
Las puertas se cerraron, el metal pulido reflejó su cuerpo e hizo un repaso pausado de su vestimenta.
El vestido beige ajustado a su silueta entalló sus curvas con delicadeza.
Era un poco más corto que los vestidos que usaba para la oficina y las mangas eran de encaje fino que permitía ver su piel lechosa, así que daba a su apariencia un aire más informal, pese a que mantenía su esencia recatada.
El escote en V acentuó su generoso pecho y enmarcó su bonito escote.
No llevaba medias, ni tampoco stilettos, optó por unas bonitas sandalias de tacón que hacían ver delicados sus pies bien cuidados.
Peinó su cabello hacia un lado, despejó parte de su precioso cuello, justo del lado en el que él no le dejó las marcas, y «trató» de cubrir con maquillaje las pequeñas sugilaciones que enrojecieron su nívea garganta, por supuesto, sin lograrlo por completo.
Lo tenía pensado, lo provocaría al mostrarle los rastros que dejó en su cuerpo, la manera en la que la marcó con sus labios.
Necesitaba que sacase su lado posesivo con ella, de lo contrario, no tendría sentido esperar a que esa vez llegase hasta el final.
Por último, antes de que el timbre del elevador sonase y las puertas de este se abriesen en el departamento, registró su maquillaje impoluto, hecho para redondear sus ojos, hacerlos ver más grandes y dulces, y poner lo justo para que notase su sonrojo, para que admirase su piel impoluta, sus labios carnosos pintados en rojo, un rojo que combinó con su estampa de mujer dulce y sensible, nada más lejos de la realidad.
Complacida, suavizó su mirada y se encogió cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Sus pupilas se desplazaron por todo el departamento antes de poner un pie fuera del cubo metálico.
El recibidor era pequeño, franqueado por las escaleras gemelas a los lados que cerraban la vista para que solo pudiera apreciar la sala frente a ella, una sala enorme, amueblada con sillones blancos y mesas de cristal oscuro, sobriamente decorado, denotando el registro masculino en el mobiliario.
Las cristaleras de piso a techo frente a ella mostraron el panorama efervescente de la ciudad encendida a esa hora de la noche.
Las luces titilaron frente a sus ojos, y el cielo que debía estar estrellado brillaba gracias a la contaminación lumínica.
El suave sonido de una hermosa melodía se metió en sus oídos al salir del ascensor. De inmediato reconoció la melodía… Suite Bergamasque de Debussy, una melodía un poco dramática para su gusto.
Se acercó con pasos cortos hacia el lugar de donde provenía la melodía. Su corazón vibró con cada tonada al acercarse más y más, su centro se tensó al verlo sentado tras un hermoso piano de cola, negro y lustroso.
Máximo tocaba con la mente concentrada en las teclas, parecía abstraído en su tarea.
Todavía llevaba puesto el mismo traje de esa mañana, con la diferencia de que ya no tenía puesta ni la americana ni la corbata, varios botones fueron desabrochados a la altura del cuello y permitían ver el movimiento de sus pectorales cuando sus manos se movieron.
Tenía las mangas arremangadas, la camisa mal fajada e iba descalzo.
Su vagina se estremeció, su coño se humedeció, y el aroma masculino permeó en su sistema al quedarse a unos pasos de distancia, tan cerca que su presencia la embriagó.
Parecía diferente… fuera de sí mismo.
Sus dedos se detuvieron, cogió el vaso pequeño de cristal colocado sobre el piano y se bebió el último trago de wisky.
No se giró de inmediato, aun si supo que estaba detrás de él, se dio el tiempo de acariciar las teclas unos segundos más para terminar la melodía, segundos en los que el corazón de Airi latió con más fuerza, expectante.
Con los últimos acordes, la melodía resonó en la estancia, sus dedos se encogieron y se levantó despacio, tanto, que pareció un depredador acechando a su presa.
Giró y la miró, sus ojos se encontraron antes de que ella bajara la cabeza y su cabello le sirviera para protegerse de la lasciva inspección.